El secuestro

Georges Perec · Capítulo 6 de 31

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El secuestro

Capítulo 4

DEL FIN DESTRUCTOR DEL POCO ORTODOXO FUTURO

RELIGIOSO DE UN FETO CONTRITO

Después, con el objetivo de verlo todo con nitidez, fue escribiendo de modo periódico sus vicisitudes.

Cogió un bloc y puso en el inicio del segundo folio:

EL SECUESTRO

y luego:

Hubo un secuestro, ¿de quién?, ¿de qué?

Existe (existió, pudo existir, puede ser que existiese) un motivo oculto en mi fresco; no, un motivo no: un conocimiento, un poder.

Un insecto en mi fresco.

Puede que fuese un Ercimboldo, un busto suyo o el del por siempre joven que creó Wilde, un joven rubicundo, enfermizo, hecho no con peces viscosos, no con frutos copiosos, no con redes de flores entretejiéndose con el fin de constituir frente, cuello y entrecejo, sino con un montón de inquietos vibriones sutilmente dispuestos, de modo que uno pronto supone que solo un cuerpo constituye el busto, sin que en ningún momento se observe un signo distintivo, puesto que es evidente que el objetivo del demiurgo fue el de conseguir un producto que, descubriendo primero y después encubriendo, por turno o de modo unísono, pudiese seguir fielmente el precepto que lo urde. En principio, uno no entiende del todo el vislumbre, creyendo que el inquieto instinto es el que no permite ver sino lo poco corriente, lo confuso, lo temible. Luego, de repente, se ve o se cree ver, no lejos, un no se qué que te seduce, que se te impone, que te estremece. Entonces todo se pudre. Uno se sorprende, tiene miedo, el intelecto se oscurece. Sufres un dolor terco, sordo. El espectro entrevisto te embrutece sin remedio.

Puede ser entonces que un término, un nombre se te hiciese imprescindible, que quisieses rugir: de este modo se descubre el quid, se descubre de dónde surge mi inquietud. Puede que uno desee irse, huir de lo sibilino, del embrollo confuso, del gorgoteo. Pero no se tiene elección: se debe conocer el porqué último del espectro.

Puede ser que fuese preciso un punto de inicio: pero todo es enormemente borroso, indistinto…

Siguió escribiendo en su pequeño bloc uno o dos meses. De noche se entretuvo vertiendo en él, con puntilloso esmero, un sinfín de menesteres sin interés: se terminó mi provisión de whisky, recordé que mi primo Julito se despide del Insti el mes que viene y le compré un disco, pinté el comedor y el dormitorio, fui cortés con el vecino (y eso que su podenco, Medor, se meó en mi felpudo). Del mismo modo registró su opinión sobre un libro leído recientemente, sobre un conocido con el que coincidió en el metro o sobre un hecho sorprendente (un jurisperito del Supremo que no dio con el hilo introductor de su discurso, un golfo que dirigió su rifle sobre el gentío, un tipo medio loco que destrozó todos sus chismes…).

Por veces, boli en ristre, ideó, explicó, se resumió, discurrió sobre su visión y sobre el islote de Ismel.

Incluso creó un cuento: En un reino recóndito un chiquillo, un niño de doce meses, de nombre Gustín K., vive en un torreón en el que rige el descuido. Un crepúsculo su nurse le dice:

—En otro tiempo tuviste en este torreón veintiséis primos. Hubiésemos seguido siendo felices si de uno en uno no se hubiesen ido. No conocemos el porqué pero hoy tienes que irte tú, si no moriremos todos.

Entonces Gustín K. huyó. Como en otros muchos cuentos, en el principio se pueden leer unos pocos versos de cierto sentido ético: En el recodo de un sendero Gustín K. es sorprendido por el Esfinge.

—¡Hummm!, después de mucho tiempo de no ver ningún espécimen rollizo por mis dominios. ¡Por fin unos buenos filetes! —dijo el terrorífico bicho.

—¡Eh, Esfinge! ¡Eh! —replicó K., experto en Freud—, un momento: debes cumplir con tu ego profundo.

—¿Mi ego? —dijo, sorprendido, el monstruo—. ¿Con qué fin? Eres un iluso. Ningún hombre puede descubrirlo.

Con un súbito recelo continuó diciendo:

—¿Es que tú lo conoces?

—Puede ser —contestó K., sonriendo como un pillo.

—Eres un repelente niño Vicente pero no me produces disgusto, feto feo. Juguemos limpio, que tu deseo de conocimiento endulce tu muerte; este es mi veredicto.

Cogió su violín, inspiró y luego, con el sonido del instrumento, se escuchó su voz:

¿Existe un ser

con el cuerpo de un isósceles

sostenido por dos pies?

—¡Yo!, ¡yo! —gritó entonces K.

El rostro del monstruo se ensombreció.

—¿Tú crees?

—Por supuesto que sí —dijo K.

—Entonces debe de ser cierto —contestó el bicho entristecido.

Por un buen momento estuvieron en silencio, el viento del norte sopló furioso.

—Siempre temí que fuese un chiquillo quien me confundiese —suspiró quejoso el monstruo.

En su voz pudo percibirse un profundo sollozo.

—Bueno, Esfinge, terminemos —dijo, gruñón, K. En su fuero interno sintió cierto remordimiento por el bicho, pero continuó—: Si no lo sé termino en tu buche, lo supe y vencí; según lo preceptivo, tienes que morir.

Hizo un gesto de dominio.

—Por consiguiente, ese es el precipicio, triste Esfinge.

—¡Oh! —murmuró el monstruo—, entonces, entonces ¡quieres mi muerte!

—Precisely! —gritó de pronto K., sin entender del todo por qué lo dijo en inglés.

Cogió un fuste y le golpeó. Perdiendo el equilibrio, el monstruo se hundió en el precipicio de un torbellino sin fin. Un grito terrorífico en el que se puede distinguir el rugido de un león, el gemido de un felino, el relincho de un equino, el quejido de un hombre doliente, vibró dieciocho noches en el cielo.

Después de este simbólico entremés, lo novelesco, el hilo del cuento se impuso: K. recorrió su región yendo por montes y senderos. Visitó oscuros pueblos. Estuvo con herreros, con tenderos y con clérigos comiendo tocino o mendrugos secos. En muchos momentos le crujieron los intestinos. En muchos momentos tuvo sed. Pero sobrevivió.

Con el tiempo, K. se identificó con su entorno, se pulió, profundizó sus conocimientos, fortificó su visión, su Wirklichkeit. Se mezcló con individuos misteriosos. Todos ellos hicieron posible su evolución, ofreciéndole, de vez en vez, un empleo, un cobijo, un horizonte. Un vendedor le enseñó su oficio. Fue peón y construyó un edificio; fue reportero y fundó un periódico.

Luego emprendió otros proyectos. Entonces se metió en un lío de vicisitudes incomprensibles que, excepto en su conclusión, siguieron, punto por punto y gesto por gesto, el hilo de un folletín de profundos enredos, de un divertido, pero virtuoso y enternecedor cuento épico que fue origen en el Medievo de composiciones en verso: Gregorius, que en el XX recogió Tom. M. en su Elegido, bebiendo tres veces de su numen poético.

Después, K. supo que su progenitor fue un poderoso rey, de nombre Willigis o Willo. Willigis fue querido por Sybille con el frenesí del incesto (si bien murió un noruego, rugiendo escondido en el inferior del lecho). Ocho meses y veintiséis noches después sus delirios dieron fruto: K.

Cometido el delito Willigis (o Willo) penó su crimen y buscó su muerte persiguiendo moros.

El Delfín, K., de origen, como hemos visto, muy poco ético, sufrió el desprecio de Sybille, quien lo metió en un bote. Pero el bote se detuvo en el norte del reino, en un rincón podrido repleto de lodo hediondo, de fetos delincuentes e, incluso, imbéciles (el consumo de whisky por vecino superó siempre un moyo por mes), de bichos desconocidos, pero seguro que nocivos. En el pub del pueblo, donde los vecinos beben después del deber, se comentó mucho, en un primoroso idiolecto, lo de un ogro «que comiose todo un ejército». En este rincón del reino no suelen ver el sol, lloviendo hielo como llueve de modo recio y persistente.

Es obvio que solo un sino poco común (hubo quien vio en esto el infinito dedo de Dios, lo que seguro es cierto, pero el Cuento impone el deber de creer en el destino, si no ¿con qué fin discurrir?), solo un sino poco común, digo, logró que K. sobreviviese dieciocho inviernos en ese pueblo funesto. Pero, todo en su tiempo…

Un decenio y pico después, Sybille, en su torreón bretón o helvético, sigue sin poder destruir los recuerdos, no queriendo ningún hombre por esposo. Un poderoso duque, un borgoñón que se pirró por sus huesos, le ofreció su lecho. Sybille dijo que no. «¿Cómo?», respondió el duque, gruñendo con furor irreprimible. Quemó un tercio del Norte y luego fue en dirección Mons.

En el torreón de Mons se presentó, tocotoc, tocotoc, sobre su corcel inglés de pelo negro y crin gris, de nombre Sturmi, un gentil jinete. Desde el primer momento Sybille lo encontró idóneo como ejecutor del sometimiento del Duque. «Sus deseos son órdenes», dijo el bien dispuesto siervo en un solemne gesto de respeto.

Sobre Sturmi, cuyos ojos relucen como el sol, con enseres de oro provistos de relieves de rubí, con gocete, quijote, peto, ristre y cinturón, el bello joven es visto en el torneo. Un pez refulge en su escudo. Los gritos de los hugonotes cubren, por lo menos veinte veces, el vocerío de los borgoñones.

Resultó ser un torneo cruento; se embistieron con ímpetu; se luchó incluso sin protección ni escudo, pero con todo tipo de instrumentos: cuchillos, honcejos, floretes, pilos… En fin, que duró mucho tiempo. Luego, por medio de un sutil golpe de suerte, el duque fue vencido, vencidísimo, por el intrépido hugonote.

De este modo todo se resolvió. El gentío se contoneó en los tugurios con el ritmo de los oboes, trombones y cornetines. Los gritos de júbilo por el vencedor se sucedieron. Lo hicieron noble. Lo hicieron cónsul. Se presentó en el torreón de Sibylle, quien se ruborizó. Cupido triunfó.

En este punto, querido lector, es preciso que te revele, si bien sé que lo supones, el nombre del jinete de Sturmi: sí, no te confundes, es K.

Ni K. supone, como Edipo, que es el fruto de Sibylle, ni Sibylle supone que K. es su hijo. Por eso no impiden que el deseo, de K. por Sibylle, de Sibylle por K., los ciegue. Los dos se conocen en el sentido bíblico del término.

El vínculo existente entre los dos se les reveló por medio de un funesto infortunio.

Sybille oró, construyó un refugio en el que curó y limpió los pies hediondos de los pobres.

K. se puso los pingos de un mendigo, un jersey hecho de crin, muy tupido, que llevó como si fuese un cilicio, y tomó un fuste, pero ni un zurrón ni un perol. De noche huyó del torreón donde fue feliz. Se fue lejos.

Quiso envilecerse. Quiso sufrir el rigor de Dios. Durmió en el bosque. Le crujieron los intestinos. Después de un duro recorrido, que le llevó unos tres soles, se detuvo en el borde de un río. Golpeó el portón de un cortijo. Se presentó el dueño.

—¿Existe en el contorno —inquirió— un Locus Solus donde Él pudiese imponerme el sufrimiento por mi terrible crimen?

—Existe —dijo el obtuso rústico— en el curso del río un islote, mejor dicho, un montículo, un pico muy rocoso, donde puedes sufrir sin testigos.

—¿Me puede decir cómo ir?

—Bueno —respondió sorprendido—, pero eliges tu fin, tu consunción.

—Debo cumplir el designio divino —sentenció K.

—Como desees —consintió el otro.

Lo depositó, pues, en el Islote del Gentil Perdón. Le lio en el cuello un cordón o torniquete. K. se mortificó. Un humus nutritivo que surge del boquete de un pedrusco constituyó su único sustento. Sufrió ciclones, vientos del este, del gélido norte, del tórrido desierto, incluso conoció el impetuoso siroco. Sufrió terremotos y tifones. Sus pingos se pudrieron como lodo seco. Tuvo frío, se sofocó. Se heló, se tostó.

Después, subnutrido, desnutrido, pese el benéfico humus ofrecido por el Misericordioso, terminó perdiendo peso: perdió muchos kilos, continuó perdiéndolos. Se quedó como un fideo. Se obstinó en seguir perdiendo kilos, de modo que disminuyó, que se encogió. Empequeñeció; primero se hizo diminuto como un pigmeo, después, por fin, se convirtió en un homúnculus, un diminutivo, un hombre menos grueso que un erizo…

Pero ocurrió que, mucho tiempo después, dos decenios y pico después, los últimos estertores de Inocencio II promueven un follón de miedo en su Sede. Es preciso conseguir un sucesor, elegir un repuesto. Se hicieron por lo menos ocho escrutinios: uno es un imbécil, el otro un cretino, este es un engreído, ese un esquizofrénico, el último un lelo. Se extendieron los corruptos: se ofreció el puesto de Sumo Pontífice por un millón. Todo se puso feo. El mundo perdió su fe. El puesto de sucesor de Pedro perdió prestigio.

Entonces, el furor divino oscureció el cielo. Dios fue visto por un Obispo como un cordero herido; un lecho de olorosos botones de oro le precede.

—¡Oh!, Obispo —dijo Su voz—, óyeme: tenéis un Pontífice. He dispuesto mi elección. Su nombre es K. Lo he escogido porque son dos lustros y pico pudriéndose en un islote mecido por Mi viento.

—¡Oh, divino cordero! ¡Oh, Todopoderoso! —musitó el sobrecogido Obispo—, ¡tus deseos son órdenes!

Se recorrió todo el mundo recogiendo informes sobre un cierto K. pudriéndose en un islote. De este modo se llegó junto el borde del río; se golpeó el portón del rústico que en otro tiempo conoció K. Pero este, primero, gruñó:

—¿Gustín K.?, no lo conozco —dijo—. ¿El islote?, no lo conozco. No existen islotes en el río.

Después el deseo de lucro le hizo decirlo todo: subieron por el río; fue difícil, pero pusieron sus pies en el pico del islote. No vieron ningún K., entonces el Obispo sufrió, su fe titubeó: «¿Puede mentir el Cordero Divino?». K. se esfumó del islote, indicio de que no conoció bien el poder de Perdón del Todopoderoso.

Lo siento por Thom. M., pero mi conclusión se impone, convino Tonio Vocel, y dio por concluido su libro o, mejor dicho, su esbozo, su sinopsis, pues si bien le fue posible concebir con esmero todo el cuento, no rozó en ningún momento el punto cumbre del Discurso: solo consiguió veintiséis o veintisiete signos. Embelleció siete u ocho puntos: hizo un dibujo muy fino de K. y esbozó, grosso modo, un cónsul sorprendente («un chico risueño, de pelo cortísimo, con gruesos bigotes pelirrojos y redondos quevedos» en el que todos reconocieron el porte de su médico que, con todo, lo curó. Retocó, pero solo un poco, el divertido idiolecto del inteligente pueblerino que lo guio por su islote («¡Eh, youp!, eh, youp… ché lo burrée, ¡lo lo! Sí, lo burrée, fouchtri. ¡Demontre! Hete un borrico que se quedó sin fuelle. Rediez»). Por medio de su sutil estilete obtuvo en el empeño concisión y exquisitez, de modo que un Eugène Sue, un Giono o un Gide, hubiesen podido poner su sello sin rubor… Pero en conjunto no consiguió mucho: en sus confesiones se justificó por medio de un desconocido silogismo. Sí, conjeturó en un principio, mi cuento puede escribirse, es preciso escribirlo, pero —prosiguió—, si lo logro, después de obtener un conocimiento destructor de puro luminoso, límpido, nítido, ¿no nos moriremos, los lectores y yo? Y continuó: pues el mundo de ficción quiso siempre que solo Gustín pudiese conseguir el secreto del Esfinge. Suprimido Gustín ningún Logos victorioso puede ofrecernos su misericorde poder. Entonces, concluyó, ningún discurso decide el destino. Pero —continuó— no tenemos elección: conviene tener presente, cueste lo que cueste, el riesgo que corremos de que un Esfinge nos fustigue; conviene conocer, ¿y en qué momento lo supimos?, que solo con un verbo, con un sonido, con un sí, con un no, lo venceremos. Pues —como dijo Nietzsche— ningún Esfinge construye su nido lejos del Reino del hombre.