El secuestro
VI. Uriel Wilburg Severin
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QUE CONCLUYE CON UN HUECO MUY ENJUNDIOSO
—Este —concluyó Uriel Wilburg Severin— fue el fin que tuvo Emery Consonte.
—Por Sollers que reescribió J. Joyce —dijo Uliseos Switeword, muy orgulloso de su reniego preferido—, tu cuento es precioso. Pero tiene implícitos, como mínimo, cinco o seis hechos incongruentes.
—I know —dijo Severin—. Si estoy en lo cierto, el fin de Yvon, el último hijo de Emery, tuvo que preceder el de su progenitor. Pero ¿no pusiste en conocimiento del Sioux el fin cruento de Yvon en el momento en que yo, hecho polvo, me tomé un somnífero?
—Sí —confesó Uliseos Switeword—, lo que presumes es bien cierto. Pero ¿cómo es que sigues vivo tú, si tus seis hijos murieron? ¡Tonio Vocel, Freddy Egg Butler, Odile Butler Mevrikordetos y Hussein Ben I. Bou! ¡Todos muertos! Y el dúo que se quedó contigo, objeto de un secuestro. No lo entiendo, lo lógico es que tú estuvieses occiso.
—Pues sí —se estremeció Uriel Wilburg Severin—, es seguro que me muero pronto como colofón del Tormento que nos persigue sine die.
Uliseos Switeword no pensó lo mismo.
—Como condición del cumplimiento del colofón, es preciso que todos descifren su destino, siguiendo los preceptos que se deducen de nuestros currículi.
Con rostro contrito, Orsini Ottevioni se retocó el bigote.
—Sí, Orsini Ottevioni —dijo Uliseos Switeword—, este es el momento de extenderte en tu exposición de los hechos.
—Pero mi opinión no merece ningún respeto, por lo menos eso es lo que siempre se dijo —protestó Orsini Ottevioni con tozudez.
—¡Eso sí que no! —dijo Switeword, su jefe—, nosotros conocemos bien el peso que tiene el discurso que nos debes referir.
Orsini Ottevioni suspiró y dijo lo siguiente:
—Mi mellizo y yo, de pequeños, sufrimos un secuestro. Todo sucedió en un vergel público de Corte: un hombre esquelético nos urdió un sortilegio que nos obnubiló y nos hizo seguirle lejos, muy lejos…
—¡Hijo mío! —chilló Uriel Wilburg Severin.
—¡Viejo! —dijo entre sollozos Orsini Ottevioni, oprimiéndolo en un fuerte estrujón.
—Pero dime, hijo mío —le dijo Uriel con un mimo lleno de emoción—, ¿te dicen Ulrich o Yorick?
—Ulrich fue mi nombre, pero un delincuente del Niolo me secuestró junto con mi mellizo. Con él me entrené en el robo de los pollos y puercos de los kibutz de nuestro distrito. Después nos vendió por dos duros. El dueño de Yorick fue un feriero, Schleurte, el mío un poli que me imbuyó el deseo de ser picoleto.
—Sigues vivo, pues —suspiró Severin—, no sufriste Ojo por Ojo. Pero ¿qué fue de Yorick?
—Huyó con destino Porto Vecchio, y Ottevioni, mi mentor, se colocó en Corte. No supe de Yorick. Un decenio después viví por un tiempo en Porto Vecchio pero no lo encontré.
»Lo único que supe es que fue un buen bombo y que decidió irse en un velero con destino Oderzo, pues su tutor, oriundo del Belluno, Veneto, no quiso morir sin ver de nuevo su querido terruño.
¿Seguro que lo que quieres oír, sugirió burlón Uliseos Switeword, es que Yorick sigue vivo? Tú quisieses que él estuviese vivo porque es el único modo de prometerte un futuro longevo. Lo siento. Yorick pereció en tiempo remoto.
—¡Oh! Poor Yorick! —dijo Severin con ojos llorosos.
—Este es —continuó Uliseos Switeword— el instructivo informe que hizo el subteniente Pons sobre el eclipse de Yorick Schleurte:
Wusqu’lhum: hoy, lunes 28 de junio, tres conscritos de este regimiento no respondieron «¡presente!» en el primer recuento. El subteniente Boutz fulminó:
—¡Le doy ocho noches! —le oyó decir el teniente—. ¡Encuéntrelos!
Pero tres noches después los tres engreídos siguieron sin ser vistos.
—Si los pillo, los enchirono en Biribi —gruñó el subteniente.
Puso su informe en poder del coronel Glupf, jefe del fuerte, quien ordenó que se hiciese todo lo posible por tener, en el menor tiempo posible, vivos o muertos, los pescuezos de Pitchu, Folkoch y Worms, reitres sin ley, sospechosos de incumplimiento con el Territorio y el Pueblo de Wusqu’lhum.
Se montó un retén en el fuerte. Seis divisiones se pusieron en pie con los fusiles prestos. El premio por proveer indicios fidedignos se fijó en veinte escudos, pero solo se obtuvieron cotilleos inútiles. Se registró un tren y se fondeó un río, pero sin éxito.
Después se echó de menos un peón: Bluche, un mocetón venusino de veinticinco inviernos, con tres distintivos en los puños y cruz en el pecho y, por si fuese poco, primo segundo del coronel. Poco después se esfumó un bombo tiburtino, Schleurte. En resumidos cómputos, cinco fugitivos, por poco uno por noche.
El subteniente, de pobre ingenio, frunció el ceño. Pero después del conflicto viene el sosiego. Muerto el rey, el pueblo se consoló. Fue un tiempo como de réquiem.
Del coronel furibundo llegó un precepto que ordenó toque de sitio, un oscurecimiento y silencio como los de los cementerios. Como eso fue en perjuicio de los tenderos del entorno, se justificó con el rumor del homicidio del duque Petrovich. Se oyeron rumores sobre un conflicto bélico próximo y se decretó el despliegue completo del ejército.
Dedujeron por un cómputo bien hecho el punto de conexión entre esos cochinos: todos ellos bebieron orujo en los momentos que precedieron su eclipse en el tugurio Los Conscritos, contiguo del brete del municipio, en el borde del río. En dicho tugurio sirvió Rose, quien no ocultó su querer por un pistolo.
Glupf se quitó su uniforme con ocho cruces de oro y, vestido de civil, se presentó sin perder un momento en el oscuro chiringuito preferido de los quintos. Un PM se quedó de servicio en el exterior y Glupf se sentó y se tomó un bock que le costó un florín de oro.
Conversó con Rose, miró con mucho celo en torno suyo, pero ¡por Júpiter!, no vislumbró ni un pelo de los fugitivos.
Poco le importó eso suponiendo, como supuso, un complot de Rose, quien, según le dijeron, incitó, en provecho de un gobierno enemigo, incitó, digo, en quintos o tenientes, peones o pistolos, reitres o migueletes, el deseo de huir de su fortín. Pero seis divisiones hicieron un cordón que encerró el distrito, por lo que ningún individuo pudo huir sin ser descubierto. Glupf sospechó que su montón de reitres pudiesen esconderse en el bodegón donde Rose sirvió.
Pero ¿dónde? Con un pretexto nimio hizo que se descubriesen los conductos de un sumidero en el impluvio del chiringuito, después se inspeccionó el dormitorio con dosel, se sondó el muro y se hizo un reconocimiento del techo. Todo fue inútil.
Entonces Glupf promovió el juicio de Rose.
—¿Qué fue de los quintos perdidos? —le preguntó el jurisperito del teniente coronel sin perder tiempo—. ¿Dónde se esconden Bluche, Schleurte y Worms? Fueron vistos en tu comercio. ¿Qué hiciste el crepúsculo que huyeron?
Pero Rose lo negó todo.
—¿Worms? ¿Schleurte? ¿Bluche? ¡Por Dios bendito! ¡Ni los vi ni los conozco! —dijo Rose sin temer ni rey ni roque.
—¡Ejerces de putón! —gritó Glupf—, ¡es de dominio público!
—¡Yo! ¡Imposible! Tengo un querido, un pistolo ¡celoso y peligroso!
—¡Su nombre! ¡Dinos su nombre!
—¡Protesto! —Tronó un jurisperito.
Rose tuvo que defenderse de promover homicidios y defecciones.
Su defensor probó, en un discurso recio y convincente, que todo fue un simple rumor, que no hubo ni ningún hecho concluyente, ni ningún punto evidente, solo un rumor, y que no se procuró sino el oprobio ineludible de su cliente.
Según el juez, Rose fue inocente, lo que provocó jubilosos vítores del público. Glupf se confesó vencido, pero juró un desquite temible en el que todos reconociesen quién es el jefe y pereciesen por su orden en Bergen-Belsen, o en Uschwitz.
Se fue del Consistorio con silbidos de desfile guerrero.
Ocho soles después, un grupo de guerrilleros incendió con tiro de mortero el querido tugurio. El episodio concluyó con seis muertos, entre ellos Rose, pero no Schleurte, ni Bluche, ni ninguno de los conscritos huidos…
—Creo que todo esto es muy evidente —dijo Uliseos Switeword en el momento de concluir su confuso informe.
—De evidente rien de rien —le replicó Uriel—. Puede que Yorick se perdiese, pero entre eso y que esté muerto, yo veo mucho trecho.
—Sí, ¿qué es lo que permite concluir que esté muerto? —repitió como un periquito Orsini Ottevioni, pretendiendo un estilo sutil en el remedo de su progenitor.
—En los escombros de los muros que cubrieron el edificio vimos un reloj de bolsillo, un bonito joyel rococó con hilos de oro esculpidos, reloj, digo, que Yorick compró el mes precedente.
—¿Y no pudo ser un obsequio recibido por Rose?
—Es posible. El reloj de bolsillo no es un motivo que justifique el homicidio de Yorick —reconoció Uliseos Switeword—. Pero tengo otro supuesto convincente que, en mi opinión, cumple el Consensus Omnium, este es pues mi constructo hipotético por silogismo:
»Si Yorick estuviese muerto, el único que tenemos por suprimir es Orsini Ottevioni, conocido con el mote de Ulrich Severin. Después de él, siguiendo los Preceptos del Peludo, es Uriel Wilburg Severin, sin ningún hijo vivo, quien debe sufrir el desquite que pende sobre su Grupo.
—Muy sutil —glosó el Sioux.
—Injusto —rebuznó Uriel.
—¡Hitler! —Juró Ottevioni.
—Veremos si estoy en lo cierto con mi conclusión: en primer término eliminemos el nombre de Orsini Ottevioni, que lo tenemos muy visto.
—Pero ¿por qué? —imploró el poli obtuso—. I’m too young.
—¡Chitón, Ottevioni! —Le intimidó su jefe—. ¿No comprendes que tu fin es inminente?
—¡Pero…! ¡No sigo el hilo…! —lloriqueó Ottevioni.
—¡Cierre el pico, so burro! —Gruñó Uliseos Switeword, y le propinó un golpe en el cogote—. Lee con nosotros el informe que recientemente pusieron en nuestro poder.
Cogió de su bolso un pliego escrito con plumín e hizo que Ottevioni lo leyese.
—¿Por qué lee? —preguntó el Sioux, sin seguir el hilo por lo visto.
—En un momento te lo explico —le dijo Uliseos con voz tenue y un gesto burlón.
Orsini Ottevioni se puso sus lentes, tosió un poco, hizo unos gorgoritos, inspiró y después leyó con un tono frío.
¡Mi chozno bonito!, dijo Orgón, hijo de Ubú. Como lunch: cogollos, rubí, piojos, riñón, lomo frito. Como colocón: no un grog, sino dos, ron, whisky, coco. Un lógico sopor siguió. ¡Buscó un colchón! Un infinito ruido de bordón los cubrió. Su crío quiso dormir movido por un cómodo son dulzón. Lo hizo. Su sopor produjo visión poco común. Durmió mi crío, dijo Orgón, hijo de Ubú.
Un cóndor voló. Un simio chiquitín brincó. Vio cómo un dingo ronco rugió. Un lobo huyó. Un toro corrió. ¿Justos juicios divinos? Un oso rompió sus bronquios. Sufrió mucho. Un lirio cubrió un muro. No solo cubrió un muro: un botijo, incluido su pitorro un poco, otro poco su culo, o un bol cocido con puro lodo.
Ubú puso mucho oro junto con su bonito chozno.
—Hum —dijo Severin sin poder esconder su estupor.
—¿Qué? —dijo con horror Uliseos—, ¿no percibes en este escrito un nosequé sorprendente?
—Pues no —confesó Severin.
—No oí el sonido «e» en todo el cuento.
—¡Cestos! ¡Pero si es cierto! —dijo Severin, y se hizo de un tirón con el curioso escrito de Ottevioni.
—¡Chupi! —dijo el Sioux.
—¡Bien! ¡Requetebién! —confirmó Severin.
—Y por si fuese poco solo encontré «y» en «whisky».
—¡Confundidor! ¡Sobrecogedor! ¡Sorprendente!
Ottevioni pidió que le devolviesen el cuento. Severin prefirió releérselo entre dientes, como si no lo hubiese entendido leyéndolo él mismo.
—¿Y qué, Ottevioni? —ironizó Switeword—, dinos si lo comprendes.
Se vio el sufrimiento en el rostro de Ottevioni, quien se movió inquieto en su puf. Sudó, dio resoplidos y resuellos.
—Dime, pues… —dijo de golpe.
—¿Qué? —insistió Uliseos Switeword.
Hundiéndose, Orsini Ottevioni murmuró como si fuese un moribundo:
—Pero, pero… si no he oído el sonido de…