El secuestro
Capítulo 15
DONDE CONOCEREMOS EL PORQUÉ DEL TORMENTO DEL
HIJO
Doce meses después todo se serenó. Leyeron en un periódico que Egg Butler conquistó el difícil público del Liceo. Rostropovich mencionó un «tenor merecedor de los mejores roles», Govoty un «futuro Tito Gobbi», Rostoff un «Gigli con voz de Kim Borg, el fuego de Rufo y el poder intuitivo de Domingo».
Un crepúsculo, después de proveerme de lo imprescindible en un tenducho, volviendo del pueblo seguido por un chico que por veinte céntimos me llevó dos de los tres llenísimos cestos, me encontré con un individuo moviéndose indolentemente en derredor del piscirrecipiente, un individuo cuyo rostro me dejó lelo pues por un momento creí reconocer en él mi hijo querido, Freddy Egg. Supongo que intuís que no fue con él con quien me encontré sino con Tonio Vocel.
Enorme, tieso como un huso, fino como un hilo, con un sobretodo de cuello recto, un fuste y un sombrero, le supuse veinte eneros como mucho. En un principio me resultó un chico muy correcto, pero un cierto nosequé, un toque sospechoso me indispuso pronto: su tez, su frente de viso lívido y enfermizo, su porte luengo, inseguro, su gesto huidizo, su entrecejo níveo, su iris de un turquí leve, como el de los hombres sin pigmento, todo un entorno temeroso me inquietó: fue como si sufriese, sin él conocerlo, un enorme peso.
Me situé enfrente de él y le solté un discurso de los que decimos en mi tribu:
—¡Mi querido Rostro níveo! ¡Mis mejores deseos en tu tipi, enterremos nuestros cuchillos bélicos y fumemos en luengo tubo!
—¡Ehihohu! —dijo. Se tocó el entrecejo con el dedo y después lo inclinó sobre mí como un sioux genuino, con lo que demostró conocer muy bien nuestros usos—. ¡Que un reno se tueste en tu perol!
Lo conduje dentro, le ofrecí un puf, toqué el gong. Dominicus se presentó en el momento
—¿Tú eres…? —preguntó.
—Tonio Vocel —dijo el desconocido con un gesto de respeto—. Hizo, grosso modo, doce meses…
—Sí, sí —le cortó Dominicus muy seco—, hoy hizo doce meses desde que nos referiste el periodo confuso que mi hijo Egg vivió y su posterior decisión de cumplir con su destino. Hoy es un hombre decente. Su último concierto, en Turín, tuvo mucho éxito. De conocer tu domicilio te hubiésemos referido nuestro reconocimiento. Pero no pusiste remite en el pliego que nos llegó.
—¡Oh! —suspiró Tonio Vocel—, se me olvidó, lo siento. Pero — prosiguió—, como hoy mi sino hizo que estuviese no lejos de Noirmoutier, he creído oportuno verle.
—¡Por Dios! ¡Qué gusto oírte decir eso! —Juró Dominicus—, pero dime de tú, seguro que nos sentiremos mejor.
—Muy bien —consintió Tonio Vocel.
—¿Quieres comer con nosotros? —propuso Dominicus.
—No digo que no —dijo Tonio Vocel.
Dejó su fuste, se quitó el sombrero y después el sobretodo.
—Sígueme, nos meteremos en mi estudio —dijo Dominicus.
Se fueron del oscuro recibidor, recorrieron un luengo corredor y subieron tres pisos. Dominicus le mostró un club profundo de cuero negro con roble reluciente y después le ofreció un puro genuino, de los buenos.
Vocel fumó sin esconder su regocijo.
—¿Un scotch? ¿Un bourbon? ¿Un whisky? —propuso Dominicus, como si fuese todo un bodeguero.
—Sí —dijo Vocel no muy convencido.
—¿Gin? ¿Un cóctel? ¿Un gin-tonic? ¿Un bull-shot? ¿Un dry?
—¿No tienes mejor un jerez, un Riesling?
—¿Un kir?
Bebieron. Después Vocel dijo lo siguiente:
Seguro que primero quieres que te cuente qué es lo que me unió con Egg. Te lo diré: un sol me presenté en el zoo, en el sector de peces exóticos. Un chico con un levitón negro, un chico de rostro triste y compungido como si fuese mi gemelo, se tendió en el borde del recipiente de los ciprinos. Desembolsó un dulce grosero como si fuese un buñuelo o turrón o loukhoum, lo trituró entre los dedos y lo tiró sobre los peces. Pero un polizonte le riñó tres veces, vocinglero, peleón, y le enseñó con un dedo, sucio por el consumo frecuente de puros, un letrero que prohíbe ofrecer productos nutritivos.
Se hubiese dicho que en todo momento esperó que un ciprino subiese desde el fondo del recipiente y diese un brinco, como si fuese un delfín, con el propósito de deglutir. Pero no surgió ningún ciprino. Eso le entristeció, le ensombreció.
Fui donde él. Le dije que me semejó tener por todos los ciprinos un querer enternecedor pero no correspondido. Me confesó, sin rodeos, que por muchos coleguis que tuviese en otro tiempo, ninguno como Junus, su ciprino, siempre presto, sin desoír su nombre, su signo distintivo. No hubo ningún crepúsculo en el que él no le diese de comer. En los momentos tristes Junus fue su confidente, ofreciéndole siempre un cómplice guiño.
Hoy, prosiguió, muerto de frío, sin un duro, lelo, molido por el dolor, reviviendo los buenos tiempos lleno de desconsuelo, esperó, iluso, que un ciprino del zoo pudiese ofrecerle un mimo. Decidió el dispendio de su último escudo de oro en conseguir un kilo de turrón, confite preferido del goloso de Junus, sobre todo si se tiene en mente el hecho de que fue turrón del Rey Perso, el mejor que se puede conseguir en los comercios europeos.
Como su desvelo me entristeció mucho, le ofrecí de beber, después le invité en un chiringuito. Comió con lentitud pero con enorme fruición, como si fuese un etíope desnutrido. En el momento en el que nos sirvieron el licor, me hizo un irónico informe sobre él, sobre su profesión, sobre usted, perdón, sobre ti, sobre el Sioux…
—¿Qué te dijo? —le cortó Dominicus envuelto en sudor—. ¿Conoce el oscuro secreto que se cernió sobre él en sus primeros momentos?
—Sí: cumplidos los seis te sorprendió un crepúsculo en el cubículo donde cumples, con gozo, tu rito higiénico. Mecido en tu enorme limbo emitiste entonces, en un susurro, un flujo confuso que le intrigó mucho, por lo que pegó el oído en el cordón que te sostiene en tu posición y que, no sé muy bien por qué, pudo devolverle con doble volumen tus susurros.
—¡Oh!, entiendo, entiendo —rugió, poniéndose lívido, Dominicus.
—Sí, Dominicus, lo entiendes: se lo dijiste todo sin querer. Le referiste lo del Zohir que se incrustó en el cordón de su ombligo. Entonces, movido por un dolor loco, por un sentimiento violento que multiplicó por diez su poder, sumido de repente en un insólito shock, ¡te quitó su Zohir del dedo!
—… y provocó con ello el tormento que seguimos sufriendo —berreó Dominicus.
—Sí —continuó Tonio Vocel—, pese sus seis eneros lo comprendió todo. Él te denostó, se mostró siempre cruel contigo, rencoroso, contento con tus tropiezos, con tus disgustos, tristísimo en los momentos en los que tu suplicio fue menor. ¡Siempre te odió!
—My God, my God! —Sollozó convulsivo Dominicus, con un níveo moquero entre los dedos.
—El Tormento del Hijo, por muy ilegítimo que fuese, por muy inglés que fuese, te sigue persiguiendo. Todo, incluyendo su designio, se incluye en los complots que urdió con fin de hundirte.
—¿Su designio? —murmuró Dominicus sin comprender.
—Este es el motivo por el que he venido —dijo Tonio Vocel en tono gélido.
Desembolsó de un bolso con forro de cuero negro un croquis hecho en gris y con mucho tino, l’Uomo di Pietre que pune con rigor el proceder del Tenorio, quien quiere ofrecerle un lunch después de muerto. Metido en un peto ovoide hecho de un estuco descolorido, semejó un enorme Humpty-Dumpty.
En el reverso del croquis, el pulso de Egg escribió un pronóstico sorprendente: «Tiene que sufrir en el momento en que yo me muestre de este modo, puesto que mi estirpe lo deshonró por siempre».
—Este —refirió Tonio Vocel muy serio— es el contenido de lo que dejó en mi club hizo tres soles. Dejó con esto un escrito breve en el que me comunicó que vive en Urbino, que tiene el rol de Uomo Níveo en el Tenorio, y que quiere unirse por siempre con Odile Mevrikordetos…
Dominicus dio un brinco, como mordido por un reptil:
—¡No! ¡No! ¡Se muere sin remedio! —gritó…