El secuestro
Capítulo 17
QUE PROVEE CRITERIOS CONCLUYENTES EN EL PESO
ESPECÍFICO DEL $
Todo sucedió doce meses después, siguió diciendo Dominicus. El comercio de opio fue viento en estribor. Con poco esfuerzo, Negrete se hizo con un montón de dinero. Como si fuese un jeque, disfrutó de mil desenfrenos en su refugio del Ponukelé. Le dijeron que Estelle, estrellón de Hollywood, se encontró no muy lejos, produciendo un nuevo film. Sin poder meterse con su enemigo inglés, Negrete continuó sintiendo odio por todos los ingleses, incluido cierto neoyorquino. Por ello, montó su incursión por el territorio donde decidieron erguir el estudio de exteriores.
Como un torbellino, cogió su fusil, TNT, fulmicotón, un misil, municiones y después, conducido por un dogo y seguido por cinco hombres escogidos por su temple, se propuso cumplir con su odio furibundo.
Llegó con el crepúsculo, en pleno mes de junio. Si bien ese lunes el sol se distinguió por lo intenso, en ese momento no hizo ni frío ni bochorno, incluso pudo preverse un extremo frío nocturno.
Negrete divisó los tres exteriores construidos en el norte del monte, pero el equipo de técnicos se ubicó con sus pertrechos en el borde del río. Todos los curritos se dividieron en cinco remolques enormes, pero uno de ellos se lo quedó entero Estelle, el lucero del film. Vieron el frenético bullir del equipo, por mor de un molesto escollo que provocó que todo el mundo fuese de culo: el director, los dobles, los técnicos de sonido y de luz, los productores; pues se hiciese lo que se hiciese, no consiguieron que el foco supletorio sobre trípode cubriese sino un tercio de lo previsto. Negrete dio orden de embestir y estipuló que se destruyese todo, que se suprimiese todo bicho viviente y que se pusiesen ciegos rompiéndolo todo. Después se dirigió con mucho sigilo en dirección del remolque donde duerme el objeto de su encono.
Se introdujo en un vestidor pequeño de esos que tienen todo dispuesto con el fin de cumplir con los requisitos de los coqueteos eróticos. Pudo ver comodísimos sillones, cojines esponjosos, espejos ennegrecidos levemente no por mor del pudor, sino por conseguir un efecto de recogimiento. Pudo oler un efluvio erótico. Un foco tenue proporcionó luz muy muy sugerente.
Negrete recorrió todo el venusino vestidor, después, cogiendo un tupido cortinón hecho de un tejido muy grueso, se escondió en su interior. Por poco pierde el conocimiento con los efluvios que los lirios desprendieron por todo el recibidor.
Después llegó Estelle. Se deshizo de su kimono de tejido níveo con topos negros y se quitó el ceñido viso que le moldeó el ombligo e incluso los tobillos. No se dejó puesto sino un enorme joyón de oro con un pedrusco precioso. Se desplomó sobre un sillón principesco con un suspiro profundo de puro deleite y murmuró un ronroneo mimoso.
Por unos momentos, Negrete se quedó inmóvil viendo el divino look que le ofreció Estelle.
El horizonte se curvó siguiendo el contoneo que imprimió en su cuerpo sinuoso su dulce resuello.
Su esbelto cuerpo se ofreció desnudo, medio dormido, dentro de un juego de luces sorprendente que puso un reflejo celeste en su contorno en reposo.
Su piel mostró el rosicler de un tejido perfecto, pulido, reluciente pero sin brillos.
Negrete respingó, los ojos encendidos. Se le hubiese creído un Geniecillo Pilluelo.
—¡Oh, Estelle! —susurró, convulso por el deseo—, ¡este es el último virote del flechero de Cupido!
Movido por el numen, compuso en un momento unos versos como los de Song of Solomon, con el portentoso cuerpo de Estelle como objeto de sus elogios.
Tu cuerpo, enorme buque donde yo iré en un crucero, un sloop, un velero con bordos y repiquetes.
Tu frente, fuerte que yo querré embestir, un fortín, un muro de hielo que debe fundirse sin remisión con el viento norte del delirio que me mueve.
Tus oídos, ovillos, mejillones nuevos, ombligo de Venus en cuyo remolino me envolveré.
Los flecos de tus ojos, el estremecimiento de un guiño, el movimiento de un clin d’oeil.
Tus ceños, puentes victoriosos por los que me sumergiré en el pozo profundísimo de tus ojos negros.
Tus dientes, coro insistente, islote de corindos purpúreos por los que yo me iré hundiendo en el fondo del torbellino.
Tu cuello, torreón de lis, pendiente de nieve, modelo de los yugos, instrumento de mi suplicio.
Tus remos, escudos, motones, hitos del deseo, bronce doloroso, torsión del borne donde veré cumplidos mis impulsos. Tu puño, ser de cinco dedos, junco, skiff, dogre, queche, pontón, durmiéndose, ciñendo, hendiendo mi cuerpo débil de modo fortuito.
Tu dorso, golfo, torrente, promontorio, lecho liso, hoz, pendiente, crucero que se mueve por el imperio del deleite. Tu piel, ¡oh!, tu piel, cutis níveo del sirenio mortífero, objeto triste que si se extingue produce mi muerte, cuero en el que inscribiré tu nombre sin fin.
Tu seno, torrente crecido, ese irresoluble borde donde yo dirigiré mi rumbo, puerto primero del rompehielos que me enciende.
Tu ombligo, lodo desunido por siempre, ciborio que siempre ofrece de beber.
Tu vientre, inscripción de un escudo desconocido, ombligo oscuro, portón cuyos goznes yo moveré.
Tu culo, fruto del que obtendré el hueso dehiscente, piñón pulposo, escuezno nervudo.
Tu vello, vellocino de oro, por el que, como el héroe griego, erré mucho tiempo sufriendo fuertes vientos, tu vello, divino pubis, entrecejo del deseo, esqueleto, tubos, cilindros, pelos, plumero que debe recibir de mí un pulpo, un periquito, edén de un conseguido querer.
Tu surco, tu surco loto, tu surco olvido, donde todo se pierde, donde todo se rescinde, tu surco limbo donde por siempre se debe corroer mi muerte, donde yo surgiré siempre, moriré siempre, sucumbiendo por un terrenísimo deleite. Tu botón, donde todo muere, tu botón, fuerte último donde yo iré sucumbiendo, donde yo me derretiré, fundiéndome en un querer por siempre pendiente, en el insosiego en el que viviremos, confundidos por siempre en el goce o en el olvido, en lo oscuro donde todo se hunde, en el infinito momento en el que no tendremos sino un cuerpo.
Esto es lo que recitó Negrete. Después se desnudó, se desvistió, dio un brinco, el muy glotón, sediento de mujer.
—¡Qué! —Se ofuscó Tonio Vocel—, ¡un estupro! —(Se conoce que no tuvo entonces ni veinte eneros; y por si eso fuese poco, se crio en un entorno muy pío, hizo su comunión, después se confirmó y por poco se mete dominico).
—¡Oh, no! —sonrió Dominicus—, no fue un estupro porque Estelle despegó el ojo y se prendó del delincuente, se le ofreció y le murmuró coitus benevolentis.
—Me muero por un quinqui, por un chorizo, por un corruptor.
—¿El poli?, ¿te sigue persiguiendo?
—Por supuesto —dijo Negrete.
—¿Se ofrece un buen dinerito por tu detención?
—Un potosí —dijo Negrete.
—How much? —se empeñó en inquirir Estelle.
—¿Un millón de grivny?
—How much in $? —insistió Estelle.
—Si 1 $ son 28 grivny, con ojo de buen cubero, y después de ver el índice en un periódico, puede decirse, grosso modo, que son 36 000 —concluyó, orgulloso, Negrete.
—It’s too much! —se sorprendió Estelle.
Después se entregó con un guiño coqueto, por no decir muy licencioso, y le dijo con objeto de que le diese un soponcio:
—¡Sé mi Tenorio, mi Romeo, mi Rodolfo, mi Eugenio Onéguin!
Lo mismo que Ginger Rogers y Gene Kelly, que Doris y Rock Hudson, que Liz y Burton, que Pickford y Flynn, que Delon y Deneuve, que Mickey Roonnie y Judy, que Spencer y Hepburn, que Humphrey e Ingrid.
¿Pero fue un guion que retuvo su mente o fue cierto lo que dijo Estelle?
Es lo mismo, eso no nos concierne. Se sumieron en un toqueteo sublime, melindroso, besucón, torneo vicioso, dúo cortés, competición de libidos sin precedentes.
Pero del mismo modo que Zeus se hizo con Europe, Orfeo se entretuvo con Eurídice y Ulises con Penélope, Negrete se unió con Estelle en un deleitoso goce, sus pistoleros, como él les indicó, embistieron los exteriores y los hicieron polvo. El incendio iluminó lo oscuro con un estruendo ensordecedor, como si fuese un festejo de solsticio. Todos fueron sorprendidos, unos en pleno curro, otros en un ocio somnoliento, y corrieron por doquier, con gritos y chillidos. Muchos murieron in situ, heridos por un tizón encendido, por un torbellino insistente, por un pedrusco hirviente que el incendio impulsó desde el suelo, por un rescoldo que crepitó y que perforó pieles como si fuese un punzón, por un licor urente como expelido por erupciones vehementes.
Pero y pese el eminente por no decir imponente bululú que provocó, nuestros tórtolos no sufrieron los efectos de ese crimen vergonzoso, pues estuvieron inmersos en un delirio fogoso pero menos destructivo.
De este modo, después de cumplir con los designios de Negrete, los criminosos delincuentes, con el sentimiento del deber bien hecho, se fueron rumbo del refugio del Ponukelé, pero Negrete continuó con su encuentro erótico, seduciendo, diciendo requiebros, requiriendo, tejiendo un hermoso querer.
Estuvieron en ello tres noches. Después Estelle, desprendiéndose de los besos, de los sobeteos de Negrete, volvió de nuevo con los productores con el objeto de cumplir con los deberes de su suculento convenio.
¡Demonios! El fin del film se hizo evidente. No quedó ni un superviviente, ni productores, ni distribuidores. Los pertrechos: inexistentes, no quedó ni un Nikon, no quedó ni un dispositivo de micrófonos, el equipo de registro hecho polvo; los controles de fotosonido hechos jirones, escombros torcidos, filtros ennegrecidos, hilos fundidos; el foco supletorio sobre trípode semejó un Hodju que se inspiró, por poner un ejemplo, en un Nohum Gebo primero y luego en un Boldoccini.
Como es obvio, Estelle se quedó sin empleo. Eso le produjo mucho dolor, por lo que Negrete, sin poderle ofrecer consuelo, decidió irse, se esfumó y dejó su bomboncito en el remolque. Pero, primero, le dijo con tono imperioso:
—Si tiene un crío —le dijo de usted por ser este un momento decisivo—, como fruto del delirio sin precedentes que nos tuvo unidos tres noches, es preciso que este lleve mi nombre, porque si no, si yo me muero, se pierde el nombre Mevrikordetos, y se diluye en el olvido mi Tormento.