El secuestro

Georges Perec · Capítulo 16 de 31

Páginas del PDF

El secuestro

Capítulo 14

EN EL QUE SE VE UN CIPRINO QUE NO QUIERE LOUKHOUM NI

DEL MEJORCITO

Dominicus conversó con su hijo, yo fui el único que estuvo presente en su discusión.

—Siempre he tenido en secreto el oscuro embrollo de tu origen. Si pudiese, te hubiese dicho hoy el Tormento que pende sobre nosotros. Pero mi Ley prohíbe referirlo. Ningún individuo puede en ningún momento vender el inconsistente porqué, el desconocido mínimo, el completo veto que, desde el origen, oscurece nuestros discursos, desluce nuestros deseos y pudre nuestros movimientos. Todos son conscientes de que un perjuicio sin nombre nos conduce sin nuestro conocimiento, todos son conscientes de que nuestro eterno Tormento nos tiene recluidos en un estrecho recinto que nos impide todo recorrido y que nos produce circunloquios sin fin, discursos inconexos y olvidos, por lo que sufrimos un conocer ilusorio donde se ensombrecen y se oscurecen nuestros gritos, voces, sollozos, suspiros y deseos. Según ponemos empeño en comprender el término omitido, en tener en nuestro poder lo puro sin contornos, se cierne sobre nosotros un odio destructivo. Egg, hijo mío, tengo que decirte que desde hoy y como en tiempo no muy remoto, el peligro de muerte concurre por este sitio, siento su merodeo en derredor nuestro.

»En ciertos momentos —prosiguió Dominicus—, creí posible que tú no tuvieses que sufrir el sino cruel que se cernió sobre mí en otro tiempo. Pero no tenemos ningún poder. Es un error tuyo, y por ende mío, seguir, erre que erre, en este sitio. ¡Debes irte hoy mismo!

Pero Egg desdeñó el consejo de Dominicus, no creyendo que el motivo fuese ese sino, simplemente, el deseo inconfeso de verse libre de su hijo.

—¿Cómo? —berreó, conmovedor en su desconcierto—, ¿cómo? ¡Tú quieres lo mismo, viejo! Quieres verme muerto, ¡lo he comprendido! ¡Yo que soy un ingenuo, yo que siempre creí en ti, yo que te he querido como un buen hijo! Hoy urdes un complot bruto y estúpido. ¡Es evidente como el sol que luce! ¡Por lo menos sé sincero! Si tu deseo voluble decide mi destierro, di reniegos de mí, pero no llenes tu discurso de pretextos estúpidos.

—¡Hijo mío! —chilló Dominicus, inquieto por el ofensivo discurso, y su voz se quebró con un sollozo hiriente.

Posteriormente me confesó que tuvo deseos de descubrirle el secreto, que estuvo en un tris de decirle que fue hijo ilegítimo de un inglés, que por poco se sinceró sobre lo del Zohir de Otton Leipzig, del mendigo de blusón níveo que tuvo por nombre Tryphiodore, del rito higiénico, etc., etc. Pero logró contenerse y no lo hizo.

Se sucedió un espeso silencio. Freddy Egg miró de hito en hito el rostro de Dominicus. Después, de repente se volvió y huyó por el ruidoso corredor.

Dominicus se quedó inmóvil.

Le propuse que lo persiguiésemos.

—No —me dijo—, dejémoslo. Si tiene que irse, pues bueno. Si no, es lo mismo, moriremos todos.

De noche se oyeron los movimientos de Egg por el domicilio. Después, en el rosicler, le vimos irse con un jersey deportivo de cuello de cisne y con un bolso en el hombro.

Se fue junto del borde del piscirrecipiente del vergel. Se volcó sobre él y silbó tres veces moduló un sonido que semejó convenido porque Junus surgió sin perder un segundo. Estuvo discutiendo en buenos términos con su ciprino, ofreciéndole, por veces, trozos de pudding que, primero, desmenuzó entre sus dedos, como si fuese trigo que quisiese convertir en cuscús.

 

Después, sin dirigir los ojos sobre mí, ni sobre su progenitor, ni sobre el domicilio que le vio crecer, con un golpe hostil de portón, se esfumó…

No supimos de él, Dominicus se sintió muy compungido. Junus, desoyendo su nombre, dejó de surgir en el borde del piscirrecipiente. Todo se hundió.

Entonces, seis meses después, uno de correos vino, se presentó en el portón con un pliego en los dedos que Dominicus desenvolvió. Quiso conocer primero el nombre del remitente y después lo leyó entero.

—¿Qué te dice —me preguntó por fin— el nombre de Tonio Vocel?

—Creo que no lo conozco.

—Ni yo. Pero pienso que él nos conoce muy bien: ten, lee esto:

Milord: En el curso de un mes me entrevisté cinco o seis veces con Freddy Egg Butler. Me enteré de que se fue de Noirmoutier sin ofreceros ni un indicio sobre su destino, por lo que he creído conveniente y provechoso referiros cinco o seis hechos

con el fin de produciros un poco de sosiego y de que recuperéis vuestro temple.

En Lutèce, Egg no se portó muy bien. Frecuentó chigres indignos. Se lio con tres individuos del lumpen, unos bribones viles, unos pillos sin fe ni ley, de esos que cometen los peores crímenes. Movido por los peores instintos, Freddy Egg se hizo compinche de los robos del vil trío y se benefició del botín. Pero el jefe del grupo, diestro delincuente, fue cogido, in situ, con los dedos metidos en un bolso, por lo que tuvo que cumplir prisión en Fleury Mérogys. Este incidente hizo que Egg percibiese su negro futuro.

Miedoso o, por lo menos, temeroso, se vio pudriéndose en Biribi. No le hizo ningún chis. Dejó sin perder un minuto su círculo de picoletos, de delincuentes, de chorizos sin principios y se hizo inquilino de un piso con muebles del Bvd. St. Michel, modestísimo, pequeñito, pero suficiente. No sé de dónde procedió el mínimo presupuesto que le permitió vivir entonces, pues si bien no tuvo coche se dejó un fortunón en boutiques: su polo níveo con el rostro del divino Che fue, desde el momento en que se lo puso, motivo de interés y pronto objeto de culto entre el muelle Conti y el de los Célestins, entre el puente Sully y el bodegón del Pont Neuf. Y si solo fuese eso. No se privó de ninguno de los gustos «in»; se deleitó con los discursos de Jung o M. Thorez, Michel Serres, Le Corbusier, o Ninipotch, Tutti o Frutti. Leyó Critique, Temps Modernes, Revue des Deux Mondes, Trois Continents, El Monitor. Frecuentó el Studio Logos, donde Lelouch fue como un dios y se elogió el oficio de Cournot.

Este tren de vivir duró, como mucho, un mes. Viéndose sin un luis, comprendió sus excesos, sus continuos pendoneos nocturnos, lo disoluto de sus instintos, lo erróneo de su rumbo, lo inútil, lo fútil de todo.

Entonces se empeñó con mucho brío y vigor, si bien por poco tiempo, en reconvertir el entorno público, en suprimir los privilegios, en destruir el Dinero, en producir el fin del Beneficio. Se juntó con miembros del círculo muy ortodoxo pro Peloponeso, fieles seguidores del discurso, viejo de por lo menos tres eneros, de M. Mercuri en Corinto en el que se

ponen verdes los principios impuros de los imbéciles del PCF y de los definidos pro chinos. Pero el círculo pro Peloponeso fue disuelto ocho soles después. Freddy Egg se puso muy triste. Después recordó que un crepúsculo su progenitor, usted, le dijo: —El Réquiem de Verdi nos consoló muchísimo en el momento de morir el primo Roberto. —Y comprendió de golpe que el único propósito de su insólito proceder fue eludir su fin último, su designio: el género lírico. Entonces se dedicó de pleno. Un mes después se inscribió en un orfeón. Su éxito fue contundente. Hoy vive en un estudio muy cutre, en el número seis del rondpoint Teniente Nobody. De este modo, después de conocer otros mundos, Freddy Egg eligió, por fin, el sendero recto, comprendió su ser íntimo, decidió su destino.

Creo que esto es suficiente y que he cubierto el hueco de incertidumbre que le dejó su deserción. Yours Truly, Tonio Vocel.

Sin perder un minuto Dominicus envió un giro muy generoso junto con un escrito, extenso como un folletín, en el que se justificó con todo lujo de pormenores, pero Freddy Egg no lo recibió. Como se lo devolvieron quiso conocer el porqué y se presentó en correos. Le dijeron que fue devuelto por no vivir ningún Egg Butler en el número seis del rond-point Teniente Nobody. Sobrecogido por un presentimiento de temor, pidió informes en el orfeón por si uno de sus numerosos inscritos fuese cierto Freddy Egg Butler. Tuvo mejor suerte: le dijeron que sí, que estuvo inscrito pero que siendo el número uno indiscutible de su promoción, le ofrecieron proseguir sus estudios de composición en el School of Music de New York.