El secuestro

Georges Perec · Capítulo 23 de 31

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El secuestro

Capítulo 21

QUIEN, PESE EL ESTRO DEL PRIMER DÚO, NO CONSIGUIÓ SINO

UN ENTORNO ENFERMIZO

—¿Perdicción? —repitió, dudoso, Emery.

—No pienses que esto tiene mucho misterio —replicó, presto, Uriel Wilburg Severin

—¿Tú crees? —le preguntó Emery.

—¡Por supuesto! En mi opinión todo es fruto de un desorden enfermizo, un tumor, o mejor un dolor negro que se introduce en nuestro instrumento fónico y produce constricción o fluxión, suprimiendo o como mínimo subvirtiendo el poder locutivo, por eso su nombre.

—¡Bien! —prosiguió Emery, quien no pensó en eso en un principio—. Pero ¿por qué, en un momento decisivo, elegir un término impreciso como ese?

—¿Por qué? Porque, con todo, nosotros supimos el tormento que oprimió el cuello de Odile: sed de un No-dicho que solo pudo cumplirse siendo un ímpetu sin poder que repite de modo infinito (sin sosiego, siempre en el deseo de un entendimiento puro, en el horizonte del dominio proscrito) que solo existe un Dolor, Dolor que todos sufrimos, Dolor cuyo enloquecedor peso percibimos, Dolor del que murieron Freddy Egg primero, después Tonio Vocel, después Hussein Ben I. Bou, Dominicus, recientemente Odile… Dolor que nos es terrible, sobre todo conociendo que es imposible ponerle un Nombre, pues no podremos poner fin en el empeño de circunscribir su contorno, difundiendo de continuo su jurisdicción, su imperio, sintiendo su poder sin límites, no pudiendo ver en el horizonte del Veto que urdió un término, un nombre, un sonido que diciendo: Te presento tu óbito, te revelo el origen del Tormento eterno, dijese del mismo modo, punto por punto, que existe un confín, que existe, por consiguiente, un Perdón.

No: en el sugestivo circuito del signo susodicho, no existe ningún perdón. Se cree que Tonio o que Dominicus murieron sin poder referir el tormentoso temor que los mortificó. ¡Pero no! Tonio conoció el fin por no poder, por no descubrir el modo de referir su inquietud, por no proferir el nimio nombre, el nimio sonido que hubiese podido suprimir de golpe el Culebrón donde gemimos. Puesto que nosotros, con nuestro silencio, hemos construido el Ojo por Ojo que hoy nos persigue; hemos suprimido el Tormento eterno, no hemos dicho su nombre, desde entonces el Sufrimiento eterno, que, en su conjunto desconocemos, nos condenó: hemos conocido, conoceremos el fin sin poder huir de él, sin percibir el porqué, pues, procedentes de un Veto del que definimos el Derredor sin distinguir el límite (deseo inútil, puesto que luego de dicho, luego de escrito puede suprimir el confuso poder del discurso en el que nosotros sobrevivimos), no conseguiremos referir el Orden que nos conduce y que permite que nos dejemos pudrir, morir en el Desconocimiento, el mismo que nutre su difusión…

Tu discurso, dijo entonces Emery, tiene un interés que no se percibe en un primer momento. Pero ¡si hemos hecho un enorme recorrido! ¿Quién pudo creer, primero, que un Suprimido, un Tonio Vocel muriendo, destruyéndose, o yéndose lejos, pudiese ser suficiente como origen de un sufrimiento como este? ¡Pero, si bien siempre supimos que nuestros gestos, que nuestros propósitos cumplen oscuros designios, que no existe un término fortuito, puesto que todo tiene en el momento su influjo, su sentido, puede decirse que recorremos un libro hecho como un juego de espejos, un libro de detectives, del tipo de los de Sterne, J. Potocki, Poe, de Christie con su Hércules Poirot, Goriot, Pons o Lupin, donde el ingenio sin límites ni conflictos de un plumífero que obtiene su mínimo sueldo ofreciendo mes por mes sus folios con el fin de conseguir el folletón del siguiente semestre, cumpliendo de continuo con el recuento de los pliegos, distribuyendo con un tesón tedioso su porción, su lote de incongruentes borrones, produce un hilo novelesco en el que el enredo surge como del cerebro lelo de un loco benigno con pintorescos desvíos, exhibiendo como exhibe un destino digresivo, obteniendo su estro de un procedimiento de selección discontinuo e incoherente, fútil e instintivo!

Sí, concordó Uriel Wilburg Severin, ciertos individuos pueden decir «¡Qué curioso oxímoron!», pero percibo que lo que sucede es, en mi opinión, como el Orden del episodio novelesco que vivimos hoy: si se quiere tener intuición de un poder ingenioso sin límites, que comprende el infinito, nutriéndose él mismo en enorme progresión, es preciso, si no suficiente, que se deseche el término fortuito, solo hijo del sino, del tedio, del supuesto ingenuo, del lelo, y que todo término se determine según selección de un molde constrictivo, según el orden de un modelo único.

Entonces, continuó, lírico, Emery Consonte, entonces, insensible frente el flujo confuso que vuelve débil nuestros discursos, surge el Ingenio de circuitos infinitos; entonces, el Estro de dedos de color de cielo surge del tortuoso recorrido que debemos seguir con el fin de oscurecer un momento con un término elegido entre todos los otros, ¡el viso virgen del Dedoescrito!

—¡Cielos! —dijo el Sioux, nervioso por el giro incongruente del litigio verborreico—, ¡tú y tus discursos librescos!, ¿no ves, Emery, que te envileces? ¿No crees que debes tener un respeto por Odile, reciente como es su deceso?

—Perdón, Sioux, perdón —dijo Emery confundido o, mejor dicho, lleno de rubor.

—Mejor irnos de este sitio, el entorno es enfermizo —propuso de sopetón Uriel Wilburg Severin.

—No —dijo el Sioux—, no olvidemos que Uliseos Switeword prometió venir. Él debe de poder ofrecernos un refuerzo muy decisivo. Si cogió su coche, lo tendremos pronto entre nosotros. Puesto que no hemos podido comer en todo este tiempo, cenemos y reposémonos luego un poco.

Comieron pues. Refrigerio sobrio puesto que, pese lo huero de los vientres, todo el mundo demostró un enorme desconsuelo, que impidió engullir, sin signos de contrición, el goloso festín. Royeron, mordieron sin fruición los confites. Con todo el Sioux propuso:

—Pese el deceso de Odile, disfrutemos sin miedo del buenísimo roquefort por el que Dominicus, que siempre lo estimó mucho, me hizo ir incluso de noche donde el tendero del distrito; y todo por el miedo de que no tuviésemos suficientes provisiones.

Pero ninguno probó el roquefort, ni el cordero frío, ni los profiteroles rellenos de mousse. Uriel Wilburg Severin sufrió un repentino dolor de testuz. Le hicieron un té, después le dieron un Redoxón si bien él hubiese preferido un Nolotil, y entró en uno de los dormitorios con el fin de dormir un poco.

Emery Consonte buscó por el piso un doble, un dedoescrito o un sucio que como los versos nipones ofreciese un nuevo indicio. Desenvolvió uno o dos pliegos, escudriñó ocho o diez muebles llenos de libros, informes, versiones y discursos de Dominicus, pero sus desvelos no dieron fruto.

Emery dejó el edificio. Con un espléndido cielo nocturno y un tiempo excelente, tibio, encendió un Montecristo de gusto exquisito, cogido de un estuche del estudio de Dominicus. Recorrió el terreno oliendo el perfume nocturno, un olor límpido que le hizo percibir en su puro un efluvio como de benjuí.

¿Quién hubiese creído, se dijo, que pudiesen producirse con este tiempo espléndido, en un vergel donde todo sugiere equilibrio, crímenes como estos? ¿Quién hubiese presentido el Exterminio en un edén donde todo es dulce?

De lejos un buitre berreó. Recordó entonces, sin poder decir el porqué, el bicho de Prometeo que se unió en su mente con un conocimiento confuso, que leyó en otro tiempo, uno o dos lustros, un libro que describe lo mismo: un vergel regido por el Exterminio, un vergel público de cuyo usufructo gozó. ¿Le gustó ese vergel? Sí. Entonces debió poner todo su esfuerzo en socorrerlo.

¿Dónde leyó eso? Poco después el intruso es descubierto: ningún ser benévolo se presentó, generoso, con el fin de socorrerle. Su cuerpo muerto se echó por un hondo precipicio.

Se sentó unos minutos en un poyo mohoso, no lejos de un enorme roble cuyo verdor, meciéndose, produce un ruido sordo pero continuo, un murmullo rumoroso, un suspiro rezongón, por veces sibilino, hipnótico.

Se enervó por serle imposible percibir el hilo urdidor de su reflexión. ¿Un libro? ¿Tonio Vocel no sugirió en cierto momento que el quid lo ofrece un libro? Un flujo de invenciones, lioso, confuso, turbulento, se le impuso de repente: ¿Moby Dick? ¿M. Lowry? ¿Series de V. Vogt? ¿O el símbolo de Emecé editores compuesto por un T y un Y unidos? ¿O el oscuro isósceles, que repite el signo de dos dedos hecho por los victoriosos pero del revés? ¿Donde vive el Olvido de Luis Cernudo? ¿El Escrito Rey? ¿El Secuestro?

Se sobrecogió de golpe. De pronto notó el frío nocturno. Tembló.

Consumido su Montecristo, lo tiró lejos, resto de tizón refulgente que iluminó un breve momento lo oscuro. Dejó el poyo. Entonces percibió su desconocimiento del terreno. Un césped mullido extingue el ruido de sus botines y él cree recorrer un sendero de guijos. Encendió su Zippo, pero no le sirvió de mucho por no tener combustible. Consultó su crono: doce menos veinte; después se lo puso en el oído y no oyó ningún tic-toc. Renegó. Se estremeció. Su pulso se desbocó.

Se orientó por el roce. Primero tropezó con un muro. Después se deslizó en un hoyo donde, como pronto comprendió, se reunió en tiempos el líquido elemento del remojón vespertino de Dominicus. Después, perdido el rumbo, se fue metiendo en un soto donde el oloroso grosellero vive junto con el hostil brezo, bosquecillo del que no pudo huir sin el precio de múltiples cortes y escozores diversos.

Encontró por fin el edificio y eso que, por lo menos veinte veces, creyó pudrirse por siempre en los confines del vergel. Pero el edificio le semejó desierto. Sin luz, ni de un pequeño quinqué, todo lo inundó lo oscuro.

—¡Demontre! —murmuró—, ¡seguro que hubo un cortocircuito! —Se internó en el oscuro corredor. Con tiento, dio con un estudio. Encontró un sillón y se desplomó en él estremeciéndose, lleno de desconcierto.

Ningún ruido en el piso.

—¿Y Severin y el Sioux? —Se inquietó—. ¿Por qué motivo no llegó Uliseos Switeword?

Entonces, sin ser consciente del porqué, tuvo miedo. De repente un dolor vivo perforó su cuello y un suplicio terrible se cernió sobre su frente.

—Seguro que ingerimos un producto tóxico —gimoteó—. Debió de ser un chisme en descomposición, ¡un chisme podrido en el refrigerio nocturno!

Hubiese querido bullir, revolver por los rincones con el fin de descubrir un tónico, un sirope o un vomitivo. Un recelo se le impuso: ¡pusieron veneno en su vino!

—¡Por fin he comprendido! ¡Por fin lo veo! Fueron ellos los que me dieron, me he muerto…, me… —Y profirió un grito incomprensible—… se… si… no… —Sin conocer muy bien el sujeto urdidor de su infortunio.

Ninguno hubiese creído que pudiese resistir mucho tiempo sin hundirse en un shock profundo. Pero, irguiéndose del sillón con un esfuerzo ingente, pudo volver por el sombrío recorrido poniéndose de nuevo en el corredor.

Pero ¿por qué?, sollozó entre dientes. ¿No fue obediente y, conforme se le dijo por lo menos veinte veces, se inyectó con fines preventivos?

¿Es que es inminente el fin? No, renegó él. Seguro que puedo descubrir leche o un revulsivo. Recordó tener visto en el piso superior, en un ropero del estudio que disfrutó Uriel Wilburg Severin, un bote de Homotropini hydrobromidum

H³C — CH — CH³

N — CH³ CHO-CO-CHOH-C6 5 H, BrH H³C — CH — CH³

seguro que este bebedizo socorre mi dolor, pensó él.

Pese el sufrimiento, pese el sudor, subió, trepó en medio de lo oscuro, cogido en todo momento del pretil del negro repecho por el que desembocó en el vestíbulo del piso superior.