El secuestro
II. Tonio Vocel
2
LO QUE SE PUEDE LEER, PRIMERO, COMO UN NOVELÓN
CONOCIDO SOBRE UN HOMBRE QUE DURMIÓ MUCHO
Tonio Vocel no concilió el sueño. Encendió el fluorescente. Miró el reloj: cinco y quince. Suspiró hondo, se sentó en el lecho, se reclinó sobre el cojín. Cogió un libro, lo hojeó y lo leyó; pero solo pudo ver un lío enorme; los términos confusos le impidieron seguir el hilo.
Puso el libro sobre el edredón. En el minúsculo servicio, dejó correr el grifo y se humedeció el rostro, el cuello y los hombros.
Se le precipitó el pulso. Sofoco y sudor. Descerró el ojo de buey y escrutó el cielo nocturno. Dulce noche. Del suburbio le llegó un rumor indistinto. El bronce repicó tres veces, fúnebre como un doble, sordo como un gong, profundo como un pelde. En el puerto, el ronquido del motor de un bote.
Sobre el postigo del ojo de buey, un bicho de pecho índigo, de morro gris, ni un hurón ni un erizo, sino un topo, se movió royendo un trocito de queso. Tonio intentó destruirlo, pero el bicho se escurrió y huyó por un hueco del muro, sin que él lo pudiese impedir.
Cogió un litro de leche del frigorífico y se bebió todo un bol. Se serenó. Se sentó en el sillón y cogió un periódico que leyó sin interés. Encendió un pitillo y se lo fumó entero, pero lo encontró muy fuerte. Tosió.
Sintonizó Europe 1. Un ritmo del trópico primero, luego un swing, después un twist, un fox-trot y un cuplé moderno. Dutronc interpretó un rock de los Rolling-Stones, Léo Ferré un trozo de Beethoven y P. Domingo un solo de Rigoletto.
Debió de sumergirse en un sopor. Se despertó de repente: «Últimos reportes». Ningún suceso digno de mención: en México, un puente recién construido se derrumbó, lo que provocó veintisiete muertes; en Zúrich, Ho Chi Minh desmintió el improcedente rumor de su recorrido por el Este europeo; en Londres, un ministro se quejó por el proceder violento de los supporters del Liverpool; conflictos religiosos en Beirut; hubo un golpe en Yemen del Sur. Un tifón demolió Tokio, el ciclón Mercedes, hermoso nombre, estremeció Puerto Rico y los isleños tuvieron que huir en vuelos imprevistos.
En Wimbledon, por último, en el trofeo de tenis, S. Smith fue vencido por John Newcombe por seis-tres, uno-seis, siete-seis, seis-dos.
Desconectó el receptor. Se tumbó en el suelo, respiró hondo e hizo cinco o seis flexiones. Pero pronto se extenuó. Se recostó, rendido, y miró el techo, donde vio un misterioso jeroglífico de contornos medio difusos:
se hubiese dicho un isósceles sobre dos pies, o un número nueve con el pie corto;
el símbolo que se escribe en un supuesto lógico, con un posible recuerdo de sus estudios como ejemplo; si tenemos dos conjuntos diferentes D y S, y S es un subconjunto de D, todo elemento equis de S, sin que importe el elemento elegido (es decir, Ax), es de D;
y el dibujo incompleto y borroso de un ciborio cónico de vidrio, medio lleno de vino espumoso;
o, por unos segundos, el esbozo de un monte del Pirineo con nieve en el pico, o un cono con un hierro puesto en medio por descuido.
Su mente se estimuló. Recorriendo el techo, lo escudriñó: descubrió cinco signos, seis, veinte, veintiséis, o puede que veintisiete, mejor veintiocho, inciertos conjuntos, bocetos inconsistentes, bosquejos de ensueño pero sin peso, oscuros diseños. Persiguió un signo evidente cuyo sentido pudiese entender, un indicio inteligible, un símbolo comprensible en vez de ese embrollo incongruente. Hubiese querido que de esos elementos inconexos surgiese un primer dibujo menos impreciso, un molde menos imperfecto, pero lo único que logró fue: cloruro de sodio, dolor y perversión, yeso;
croquis;
tribu;
mendrugo, perro;
o un postre de huevo y leche engullido por un sirenio níveo: diversos intentos de decir un secreto forzoso, sustitutos equívocos de un conocimiento perdido sin retorno posible, pero que siempre tuvo deseos de poseer.
Se enojó. Ver el techo le produjo un dolor sin precedentes. Entre el montón de ilusiones que su mente forjó, vislumbró un punto céntrico, un núcleo desconocido que fue siguiendo con el dedo pero que se desdibujó en un periquete.
Continuó. Se obstinó. Embrujo del que no consiguió desprenderse. Se hubiese podido ver en el techo, hendido en un rincón, un punto Epsilon, espejo del Inmenso Todo ofreciendo con profusión lo Infinito del Cosmos, punto primero de un horizonte pleno, hoyo sin fondo con término en el núcleo, terreno desconocido cuyo sinuoso contorno persiguió, torbellinos, enormes muros, prisión, cerco que recorrió sin poder introducirse en él…
En los siguientes ocho soles se empecinó en su cometido, pudriéndose, embruteciéndose, sintiendo vértigos, viendo el insólito techo, y dejó correr los efluvios de su mente en vilo; con esfuerzos, descompuso, estructuró y modeló su visión, construyendo en derredor el meollo de un libro y elucubró como un bobo, persiguiendo el utópico objetivo de un momento divino en el que por fin todo se resolviese, todo tuviese conclusión.
Se puso enfermo: ni un mojón, ni un timón, ni un destello, sino solo veinte conjuntos de los que no pudo desprenderse, incluso presintiendo su solución, intuyendo en ciertos momentos el fin del enredo, creyéndolo muy próximo: «Lo conseguiré (lo supe, lo supe desde el principio, pues todo es muy sencillo, muy evidente, muy común…)», pero todo se ensombreció, todo se disipó: solo quedó un murmullo furtivo, un tumulto sibilino, un lío confuso. Un sol negro. Un embrollo.
No consiguió dormirse.
Longtemps je me suis couché de bonne heure, se dijo después de beberse infusiones de opio, costo y otros somníferos; por mucho que se cubriese el rostro con un gorro, y por muchos corderos que corriesen, no pegó ojo.
Unos segundos después, dormitó. Luego, como sobrecogido de improviso, sintió un temblor que le fue recorriendo el cuerpo. Entonces surgió, le cercó, embistiéndole el temido y obsesivo croquis. Por un momento, un minuto, un segundo o menos, lo supo, lo vio, quiso cogerlo.
Por poco lo consigue, pero lo perdió todo, menos el tormento de un deseo no cumplido y el disgusto de un conocimiento escurridizo.
Entonces, fresco como un hombre que hubiese dormido mucho, se puso en pie, bebió, escrutó el cielo nocturno, leyó, encendió su tele. Incluso se vistió, se fue, erró, dejó correr el tiempo en un pub, o en su club; sin ser un buen conductor, se subió en el coche sin rumbo fijo, siguiendo su instinto: Neuilly, Courbevoie, Clichy; Montrouge, Montigny, Orly, Limours; incluso dos veces se presentó en el Cerisy, donde se quedó tres soles sin dormir.
Hizo todo lo que pudo por dormirse pero no lo consiguió. Se puso un sobretodo con un sombrero hongo, un jubón con un tricornio, un jersey con un cinturón, un mono, un forro, un niqui, un polo, un slip, después se metió en el lecho desnudo. Movió el colchón de sitio por lo menos veinte veces. Un mes estuvo de inquilino en un dormitorio muy costoso y probó el sillón, el chinchorro, el triclinio, el jergón de muelles, el brezo.
Tembló sin edredón, sudó con el rito, cotejó el cobertor y el cubrepiés. Se postró encogido como un feto, luego extendió todos sus miembros; se entrevistó con un hindú que le ofreció su felpudo con pinchos, después con un gurú que le propuso posiciones de yogui: por ejemplo comprimir con el dedo índice el occipucio, coger el pie izquierdo y ponérselo en el cogote. Pero todo resultó inútil. No pudo. Vio venir el sueño pero pronto, de nuevo, le cercó su inquietud, volvió su obsesión, hirviendo en su interior y en torno suyo. Se sintió oprimido y deprimido.
Un vecino comprensivo se condolió y estuvo con él en el consultorio del centro médico de Cochin. Dio su nombre y el número del seguro. Le propusieron que se hiciese un chequeo y él consintió. Le inquirieron:
—¿Sufre usted?
—Un poco —respondió.
—¿Qué tiene? ¿Insomnio? ¿Tomó un reconstituyente? ¿Un tónico?
—Sí, pero no me hizo efecto.
—¿Le escuecen los ojos?
—Pues no.
—¿Le duelen los incisivos?
—Puede que sí.
—¿El entrecejo?
—Sí.
—¿Los oídos?
—No, pero, de noche, oigo un zumbido zumbón.
—¿Seguro que solo es un zumbido? ¿No omite ningún…?
—No lo sé.
No pudo prescindir del otorrino, un chico risueño, de pelo cortísimo, con gruesos bigotes pelirrojos y redondos quevedos, y un cuello postizo gris con puntos rojos; entre los dedos un pitillo con tufillo de vinillo. El otorrino le tomó el pulso, lo reconoció bien, le introdujo un depresor y un espejo redondo por entre los dientes, le toqueteó el conducto ótico, le hurgó en el oído, comprobó que no tuviese ni otitis ni sinusitis ni rinitis. El otorrino puso todo su empeño en ello pero eso no impidió que Tonio se sintiese molesto por los seguidos silbidos del doctor.
—¡Huy, huy, huy! —dijo—. ¡Cómo duele!…
—¡Chitón! —contestó el otorrino—. Siéntese, le pondremos unos roentgen.
Tonio se recostó en el sillón níveo, reluciente, frío; el médico pulsó tres botones, movió un ceprén, soltó el interruptor, le hizo tres fotos y encendió el foco. Tonio intentó ponerse de pie.
—¡Quieto! —ordenó el otorrino—. No he concluido, espere, temo que se revele el signo de un tumor.
Enchufó el circuito, le colocó en el occipucio un punzón de iridio, como un enorme boli, luego cogió el tensiómetro y el estetoscopio y le tomó su tensión.
—El mercurio sube mucho —opinó el otorrino, tecleó sobre los instrumentos y mordisqueó el pitillo—, constricción del seno, se tiene que intervenir.
—¡Intervenir! —Vocel se inquietó.
—Sí, he dicho intervenir —confirmó el otorrino—, si no tendremos un inicio de crup.
Dijo todo eso con tono juguetón. Vocel dudó que fuese en serio, pero el humor negro del médico le preocupó. Cogió un kleenex y escupió pus, con resoplidos de enojo.
—¡Demonio de medicucho! —terminó diciendo—; hubiese tenido que verme un oncólogo.
—Bueno, bueno —dijo el otorrino sin rencor—. Con cinco o seis sueros de unos veintisiete decilitros lo veremos mejor, pero primero estudiémoslo bien.
Pulsó un botón y entró su enfermero vestido con un blusón verdoso.
—Rubempré —le dijo el otorrino—, busque en el Clínico Foch, en el Oncológico o en St. Louis, inmunomeningitis. Es preciso que lo encontremos urgentemente.
Luego dictó el siguiente informe:
—Nombre: Tonio Vocel. Revisión del ocho de febrero: tiroiditis leve, infección del epitelio con riesgo de obstrucción de los cornetes, constricción del seno superior derecho con flogosis del velo, ergo propongo resorción del flemón con sección del orzuelo.
Vocel se serenó, pues como explicó el médico: «Intervenir el seno es un proceso complejo y minucioso pero exento de peligro. De hecho tiene sus orígenes en tiempos de Luis XVIII». Vocel no se lo pensó dos veces: en un mes, todo resuelto.
De este modo ingresó en el policlínico. Lo pusieron en un dormitorio con veintisiete lechos —veintiséis de ellos con sus respectivos menesterosos medio muertos—, le dieron potentes comprimidos con el fin de disminuir el dolor (Rodogil, Sibelium, Nolotil). De noche vino, como siempre, el jefe de servicio, seguido por su corte de discípulos con visible regocijo por los profundos conocimientos del médico y con contenidos risoteos como eco de los risos del profesor. Se entretuvo con los enfermos crónicos, con el espíritu entre los dientes, con un pie en el hoyo, en el borde del sepulcro, gente con los minutos medidos. Les dio unos golpecitos en el hombro, por lo que provocó en ellos un rictus gestero y quejoso. Pero en todo momento supo ofrecerles consuelo y contecho, chistes, por ejemplo, incluso los niños llorosos recibieron deliciosos dulces, y sonrisos los progenitores. Los residentes oyeron conclusiones que emitió y justificó el médico sobre el informe de tres o cinco enfermos de difícil remedio: Esclerosis, Herpes, Enterocolitis, P. G. P., Meningitis, Sífilis o Lúes, Convulsiones, Tuberculosis, Espirilosis.
Miles de minutos después, Vocel montó en un sillón móvil y posteriormente se inició su intervención. Le durmieron con cloroformo. El odontólogo le introdujo un tubo en el morro. Tomó el espejo redondo y seccionó el flemón con un bisturí fino y diminuto. Puso unos rollos y de este modo pudo contener el súbito flujo de pus. Con el torno perforó un diente y rellenó el hueco, primero con bonding (invención reciente de un inglés) y luego con composite. Pero como no resultó bien, con el hosteotrimer lo retiró todo, incluso el cemento de fondo. Cogió el fórceps superior derecho y tiró del incisivo inferior izquierdo pero se rompió y quedó un trozo dentro. Utilizó con éxito el escoplo y el osteótomo. El enfermero, sudoroso, retiró los utensilios diligentemente.
—Muy bien —dijo por fin—: en el futuro le pondremos un diente postizo de oro, con fines estéticos.
Recibió Vocel un cepillo tipo nipón, sin ton ni son, y le recetó el médico diversos potingues: comprimidos efervescentes, un dentífrico noruego y un elixir del polo.
Ocho soles después, el médico lo soltó y, despidiéndose de todos, Vocel se fue. No por eso consiguió dormir mejor, pero el dolor disminuyó.