El secuestro

Georges Perec · Capítulo 13 de 31

Páginas del PDF

El secuestro

Capítulo 11

DONDE SE CONSIGUE POR FIN EL SOSIEGO DEL SUMO GURÚ

Después de leer Odile los miró uno por uno: Emery, Severin, Dominicus, el Sioux, y dio un profundo suspiro. Confundidos, ninguno pudo decir ni mu y eso que todos repitieron en silencio los versos pretendiendo deducir un hilo conductor, un nexo.

—Bien os dije yo que son precisos todos los conocimientos de un Humboldt si se quiere entender esto un poco. Puede incluso que me quede corto —insistió Dominicus excedido—, con Humboldt no es suficiente, esto requiere por lo menos un Chomsky.

—No, mejor un I. Gibson que nos dé su opinión de experto sobre los versos llenos de símbolos escritos por Federico.

—¿Y por qué no un C. Lévi-Stross?

—¿Y por qué no un Oulipo?

—Me confunde, todo esto me confunde —murmuró desde un rincón Emery.

—¿Y qué es lo que te confunde? —inquirió Uriel Wilburg Severin.

—Negro, E níveo de Rimbó. Creo que contiene un indicio.

—Si se quiere. Es notorio que en esos versos no es contingente el empleo de ningún término. Pero fueron escritos por Rimbó, el niño prodigio del simbolismo, no por Tonio Vocel.

—Si tú lo dices —repitieron todos, poco convencidos.

Dominicus C. Butler, en un ejercicio de introspección, dejó que su espíritu discurriese libremente. Todos los otros siguieron su discurso sugestivo, pese su oscuro hermetismo:

Negro, E níveo, dijo. Luz y noche: oposición como si fuese un oxymoron: como el sgte, indicio evidente de que fue preciso, con objeto de que surgiese, difundir todo su contexto (su perlocución desmiente lo que descubre su ser contingente, es preciso si se pretende comprender el no ser del hueco, de lo níveo, de lo lechoso, ver con nitidez su distinción, su «ideosinkresis», su oposición con el negro, con el rojo, con el verde), «un hueco» no descubre en sí mismo su propio no-ser, hueco níveo de un bloc sobre el que corrió un boli ennegreciendo el escrito donde se cumple su muerte: ¡Oh!, pobre folio suprimido por su hueco, discurso de un no discurso, discurso prisionero que pone el dedo en el olvido que duerme en el centro del logos, núcleo podrido escisión, secreto, omisión que en un mismo gesto descubre y esconde su poder. No-white house, corredor por el que no puede correr ningún pie, que ningún conocimiento puede seguir, terreno yermo en el que todo locutor se mete muy pronto, como desnudo, desprotegido en el pozo donde duerme su discurso, tizón ignífugo que te puede rustir si no te pones lo suficientemente lejos, pozo seco, terreno prohibido de un verbo desnudo, de un término insuficiente, que siempre se ve muy huidizo, siempre muy lejos, que ningún locutor ronco, ningún disléxico puede emitir, término que constriñe, término impotente, improductivo, término huero, epíteto ofensivo de un sentido excesivo donde se ve el triunfo de lo sospechoso, de lo prisionero, de lo iluso, resto incompleto, río seco, regresión imposible de Freud, infructuoso desierto en el que todos nos perdemos sin remisión sedientos de un no dicho, como en el inútil grito del estertor último, pliegue hundido en el peritexto de un discurso que siempre nos oscurece, nos pone en ridículo, inhibe nuestros instintos, nuestros deseos, nuestros firmes propósitos, nos prescribe el olvido, lo nocturno, el positivismo, los recorridos fríos, los sinuosos rodeos, pero del mismo modo poder enloquecedor, inmersión en un todo que dice en el mismo gesto los sentimientos puros, los celos, el empobrecimiento extremo, sustitución de un conocimiento verídico, de un susurro menos inútil, voz de un ego profundo, voz de un vidente menos impreciso, de un informe menos confuso, de un vivir menos muerto. Sí. En el centro del Logos existe un dominio proscrito, un perímetro prohibido que no indicó ningún letrero cuyo contorno es un enorme yermo: un hueco, un desierto, un signo omitido que impide todo discurso, diluye el poder del verbo, confunde el discernimiento, oprime el cuello del locutor, suprime su voz y solo se oye un gruñido seguido de un improperio. Hueco níveo, que nos pone enfrente del esfinge y nos impide responder, Níveo color del enorme sirenio que persiguió con empeño Echeb meses y meses. Níveo hueco en el que nos perderemos todos de uno en uno.

D. C. Butler se sentó ensombrecido, deshecho. Todos permitieron el vuelo libre de sus espíritus.

—Sí —dijo por fin Emery Consonte—, Tonio Vocel se esfumó, se perdió, huyó, sufrió un secuestro…

—Hussein Ben I. Bou se esfumó —continuó Severin.

—Y ello dos decenios después de que se perdiese Freddy Egg Butler, recorrido su cuerpo por un reluciente corte.

—Sí, ocurrió en el curso de un bolo de su grupo con Egg en el rol del Uomo Níveo en el Don John de Tirso, vestido todo él de color leche —gimió Odile.

—Intentemos por un momento subirnos el humor y no ser depresivos — propuso Severin—. «Nuestros duelos pueden ser un impedimento, intentemos unirnos», como dijo en otro tiempo Ercole del Rio poniéndole ritmo. Olvidemos por unos segundos nuestros muertos, nuestros coleguis que se fueron por siempre e intentemos hoy verlo todo menos oscuro, incluso nítido, con objeto de reducir los efectos del conjuro que se cierne sobre nosotros, y de prevenir nuestros hijos de sus posibles inquisidores.

—Pero no lo conseguiremos, ¡es el cuento de lo que no tiene fin! —berreó Odile—. Me temo que el premio de nuestros esfuerzos solo puede ser el endurecimiento de lo desconocido, y por fin en el núcleo, en el punto negro del límite, nos hundiremos. ¿Por qué tenemos que ir directos en pos de un seguro deceso? ¿Por qué hemos de elegir el triste destino que conocieron nuestros buenos coleguis Egg, Tonio y Hussein?

El tono sumiso y miedoso del discurso de Odile no sentó bien en el grupo y todos se le opusieron vehementemente.

Dominicus puso orden en el incipiente bullicio con un gesto firme de su dedo tieso.

—My friends, oídme, oídme todos —increpó con un tono sordo que difícilmente disimuló su inquietud—, silenciémonos, silenciemos nuestros sentimientos, nuestros lloros e inquietudes. Nosotros seguiremos punto por punto el propósito de Uriel Wilburg Severin porque, como dejó dicho M. Lowry siguiendo el espíritu de Goethe «Wer immer strebend sich bemünt, den können wir erlösen», o lo que es lo mismo: «Quien quiere, siempre, sin ceder, con esfuerzo, sobreponerse, ese puede ser liberto». Pero —prosiguió Dominicus viendo su reloj— es muy de noche, queremos comer, queremos beber, ¿por qué no engullimos, primero de todo, el lunch que os hemos dispuesto en previsión de vuestros sutiles gustos?

—Hummm, hummm —profirió, goloso, Severin.

—Rico, rico —espetó, burlón, Emery.

Sin verlo venir, el Sioux se presentó y les indicó:

—El refrigerio se sirve en el lujoso Comedor Regio.

Todos dieron vítores.

—Puede que primero debiésemos vestirnos —propuso Odile con un toque de distinción.

Todos se metieron en sus vestidores y volvieron poco después hechos un primor.

Odile, muy «in», luce un blusón de confección Dior en un crespón, luminoso, iridiscente, con un enorme borbotón de exquisitos perifollos: festones, cordones, flecos, pompones, ribetes, orifrés, dijes. Unos gruesos pendientes congoleños, dos serpientes de oro, se ciernen sobre su cuello.

Como un petimetre, Emery eligió un estricto smoking.

Severin, pijo o incluso esnob, se puso un levitón gris roedor, un jubón limón y un cordón de pescuezo de color ciervo. Emery, un poco envidioso, lo piropeó con un silbido.

—My teilor is rich —contestó, orgulloso, Severin.

Y qué decir de Dominicus C. Butler, quien, por mor de su oficio de cónsul, tiene un chic de lo plus plus. Su uniforme le confiere el viso de un colono inglés discutiendo con Jorge V sobre los pormenores de su misión en Hyderêbêb, donde tuvo que verse con el diestro Tippoo Sehib, visir del Mysore.

No sin melindres, chichis o cumplidos, se reunieron todos en el imponente recinto donde el Sioux dispuso el refrigerio. Emery, cogido de Odile, Dominicus siguiéndolos, después Severin. Se elogió mucho un cofre Luis X, un quinqué borgoñón con un sello de F. Rude, un triclinio con motivos de flores hecho por Philip Otto Runge, y, sobre todo, un lecho-tumbón con dosel cuyo origen fue en su momento motivo de fuertes discusiones entre los expertos pese exhibir el cuño de Gringling Gibbons.

—¿Conoces —dijo Dominicus con los ojos puestos en Severinel discurso que, con este motivo, se publicó en el Les temps Modernes, un escrito teórico de mucho peso en el que Gombrich se mete con Pierre Klossowski?

—Impossible, isn’t it? —Profirió Severin, como lelo.

—¡Pues sí! Por poco hubo un duelo. El propio Gombrich confesó que encontró en el forcejeo uno o dos puntos nuevos cuyo nexo constituye el recorrido primero de Invención e ilusión.

—Seguro que en eso reside el precio de tu lecho-tumbón, surgiese o no de los útiles del eximio Gibbons.

Después todos cogieron sitio.

El lunch ofrecido por Dominicus no fue lo que se dice pobre sino un señor festín. De primero hubo un entremés de pichones rellenos. No pusieron mero pero sí boquerones con comino junto con un Mouton-Rothschild del 28. Vino después un guiso de cordero con un sofrito con un fuerte perfume de romero. Siguiendo el estilo de los Butler, un curry sutil le dio gusto. Después se degustó pulpo con pimentón en lecho de berros, fríjoles, piñones, níveos puerros y oscuros brécolis. Según costumbre de los bretones se bebió un buen licor entre medio. Por último se regó todo con un sorbete de limón y Oporto junto con un Riesling con el que hubiese podido ponerse beodo el mismo Curnonsky.

Dominicus C. Butler propuso un brindis donde hizo expreso el deseo de que el esfuerzo del unido grupo pudiese poner luz en su inquietud, en el complejo lío que después de un mes de escrutinios sigue oscuro.

Se brindó. Se bebió sin interrupción. Pronto todos estuvieron ebrios.

El tiempo corre. Un medio erótico encuentro une los deseos de Emery y Odile: junto un beso en el cuello, él le dirige un dulce cumplido. Después corre un río divino de whisky que se bebe de un golpe en vidrios de color.

El rosicler. Tres veces se oyeron los berridos de los perros. Se ofrecieron huevos de esturión ruso.

Odile duerme sobre el hombro de Emery; Severin es instruido por Dominicus, quien le refiere su concurso en un encuentro de remo, deporte desconocido en Noirmoutier pero que él quiere promover cueste lo que cueste. Con el sueño de construir un Rowing-Club ofreció incluso un esquife, vistiendo tres mozos del pueblo de pulls índigo provistos de escudos como los de Oxford, donde en otro tiempo fue remero.

Por fin se durmieron con el sol en plenitud.

El reloj de cuco dio doce pitidos; un bordón de sonido denso, fúnebre o de desconcierto, se oyó lejos. Dominicus C. Butler se despertó de un sueño no muy sereno. Un término estúpido se repitió en él sin que consiguiese comprenderlo del todo: voz, bocón, bocel, ¿o Vocel?, lo que, por conexión produce un revoltillo, un espeso engrudo: sujetos, locuciones, leitmotivs, dichos, todo un discurso confuso, borrón que se cree entender pero que persiste, imponiendo el molesto torbellino de un hilo veinte veces roto, veinte veces cosido, términos sin nexo donde no se pueden ver ni sus componentes fonéticos, ni su modo escrito, ni su sentido, pero que tejen un flujo, un flujo continuo, sólido, entero: repercusión fuerte, intuición, conocimiento que coge cuerpo en conmovedor estremecimiento, en nube que, de sopetón, contiene un indicio evidente pero que solo se entrevé un segundo, oscureciéndose después.

—Who switched it off? —refunfuñó (en su fuero interno, siempre prefirió el inglés)—. Help me, switch it off! Who wishes it? —Solución (o perdón, o indulto) que se ofrece en un visto y no visto, pero que ningún término, ningún discurso puede convertir en conocimiento regido por los principios del logos.

Luego, sin poder entender cómo un hecho nimio como este se le impone, recordó su deber de disponer el refrigerio de Junus, su ciprino. El olvido fútil pero de repente muy doloroso le escoció.

Se vistió gruñendo un revoltillo incomprensible.

El silencio se extiende por el edificio. Dominicus coge trigo, el sustento preferido del ciprino, de un cofre. En el momento de irse ve en un rincón sobre un xilófono el oscuro dibujo hecho con productos de chite sobre el que, según Severin, Vocel quiso que un eximio orfebre hiciese surgir unos níveos versos nipones. El objeto lo sedujo. Fue en su encuentro y lo cogió. Con precisión fue siguiendo con su dedo el sugerente recorrido del sutil signo nipón inscrito sobre el oblongo joyero.

De repente, emitió un grito ensordecedor, telúrico:

—¡Ei! ¡Ei! ¡Oh! ¡Oh! ¡Un Zohir! ¡Miren, miren, un Zohir! —Sus dedos se encogieron. Se desplomó, muerto.

Todos en el edificio dieron un brinco, un respingo, corrieron revolviéndolo todo, enloquecidos, como espectros, estremecidos, con desconcierto, llenos de miedo, perplejos. Emery llegó primero y después Odile, Severin, el Sioux.

Tendido sobre un enorme felpudo poliédrico con motivos chinos, Dominicus exhibe un rictus horrible que endurece su rostro. En el último estertor el dibujo con versos nipones quedó preso de sus dedos sufriendo desperfectos por los pliegues. Todo en derredor se ve lleno de trigo.

—¿Por qué trigo?

—Es el trigo del refrigerio de Junus, su ciprino —reseñó Odile que lo dedujo en un pis-pis.

—Sí —prosiguió el Sioux—, se olvidó tres veces de ofrecerle de comer. Seguro que hoy recordó su descuido.

—Entonces, creo —continuó Odile, cogiendo trigo, el sustento preferido del ciprino—, sufrió un síncope súbito y mortífero, un rechucho, un temblor, un soponcio, ¡por Dios!, ¿qué sé yo?

—Sí, pero —supuso Severin— ¿el síncope que le sorprendió tuvo o no que ver con el dibujo de versos que prensó entre los dedos en su último suspiro?

—Pegó entonces un grito —indicó Emery—, pero ¿qué fue lo que dijo? Yo no lo entendí.

—Yo sí: ¡Cerril, Soler! —dijo Odile.

—Yo, zorrillo o zorrito —dijo Severin.

—No —dijo el Sioux—, dijo «Un Zohir, miren, miren, un Zohir».

—Un Zohir —repitieron—, ¿qué coño es eso?

—This story is very long —murmuró débilmente el Sioux.

—Dinos, ¡te lo pedimos por Dios!

—Bueno, pero primero intentemos tener conexión por teléfono con Uliseos Switeword o con Orsini Ottevioni, porque hoy se cumplen tres noches desde que Dominicus recibió de Switeword un télex en el que se dice: «Mi seguimiento de lo que sucede es continuo. Temo lo peor. Tengo miedo de un imprevisto funesto. Todos mis recelos confluyen sobre Noirmoutier. Estemos prevenidos. Queremos conocer pronto si sus inquisiciones dieron fruto, puesto que, si recibo pronto sus informes, pronto podré moverme». Uliseos Switeword y Butler fueron íntimos desde, por lo menos, el último decenio. Él supo del existir del Zohir. Debe poder ofrecernos su contribución sin precio puesto que sigue todo esto desde un montón de tiempo.

Emery se ocupó de conseguir el número. En el edificio de los polis de los jueces le dijeron primero que Uliseos Switeword no se presentó en su puesto y después lo pusieron con Orsini Ottevioni.

—¿Sí? ¿Sí? —Profirió Orsini Ottevioni—, soy Orsini Ottevioni.

—Sí, sí —profirió Emery Consonte—, soy Emery Consonte.

—¿Emery? ¿Cómo sigues?

—No muy bien.

—¿Qué sucede?

—Sucede que Dominicus C. Butler entró en el otro mundo no hizo ni veinte minutos.

—¡Crocus & Plum-Pudding! —gritó el corchete—, ¡Dominicus! ¡muerto!

—Del todo —confirmó Emery.

—¿Un homicidio?

—No, creemos que fue un síncope.

—¡C… en Dios! —Pecó Ottevioni—, lo dejo todo y voy. —Colgó.

Emery hizo lo mismo.

—Viene —informó Emery con los ojos fijos en Odile, que no presenció el coloquio telefónico.

Pusieron el cuerpo de Dominicus en el recinto contiguo. Lo metieron en un lecho y lo cubrieron con un lienzo.

El Sioux dispuso que todos se reuniesen entorno del ruedo chino y después soltó un montón de ruegos diversos.

—El Sioux —musitó Odile— no suele referir ningún hecho sin prevenir, primero, el odio divino por medio de un rítmico perdón que no es oído por ningún Sumo Gurú si su ruego, su solicitud, no exhibiese el estricto rito que, desde el origen mismo de su tribu, es decir desde veintisiete veces doce meses por veintisiete, fue definido por el Espíritu Celeste primigenio y que dictó en un modelo no escrito en el que todos los hijos de su tribu son instruidos desde tiempos muy remotos.

En un idiolecto difícil de entender, el Sioux recitó el modelo no escrito del eximio Espíritu Celeste, refiriendo punto por punto los gestos precisos y después uniendo el gesto y el discurso, cumpliéndolos con un celo riguroso, digno de ver.

—Oh, Espíritu Celeste, desde veintiocho veces doce meses por veintiocho nos permitiste ver el modo sutil de prevenir el terrible odio del Sumo Gurú. Procederé hoy como tú. Primero tú te metes en tu oscuro iglú indio. Pones en el suelo tu zurrón y coges de él tu negro cuchillo. Después, sobre un ruedo dispones tres bultos que contienen seis líos de yute ennegrecidos por un tinte chino, tres botes llenos de puros, un fósforo y un tubo estrecho. Después, revolviendo en los trebejos de tiro que extendiste sobre el centro del ruedo, pones filo en los incisivos chuzos con el término en picos. Luego te desvistes de tu vestido de urbe, te metes en un jubón rústico y te sumerges tres veces en el líquido elemento. Solo entonces puedes, recogiéndote no lejos del ruedo, en equilibrio contigo mismo, ofrecer el dulce discurso: ¡Oh!, Sumo Gurú, no ves pero todo lo entiendes. Conocemos tu poder, el que comprende el hurón y el topo, el grifo y el unicornio, el felino y el visón, el erizo y el wopití, el dugongo y el xilófogo, el cuervo y el yeco, el negro buey perezoso y el zorro huidizo y comepollos. Hoy debemos irnos nosotros, puesto que todos los que nos precedieron se fueron del mismo modo, rumbo del encuentro con un conocimiento que se esfumó en el olvido, inscribiendo en nuestros pulsos, en nuestro cuerpo, el grito primigenio de donde emerge nuestro tribu. Sumo Gurú, viejo constructor, protégenos hoy, ¡protégenos por siempre!