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7. El hombre organizado
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EL HOMBRE ORGANIZADO
Walter Groteschele despertó a las 5,30 de la mañana. No se despertó al sentir el reloj despertador y, además, tampoco llevaba reloj de pulsera. A pesar de ello nunca se equivocaba de hora. Estaba completamente despierto. Mientras saltaba de la cama, su mente ya estaba planeando el trabajo del día. Lo hacía rápidamente, en una forma perfecta y ordenada, no le llevaba más tiempo del que necesitaba para trasladarse de la cama al cuarto de baño. A las 6 y 10 ya estaría listo; se habría duchado, afeitado, vestido, se habría tomado una taza de café rápido, y estaría esperando el tren en Scarsdale. Tardaría una hora en llegar a La Guardia, esto es a las 8,30. Una hora para llegar a Washington (donde se tomaría su segunda taza de café, a 330 metros) a las 9,30, y estaría en el Pentágono diez minutos antes de las diez.
La lista de cosas que hacer estaba completa. Su día controlado.
Groteschele subió a la báscula del cuarto de baño: 82 kilogramos. Pesaba 74 cuando tenía veintiún años. Conocía a muchos que no querían pesarse, tenían miedo de saber su peso. Groteschele se pesaba todos los días. Al bajar de la balanza incluso trataba de pensar en lo que significaba aquel aumento de peso. Hay que encararse a la realidad, se decía quedamente con orgullo. A ello debía el encontrarse en la situación brillante del momento.
Mientras se duchaba, frotándose el cuerpo con una áspera esponja natural, meditó rápidamente sobre las diferencias físicas de los veintiuno y los cuarenta y ocho. Entonces era delgado y tenía buena musculatura. Ahora había un exceso de grasa en el torso. No era gordo, pero así y todo se le notaba bajo el traje. Menos firme. Alrededor de la cintura la carne hacía un pequeño bulto. Donde más se notaba era en torno del cuello y en la cara. Generalmente llevaba cuellos muy apretados que se le enterraban un poco en la carne, haciendo que su rostro apareciese ligeramente rosado. Mientras se afeitaba pensaba en si le sería posible o no eliminar toda esa grasa. No tuvo que pensarlo mucho.
No le quedaba tiempo para hacer ejercicios.
Sólo una vez durante sus cinco etapas —auto, tren, taxi, avión, taxi— entre Scarsdale y Washington, se relajaba un poco la mente de Groteschele para pensar en otra cosa que no fuese el informe a presentar. Era en el taxi desde el Grand Central hasta La Guardia. Quizás era la sensación de lujo que se derivaba del hecho de viajar solo en un taxi, mientras todos los demás iban en los autobuses, lo que hacía que Groteschele pensara en su juventud. Aunque fuera por breves instantes se permitía el lujo de dejar correr el pensamiento.
El padre de Groteschele era un médico eficiente, brillante y trabajador, un gran cirujano también. Además era judío, y, por desgracia alemán. A principios de 1930 se dio cuenta de lo que se avecinaba. Había discutido con otros judíos en su ciudad nativa de Hamburgo, afirmando que había sólo dos alternativas: armarse y pelear o abandonar Alemania. La mayoría de sus amigos y parientes se quedaron anclados junto a lo suyo y, acostumbrados al sufrimiento, se quedaron en Alemania. Muchos murieron en las cámaras de gas.
Walter Groteschele tenía quince años cuando su padre abandonó sus largos años de práctica en Alemania y se trasladó desde Hamburgo, vía Londres y Nueva York, a Cincinnati. Antes de poder ejercer la medicina en América necesitaba hacer dos años de práctica de internado y tenía que pasar una serie de exámenes. Nunca pudo reunir el dinero suficiente para hacer esos dos años de práctica. Emil Groteschele trabajó primero como peón caminero. Sin embargo, no pudo aguantar que sus manos de cirujano se le llenaran de asperezas y callosidades. Por fin terminó trabajando de matarife en una carnicería judía. Esto era una ironía, pues Emil Groteschele era un judío reformista y nada devoto. Pero, en ese trabajo, podía valerse de sus manos en una forma levemente parecida a aquello para lo que habían sido tan bien adiestradas.
Emil Groteschele no era un hombre amargado. Había comprendido bien lo que le deparaba el futuro cuando abandonó Berlín. Pretendía salvar su vida y la vida de su familia, esto era todo. Una de las pocas veces en que su hijo recordaba haberle visto enojado fue a propósito del Diario de Arma Frank. Emil Groteschele tuvo una violenta discusión con los judíos de Cincinnati al sostener que Anna Frank y su familia se habían portado como imbéciles. Les dijo que en vez de esconderse en una buhardilla ligados a sus tradiciones judías, debían haber trazado planes para escapar, o, en su defecto, deberían haber estado dispuestos a luchar contra los nazis cuando llegara su hora:
—Toda la escalera que conducía a aquella miserable buhardilla debería haber estado teñida de sangre nazi junto con la de la familia Frank —argüía el doctor Groteschele amargamente.
—Si cada uno de los judíos de Alemania hubiese estado preparado para aniquilar a un miembro del S. S. antes de que los condujeran a los campos y a las cámaras de gas, hubiesen detenido a muchos menos judíos —sostenía Emil Groteschele—. Hubiera llegado el momento en que Hitler y los S. S. habrían tenido que detenerse y encararse con esa realidad. Si cada uno de los judíos detenidos hubiese caminado hacia la puerta con una pistola en la mano y hubiese empezado a disparar contra todos aquellos presuntos héroes, ¿cuánto tiempo hubiesen podido mantener aquello los nazis? Al llegar a varios centenares habrían empezado a pensárselo un poco. Al llegar a unos cuantos miles habrían empezado a temblar un poco también. Si hubiesen llegado a los veinte mil, habrían cesado de hacerlo. Pero los primeros judíos que avanzaron silenciosamente en dirección a los campos de exterminio o se escondieron como ratones en las buhardillas, fueron los instrumentos de destrucción de los demás.
Groteschele sabía que su padre consideraba que la vida no era sino una batalla. Era un verdadero seguidor de Darwin; tanto que nunca expresó resentimiento ni se lamentó de haber pasado a ser un matarife después de haber sido un gran cirujano.
—Vivimos en otro medio. No soy tan eficiente como los americanos — decía aquel hombre decidido, en una voz exenta de lástima, como si hablara de otra persona—. Los americanos nacieron en este medio; los más débiles han desaparecido hace tiempo. Yo, en cambio, nací para un medio más blando: señoras judías con demasiada grasa, rabíes con úlceras, gente que bebía demasiada crema agria, «lox» y bolas de matzoth. —Miró fijamente a su hijo—. Cada grupo se protege, lo mismo que los individuos. No pierdas tu tiempo lamentándote. Prepárate para entrar en el grupo que quieras.
Su hijo había tomado en serio sus consejos. Se lanzó a la caza de conocimientos como si se trataran de un enemigo. Al acabar su segunda enseñanza había obtenido todos los honores académicos que se podían conseguir en las escuelas públicas de Cincinnati.
Cuando Groteschele ingresó en la pequeña universidad de Ohio, lo hizo con tres becas distintas y sin tener la menor idea de lo que pensaba estudiar. Durante su primer año se inscribió en un curso de letras y se dedicó a estudiar a sus compañeros de clase. Esto sirvió para afianzar su confianza. En general no sabían lo que buscaban; eran jóvenes agradables, ansiosos a la busca de citas, distraídos durante las clases, obsesionados por lo material, jerseys de cashemira, autos convertibles, tocadiscos y banderines. Eran una nueva casta de judíos, pensó Groteschele, amarrándose a las invisibles cadenas de sus propiedades, pero carecían del empuje y de la habilidad necesarios para soportar las pruebas porque pasaba un judío de verdad.
Groteschele, por fin, se dedicó a las matemáticas. Las escogió de una forma sistemática. Vio que no aprendía nada nuevo hablando con sus compañeros. Se dedicó, por el contrario, a buscar los profesores más brillantes en la materia haciéndoles preguntas. Averiguando qué opinión tenían sobre la industria americana y cómo creían que se desarrollaría dentro de unos cinco años. Su contestación unánime era que la nación estaría en guerra o al final de una guerra y que la ciencia se hallaría sumergida en una nueva ola de progreso. Y que, para ello, las matemáticas serían esenciales. Obtuvo un Phi Beta Kappa durante sus primeros cursos y un summa cum laude al graduarse y, literalmente, no conocía por su nombre sino a una docena de sus compañeros.
Antes de que tuviera tiempo de buscarse un empleo, una ráfaga de aviones japoneses pasó violentamente sobre Pearl Harbor y cambió nuestras vidas. Por entonces Groteschele había desarrollado una especie de seudociencia, una dura intuición sobre lo que acaecería en el futuro. Lo hacía mediante una eliminación sistemática de esperanzas que iba sustituyendo por un cálculo de realidades. Aplicaba la misma teoría darwiniana de su padre pero de una manera más dura y metódica. No era una Casandra, pero trataba siempre de estudiar con lentitud y cautela buscando la situación en que se hallaría dentro de cinco años y de moverse tras lo que parecía inevitable. Sus cálculos lo llevaron a presentarse inmediatamente como voluntario para el servicio militar.
Fue seleccionado para estudiar en la Escuela de Oficiales y, en cuanto terminó los cursos, lo asignaron con un grupo de oficiales para interrogar a los prisioneros alemanes antes de ser procesados y enviados a los campos de concentración diseminados por todo el país.
Al principio, este trabajo encerraba una deliciosa sensación de venganza y Groteschele disfrutaba con él. Día tras día, aquellos mismos hombres que habían maltratado a tantos judíos en las pequeñas y confortables ciudades alemanas, que se habían paseado llenos de soberbia en sus uniformes del partido, y que habían gritado pidiendo la guerra, pasaban frente a él. Ahora sus ojos estaban llenos de amargura y parecían asustados e indecisos y llenos de nostalgia por su patria. Defraudaron al mismo Groteschele, quien se extrañó de sus sentimientos.
Al cabo de unas semanas, esas entrevistas se hicieron monótonas. Era imposible mantener despierta la ira contra una fila de hombres fofos como patatas, de mirada vacía, cansados y abatidos después de la travesía del Atlántico, que expresaban, lloriqueando, su ignorancia sobre los campos de concentración: «Konsentration camps, ach nein, Herr Leutenant», con los ojos abultados por la fingida sorpresa. «Imposible, nunca he oído hablar de eso». Y luego, los argumentos inevitables de que eran hombres oscuros, soldados rasos, que no hacían sino ejecutar órdenes, hombres que creían cumplir con su deber, que eran secretamente antinazis.
Al cabo de un mes, Groteschele, a causa de sus conocimientos de alemán, logró ser transferido a otra sección donde se entrevistaba a guardias de las S. S. Esas entrevistas eran más largas, más concentradas y significativas. El oficial encargado del careo podía, en realidad, preguntarle al S. S. todo lo que quisiera. Groteschele siempre llevaba la interrogación hacia la cuestión judía. Los S. S. le miraban tranquilos, sin que sus rostros delataran ninguna emoción, diciendo: «Conejos. Los judíos son como conejos, pero no tienen la rapidez de éstos». Siempre acababan comparándolos a un conejo o a una rata o ratón mal alimentados.
Fue durante este período cuando Groteschele se dedicó a eliminar su exceso de peso haciendo un poco de ejercicio diario, y finalmente, ampliándolos con ejercicios al aire libre, a la barra, verticales, etc. y paso atlético. Se hizo tan fuerte físicamente como los S. S., plano de vientre como ellos, y educó su rostro para que no expresara ninguna emoción. Siempre, próxima a terminar la entrevista, Groteschele dejaba caer el hecho de que él también era judío. Nunca lo decía de frente, sino de una forma velada, como asumiendo que el prisionero ya lo sabía desde un principio.
Era lo único que hacía que los S. S. se sintieran nerviosos, aunque sólo fuera por un momento. Se quedaban mirando el cuerpo bien musculado de Groteschele, su cara inescrutable y su mirada dura. Entonces, durante un breve instante, Groteschele leía el temor en sus ojos. Pero al poco tiempo había desaparecido, cerraban los ojos y su rostro se hacía inexpresivo. Pero eso le bastaba a Groteschele. Comprobaba que habían visto un tipo diferente de judío y que aquello les asustaba.
En cuanto se acabó la guerra, Groteschele había cultivado una nueva afición: el estudio de la política. Los americanos eran maestros de la tecnología y el hombre científico seguiría siendo un héroe durante algún tiempo. Pero las grandes decisiones, el verdadero poder, estarían en manos de los que entendían de política. Ser competente en política sería lo máximo, a pesar de que la política electoral de los partidos seguiría siendo tan voluble como siempre. Debía, razonó prudentemente, ser un experto en política pero
no estar sujeto a la opinión popular. Calculó que con el GI Bill[5] y el dinero que había ahorrado, todavía podría obtener su título de doctor en Física en un Ivy League College, e incluso ahorrar algunos miles de dólares.
Su padre le había aconsejado lo siguiente:
—Si quieres llegar a profesor, cambia tu nombre y ponte Groth —dijo—. Hay demasiados judíos alemanes en las universidades americanas. Acabarán perdiendo la tolerancia que sienten hacia ellos.
Pero Groteschele no cambió su nombre. Fue la primera vez que no siguió sus consejos, pero es que ahora ya estaba más seguro que su padre de ciertas cosas: del carácter de los americanos, por ejemplo, y de la actitud favorable que existía en el mundo académico hacia los judíos intelectuales. Esto no quiere decir que los apellidos le fueran indiferentes. En realidad, le fascinaban. Se había dado cuenta, por ejemplo, que la mayoría consideraban que su apellido era alemán, y sabía que su aspecto físico no era típicamente judío. Incluso sopesó la posibilidad de que pudiera afectarle algo el sentimiento antialemán, pero también recordó los cargos de conciencia que se hicieron los americanos sobre su política antialemana después de la Primera Guerra Mundial. Pensándolo bien, después de calcularlo todo, concluyó que saldría beneficiado si continuaba usando el mismo nombre que hasta entonces.
Una vez tomada esta decisión, el plan era bien simple. Sabía que necesitaba un poco de suerte, pero estaba determinado a poner todo de su parte para minimizar en lo posible la importancia de ese elemento.
Lo primero que debía hacer era convertirse en un protegido de Tolliver.
Groteschele intuyó que Tolliver tenía una personalidad de formidables proporciones. Esto fue lo que le indujo a trabajar en el campo de los grandes movimientos diplomáticos, de las intrincadas estrategias militares, y también lo que le condujo a una inmediata y feroz defensa de sus puntos de vista.
Durante el primer año en la universidad, Groteschele no dio ningún paso para acercarse a Tolliver. Se estaba muy quieto en sus clases y leía todos los libros y artículos escritos por él. Observaba la reacción de los otros estudiantes a medida que iban poniéndose al corriente de los abismos y terrores del mundo académico. A fines del primer año, ninguno de ellos le consideraba la «torre de marfil» que habían creído era. Aprendieron que todo aquello era más parecido al castillo de Kafka: un lugar de enorme tensión, el escenario donde se desarrollaban incomprensibles intrigas, un puesto de acecho y de veloces carreras tratando de huir de un enemigo invisible. Groteschele observó cómo iban cayendo algunos y se mantuvo impasible. De lo único que estaba seguro Groteschele es de que él no sería de los que se darían por vencidos. Venía preparado para enfrentarse con el hecho de que aquellos hermosos edificios y aquellas salas de estudios llenas de libros y los tranquilos seminarios no eran realmente sino campos de batalla.
A fines de su primer año llegó su oportunidad. Tolliver publicó un libro
titulado [6] Models for the Future War. El título fue una equivocación. Parecía sugerir que Tolliver, en realidad, patrocinaba la guerra. Las críticas del libro fueron en general negativas y algunas incisivas. Groteschele leyó las críticas cuidadosamente. Finalmente encontró una en una revista liberal mensual, que demostraba claramente que el autor de la misma no había leído todo el libro y que sencillamente había hojeado los primeros capítulos, usándolos después como una plataforma para desarrollar sus propias teorías sobre «la creciente ola militarista».
Groteschele escribió una carta de 2000 palabras a dicha revista. Un verdadero modelo de análisis cuidadoso y demoledor. El editor, en un momento de remordimiento, envió a Groteschele un cheque de 25 dólares y publicó la carta en forma de artículo.
Groteschele, prudentemente, no envió un ejemplar con su artículo a Tolliver; pero era inevitable que éste lo leyese. Jamás le dio las gracias por ese artículo ni, en realidad, lo mencionó nunca. Pero durante su segundo año de universidad, Groteschele recibió un escrito de Tolliver pidiéndole trabajara con él como auxiliar suyo en el seminario. Groteschele trabajó como nunca. Los ojos le ardían continuamente debido a que se pasaba horas leyendo con mala luz en las bibliotecas. No le quedaba tiempo para practicar ningún deporte ni hacer ejercicio, y sentía cómo su cuerpo se ablandaba, cómo se iba recubriendo de grasa y desaparecía aquella fuerte musculatura que tanto le había envanecido.
Groteschele leía con gran cuidado y paciencia todos los informes que Tolliver, que formaba parte desde hacía largo tiempo del cuerpo consultivo del Pentágono, recibía de Washington. A través de sus estudios de aquellos informes, y haciendo preguntas bien calculadas a Tolliver, Groteschele encontró lo que quería: una brecha existente en el pensamiento militar americano. Desde hacía más de una generación, se había extendido la certeza de que América nunca empezaría una guerra. Incluso los militares más endurecidos trataban de bordear cuidadosamente esa pregunta. Como resultado de todo ello, se había creado una atmósfera que hacía completamente imposible que pudiera discutirse la posibilidad de que, en algún momento, América fuese la primera en atacar. Algunos oficiales se habían atrevido a insinuarlo en algunas reuniones extraoficiales y no tardaron en ser tildados de amantes de la guerra e incluso había sido alterado el curso de sus carreras, haciéndolas derivar hacia campos que estuviesen fuera de la visión pública. Aun entre ellos mismos los militares habían desarrollado una teoría, un léxico y una estrategia que siempre bordeaba la idea de que fuese Estados Unidos el que pudiese empezar la guerra.
En su tesis, Groteschele atacó ese tabú. Forjando en un lenguaje respetable, unas teorías en las cuales el «dar el primer golpe» o la «guerra preventiva» podían ser tratados. El título que dio a su disertación era The Theory of Counter-Escalation Postures in a Thermonuclear World. Dio a Tolliver cinco copias de las primeras pruebas de su disertación. Tolliver comprendió por qué había recibido aquellas copias extras, y las envió a Washington.
Groteschele trató de no espolear sus esperanzas. Sabía que había muchos ejemplares de copias similares a las suyas que desaparecían en los laberintos de Washington. O que la idea central podía ser atacada por algún poderoso, o, aun peor para él, que fuera calificada de trivial o de chifladura. Pero no le abandonó la suerte. Un día recibió una llamada telefónica.
—Doctor Groteschele, soy el coronel Stark, de la Fuerza Aérea del Pentágono —dijo una voz tranquila—. Hemos leído su artículo con gran interés y nos gustaría saber cuándo podría venir a Washington a tratar ese asunto.
Técnicamente, Groteschele todavía no tenía su título de doctor, pero estimó que ése no era el momento oportuno de hacer hincapié en ello.
—Coronel Stark, tengo varios compromisos los cinco o seis días próximos —dijo Groteschele prudentemente—. Quizás un día de la próxima semana.
Stark le interrumpió bruscamente. Se notaba un filo de irritación en su voz, pero también denotaba respeto.
—Doctor, nosotros aquí lo consideramos bastante urgente —dijo—. Después de todo se trata de la seguridad del país.
—¿Puede arreglarlo para que nos reunamos mañana por la tarde? — preguntó Groteschele sin más explicación.
El coronel dijo que sí y cumplió su palabra. La reunión de aquella tarde no fue fácil. Por primera vez desde el día que sintió los comentarios de los S. S. nazis sobre los judíos, tratándoles de conejos, Groteschele se sintió solo. Se hallaba sentado al extremo de una larga mesa. Los otros asientos estaban ocupados por seis generales, cinco coroneles, cuatro civiles y un secretario que escribía en una máquina «Stenotype». Groteschele echó una rápida mirada a Stark. Su rostro era impasible. Groteschele ni tan sólo se preocupó por los demás. Sabía de sobras que ninguno se había pronunciado todavía.
Groteschele sintió que perdía valor. Todo aquello era demasiado absurdo. Él era sólo un estudiante que había pertenecido algún tiempo al ejército con el grado de teniente y se disponía a hablar a un grupo de profesionales que habían dedicado toda su vida al estudio del arte de conducir una guerra y a la estrategia. Presentía que iba a quedar en ridículo. Rápidamente, y con esa capacidad telescópica de los momentos trágicos, vio lo que sería su vida después de aquello. Empezaría a resbalar cuesta abajo, resbalar, resbalar. Una sonrisa dura cubrió su rostro mientras calculaba cuál sería su fin, cuál sería el equivalente de la carnicería donde trabajaba su padre. No sería sino un profesor de segunda enseñanza, tratando de instruir a un puñado de niños idiotas.
Odiándose terriblemente se dio cuenta de cómo había perdido en fuerza física; ya no era una persona fuerte y bien formada. Seguramente, para aquellos hombres poderosos y elegantes que se hallaban alrededor de la mesa, no era sino un gordo académico atiborrado de lecturas. Miró a Stark, tratando de excusarse.
—Perdone, coronel Stark —dijo Groteschele y luego hizo una pequeña pausa.
Él mismo se sorprendió al oír su propia voz tan mesurada y fría, sin el más ligero balbuceo. Tenía la boca seca, su mente hecha un torbellino, y los dedos le temblaban, pero su voz tenía el sonido duro de una roca. Su decisión estaba hecha. Leería su tesis tal cual la había escrito, valiéndose de la única cualidad física que aún tenía bajo control: su voz. Más tarde, mientras iba leyendo, se dio cuenta que su tesis era una jugada peligrosa. Revisaba diferentes teorías sobre la moderna guerra nuclear y con una fuerza implacable, parecida a la de una ametralladora, las hizo pedazos. Sin duda estaría causando daño a alguno de los hombres que se hallaban en la habitación. Sintió que la boca se le ponía espesa como si la tuviera llena de algodón, pero a pesar de ello las palabras siguieron surgiendo incluso más controladas que antes. En cuanto terminó su revisión de «alternativas anticuadas», tuvo la sensación de haber herido individualmente a cada uno de los hombres que estaban en aquella habitación. Ahora ya no podía volverse atrás, no le quedaba más remedio que seguir.
Al llegar a sus propias teorías, su voz se hizo más aguda, más incisiva, a pesar de que las palabras fuesen más ambiguas. Sin esbozar una sonrisa, valiéndose de su nuevo vocabulario, presentó la alternativa de que fuese Estados Unidos el primero en dar el golpe. Sin embargo, no utilizó estas mismas palabras. Sino que condujo hábilmente a sus oyentes hasta el problema llevándolos al borde del abismo, y obligándolos a mirar al fondo del mismo. Entonces, con un lenguaje que seguía siendo frío y correcto, describió la situación como un abismo que no era tan amenazador, sino que ofrecía en realidad una oportunidad magnífica y brillante. Tardó una hora y diez minutos en presentar su informe. No le interrumpieron ni una sola vez.
Cuando terminó y arregló los papeles sobre la mesa frente a sí, Groteschele se quedó mirando fijamente hacia adelante.
La primera persona que habló después era un hombre de cierta edad, de pelo blanco, vestido de uniforme y sentado al otro extremo de la mesa. Tenía una voz honda y autoritaria, que emanaba de un rostro curtido, y llevaba cuatro estrellas sobre cada hombro. Groteschele no se había fijado en él antes, pero se percató en seguida de que era el oficial de más graduación en la sala. Era, en realidad, el encargado de los planes estratégicos de la Fuerza Aérea, y deliberadamente no había querido pronunciarse respecto a ningún punto de vista. Despiadado cuando la lógica era pobre y la evidencia débil, tenía fama de escuchar con mente amplia y abierta cualquier propuesta razonable que le presentaran.
—Doctor Groteschele, hablando en mi nombre solamente le felicito por su presentación extremadamente clara y lúcida de un problema complejo —dijo el general. Se miró las manos y sonrió. Luego siguió diciendo—: La alternativa que presenta es difícil. Creo que puede ser la adecuada y por lo menos debe ser discutida a fondo.
Groteschele respiró. Estaba a salvo. Apenas oyó lo que decían las otras voces, que murmuraban diversas razones que aprobaban la tesis de Groteschele.
Cuando la reunión se dispersó, Stark le invitó a comer. Groteschele sonrió consciente de que la invitación había sido hecha después de la reunión y no antes. Aceptó. La cena fue más bien modesta, pero Groteschele sabía que los hombres allí presentes eran poderosos. Y él era el «ganador», el experto que todos buscaban. Las miradas se volvían hacia él cuando hablaba. Otros interrumpían sus conversaciones para escucharle.
—Dios mío, ¿no oíste como el «Viejo» decía que quizás el doctor Groteschele había encontrado «la verdadera»? —decía el coronel Stark—. Nunca le he oído pronunciarse en una forma más directa.
Todos miraban fijamente a Groteschele. Éste ni tan sólo sonrió. Muy sereno se puso a describir algunas cosas según su punto de vista.
Esto había sido al comienzo.
Pronto fue como si prácticamente se comunicara con Washington. Una conferencia siguió a la otra. Planes a discutir aparecían a intervalos regulares. Durante cada nuevo viaje, a cada nueva conferencia, Groteschele adquiría mayor y más valiosa información. Le dieron un pase para que tuviera acceso a los materiales de mayor secreto. Tenía libre comunicación con los expertos que trabajaban en las fantásticas fronteras del desarrollo de nuevos sistemas defensivos.
Su tesis doctoral fue publicada bajo el título de Counter-Escalation. Casi instantáneamente Hanson Baldwin le hizo una crítica en The New York Times, en la sección crítica de libros, y fue el primero que abrió el fuego. Walter Millis le hizo una crítica en el Herald Tribune. Para un libro de su tipo se vendió muy bien, más de 35 000 ejemplares. Su fama se extendió por todas partes. Los periódicos liberales atacaban el libro. Un grupo de pacifistas lo quemaron en Marin County, California; después recapacitaron sobre la quema de libros y pidieron disculpas a un público que no les escuchaba. El libro fue llevado a discusión en un foro abierto en dos sesiones por la televisión nacional. Muchas personas que no lo habían leído lo discutían violentamente.
Con una velocidad que llegó a asustarle, se convirtió también en personaje público más allá de los círculos militares y académicos. Analizó las razones de su éxito y finalmente encontró una explicación a las mismas. Había algo morboso en el tema escogido que en una forma u otra se adhería a Groteschele y lo rodeaba de una aureola. Tenía buen cuidado de no tratar jamás temas considerados «secretos» en público, pero a pesar de ello podía trazar un buen cuadro de cómo se verían los Estados Unidos después del primer golpe termonuclear, las terribles consecuencias de una rendición, el número de niños que sufrirían defectos genéticos malignos debidos a la radiactividad. Mirando con fiereza a las personas que llenaban la habitación, les explicaba cuántas décadas pasarían antes de que los sobrevivientes a una guerra nuclear pudiesen volver al nivel de vida de los tiempos medievales. Sentía cómo su auditorio se iba poniendo rígido, cómo se humedecían nerviosamente los labios con la lengua y cómo aumentaban los signos de intranquilidad y fascinación.
Groteschele sabía que le consideraban como una especie de mago. Aquellos poderes terribles en los que se había especializado: los secretos de la vida, de la muerte y la supervivencia, el nuevo lenguaje cabalístico de los filósofos nucleares y el de la alta ciencia de la física, eran hechos reales. Pero el hombre de la calle, el socialista poderoso, el industrial y el político atribuían a Groteschele también el control de todas las cosas que describía.
La atención y las alabanzas que le prodigaban era algo que le producía un hondo placer. Lo admitía y se hizo cargo de los aspectos incidentales de la fama sin dificultad. Poseía más dinero, muchísimo más, y Groteschele delegó sus asuntos financieros en un experto en la materia. Aprendió a dictar en dictáfonos portátiles mientras iba en taxi o en avión. Supo asimismo que era muy peligroso emborracharse la noche antes de una reunión importante. Varias fundaciones y firmas de negocios le eligieron su consejero, pero él las seleccionaba cuidadosamente antes de aceptar. No quería involucrarse en nada que pudiese dañar sus relaciones con el Gobierno Federal, pues sabía que la posición que había conseguido en Washington y la información que allí obtenía eran las verdaderas fuentes de su poder. Se mantuvo incólume a través de tres distintos mandatos presidenciales. Muchos de los más altos funcionarios militares y políticos no estaban de acuerdo con él, pero lo consideraban un elemento valioso. Era un innovador, un hombre incisivo, un sabihondo con una mente de acero, e incluso aquellos que no estaban de acuerdo con él y le discutían violentamente sabían que tenían el deber de considerar las alternativas que su poderoso pensamiento exponía.
Después del éxito de su libro, Groteschele había sido asediado con numerosos ofrecimientos para que ocupara puestos académicos. También los estudió cuidadosamente. Finalmente escogió el de una eminente universidad cercana a Washington, que acordó ocuparlo sólo unas horas durante un semestre y pagarle su sueldo completo. La universidad, a su vez, también hizo un buen negocio, pues obtuvo un elemento notable, un nombre famoso, y lo sabía.
Todo había cambiado para Groteschele rápidamente. Pensó brevemente en sus relaciones con las mujeres. No era apuesto ni poseía atractivos sexuales, y nunca los había tenido. Se lo explicaba a sí mismo diciendo que era como si las mujeres que se sentían atraídas hacia él por otras causas se sintieran a su vez repelidas por su mente. Pero esto también había cambiado ahora. Cuando transitaba por los largos corredores del Pentágono, sentía como las secretarias le miraban con pequeñas sonrisas de contenida admiración. Él las saludaba con una ligera inclinación de cabeza pero nunca les hablaba. Se sorprendió también al ver que hermosas y brillantes mujeres le buscaban. Si quería no tenía más que mantenerse muy tranquilo en una reunión social cualquiera, mirar especulativamente a las mujeres allí reunidas y escoger una… Luego, dejar que la situación se fuese desarrollando permitiendo que ella tomara la iniciativa. Muchas veces incluso aquello terminaba cómodamente en el lecho de ella.
Groteschele estaba casado y tenía una hija de quince años. Su mujer y su hija se parecían de un modo notable: menudas y nerviosas, ambas poseían una belleza delgada y transparente. Su hija era además una estudiante muy brillante, y lo que Groteschele amaba más en ella eran sus éxitos académicos. Como otras esposas de muchos hombres atareados y famosos, su mujer se había esfumado detrás de una neblina doméstica, fría y tranquila. Se había casado con ella en Cincinnati, años atrás, cuando poesía la frescura propia de la juventud y a él le había parecido una unión apropiada. Groteschele no la llevaba nunca consigo y sus conversaciones en casa eran breves y perentorias. Ella se percató de que su vida sexual transcurría fuera de casa, pero al saberlo se sintió aliviada. En realidad nunca había sentido pasión por aquello, y en sus relaciones conyugales, sobre todo después de la publicación de Counter-Escalation, había algo en el comportamiento de su marido que le perturbaba. Le confería una sensación de impersonalidad, como si hubiese sido arrancada de sí misma, como si fuera algo sin nombre para él, una figura anónima sobre la que se debatía preso de un furor hondamente enraizado. Durante algún tiempo trató de convencerse a sí misma de que aquello no era sino el reflejo de una natural pasión, pero sabía que no era cierto.
La pasión amorosa había conducido a Groteschele hacía poco a una nueva experiencia que le había extrañado profundamente, revelándole de una manera viva los manantiales de su poder. El asunto empezó en una de aquellas frecuentes discusiones extraoficiales con un grupo de importantes e influyentes hombres de negocios y políticos. La reunión tuvo lugar en el Metropolitan Club de Washington. Aquella noche se trataba de un grupo muy selecto, en total unos veinticinco entre hombres y mujeres. Mientras bebían, notó que había una mujer que se destacaba de todas. Elegante, delgada y flexible, pertenecía a un mundo que no conocía. Intuía que su competencia en el trato de los hombres era tal que se había convertido en una especie de arrogancia. Había visto en otras ocasiones algunas mujeres como ella. Sus maneras delataban en forma sutil su riqueza, sus apellidos, su educación y su aburrimiento. Era como si llenaran el aire de refinados perfumes. También tenía algo que ver con su sonrisa: no sonreía fácilmente y nunca al mirar a otras mujeres. Cuando miraban sonriendo a un hombre era como si le diesen la mano felicitándole; una sonrisa exenta de simpleza y de coquetería. Para esas mujeres los hombres no eran un entretenimiento sino una necesidad. Groteschele se percataba de esto y en cierto modo se sentía amenazado por ello y evitaba este tipo de mujeres.
La charla que dio transcurrió bien. Era una variante de la de siempre. En realidad no querían escuchar nada nuevo, sólo deseaban oírselo a él. Después, con la excusa de tomar nuevas copas, se formaron pequeños grupos que se entretenían discutiendo sus argumentos preferidos. Groteschele echó un vistazo al salón preguntándose cuándo empezarían a dispersarse. Todavía no había ningún indicio de ello. No podía marcharse demasiado pronto. Parte de sus honorarios de 750 dólares imponían su participación en aquellos momentos de aburrimiento. Sintió que alguien le tiraba suavemente del codo. Se volvió. Era su anfitriona y, a su lado, aquella mujer tan elegante.
—Evelyn, éste es Walter Groteschele, nuestro huésped de honor; Evelyn Wolfe. Evelyn tiene unos deseos enormes de conocerle. Me ha hecho prometerle que nos reuniremos más tarde, un pequeño grupo solamente, en un bar para que pueda oírle en primera fila —dijo y desapareció en seguida.
—Ha exagerado un poco, pero sí que tengo ganas de hablar con usted — dijo Evelyn Wolfe.
Ocho de los invitados se reunieron más tarde en uno de esos bares de hotel —tan «chics»— de los que hay tantos en Washington. Evelyn Wolfe se sentó junto a Groteschele y al cabo de pocos momentos se dio cuenta, lleno de azoramiento, que tenía la sensación de haberse quedado solo con ella en el extremo de la mesa, casi como si una barrera de sonido los aislara a los dos. Groteschele empezó a darse cuenta de que se trataba de una mujer extraordinariamente atractiva. Era inteligente, con un sello muy personal, bien educada, bien informada e intensa; no obstante, por lo menos había conocido ya una veintena de mujeres que poseían esas mismas cualidades. Pero ésta tenía además una especie de intensidad muy honda, casi ardiente, como si todas sus emociones se enfocasen en una forma dura sobre un objeto indefinido. Conversaba poco, se notaba que buscaba algo. Después de beber cuatro whiskies con soda, Groteschele se dio cuenta de que ese algo era él. Normalmente esto le habría enorgullecido. Pero esta vez sintió un pequeño escalofrío de aprensión. Aquella mujer tenía una manera de escucharle tal como si quisiese apoderarse de él a la manera de una cobra. Su cabeza tan bien cuidada, su rostro, cuyo único defecto era quizás una boca demasiado pequeña, se movía lentamente de un lado a otro con pequeños gestos ondulatorios mientras Groteschele le hablaba de los sistemas de guerra, de la estrategia de la rendición, de los megatones y de los sistemas de aniquilamiento universal.
La mayoría, especialmente las mujeres, escuchaban sus descripciones de las tácticas americanas y soviéticas con un gesto y una mirada en la que se leía claramente el horror o el aturdimiento. En cambio, la expresión del rostro de Evelyn Wolfe seguía inescrutable para Groteschele. Sólo sabía que su concentración era enorme. Hablaba muy poco. Cuando le describía esos sistemas de aniquilamiento, sugiriendo que había varios ya clasificados, cerraba un momento los ojos y una pequeña sonrisa se dibujaba en la comisura de sus labios.
—¡Qué hermoso! —decía.
Sólo esas palabras, sin que las acompañara ni la más leve expresión de horror, de espanto o de desesperanza. Durante un breve instante incluso la serenidad tan cuidada de Groteschele pareció que iba a ceder. Pero siguió hablando automáticamente de los posibles supervivientes de una guerra termonuclear completa; era su manera de acabar, en una forma un poco grotesca, la macabra descripción y de dar un pequeño respiro a su auditorio. Seguramente, los únicos que se salvarían serían los más grandes delincuentes, aquellos encerrados en solitarias prisiones e incomunicados. Otro de los grupos humanos con más probabilidades de supervivencia eran los empleados de los archivos de las grandes compañías de seguros, pues trabajaban en habitaciones forradas contra incendios y aislados por toneladas del mejor aislante del mundo, el papel.
—Entonces, mi querida miss Wolfe, imagínese lo que pasará —dijo Groteschele sintiendo que recobraba su habitual compostura—. Ese pequeño grupo de criminales empedernidos y ese ejército de empleados de archivos pelearán para conseguir lo poco que quede para poder subsistir. Los presos tendrán el monopolio de la violencia, pero, en cambio, los otros tendrán el monopolio de la organización. ¿Qué grupo le parece que tiene más probabilidades de ganar?
Evelyn Wolfe miró fijamente a Groteschele; luego meneó la cabeza. Groteschele se sintió confundido.
—Me gustaría que me llevara a casa ahora —dijo Evelyn Wolfe, y se puso de pie arropándose en su abrigo de visón antes de que él tuviera tiempo de responderle. No se molestó en despedirse del resto del grupo pero todos les miraron al salir.
Estaban en el auto de Groteschele y a unas tres manzanas del bar cuando Evelyn Wolfe se decidió a hablar.
—Bromeabas cuando decías aquello de la guerra entre los presos y los empleados de los archivos —dijo apoyando la cabeza en el respaldo—. En realidad tú sabes que nadie sobrevivirá a esos sistemas de aniquilamiento total. En esto estriba la profunda belleza de todo ello.
—Nadie, miss Wolfe, ha llamado a esto «bello» antes —dijo Groteschele riendo.
—Han tenido miedo de hacerlo —dijo ella—. Pero eso es lo que sienten.
—¿Quiere decir que todos poseemos ese deseo de aniquilamiento? — preguntó Groteschele tratando de mantener un tono profesional.
—No, maldito sea, no trates de ser tan deliberadamente estúpido — contestó con cierta aspereza—. Todos saben que deben morir. Lo que me fascina y lo que hace que todo este asunto sea algo tan subyugador, es que se trata de la muerte de tantos. Es decir, literalmente de todos. —Hizo una breve pausa y luego habló con una pasión salvaje—: ¡Maldición! ¡Cómo me gustaría ser hombre y el hombre, además, que tuviera el poder de apretar ese botón! No lo haría, ¿lo comprendes? Pero sólo el pensar que podría hacerlo… —dijo, mientras se movía escalofriada dentro de su abrigo de visón.
Mientras salían de la Avenida Massachusetts y pasaban por el Rock Creek Park, Groteschele comprendió bruscamente lo que ella pretendía. No era él, Groteschele, con su físico, lo que atraía a las mujeres, sino Groteschele el mago, el hombre que poseía la clave del universo, el hombre que sabía cómo y cuánto apretarían el botón. Él poseía el secreto de la vida y de la muerte y ello le confería una aureola de poder.
—¿Por qué no lo apretarías? —le preguntó Groteschele suavemente—. Allí está. Hay más poder en él del que nadie haya poseído jamás. Pero no se pone a prueba hasta que se aprieta. ¿Por qué no hacerlo?
—Porque yo también moriría junto con los otros —dijo Evelyn Wolfe.
Su voz tembló un poco de manera extraña al pronunciar estas palabras. Groteschele se sentía muy excitado.
—Esto lo dices pero no lo crees de verdad —dijo en tono autoritario—. ¿Es que realmente crees que la vida es lo más importante para una persona? No lo piensas ni por asomo. Y sabes que yo tampoco lo pienso. Puedo exponerte una docena de ejemplos en que preferirías la muerte.
Ella se echó hacia atrás en el asiento. Tenía los ojos cerrados y esa expresión sofisticada, tan peculiar, que cubría su rostro como una laca, se disolvió. Se la veía extrañamente joven. Como una muchacha hambrienta.
—Sigue —dijo. Era la primera vez que se dirigía a él en ese tono implorante.
—Ahora, si ya sabes que tienes que morir, imagínate lo fantástico y maravilloso que sería tener el poder de llevarse a todos consigo —dijo Groteschele, dando rienda suelta a aquel pensamiento que nunca se había permitido formularse a sí mismo hasta entonces—. Ese enjambre que hay más allá, esos ignorados miles de millones, esas masas ignorantes, los hermosos, los artistas, los amigos, los enemigos… todos… Y sus planes y sus esperanzas. Todos serán asesinados: han nacido para serlo y no lo saben. Y sólo lo sabrá la persona encargada de apretar ese botón; y será la única que podrá hacerlo.
El pequeño suspiro de Evelyn Wolfe no era un gemido. Sino más bien la expresión maravillada de un niño… de un niño frente a una gran crueldad.
—Para el coche en uno de esos callejones oscuros —ordenó Evelyn Wolfe.
Groteschele obedeció.
En cuanto se apagó el motor, su cabecita tan bien arreglada le golpeó. Fue algo nunca experimentado por él hasta entonces. Le besó violentamente y luego le murmuró palabras al oído mientras sus manos recorrían su cuerpo. En cierto modo tenía la sensación de haber sido raptado, atacado por alguien más fuerte que él. Pero al mismo tiempo, las palabras de ella eran palabras llenas de la más extrema sumisión e iban despertando todos los instintos de su cuerpo.
Nunca pudo recordar perfectamente lo que sintió en aquel momento. Fue algo demasiado rápido y avasallador, una mezcla de revelación de sí mismo, de vergüenza, de hermosa obscenidad; sintiéndose como un niño bajo sus manos, pero con un profundo conocimiento de su condición de mujer; de cómo ella dejó de hablar y empezó a respirar hondo; de un orgullo salvaje al ver que su propio cuerpo era capaz de tanto; de todo lo que sucedió como un torrente en aquel pequeño universo bordeado de palancas de frenos, asientos de cuero e instrumentos; de unas pequeñas manos blandas que luego se arquearon como garras; del sonido de la tela al rasgarse; del olor a perfume caro mezclado con el aroma de ella, y, sobre todo, de que fue una entrega completa.
Cuando por fin ella se sentó y apoyó su pequeño cuerpo en el extremo del asiento, Groteschele pensó que se sentía satisfecha. Pero se equivocaba. Sus ojos brillaban todavía y de nuevo se inclinó hacia él. Le tomó la mano y la acercó a sus labios. Besó la palma de su mano y agarrándole el dedo meñique lo chupó suavemente y luego lo mordió con fuerza rechazándolo después.
De pronto, en una forma contra la que siempre había tratado de protegerse, Groteschele se dio cuenta de que en su propia persona, entremezclados y estrechamente entrelazados había dos conceptos distintos de la muerte. En una de sus formas, en su vida pública, la sentía como si fuese un respetable alto sacerdote de la muerte cívica. Había ensalzado ese diálogo sobre la muerte, haciendo que una conversación escondida y secreta se convirtiese en un arte respetable. Era una especie de juego que dominaba exquisitamente. Casi por la sola fuerza de su pensamiento y su agudeza, había llegado a introducir en toda la sociedad la idea de que una discusión lógica, serena y desapasionada acerca de la muerte colectiva, no era sino una forma de entretenimiento. Por medio de refinamientos e innovaciones lógicas, había hecho de la muerte en masa una manera, un estilo, una forma de vida.
Pero ahora, que sentía que todo el cuerpo le dolía y la camisa pegajosa de sudor, se dio cuenta que también se escondía en él una muerte personal, bestial. Se dio cuenta de que siempre había temido a las mujeres porque en el fondo de todas ellas se escondía un deseo inextinguible de amar a un hombre hasta la muerte. Evelyn Wolfe, sencillamente, lo demostraba de un modo más franco y más directo que las otras. Trataría de conseguir implacablemente como si fuera algo que él le debiera, todas las energías, las secreciones, los fluidos y la sustancia de su cuerpo en un requerimiento inagotable, puramente sexual.
Groteschele se dio cuenta de que nunca había sabido distinguir entre los impulsos sexuales y el verdadero amor. Y ahora ya era demasiado tarde.
Retiró la mano de la boca de Evelyn Wolfe, puso el auto en marcha, aceleró locamente y atravesó a toda marcha el Rock Creek Park. Lanzó una gran carcajada en el momento que el auto dejaba el parque. Una sola. Nunca trataría de enfrentarse de nuevo con esa negra bestia interna de la muerte. Y, además, no le sería necesario hacerlo. Poseía a la otra muerte más grande, la pública, como un amuleto. Era mucho para un hombre. Y era lo más grande que había tenido.
Al llegar a la casa de Evelyn Wolfe, ella se inclinó hacia él y le invitó a entrar. Él se inclinó a su vez un poco, pegándole con la palma de la mano, rápida y salvajemente, en su boca abierta. Ella no se movió, ni lloró, ni titubeó siquiera. Se sentó simple y silenciosamente un momento, con los ojos cristalinos presos de un sentimiento de pérdida. Esperó unos quince segundos y entonces abrió la puerta y subió silenciosamente a su casa.
Diez minutos antes de las diez, Groteschele entró en el Pentágono sin prisa y sin demostrar que había corrido para llegar allí o que se preocupaba por lo que se avecinaba. Durante las cuatro horas y veinte minutos que había estado despierto, preparó el informe que daría ese día, anticipándose la reacción de ciertos secretarios y generales, y decidiendo qué argumentos reservaría para contrarrestar sus posibles ataques.
Sería un día más satisfactorio que de costumbre.