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Eugene Burdick · Capítulo 11 de 24

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10. La conferencia

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LA CONFERENCIA

 

Las 10,00

Había un sargento junto a la puerta del salón de conferencias. Saludó a Black en cuanto llegó y le dijo:

—General, la conferencia se ha trasladado a la sala de mando del Gran Tablero. —Se encogió de hombros antes de que Black tuviera tiempo de formularle la pregunta esperada—. No me pregunte el porqué, general. Se rumorea que el Secretario de Defensa se hallará allí. Ya usted sabe, esto atrae los moscardones, así que necesitaban un lugar más espacioso.

Black sonrió ante la jerga directa del sargento, con algo de reminiscencias de «jazz» (probablemente algún universitario haciendo milicias), dio media vuelta y casi chocó con el general Stark. Stark había oído también las palabras del sargento y los dos hombres se dirigieron hacia el ascensor que les bajaría rápidamente a aquel cúbico espacio de concreto, enterrado varios cientos de metros debajo del Pentágono.

—Creo que Swenson quiere ver a Wilcox en acción —dijo Stark—. He oído decir que no considera un acierto el que Wilcox ocupe la dirección de la Sección Secreta del Ejército, así que quizás se disponga a hacerle pasar un mal rato.

—Tal vez —contestó Black, pero lo dudaba. A Swenson le gustaba aquilatar a sus hombres pero no era de los que se dedicaba a martirizarlos.

Era cierto que el informe debía ser presentado por Wilcox, el nuevo Secretario de Guerra, pero aparte de admitir este hecho, Black no quiso tomar en cuenta los razonamientos de Stark. Stark era de edad parecida a la de Black, ambos eran generales jóvenes al principio de su carrera, aunque como tales eran muy distintos. La carrera de Stark se basaba en la política. Era hombre de entendimiento rápido, pero confiaba en el talento de los demás para asentar su carrera. Black había llegado a la conclusión de que, seguramente, Stark hubiese podido llegar a general tan sólo por méritos propios, pero que disfrutaba jugando un papel maquiavélico; valiéndose de las habladurías, los datos secretos que conseguía y una intuición de lo que acaecería en el futuro. El temperamento de Stark no se había desarrollado en tal sentido por pereza o por falta de seguridad en sus propios conocimientos; en realidad trabajaba con gran energía y era un hombre capaz, pero amaba toda aquella complicada gama de intrigas personales, fascinado por la lucha entre los poderosos. Si en vez de ser general no hubiese sido sino un hombre vulgar, seguramente se habría convertido en un «manager» estupendo de luchadores o de boxeadores de primera fila. Como además era inteligente, había llegado a ser una especie de «manager» de hombres de ideas. Stark había descubierto a Groteschele y dirigía estupendamente su carrera. Poco después de que la fama comenzase a aureolar a Groteschele, Stark fue nombrado general en misión permanente.

—Leí el otro día tu memorándum sobre las posibles posturas defensivas —dijo Stark, y tras una pequeña pausa añadió—: No creo que Groteschele esté dispuesto a tratar este asunto hoy.

Black asintió con un pequeño movimiento. Era la forma típica de Stark para pedir que se retirara un asunto. Era meticuloso al anunciar esas decisiones oficiosas. Las jugadas de Stark eran violentas y duras, pero siempre seguía las reglas del juego. Una vez, cuando todavía era un coronel del montón, un compañero había ido con habladurías a Drew Pearson. Black se dio cuenta entonces de cuán quisquilloso era a veces en cuestiones de ética. Stark se indignó y desde entonces, sistemáticamente, con el celo de un Torquemada, destruyó la carrera de aquel coronel.

—De acuerdo, pero lo que decía en mi memorándum sobre «posturas de defensa» no ha variado —dijo Black—. Es una maldita idiotez que gastemos millones y millones de dólares para desarrollar una «postura militar» que los rusos pueden o no considerar más fuerte. ¿Quién necesita más fuerza ahora? Ninguno de los dos bandos. Todo se reduce a una adivinanza en un juego puramente psicológico, Stark. Esto de ir apilando bomba sobre bomba y cohetes teledirigidos sobre cohetes cuando ambos tenemos la capacidad suficiente para rematar después de sobrevivir a un primer ataque, es completamente imbécil.

—Muy bien; de acuerdo, de acuerdo —dijo Stark riendo—. Pero no discutamos esto hoy, ¿no te parece?

—O por lo menos no delante de «los grandes» —dijo Black en tono cortante.

—¡Por Dios, Blackie, eres tan endiabladamente testarudo! —concluyó Stark.

Se miraron sonriendo. Las reglas del juego para hoy estaban trazadas.

La sala del Gran Tablero hacía honor a su nombre, fuertemente iluminada por éste, que ocupaba todo un paño de pared. Su capacidad de recepción era la misma que la del Comando de Guerra de Omaha, pero carecía de las consolas de recepción y mando. Ésta era la estancia en la que debían reunirse todos los jefes de Estado Mayor y el Secretario de Defensa en caso de guerra. A ellos les incumbía tomar la decisión que sería llevada a cabo por otros centros dispersados alrededor del mundo. Era una habitación estratégica. Omaha y todas sus dependencias eran lugares tácticos. Éste era el gabinete donde se tomaban las grandes decisiones que otros se encargaban de ejecutar.

El salón del Gran Tablero mostraba su carácter; era una mezcla de despacho ejecutivo y de directivas militares. Stark y Black eran de los primeros y los técnicos estaban ocupados aún en preparar el Gran Tablero, comprobando su funcionamiento. De una manera casual y completamente al azar, probaban varios sistemas, presentando diversas informaciones y proyectando otras sobre la pantalla. En ese momento la habían puesto en la

onda correspondiente al ADE [7]. Las oficinas que dirigían este servicio estaban localizadas en Colorado Springs, y la información correspondiente, proyectada ahora sobre la pantalla del Pentágono, era de una claridad diáfana. El general Black, que se mantenía atento a lo que sucedía en la pantalla, observó cómo el ADE se ponía en contacto con el Samos III, un satélite que describía órbitas en la estratosfera. Unas palabras empezaron a formarse en la parte baja del tablero.

—Samos III, número 15, moviéndose a 33 000 kilómetros por hora, a 450 000 metros sobre la Tierra, acaba de recibir instrucciones para comenzar a fotografiar los cuadros que debe transmitir —decían las palabras—. Procede a efectuar un examen rutinario de la parte de Rusia que incluye un centro de cohetes o ICBM soviético. Sigue análisis.

Lo que había en la pantalla se disolvió y ésta pareció endurecerse. La proyección que mostraba ahora no era la de un mapa corriente, sino una verdadera fotografía de una gran extensión de tierra, y carecía de las líneas de latitud y longitud. Había una cadena de montañas, oscuras por un lado porque todavía era de noche, y la cordillera del este todavía se hallaba en la sombra. También se veía el gran curso zigzagueante de un río y los innumerables riachuelos que desembocaban en él. El resto del paisaje, visto desde esa enorme altura, aparecía de un color pardo y desdibujado, bañado en un suave crepúsculo color magenta. En algunas partes de la pantalla se veían enormes nubes blancas y Black calculó que el grupo más grande era una tempestad que alcanzaba a más de 330 kilómetros.

—La foto que ahora se proyectará será un primer plano lo más cercano posible —indicaron las palabras que aparecieron en la base de la pantalla.

Al general Black siempre le producía una aguda emoción esta parte del programa de transmisión. Era tan maravilloso y complicado que aturdía. Siempre tenía que recordarse a sí mismo que estas fotos eran transmitidas instantáneamente desde el Samos. Lo que veía era algo que estaba pasando al otro lado del hemisferio sólo milésimas de segundo antes. Mediante una combinación de sistemas operativos en Colorado Springs, y en el mismo satélite Samos III, la proyección se agrandó en tal forma como si en realidad el Samos III se fuera acercando cada vez más a la Tierra.

El cuadro de la pantalla se fue definiendo con una velocidad casi pavorosa. Repentinamente se vio correr el agua en el gran río y, segundos más tarde, brillaba en los afluentes. Las ciudades aparecieron primero sólo como pequeños rectángulos y en seguida pudieron distinguirse claramente las casas que las formaban. Manchas de grandes bosques se hicieron visibles y luego, cada vez más claro, aparecieron grupos de árboles hasta que cada árbol se distinguió claramente. El cuadro en la pantalla se concentró en un claro rodeado de círculos que se veía claramente eran bases subterráneas de cohetes. Alrededor de éstos había unos camiones. Completamente al azar, pues esta proyección era sólo un ejercicio corriente, la proyección se concentró sobre uno de los camiones. El resto del sistema defensivo desapareció de la pantalla.

El técnico que operaba el Samos número 15, había llevado el sistema a su máximo rendimiento. Era maravilloso observarlo; un espectáculo científico casi increíble, que hacía que la mente de Black girara como un torbellino proyectándose hacia el futuro. Había oído cómo los hombres de ciencia discutían las grandes posibilidades de un espionaje realizado a enorme distancia. Algún día llegarían a conseguir mucho más que una simple proyección algo vaga de un camión y los detalles de éste serían claros y precisos. La mente de Black, ahora sumergida en esa posibilidad futura, empezó a llenar el cuadro borroso que se veía en la pantalla… Sí, allí había dos hombres apoyados en el camión. Llevaban botas de cuero, uniformes del Ejército Rojo, y las gorras ladeadas sobre la cabeza. La imagen fue haciéndose más precisa, como si se les viniera encima, y más clara también. Poco a poco dos enormes manos cubrieron la pantalla; se podía percibir el vello destacándose sobre ellas, las sucias uñas de los dedos. Una de las manos sostenía la fotografía de una muchacha. Los detalles eran un poco borrosos, ciertamente, pero aun así se podía distinguir la cara redonda, típicamente eslava. Sonreía con la cabeza ladeada con coquetería… En ese momento se disolvió la imagen en el Gran Tablero junto con los detalles que la fantasía de Black le había añadido.

Sin embargo, el camión que había visto reflejado en el Gran Tablero era real, se dijo Black para sí. Y el conductor del mismo estaba bien lejos de suponer que una cámara, situada a 450 000 metros sobre la Tierra, había captado sus maniobras y las había proyectado luego a una distancia de 4125 kilómetros, reflejándose en aquella pantalla con un intervalo de sólo un segundo desde el momento en que fue captado y el de su proyección en la pantalla. Por primera vez el Samos III, su maravillosa cámara y su portentoso futuro llenaron a Black de intranquilidad. Le pareció que era una manera de invadir la vida privada de los demás, con aquel procedimiento sutil y silencioso de observar cualquier cosa que ocurriese en la superficie terrestre. «Blackie», se dijo, «parece mentira que un hombre como tú, que ha pasado por los vuelos del “U-2” y ha visto el desarrollo del Samos y tantas otras aventuras, se esté poniendo sentimental». Entonces se volvió hacia Stark decidido a chismorrear un poco.

—¿Qué es lo que se dice de Wilcox? —preguntó Black.

—Lo de siempre, se pasó de listo hace un par de días —dijo Stark riendo —. Alguien le mandó un memorándum de dos páginas para que lo hiciera circular entre el personal. Wilcox le metió en medio un ensayo de sesenta páginas de Emerson y dio su visto bueno para que los hicieran circular conjuntamente. Se lo devolvieron todo debidamente firmado, pero sin ninguna pregunta ni comentario sobre su contenido. Wilcox convocó a todo el personal para darles su merecido. Dicen que la cosa se puso fea de verdad para ellos.

Black rió a gusto. Lo que le contaban se avenía bien con su estado de humor. Parecía que quizás ese Wilcox haría que las cosas se avivaran un poco. No era de extrañar que Stark estuviera un poco intranquilo respecto a la reunión de hoy.

Black lanzó una mirada distraída alrededor de la habitación. Ésta se iba llenando ahora. Había un grupo en el lado opuesto al suyo, junto al teléfono rojo que comunicaba directamente a todas horas con el Presidente. Era como una especie de seguro contra incendios que se espera no tener que aprovechar nunca.

Black se dirigió hacia la larga mesa para conferencias situada en el centro de la habitación. Era impresionante, como si aquellos que la diseñaron hubiesen buscado combinar una gran mesa de dirección con las largas mesas universitarias de los seminarios. Alrededor de la mesa, muy bien dispuestos, había unos sillones de cuero con el respaldo muy alto. Frente a cada silla, un juego de escritorio con todos los objetos muy bien colocados: un secante, un grueso bloque de hojas por estrenar y dos lápices, dispuestos uno a cada lado del bloque como si le hicieran guardia. En algunos lugares de la mesa había jarros térmicos de plata y vasos con las iniciales oficiales. Un poco más allá de la mesa, al otro lado, junto a la pared, estaban «los asientos reservados». Dos hileras de sillones un poco menos lujosos, diseñados cuidadosamente para indicar que sus ocupantes, aunque personas de cierta importancia, eran los empleados de menos categoría. La barrera entre unos y otros era invisible. Cualquiera de ellos podía, si lo deseaba y había un puesto vacío, sentarse a la mesa grande. Pero ninguno de los del «reservado» cometía ese error. Sabían esperar y, de un modo intuitivo, percibirían exactamente el momento preciso en que los considerarían aptos para sentarse ante ella.

Ahora ya había bastante gente en la habitación, una veintena, más de la mitad de uniforme. Tenían algo en común que les daba un aspecto semejante: algo canosos ya, de mediana edad, rubicundos, hombres de aspecto poderoso. «¿Acaso todos tenían ese aspecto porque era precisamente el prototipo del poder?», se preguntaba Black, «¿o los escogían precisamente porque tenían ese aspecto?». Black observó cómo Stark iba de un grupo al otro. Se le veía muy contento, como pagado de sí mismo. Estaba seguro de que Black ya no saldría con aquellas dudas sobre las «posturas defensivas». El día pertenecería a Groteschele-Stark.

Esas reuniones-informe, necesarias y de gran valor, se iban haciendo cada vez más antipáticas a Black. Era difícil expresar disentimientos sobre algún asunto, pero aún así, una vez formulados, había que insistir sobre ellos y era imposible resolverlos. Por mucho que Black estimara al Servicio de Control Aéreo y a todos los hombres que trabajaban con él, tanto dentro como fuera de la Fuerza Aérea, durante esos últimos cinco años había tenido la impresión, cada vez más aguda, de que las «cosas» huían de su control.

El cálculo de las intenciones soviéticas y de su capacidad había empezado como algo convincente, haciéndose deducciones completamente lógicas. Pero en algún punto de estas deducciones, la lógica se había vuelto tan complicada, los elementos tomados en cuenta fueron tantos, surgieron tal cantidad de novedades en los sistemas deductivos, que para Black todo aquello había ido haciéndose borroso hasta convertirse en una especie de enmarañado mundo surrealista.

«Primero se llegó a igualar y luego a sobrepasar su capacidad de armamento y luego empezamos a preguntarnos cuáles serían sus intenciones», se dijo. «Entonces ellos hicieron una serie de tests y sobrepasaron la capacidad de Estados Unidos, empezando a adivinar nuestras nuevas intenciones. Y entonces nosotros empezamos a tratar de adivinar lo que ellos adivinaban que nosotros estábamos adivinando». Mientras tanto, y ya hacía años de esto, cada bando había desarrollado su capacidad de destruir al otro, incluso después de haber sufrido un ataque masivo por sorpresa.

Black tenía a menudo la sensación, durante el curso de una de aquellas reuniones, de que había perdido completamente todo contacto con la realidad y que flotaban libremente por un mundo extraño. No era sólo el SAC o el Pentágono, pensaba Black. Sino la Casa Blanca, el Kremlin, el número 10 de Downing Street, de Gaulle, la China roja, los pacifistas, los procaces ojos avizores de la derecha y los astutos de la izquierda, la NATO, los de la ONU, los suaves locutores de la televisión, los de las marchas pidiendo la paz, los que hacían manifestaciones en pro de la guerra… es decir, todos. Cogidos en una fantástica telaraña, enredados en los hilos de lo lógico y de lo ilógico, de los hechos y de las emociones. Parecía que no hubiese nadie completamente sensato. Ninguno que hablara con un conocimiento ponderado. No obstante, todos eran sinceros.

Black recordaba cuándo empezó a sentir aquella sensación de irrealidad. Fue unos años atrás, cuando Groteschele habló de la posibilidad expuesta por Kahn de lo que podría pasar en América si el submarino Polaris disparara accidentalmente un proyectil teledirigido contra Estados Unidos. El comandante del submarino tendría que ponerse en contacto por radio y explicar al SAC lo que había pasado, para que éste supiera que no era sino un accidente. Luego, todos los asistentes a aquella reunión habían movido la cabeza asintiendo, pensando que con ello se terminaba la discusión. Pero Groteschele había insistido, diciendo: «Los Soviets habrían descubierto que el proyectil estaba en marcha, sabrían que se trataba de una equivocación nuestra y sus aparatos detectores indicarían la explosión. Pero entonces empezarían a preocuparse de nuestras reacciones: ¿Cómo podían estar seguros de que nosotros nos habíamos dado cuenta de que era un ataque por error y de que sabíamos que el proyectil era nuestro?», decía. «¿No era posible que temieran nuestra “represalia” y, movidos por este temor, nos atacaran en medio de la confusión consiguiente? Y, de ser así: ¿No sería mejor, desde el punto de vista soviético, atacar en seguida?». Es más, añadió entonces: «Consideren también que un verdadero ataque inmediato quizá resultase la mejor táctica para ambos. Incluso suponiendo que unos y otros se hubiesen cerciorado primero de que se trataba de un accidente y que ambos supieran, además, y con seguridad de quién procedía el ataque por error».

A juicio de Black habían discutido aquello un poco a la ligera, decidiendo, finalmente, tomar todas las medidas posibles para asegurarse de que tal accidente no ocurriera.

Quizá lo más correcto sería presentar la dimisión. La idea le obsesionaba de nuevo. No hacía sino rondarle la cabeza desde hacía algún tiempo. Era curioso, pensó; hubiera podido vivir con la conciencia tranquila, de acuerdo con sus sentimientos en cualquier otra sección del ejército, en cualquier otra menos en ésta que tanto estimaba. Pero precisamente su posición en la SAC, y especialmente su cargo específico (es decir, enlace entre «Operaciones y Análisis Estratégico» y «Valoración de Fuerzas»), hacía que estos pensamientos, completamente privados, le sonaran a insubordinación y herejía. Pero ¿por qué debían atormentarle más a él que a los demás? Así, vistos desde fuera, parecían muy contentos con su trabajo. Pero: ¿quién podía saberlo? Supuso que su aspecto era también tan despreocupado como el de los demás.

Notó que los que estaban al otro extremo de la habitación se movían. Sí, allí estaba, era él, Groteschele. Le produjo la misma impresión que ayer, como si hubiese abierto una puerta y, saliendo directamente de la fiesta de anoche, se hubiese encontrado en el Pentágono: con los mismos ademanes, un poco agresivos y confiados. Con el mismo paso seguro. Junto con Groteschele entraron Wilcox, Carruthers, el Ministro de Marina y Alien, del Consejo Nacional de Seguridad.

Todos en la habitación observaron la entrada de los «grandes». La habitación misma pareció cambiar. Un momento antes era un salón grande con personalidad propia, cómodo y con una atmósfera llena de camaradería. Ahora todo parecía haberse puesto rígido y firme en una serie de pequeños detalles que era difícil de explicar. En realidad era el mismo esfuerzo de todos al pretender que nada había cambiado, tratando de seguir comportándose como si aquellas personas «importantes» no estuvieran allí, lo que creaba aquella diferencia.

Groteschele avanzó colocándose a la cabecera de la larga mesa de conferencias. Los demás empezaron a colocarse inmediatamente en los asientos alrededor de la misma. Era evidente que el Secretario de Defensa no tenía intención de venir y, si pensaba hacerlo, llegaría tarde y había dado la orden de que la reunión empezara.

Stark encauzó las observaciones preliminares de la reunión con facilidad y destreza y Groteschele empezó a hablar en seguida de aquella manera suya tan suficiente, con un tono de superioridad. Anunció el tema del día: «Guerra por accidente». Este tema se había ido actualizando y se hablaba mucho de él. Se habían publicado algunos artículos en revistas sobre el mismo. Los jefes militares, como es lógico, hacía ya largo tiempo, años, que estudiaban detalladamente este problema.

—En aquellos tiempos, seis meses atrás —dijo Groteschele en tono de sorna—, cuando hablábamos de «una guerra por accidente», diríamos ahora que era una teoría absurda. —Prosiguió explicando la posibilidad de que los comandantes de las escuadrillas del SAC, en un momento de locura, trataran de salvar el mundo eliminando a los comunistas por su cuenta.

No era ninguna broma, Black lo sabía bien. Groteschele se refería al examen psicológico, previo al reclutamiento, que la Fuerza Aérea había puesto en vigor en 1962 para asegurarse de que no ingresase ninguna persona «de mentalidad no adecuada» en la sección encargada de la preparación y descarga de las armas atómicas. Black había sido uno de los primeros, dentro de las Fuerzas Aéreas, en proponer y apoyar este programa. Incluso ahora no estaba muy seguro de que el problema hubiese sido resuelto. Los hombres del SAC era entrenados a conciencia para «destruir» y «adoctrinados» para atacar a Rusia.

—Lo que nos asustaba no era tanto el problema de un verdadero loco — decía Groteschele—, sino todo lo contrario: que en el último momento alguien se negara a lanzar la bomba. Un solo acto de rebelión podría echar a perder todo el sistema progresivo de operaciones. Digamos, por ejemplo, que uno de los sargentos encargados del control de transmisiones decidiera, sencillamente, no llevar a cabo la orden de ataque. Eso arruinaría nuestros planes por completo desde el momento en que se produjese.

»En realidad el programa de entrenamiento del SAC los prepara para un funcionamiento perfecto. Las pruebas, las doctrinas que les inculcan, los continuos entrenamientos, todo está dirigido a convertir a muchachos americanos completamente normales en perfectos autómatas.

»Autómatas, es lo que muchos de nuestros críticos les llaman —dijo Groteschele sencillamente—. Pero también son patriotas y valientes. Y además ¿no hemos honrado siempre al cuerpo de infantería de Marina porque tiene por norma hacer exactamente lo que les ordenan?

»Al diablo con Stark», pensó Black, y a continuación dijo:

—Un momento, profesor Groteschele. ¿No es verdad que el reflejo de «ataque» está tan hondamente arraigado en nuestra gente del SAC, que incluso para aquellos que hayan pasado un examen psicológico satisfactorio, es más fácil que cometan el error de «atacar» que el de no hacerlo?

—Quizás en algún caso muy determinado, general Black —contestó Groteschele. Controló su impaciencia al verse interrumpido—. Pero hemos analizado esta posibilidad y nos hemos protegido contra ella. Incluso si uno de esos locos tuviese mando de una escuadrilla, general, incluso entonces, suponiendo que hubiera varios de sus colegas que estuvieran imbuidos de su misma locura no podrían hacerlo.

Groteschele echó una mirada al Secretario de Guerra. Wilcox escuchaba atentamente. Entonces Groteschele se lanzó a una descripción elaborada de sistemas de comprobación, de códigos y controles designados a asegurarse de que la guerra no podía estallar debido a un error humano.

—Es imposible, completamente imposible —concluyó diciendo Groteschele—. Las estadísticas nos dicen que esta posibilidad es tan remota que es prácticamente imposible. Tanto como pueda serlo cualquier otra cosa. La orden de «ataque» no puede ponerse en marcha hasta que el Presidente la dé. Incluso la rutina del «Control Positivo» requiere una doble comprobación.

Black dudó un poco. Sabía que Groteschele quería seguir adelante. Pero también sabía que Groteschele no hacía sino bordear inteligentemente el verdadero problema.

—¿Y qué pasaría si el Presidente se volviera loco? —preguntó Black bruscamente—. Es un hombre asediado por una enorme presión de trabajo.

Black, como sabían muchos de los que se encontraban en la habitación, era la única persona allí que, debido a su amistad con el Presidente, podía hacer esa pregunta impunemente. Pero Groteschele estaba seguro, y ello le llenaba de envidia, que Black lo hubiese dicho igualmente aunque no hubiese visto nunca al Presidente ni lo conociera personalmente.

La impresión que produjeron sus palabras era palpable. El Secretario de Guerra frunció el entrecejo mirando a Black. Groteschele lo vio y luego miró a las otras personas que se hallaban alrededor de la mesa del consejo. Se dio cuenta en seguida de que no tendría que contestar a Black en forma directa.

—Entonces nos veríamos en apuros —dijo Groteschele riendo. Se encogió de hombros, levantó las manos al aire como si implorara un poco de sentido común y añadió—: Pero no es probable.

La tensa atmósfera de la habitación pareció ceder. Black no estaba satisfecho con su respuesta pero sabía cuándo era prudente callar. A pesar de todo, era algo muy posible: Woodrow Wilson había continuado en su cargo de Presidente dos años después de haber sufrido una embolia. Y muchos altos oficiales habían sufrido depresiones mentales debido al esfuerzo que requerían sus cargos. Forrestal, por ejemplo, se había suicidado arrojándose por una ventana. «¿Y si el Presidente sufriera un ataque de esquizofrenia paranoica?», pensó Black. No era probable, pues la política americana tenía por norma suprimir sin contemplación a todas las personalidades inestables, pero cabía la posibilidad de que ello sucediera.

«Quizá», siguió pensando Black, «todo este maldito juego me hace ver las cosas diferentes». Sintió que muy adentro se le iba adentrando aquel punzante terror. Tenía algo que ver con su «sueño». Durante sesiones como ésta sentía que la propia piel de su personalidad era arrancada a pedacitos, dejándole cada vez más vulnerable, más dolorido. «Sin embargo», pensó desesperado, «sé que pertenezco a esto y es aquí donde me necesitan, donde puedo contribuir a algo». Dejó vagar su mente, tratando de discernir el momento en que la verdadera faz del matador le sería revelada, cuando su espada realmente le heriría en la espalda acabando con sus indecisiones.

Groteschele proseguía hablando, mencionando ahora las posibilidades de un error mecánico. Esto era algo nuevo para los demás. Nadie conocía el asunto a fondo. Groteschele estaba sumergido en lo suyo, en las estadísticas. Era notable cómo todos los hechos humanos, vivos, de carne y hueso, de verdad, desaparecían bajo los números. Groteschele estaba explicando la posibilidad matemática, remota por supuesto, de que hubiera un error mecánico. Se había tomado el trabajo de calcular esa posibilidad de error. En un año las posibilidades de una guerra por accidente eran de 50 a 1. Black recordaba que esto se había hecho público en el Hershon Report. Pero el informe había aparecido varios años atrás y los que le dieron publicidad en el Estado de Ohio, hicieron hincapié en el hecho de que eran cálculos meramente especulativos, pues no tenían acceso a las informaciones confidenciales. La situación ahora era mucho peor, pues todo se había complicado muchísimo más.

—En otras palabras —dijo Groteschele—, y tomando en cuenta la cantidad de alarmas que se presentan continuamente y el complicado sistema de equipos de control, las posibilidades son tales que una guerra por error quizá podría ocurrir dentro de unos cincuenta años.

—¿No es verdad que la complicación cada vez mayor de esos sistemas electrónicos y la mayor velocidad de los proyectiles hacen que estas cifras empeoren año tras año? —preguntó Black.

Pensaba en la llamada pública que hizo años atrás el almirante L. D. Coates, jefe de Investigaciones Navales, que admitía que todos los que trabajaban en ello ya sabían «que las armas y los equipos electrónicos se estaban haciendo tan complejos que estaban sobrepasando la capacidad del hombre para controlarlas; la complejidad de las nuevas generaciones de máquinas iba aumentando el peligro de accidentes en proporción mayor a los instrumentos diseñados para salvaguardarlas». No se había hecho nada al respecto sino que se limitaron a ignorar el informe.

Groteschele hizo una pausa, sonriendo con tolerancia a Black. El Secretario del Ejército se inclinó hacia uno de sus ayudantes y le hizo una pregunta. Éste miró a Black y sonrió mientras cuchicheaba algo al oído del Secretario. Black sabía lo que estaba diciendo: «El general Black es uno de esos heréticos por principio». —En teoría, sí— dijo Groteschele. —Pero nosotros probamos cada nuevo mecanismo a fondo antes de emplearlo y todo sistema es comprobado por otro. Las posibilidades de una guerra debida a un error mecánico son casi nulas.

Esto no era cierto, pero Black no quiso proseguir discutiendo. Contuvo su ira y miró fijamente el Gran Tablero. Parecía un gran mosaico movible, más decorativo que funcional. Pequeñas lucecitas aparecían, se hacían más brillantes, recorrían una corta distancia y luego desaparecían. Nadie tomaba el Gran Tablero en serio hasta que la luz colocada encima del mismo indicaba que «alguien» había decidido ponerlo en alguna fase de alerta.

«Cuántos lugares habrá esparcidos por el mundo que se parezcan a éste», musitó Black, «con los mismos tableros estratégicos, con los mismos sistemas de control recogiendo, identificando y descartando signos de radar». El gran centro de operaciones de Omaha, desde luego, y, probablemente por lo menos, otra estación gemela a la de Omaha en alguna otra parte del país. Luego había el refugio antiaéreo del Presidente; seguramente también allí habría un tablero automático similar a éste. Quizás había más de un refugio presidencial. Sin duda habría otro en Camp David, o en la Casa Blanca de veraneo o quién sabe dónde.

Luego, además de esto, sabía que había siempre, cada minuto de cada día, un «KC-135» en el aire, convertido en una pequeña estación de emergencia similar a la de Omaha para el caso de que todo desapareciera en una explosión. Quizá todavía hubiese otra en algún superavión de transporte en alguna parte. Otra, en uno de los submarinos nucleares. ¿Y cuántas más? Varias en Inglaterra, sin duda, en Francia, quizá, y en Alemania occidental y en Rusia. Sí, seguramente que allí había casi tantas como en los Estados Unidos.

Black sabía que había cuatro aviones «KC-135» reservados exclusivamente para uso presidencial como puesto de comando en el aire en caso de una aguda emergencia. Desde 1962 se encontraban diseminados en diferentes puntos del país para que el Presidente tuviera uno constantemente a su alcance. Siempre que el Presidente se trasladaba a algún punto fuera del continente, uno de esos aviones, tranquilamente y en forma poco notoria, era incluido entre los de su escolta.

Seguramente habría uno similar en cada país. Y los hombres que los tripulaban también serían semejantes. Hoy en día, en todo el mundo, y en cada uno de los salones donde se hallaban estos Grandes Tableros de transmisiones estratégicas, al cuidado de hombres competentes y atareados, continuamente dedicados a ellos, se recibían, analizaban y proyectaban los mismos signos. Los «grandes» de todo el mundo observaban los datos que surgían allí y las mismas lucecitas, pensando y hablando sobre los mismos rompecabezas estratégicos que Groteschele presentaba ahora.

Black volvió a mezclarse en la discusión. Groteschele enumeraba ahora varios tipos de posibles errores mecánicos: «Guerra por accidente a causa del fallo de una máquina. Cálculo erróneo por las máquinas encargadas del control, interpretación equivocada por los empleados humanos encargados de interpretarlas (los “vivos” como les llamaban ellos mismos). Y, por último, el mayor de todos, una falla electrónica».

«La mayor», pensó Black, «porque nadie sabe nada de eso. Lo único que sabemos es que en cualquier sistema tan complejo como éste y que dependa directamente de un intrincado equipo electrónico, la posibilidad de que ocurra un error de esta naturaleza debe tenerse presente».

—Pero el sistema de Control Positivo del punto Límite-de-Seguridad representa la máxima protección contra este tipo de errores —decía Groteschele bajando la voz en tono persuasivo.

Éste era el factor más seguro de todo el sistema, en el que todo se apoyaba. Así, pues, todos quedaron tranquilos. Y desde luego, Groteschele había asumido un tono muy convincente ese día; si exceptuamos una especie de tosecilla nerviosa que de vez en cuando le entorpecía. Black comprendía perfectamente a qué se debía: Groteschele sabía mucho más de lo que decía.

Sencillamente, no era tan simple. Cualquiera que tuviera algo que ver con las cajas negras del «Control Positivo» lo sabía. Las partes componentes de las mismas eran controladas y revisadas dos veces en un cien por ciento, de acuerdo con una rotación fija; estudiándose cada posible condición en la que se pudiese encontrar y sometiéndola a una condición simulada semejante. Esto se hacía por sistemas en duplicado y también se simulaban esas condiciones en máquinas comprobadoras de la operación, rigiéndose por fórmulas matemáticas cuidadosamente estudiadas, que expresaban las innumerables maneras en que uno de esos equipos podría fallar. En esas máquinas comprobantes se simulaba el «traslado» de las bombas y se «daban» las señales de «ataque».

Se podían predecir las presiones atmosféricas variables, se estimaba la deterioración natural del aparato y se tomaban en cuenta las vibraciones características de los bombarderos «Vindicator». Esas variantes podían transformarse en fórmulas matemáticas, y, con tales fórmulas, las máquinas comprobadoras o cerebros mecánicos probaban las cajas negras.

Pero todo ese sistema tenía una gran falla. Nadie sabía de modo seguro si esas cajas negras cumplirían su cometido cuando realmente se presentara la ocasión. La razón era sencilla: nunca habían tenido que demostrar su eficiencia y no podían ser probadas sino en el mismo momento.

Una prueba de esa naturaleza significaba la guerra. Todo el sistema de Control Positivo dependía, en realidad, de un equipo que no podía ser probado de verdad hasta que llegase el momento decisivo y, debido a esto, nadie sabía de antemano si funcionarían realmente o no. Las máquinas Límite-de-Seguridad podían ser probadas realmente solo una vez: en el momento decisivo en que se hicieran funcionar.

Era evidente, después de las experiencias hechas con los aviones «Electra» y con los «DC-6» ya fuera de uso, que un fallo serio en una de esas complicadas maquinarias podía pasar inadvertida a través de todas las experiencias preliminares, y sólo luego, al ponerlas en práctica de verdad, se haría evidente.

Esto alimentaba el humor agrio y denso que destilaban las habladurías del SAC. Los «DC-6» habían sido unos aviones hermosos y perfectos, salvo que los primeros se incendiaron en cuanto entraron en servicio. Entonces fue cuando se dieron cuenta de lo único que no habían calculado: lo que las fuertes corrientes de viento al volar podían hacer con el gas sobrante. El gas era acumulado por una corriente de aire invisible a un punto situado directamente detrás de las máquinas, donde los aparatos succionadores de aire no tardaron en acumular aquel gas de desecho, convirtiendo el espacio destinado a almacenamiento de aire en una verdadera cámara de fuego explosivo.

También las grandes corporaciones resultan heridas cuando fallan sus sistemas «comprobados» de control positivo. Black recordaba lo consternado que había quedado unos años atrás cuando la revista Fortune había señalado este punto sobre dinámica en general. Los «Convair 990» no eran sino una demostración de la completa falibilidad de un cálculo simulado. Convair diseñó un avión teórico que probó ser el más rápido «Jet» comercial que los vuelos «simulados» habían podido hallar, así que decidieron ganar tiempo y dinero y pasar por alto los costosos ensayos sobre modelos previos, comenzando directamente la producción. Sólo que el 990 no respondió tal como esperaban. Nadie pudo explicarse el porqué, y tampoco pudieron achacar esa falla a los enigmáticos aparatos de prueba que habían señalado su eficacia con tal seguridad.

El general Black también sabía que Groteschele se estaba deslizando apresuradamente dejando atrás otro importante factor. Cada una de esas máquinas debía ser ajustada e instalada por hombres. Y todos los seres humanos, fuese cual fuese su capacidad y entrenamiento, no se veían libres de la natural fatiga y del aburrimiento. En más de una ocasión el mismo general Black había visto cómo uno de esos mecánicos, cansado e irritado por su trabajo, apretaban demasiado una pieza con su destornillador o dejaban de hacer una última comprobación o, sencillamente, pasaban por alto la lectura negativa de uno de sus instrumentos de prueba. Estos errores en un avión en vuelo significaban sólo la pérdida de un aparato valioso y de algunos hombres. Pero en una de esas cajas negras Límite-de-Seguridad —había que tomar en cuenta también que los hombres que las instalaban no tenían ni la más remota idea de su importancia— el más leve error podía mover el gatillo que conduciría al desastre final.

Black echó un vistazo alrededor de la mesa. Stark miraba fijamente el tablero estratégico. Nuevas lucecillas habían aparecido y Stark jugaba nerviosamente con su lápiz mientras estudiaba su avance. Black miró a Wilcox. Tuvo la intuición de que Wilcox, en ese momento, estaba rechazando la posibilidad de una guerra accidental. Esto hizo que Black se sintiera deprimido al considerar que debía poner más de su parte, pero sin saber exactamente qué.

La voz grave y suficiente de Groteschele hizo que Black volviera de nuevo a la realidad. Esa voz hablaba ahora de lo que pasaría si ocurriera tal accidente. Sería un problema «muy interesante», decía.

—Supongamos que los rusos causaran dicho accidente —sugirió Groteschele—. Supongamos que se produjera un accidente de verdad y que se tratara de un cohete de 50 megatones dirigido contra Nueva York o Washington. ¿Qué es lo que podríamos hacer? ¿Cómo saber si realmente se trataba de un accidente? ¿Cómo podrían demostrarlo? ¿Es que la diferencia sería notable aunque lo probaran? Aunque realmente creyéramos que se trataba de un accidente, ¿es que no contestaríamos a ese golpe con todas nuestras fuerzas?

«Una buena pregunta», pensó Black, pero nadie la contestó. Parecía como si no fuera una discusión real de problemas reales y verdaderos. Black recordó el alboroto y la excitación que se produjeron años atrás cuando un estudiante publicó una tesis sobre la estrategia de la rendición. El argumento había sido bien sencillo. Suponiendo que cualquiera de los dos bandos fuera el primero en atacar, ¿no sería la rendición la única estrategia posible para el otro? ¿Qué ganaríamos con devolver el golpe? Esto había suscitado una serie de disertaciones y discusiones ante el Congreso, y después de ello nadie más habló de «la rendición como estrategia».

El pensamiento de Black fue interrumpido bruscamente. Groteschele dejó de hablar. Todos miraban hacia el Gran Tablero.

El signo de alerta encima del mismo se había encendido. El tablero todavía mostraba las lucecillas que Black había visto a Stark observar con tanta atención. Correspondían a seis grupos de bombarderos volando casi encima de sus puntos Límite-de-Seguridad. También había una pequeña lucecilla no identificada en algún punto entre Groenlandia y Canadá. Black observó que el reloj colocado encima del Gran Tablero marcaba exactamente las 10,28. Groteschele hizo una pequeña pausa para ver lo que pasaba en el Tablero, y luego, dirigiéndose de nuevo a su auditorio, dijo:

—Tenemos suerte. Aquí aparece un bonito estado de alerta donde apoyar nuestra discusión. Ahora ya no se puede pronosticar cuándo ocurrirán las cosas para hacerlas servir como base de una reunión del Pentágono. El equipo funciona con mucha más precisión y ocasiones como ésta sólo se presentan unas seis veces al mes como máximo.

Groteschele trató de captar de nuevo la atención de su auditorio enfrascándose en una explicación de la necesidad del máximo de tiempo posible para poder evaluar uno de esos estados de alerta. Aunque cada vez había más centros de producción de armas nucleares, explicó que éstas no podían ser usadas de modo inmediato en una crisis. Tenían los defectos propios de sus virtudes. Eran demasiado rápidas. No dejaban el tiempo suficiente para sopesar los hechos y buscar los posibles errores. Esto era la causa de que se hubiese vuelto a los bombarderos gobernados por hombres para dar el primer golpe, en vez de confiar en los cohetes más nuevos de largo alcance. Los bombarderos permitían un espacio de horas precioso para revalorizar y analizar; los cohetes sólo treinta minutos. Además, pasase lo que pasase, incluso si todo el país resultase devastado, siempre quedaba el recurso de lanzar los cohetes al final.

Sin embargo, el Gran Tablero les atraía más en aquel momento que todo lo que pudiera decir Groteschele. Alzó un poco la voz:

—Supongamos ahora que los rusos tengan realmente un satélite en órbita que contenga una bomba, entonces sí que estamos en peligro —dijo, haciendo una pausa, con voz grave—. Estamos en verdadero peligro, pues, entonces, el tiempo necesario para reaccionar se reduciría a sólo cincuenta o sesenta segundos. No tendríamos ni el tiempo suficiente para llamar al Presidente.

Pero ya nadie escuchaba a Groteschele. Todos los ojos permanecían fijos, pegados al Gran Tablero. Pronto el extraño objeto no identificado lo sería y desaparecería del tablero… Se trataba de un avión canadiense, sin duda, o de un vuelo compacto de pájaros, o de algo parecido. Entonces los grupos de los aviones del SAC virarían y desaparecerían también del tablero. Sí, eso era, Black vio cómo empezaba a suceder tal como él lo esperaba.

Aquella lucecilla extraña no identificada fue apagándose. La atmósfera tensa y silenciosa de la habitación empezó a disolverse, se encendieron algunos cigarrillos y se sintió el ruido de los lápices sobre el papel a medida que cada uno trataba de desahogar su nerviosismo a su manera. No tardaría en llegar el mensajero del SPADATS (Servicio Especial del Aire) con las explicaciones pertinentes sobre aquella lucecilla. Entonces Groteschele proseguiría su disertación, feliz de monopolizar de nuevo la atención de su auditorio.

Uno a uno, los cinco grupos de los bombarderos SAC empezaron a virar. Sólo uno quedó en la pantalla. Entonces, mientras Black siguió observándolo sin poder dar crédito a sus ojos, éste voló más allá de su punto Límite-de-Seguridad. Echó una mirada a Stark y le vio totalmente rígido en su asiento. Wilcox, en cambio, permanecía absolutamente ajeno a lo que ocurría. La mayoría de los otros oficiales se habían vuelto y escuchaban a Groteschele. Stark miró a Black alzando sus cejas interrogante.

Black, a su vez, fijó la vista en Groteschele. La reacción de éste fue tan rápida, que a Black le pareció que no lo había visto bien: los ojos de Groteschele brillaron intensamente y, luego, una especie de escalofrío le recorrió todo el cuerpo. A Black le pareció que en aquellos breves momentos su rostro expresaba una mezcla de pavor, excitación, entusiasmo y, también, oportunismo. Luego desapareció y Groteschele quedó completamente inmóvil, mirando impasible el tablero. Black se dio cuenta de que sólo tres de los hombres que estaban en la habitación aquilataban realmente la enorme importancia de lo sucedido.

Después de esto, el tablero se oscureció. Sin duda el operador consideraba que la acción del Grupo 6 carecía de importancia. Quizás sencillamente le había pasado inadvertida. Stark escribió rápidamente una nota dirigida a Black; decía: «¿Has visto en alguna otra ocasión que una escuadrilla pasase más allá de su punto Límite-de-Seguridad?». Black movió la cabeza negativamente. Stark empezó a levantarse de su asiento. Black sabía que iba a confirmar los hechos con los oficiales encargados de los movimientos tácticos en otra oficina, pero Stark volvió a inmovilizarse en su asiento.

Un teléfono sonó. No sonó muy fuerte pero lo hizo de manera clara. Era una llamada persistente y seguida, la del teléfono rojo. Ninguno de los que se hallaban en la habitación la habían oído jamás. Wilcox no se daba cuenta de lo que aquello significaba, pero su sensibilidad captó la tensión que le rodeaba, y se puso rígido de atención. Un general del ejército corrió rápidamente hacia el teléfono rojo. En aquel momento parecía lo más natural que un general corriera de esa manera a contestar un teléfono. En realidad a todos les pareció que sus movimientos eran muy lentos, como si se hallaran sumidos en una pesadilla.

El general escuchó un momento. Luego se volvió hacia los demás, con rostro aturdido. Mirando a Wilcox dijo con una claridad excesiva:

—Señor Secretario, el Presidente le llama desde su refugio de la Casa Blanca. Quiere hablar con la persona de más alta graduación presente. Es usted, ¿verdad? Me han pedido que llame a todos los ministros y a los secretarios y les diga que se reúnan aquí inmediatamente. —Dejó el teléfono en su sitio y salió corriendo de la habitación.

Wilcox se levantó, tropezando, con la silla y abalanzóse hacia el teléfono, mirando al Gran Tablero de soslayo mientras lo hacía.

El Gran Tablero estaba iluminado de nuevo, y ahora, proyectado en él, se veían sólo dos cosas: el punto Límite-de-Seguridad del Grupo 6 y la lucecilla correspondiente a éste. En ese momento ya se encontraban varios centímetros más allá de su punto Límite-de-Seguridad y volaban en dirección a Rusia.