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Eugene Burdick · Capítulo 3 de 24

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2. Sala de comando del Gabinete de guerra, Omaha

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SALA DE COMANDO DEL GABINETE

DE GUERRA, OMAHA

 

La sala del Comando Estratégico del Aire de Omaha no era muy grande. Sobre todo teniendo en cuenta lo que allí se hacía. No era mayor que un pequeño teatro. Sin embargo, las lagunas oscuras de las esquinas producían una sensación de inmensidad, como si no tuviera límites. Sólo estaba iluminada por la luz que reflejaba el Gran Tablero. Éste cubría completamente la pared principal y parecía una pantalla gigante si no hubiese sido porque estaba hecha de una especie de material plástico traslúcido. En ese instante en el Gran Tablero había sencillamente un mapa del mundo. Los continentes y los océanos eran los de siempre, así como líneas de longitud y latitud. Pero aquí terminaba su similitud con un mapa corriente. Estaba cubierto de un extraño diluvio de signos cabalísticos. Flechas, círculos, cuadrados, números y triángulos se derramaban sobre la pantalla; a veces aparecían muy brillantes y claros y otras veces más tenues e incluso, de vez en cuando, algunas de estas anotaciones desaparecían por completo dejando sólo un brillo fosforescente que persistía unos segundos.

Incluso bajo esa luz un poco difusa era posible determinar que sólo había media docena de hombres en la sala. En la penumbra, los hombres parecían menudos muñecos. Esto contribuía a aumentar la impresión de inmensidad.

—Esperaba algo más movido —dijo el diputado Raskob—. Sí, es igual a un teatro de segunda categoría. ¿Pero dónde están los acomodadores?

El teniente general Bogan, de las Fuerzas Aéreas de los Estados Unidos, miró de arriba abajo al diputado Raskob. Su reacción era muy semejante a la de otras personas que veían el Gabinete de Guerra por primera vez, pero el general Bogan sabía también que querían tirarle de la lengua; le habían informado debidamente sobre la personalidad de Raskob.

—Ahora mismo, señor, se puede decir que estamos en un momento en que nos encontramos poco preparados —dijo el general Bogan—. Ahora todo es rutina. Pero en cuanto ocurre algo no es acción lo que falta.

—En breves minutos, señor, sus ojos se acostumbrarán a la oscuridad y le mostraremos algunas de las cosas más interesantes que hay en este Gabinete de guerra —dijo el coronel Cascio. El coronel Cascio era el ayudante del general Bogan.

El diputado gruñó. Permanecía de pie en el pasillo situado un poco más alto, en el fondo del Gabinete, con los pies separados, y su cuerpo pequeño y grueso erguido en una postura que era casi arrogante.

«Será un hueso duro», pensó el general Bogan. Miró a uno de los otros invitados, Gordon Knapp, el presidente de la Universal Electronics. No, aquí no habría dificultades.

Knapp era uno de esos científicos de la nueva generación que, después de la Segunda Guerra Mundial, se había convertido en una especie de científico-inventor y hombre de negocios a la vez. A pesar de medir casi dos metros, Knapp tenía el cuerpo curvado como si acabase de correr una larga y agotadora carrera. En realidad era su postura normal. Desde que había descubierto la ciencia, Knapp había corrido con una especie de alegría y desesperado entusiasmo que no encerraba ningún elemento de ansiedad. Bogan tardó unos meses en darse cuenta que el único adversario de Knapp eran los problemas científicos. Se lanzaba con toda su fuerza física e intelectual a dilucidar problemas y sus éxitos se sucedían. Se había convertido en una eminencia en miniaturizaciones, física estática, semiconductores y, recientemente, en problemas relacionados con la conservación de archivos. Mientras tanto se había hecho millonario y había acrecentado su fama. Pero se olvidaba de ello constantemente. No se acordaba de nada, fuera de los problemas que todavía no había resuelto. No sólo había estropeado su cuerpo en el proceso, sino que había aprendido a vivir durmiendo sólo cinco horas, y, a su manera, era muy feliz. Era un hombre de rápidos viajes aéreos, café, llamadas telefónicas, dibujos técnicos, pensamientos intuitivos sobre voltajes y amperios, una gran cantidad de correspondencia por contestar, secretarios agotados, trajes arrugados, y de una atención viva y ardiente por una sola cosa: sus problemas científicos. Su misma mujer dijo —claro que en broma porque le amaba y le adoraba— que se habría divorciado de él años atrás pero que nunca estaba en casa bastante tiempo para discutir el asunto.

Ésta era la primera vez que Knapp visitaba la Sala de Comando y el general Bogan observó que casi temblaba de entusiasmo. Muchos de los mecanismos que encerraba el gabinete habían sido inventados y fabricados por él, y sus ojos brillaban de entusiasmo mientras trataba de identificar aquella maquinaria en la penumbra.

—Puede parecer sencillo, Mr. Raskob, pero es una de las habitaciones más intrincadas del mundo —dijo Knapp en voz baja.

—Y también una de las más caras —observó Raskob.

El general Bogan trató de contener un suspiro. Raskob era un hombre duro e inteligente. Era diputado por el distrito de Manhattan, integrado por algunas casas nuevas de departamentos muy caros y en parte por viejas propiedades que poco a poco pasaban a manos de los portorriqueños y los negros. Cuando salió elegido por primera vez lo fue por muy pocos votos de diferencia, y Raskob tuvo que buscar una fórmula política que fuese igualmente atractiva para los nuevos residentes y los pobres, para los viejos habitantes y los ricos. Su fama como político había sido preparada con el mismo cuidado que la ejecución de una escultura maestra. Siempre que había que votar alguna ley referente al bienestar o a los derechos civiles votaba con los liberales y tomaba las medidas necesarias para que esto se supiera entre los portorriqueños y los negros. Cuando se trataba de fondos para gastos militares se mostraba siempre en plan crítico, diciendo que provocaban la inflación, y caían en manos de generales y almirantes con poca visión, contribuyendo a aumentar los impuestos. Esta postura le beneficiaba de dos maneras; aquellas personas que le habían dado su voto y pertenecían a la clase que vivía en los pisos más lujosos, lo consideraban como defensor de una doctrina antiinflacionista y contraria a los impuestos; en cambio, sus representados más pobres, que carecían de la preparación suficiente y especializada para pertenecer a los grandes gremios o trabajar en una industria de armamentos se sentían atraídos por su doctrina antimilitarista. Había sido reelegido ocho veces, y cada vez había obtenido más votos.

La figura un poco cuadrada de Raskob, tenía cierto parecido con el exalcalde de Nueva York, La Guardia, y Raskob jugaba con este parecido. Usaba una especie de bombín y, cuando hacía discursos, no cesaba de golpear la balaustrada con él. Siempre que se dirigía a un grupo de personas de habla extranjera se aprendía algunas frases que pronunciaba en el idioma de su auditorio. Cuando hablaba a sus electores más ricos usaba siempre un tono pausado y sus discursos eran deliberadamente cortos y proyectados hacia el futuro. Sus discursos en los barrios obreros, por el contrario, eran mucho más encendidos y en ellos hablaba de nuevos salarios y chuletas de cerdo. En realidad, los que le votaban eran demócratas en el fondo, pero pocos lo sabían en aquel distrito. Ni les importaba. Raskob era una personalidad.

—¿De dónde eres, amigo? —preguntó Raskob al coronel Cascio, esforzando la vista, pues todavía no podía acostumbrarse a aquella penumbra. Sus palabras eran como una especie de reflejo político para pasar el rato.

—De Nueva York, señor —contestó el coronel Cascio.

Raskob se volvió para mirarle y su vista se clavó en el coronel Cascio. Su interés ahora era real.

—¿De qué parte de la ciudad? —preguntó.

El coronel Cascio dudó un momento.

—Central Park Oeste —dijo—, por los setenta.

—Probablemente en el distrito veinte —especuló Raskob—. Seguro que ahora se está empezando a llenar de portorriqueños. Es uno de esos distritos fluctuantes; tanto puede ser que ganen los demócratas como los republicanos. Dentro de unos pocos años será completamente demócrata.

—En realidad, diputado Raskob, mi familia se trasladó al sector Este hace unos años —dijo el coronel Cascio, y ladeó la cabeza lanzando una rápida mirada al general Bogan. Luego añadió distraído—: Verá, como soy militar no sigo de cerca los movimientos políticos.

El general Bogan se sintió un poco intranquilo, como si le recorriera una sensación ya olvidada de querer proteger a alguien. Entonces recordó aquel incidente que había sepultado cuidadosamente en su memoria. Ocurrió durante una de las frecuentes visitas que él y el coronel Cascio hacían a Nueva York. Una noche le Llamaron diciéndole que el Servicio de Control Aéreo iba a efectuar uno de sus innumerables ejercicios por sorpresa. Debía regresar a Omaha por la mañana sin falta. Un auto de las Fuerzas Aéreas había llegado ya y estaba estacionado frente al hotel, y el general Bogan le indicó que se dirigiera a la dirección dada por el coronel Cascio, quien había ido a «visitar a su familia».

La dirección pertenecía a un vetusto edificio, envejecido por el viento y el hollín pero de aspecto digno. Sin embargo, no había ningún apellido Cascio sobre la larga línea de timbres. Un poco impaciente, el general Bogan apretó el botón que indicaba conserje e inmediatamente se abrió la puerta y apareció una mujer un poco gruesa de aspecto duro y muy ordenado.

—Estoy buscando el departamento de los Cascio —dijo el general Bogan —. Es urgente.

—¿Otra vez metido en líos? —preguntó la mujer—. ¿Es usted policía?

Encogió los párpados tratando de ver mejor con sus llorosos ojos azules y miopes, pero no alcanzó a distinguir el uniforme.

—Los Cascio no tienen ningún piso —añadió—. Viven en el departamento destinado a los conserjes, ahí abajo a la izquierda. Si se trata de algún lío con la policía ya les puede decir de mi parte que ésta es la última vez, y lo mejor será que se vayan. —Se inclinó un poco, diciendo en son de confidencia y con voz quejumbrosa—: Sargento, hace tiempo que habría despachado a ese hijo de… pero es difícil encontrar conserjes ahora.

El general Bogan bajó los escalones de dos en dos y llamó a la puerta con los nudillos de la mano. Sintió un ruido apagado en el interior y luego una voz con acento del Sur dijo:

—Hijo, no hay derecho que te dejes caer aquí y luego empieces a amonestarnos en esta forma. ¡No pienso aguantarlo, condenado!

La puerta se abrió de par en par y todo lo que contenía la habitación apareció iluminado despiadadamente, bajo la dura luz que desprendían las cuatro bombillas sin pantalla de un viejo candelero de bronce.

Sin lugar a dudas, el hombre que abrió la puerta era el padre de Cascio; eran sus mismas facciones. Pero aquel hombre estaba borracho, tenía las mejillas hundidas, los ojos inyectados en sangre, y llevaba unos pantalones sueltos y arrugados. Parecía el doble, viejo y arruinado de su propio hijo.

El coronel Cascio se hallaba sentado detrás de una mesa cubierta con un mantel de hule. Estaba muy tieso en su silla, frente a un plato lleno de judías y costillas a la plancha del que no había probado bocado. Apoyada en el fogón estaba una mujer, sin duda la madre del coronel Cascio. Tenía una mirada de avispa, era muy delgada y llevaba un viejo vestido de algodón y unas zapatillas de fieltro negro, demasiado grandes para ella. El general Bogan se dio cuenta de que también se había entregado a la bebida… y eso no sólo porque tenía un gran vaso de moscatel en la mano, sino por todo su aspecto; su cara de derrotada, sus ojos llenos de sospechas.

—Señor, soy el general Bogan y he venido a buscar al coronel Cascio — dijo el general. Entonces se dio cuenta que, como estaba en la penumbra, su ayudante no le había reconocido. Al oír estas palabras, el coronel Cascio casi se cayó del asiento, y una expresión atormentada cubrió su rostro.

—Deja que entre este hom… señor, Walt —dijo la madre de Cascio—. Una sonrisa de bienvenida cubrió su cara como una máscara; quería ser tan amable que resultaba grotesca. Dio unos pasos hacia la puerta, caminando con los pies muy separados, tratando de mantener el equilibrio. Un largo hilo ámbar de moscatel iba derramándose de la botella, que había caído sobre la mesa, hasta el suelo.

El padre, desde profundidades desconocidas, saludó al general Bogan. Murmuró unas palabras extrañas de bienvenida, entrecortadas. «Hijo siempre habla bien de usted, señor… nos sentimos honrados; ¿quie… comer con nosotros…?… cualquier cosa… o… quier cosa».

Hubo un largo momento de silencio, un momento en que al general Bogan le pareció comprender algo de la vida del coronel Cascio, que nunca había tratado de analizar antes. Sus padres tenían acento de Tennessee; eran gente de alta montaña y no habían podido aclimatarse a la vida ciudadana. Ahora comprendía por qué el coronel Cascio no hablaba nunca con acento del Sur, jamás bebía y permanecía soltero. Su carrera militar era todo lo que poseía.

El coronel Cascio deshizo aquel cuadro deprimente. Irguiéndose, se dirigió a la puerta y saludó al general Bogan.

—Muy bien, señor. —Había recuperado perfectamente su dominio—. Supongo que nos necesitan para unos ejercicios de práctica.

—Eso es, coronel. Siento tener que interrumpirle aquí, en su casa.

El coronel Cascio esbozó una sonrisa forzada. Miró hacia atrás y luego expresamente, en forma deliberada, cerró la puerta con fuerza, como si fuera la pesada puerta de una caja fuerte. Se oyó la voz entrecortada del padre que gritaba tras las delgadas hojas de la puerta:

—¡Desgraciado, al diablo contigo, señorito! Hum, ingrato… ¡No te damos lástima, no!

Subieron al auto quedamente, sin decir palabra, y jamás hablaron de ello.

La familia del general Bogan, que tenía una fuerte tradición militar, también provenía de Tennessee. Siempre habían vivido en aquellos altos montes de Tennessee y la tierra nunca había producido lo suficiente para mantener a todos los hijos. La carrera militar había sido desde siempre la única ocupación aceptable para los miembros de la familia Bogan que no podían quedarse en el terruño. Desde los remotos tiempos coloniales, un miembro por lo menos de la familia Bogan había prestado sus servicios en las fuerzas armadas de los Estados Unidos. Algunos habían sido soldados rasos simplemente, otros oficiales. Durante la Guerra Civil, los Bogan habían luchado en los dos bandos. El abuelo de Bogan había sido capitán de la marina, y ayudante del almirante Mahan. Su padre había sido sargento de infantería y lo condecoraron dos veces durante la Primera Guerra Mundial con la Estrella de Plata. El primero y segundo nombre del general, Grant Lee Bogan, le habían sido impuestos por su padre, no porque éste poseyera sentido del humor, sino porque creía que el general Grant y el general Lee fueron los generales más importantes que hubo en la historia de América. El hecho de que hubiesen luchado en campos distintos no contenía ningún sentido irónico para él. Grant Lee Bogan fue el primero de los Bogan que llegó a la graduación de general.

La atención de Bogan se fijó de nuevo en lo que ocurría en la Sala de Comando. Sintió la voz de Knapp que decía:

—Es casi como si trabajasen en un submarino, ¿verdad, general?

—Sólo la compuerta de aire acondicionado me recuerda los submarinos —contestó el general—. Al cabo de algún tiempo uno se acostumbra a la idea de que se encuentra a ciento treinta y dos metros de profundidad y es como si se trabajara en cualquier otro lugar.

El general Bogan no decía toda la verdad. En realidad, cuando lo destinaron como jefe del Gabinete de Guerra no le había gustado nada. Hacia los años treinta había ingresado en la Fuerza Aérea por una razón específica: volar. Durante casi treinta y dos años lo hizo. Había volado en los primeros bombarderos biplanos, más tarde en los «P-38» y los «P-51», después de la guerra en los bombarderos «Jets». Volaba siguiendo las «instrucciones al pie de la letra» y tenía fama de ser más bien metódico y carecer de imaginación. Pero a su sentido metódico unía un valor a toda prueba. Esto le había valido la Cruz de Guerra durante la Segunda Guerra Mundial.

Volaba en un «P-38» sirviendo de escolta a un grupo de «B-17» que iban a hacer una incursión aérea diurna sobre Alemania. Era el principio de la guerra y los aviadores no podían resistir la tentación y algunos empezaron a hacer pases a unos «Focke-Wulf» que se encontraban a considerable distancia; otros, a su vez, entraban en esa lucha de cuadrillas cuyo control mantenían ampliamente. El general Bogan siguió volando en forma perfectamente mecánica sin meterse con nadie. Permaneció junto a los bombarderos que le habían ordenado defender, pendiente de no gastar mucho combustible y disparando sólo cuando era necesario, con el resultado de que todos los otros aviones de la escolta ya habían gastado casi todo el combustible unos cien kilómetros antes de llegar al blanco; uno a uno tuvieron que virar y regresar a Inglaterra. Cuando los «B-17» llegaron al lugar indicado, el avión del general Bogan era el único que les escoltaba. Cayeron en una perfecta emboscada. Los «Focke-Wulf» alemanes, pensando que todos los otros cazas habían desaparecido, se mostraron imprudentes, y ocho de sus aviones subieron derechos a disparar contra el fuselaje de los «B-17». Bogan aceleró y metódicamente acribilló a toda la línea de cazas alemanes. Se acercó lo más que pudo al puesto de mando de cada uno disparando directamente contra la cabina del piloto con la esperanza de matarle antes de que pudiera avisar a los demás. En forma perfecta, siguiendo las instrucciones recibidas durante meses de entrenamiento. Bogan acabó con ocho de los «Focke-Wulf». Cada vez que estallaba uno de los primeros seis aviones retrocedía rápidamente subiendo varios metros. En el último momento, los dos aviones que quedaban le vieron e instantáneamente se lanzaron a toda velocidad hacia atrás para echársele encima en cuanto bajase. De nuevo Bogan siguió las instrucciones «del libro». Valiéndose de la pequeña ventaja en cuanto a velocidad del «P-38», logró distanciarse lo suficiente para que no le alcanzaran los disparos de los cazas alemanes. Le siguieron hasta llegar casi al Canal de la Mancha, movidos por el acicate de acabar con aquel que había dado muerte a seis de sus camaradas. Bogan, sin perder la calma, había avisado por radio y unos cuarenta kilómetros antes de llegar al Canal un grupo de «P-38» ya se encontraba esperándole, trazando círculos en el aire. Entonces bajaron zumbando, con toda la ventaja a su favor: treinta segundos más tarde el último de los «Focke-Wulf» había sido destruido.

Bogan siempre se sintió un poco avergonzado de que le hubieran impuesto la Cruz de Guerra, pues, después de todo, no había hecho sino seguir las instrucciones. Como todos los que vuelan durante el combate había sentido un temor profundamente enraizado, interminable; esto le pasaba siempre que entraba en acción. Pero durante aquella operación que le había valido honores no sintió nada especial ni que corriera un riesgo distinto, sólo aquel temor que ya le era familiar.

El último avión en el que había volado el general Bogan en misión de servicio fue el «B-58», el «Hustler». Fue entonces cuando casi fracasó en uno de los exámenes de condiciones físicas. No era nada grave. El médico de aviación encargado de la revisión había hecho la vista gorda, hablando de atrofia motril y su correlación con la edad, reflejos y rapidez de reacción en el individuo. Habían hablado en términos generales, pero ninguno de los dos se engañaba. Si el general Bogan hubiese insistido en pilotar el «Hustler», le habrían declarado físicamente incapaz. Si se contentaba con pilotar aviones más antiguos o volar como copiloto, podría seguir prestando sus servicios en el aire. Habían sido unos momentos duros. Entonces el general Bogan mencionó, así como de paso, que había estado pensando en dedicarse a operaciones estratégicas en vez de volar. Mintió diciendo:

—El vuelo es un juego para los jóvenes; nosotros, los más viejos, debemos asumir la responsabilidad de todo el conjunto.

Al final, los dos hombres se pusieron de acuerdo sin necesidad de palabras. Bogan sería destinado a un puesto de tierra siempre que pudiese pilotar de vez en cuando un «T-33», «sólo para mantenerse en forma».

Al cabo de dos semanas lo habían ascendido a teniente general asignándole la dirección del Gabinete de Guerra.

El general Bogan miró de soslayo a Raskob. Comprendía parte de la desilusión que éste sentía. Recordaba las primeras impresiones que tuvo cuando llegó a la Sala de Comando demasiado vivamente. Había odiado el ascensor. Salía disparado lanzando a sus ocupantes a una vertiginosa caída de 132 metros. Durante los últimos metros, en que disminuía la velocidad, sentía una aguda sensación de impotencia, como si todo él fuera de plomo. Luego, en cuanto se cerraban las puertas, la pequeña habitación en que se hallaba se convertía en una cámara de presión. La presión del aire en dicha sala se mantenía siempre un poco más alta de lo normal para que no pudiese filtrarse ninguna partícula de polvo que pudiese ensuciar la delicada maquinaria y evitar que entrara ninguna emanación atómica capaz de contaminar a los seres humanos.

Otra cosa que desagradaba al general era el olor de aquella habitación. Las docenas de pupitres colocados sobre el largo suelo en declive de la Sala de Comando eran en realidad consolas eléctricas en cuyo interior había cientos de aparatos, todos ellos cubiertos de una capa protectora de laca. Cuando todos aquellos aparatos funcionaban y se calentaban, el ambiente se llenaba de un tenue olor acre a laca, un poco mareante.

El general Bogan tardó mucho tiempo en olvidar aquel viejo olor, que le era tan familiar, de los aeroplanos. Aquellos olores fuertes y viscerales de los potentes motores, el olor a combustible de los «Jets», ese olor especial y peculiar a cuero y sudor masculino que flotaba en todas las cabinas de los pilotos.

Durante meses, la Sala de Comando le pareció algo demasiado afectado y delicado y también completamente irreal. Con el tiempo, la apreciación del general Bogan había cambiado. Se dio cuenta de que aquellos escritorios, pequeños y grises, eran increíblemente complicados. Aquella habitación tan silenciosa, en la que se hablaba siempre a media voz, pintada de gris, engañaba enormemente. Su aparente simplicidad no era sino una máscara. Su orden exagerado escondía algo muy complejo, tanto, que cuando se entendía plenamente era muy parecido a un concepto artístico. A la Sala de Comando llegaban toda clase de informaciones: por radio, teletipo, a través de mensajes especiales, informes escritos, cartas, controles, verdaderos bancos de memoria, archivos automáticos, transportadores, tubos, teléfonos, así como en forma verbal. Llegaban traducidos en forma de cálculos, temores, valor, intuición, deducciones, opiniones, locas suposiciones, verdades a medias, hechos reales, estadísticas, recomendaciones, errores, rumores, informes sobre viejos desconocimientos e información errónea; todo era encauzado por un procedimiento riguroso que llevaba a una o dos conclusiones: es decir, a un hecho real o a una posibilidad futura.

El general miró a Raskob y deseó haberle podido comunicar su secreta visión del lugar. La Sala de Comando era para él como un barco o un avión; un lugar de mando, el puesto donde se toman decisiones. A pesar de estar encerrado bajo cientos de toneladas de concreto y millones de toneladas de tierra, aquella habitación le transmitía una curiosa sensación de movimiento continuo. Ahora, en una forma casi perversa, el descenso en el ascensor lo imbuía de una excitación parecida a la del despegue. Desde su escritorio, situado en el centro del gabinete, experimentaba la sensación de hallarse volando, volaba confiado por completo en sus instrumentos. También llegó a sentir respeto por todo el resto de la tripulación de ese extraño vehículo de su imaginación. Eran profesionales, tanto o más que cualquiera de los componentes de la tripulación de cualquier avión bajo su mando. Ya no era el servidor impersonal, ni tampoco el engranaje automático de una complicada maquinaria. El Gabinete de Guerra era una delicadísima combinación de hombre-máquina. En muchos casos, aquellos mecanismos recibían, analizaban y llegaban a una decisión final; pero en otros había visto en forma clara y precisa que él era el comandante de la nave. Todavía se encontraba incorporado a aquella profesión de tomar decisiones.

El general estimó que los ojos de sus visitantes ya habrían empezado a acostumbrarse a la penumbra y que ahora ya podrían empezar a bajar por la suave pendiente hacia el centro donde se hallaba el pupitre de mando.

—Coronel Cascio, ¿quiere proyectar la situación naval en el Pacífico sobre el gran telón? —dijo, y al mismo tiempo empezó a bajar por la suave pendiente.

—Sí, señor —respondió el coronel Cascio y caminó lleno de brío delante del grupo. Cuando llegaron frente al gran escritorio central ya había apretado el botón cuyo letrero indicaba PACÍFICO, MARINA. Casi instantáneamente la imagen trazada sobre el gran tablero empezó a desaparecer, disolviéndose. La proyección del mapa del mundo se borró. Por un momento la pantalla quedó vacía. Entonces, un trazado de líneas fuertes, el mapa del Océano Pacífico, la cubrió por completo. El coronel Cascio miró al general.

—¿Le gustaría empezar con una demostración del lugar donde se encuentran los submarinos rusos? —preguntó.

El general asintió con un movimiento de cabeza. El coronel pulsó dos botones. De pronto aparecieron dieciséis puntos rojos sobre el mapa. Al mismo tiempo, una pequeña máquina colocada en un pupitre cercano empezó a hacer ruido moviéndose mientras una cinta salía por uno de sus lados. Uno de los puntos rojos parecía hallarse a sólo pocos centímetros de Los Ángeles. Otro se hallaba a unos treinta y cinco centímetros más o menos al oeste de Pearl Harbor. Los restantes se encontraban diseminados por todo el Pacífico.

Raskob se puso rígido; maquinalmente se encasquetó el bombín.

—¡Jesús! ¿Puede ser que todos esos puntitos sean submarinos rusos? — preguntó—. Éste de allí parece como si estuviera en la misma bahía de Los Ángeles.

—Señor, ese submarino soviético se encuentra aproximadamente a unos noventa kilómetros de la bahía de Los Ángeles, y en, o más bien dicho, sumergido en alta mar —dijo el general Bogan tranquilamente—. A menos que se acerquen más allá del límite fijado de cincuenta kilómetros, o muestren tener intenciones agresivas, todo lo que podemos hacer es observarles.

—Mire, general, esto sí que me parece peligroso —dijo Raskob—. ¿Qué diablos pueden hacer con aquel submarino tan cerca de nuestras costas?

—Supongo que están haciendo exactamente lo mismo que nosotros cuando mandamos nuestros «U-2», o situamos nuestros satélites de observación para que vuelen alrededor o por encima de las fronteras soviéticas, o cuando colocamos nuestras estaciones de radar en Turquía. Sencillamente, nos están observando.

Precisamente este tipo de explicaciones eran las que comprendía Raskob. Se tranquilizó un poco, y al hablar su voz adquirió un timbre más duro.

—¿Cómo saben que son submarinos rusos y que realmente están allí? — preguntó.

—Señor, la Marina ha colocado gran número de captadores de sonido por todo el Pacífico —dijo el coronel Cascio—. Son instrumentos en extremo sensibles, y recogen cualquier ruido que se produzca en cualquier lugar del Pacífico. La información captada se retransmite a la bahía de Kanehoe, en Hawai, y es interpretada allí por un especialista de la marina. Esos especialistas son tan buenos que pueden distinguir perfectamente entre el ruido producido por un fuerte viento que rompe el oleaje y un submarino al vaciar sus tanques.

El coronel se dirigió entonces hacia la máquina que había sobre el pupitre cercano y cortó la cinta. Dándosela a Raskob, dijo:

—Cada vez que se proyecta una cosa específica sobre el Gran Tablero funciona una pequeña señal y simultáneamente los numerosos bancos de memoria, que almacenan millones de informaciones, buscan automáticamente entre sus archivos aquéllas que tengan alguna relación con lo que se proyecta, y las mismas salen inmediatamente impresas sobre la cinta.

Los cuatro hombres inclinaron la cabeza mirando la cinta que habían estirado sobre el escritorio. La primera frase decía: «Submarino soviético “Kronstadt” dos torpedos, con equipo de radar por 30 segundos a 1820 raya, 18, raya 00. Sumergido a una profundidad de treinta y nueve metros, procedió hacia el noroeste al punto WLDZ a una velocidad de 6,5 nudos». La cinta seguía dando otros datos sobre la cantidad de combustible, el número de mensajes transmitidos y el tiempo de patrulla de varios submarinos soviéticos en el Pacífico.

—Si lo deseáramos, podríamos disparar otro banco de la memoria y nos daría una información estratégica completa sobre la situación exacta de los submarinos rusos en el mundo entero —dijo el general Bogan—. Ésta contendría, además, el porcentaje de acero de su producción nacional empleada en la construcción de submarinos, el número de ellos movidos por fuerza nuclear, y los que tienen armas atómicas. Es decir casi todo.

—¡Que me maten! —murmuró Raskob—. ¡Esto sí que es un instrumento útil!

—Sí; ese instrumento, y todos los demás que contiene este gabinete, cuestan más de mil millones de dólares, Mr. Raskob —dijo el general, evitando cuidadosamente que su voz tradujera su ironía—. Hay otro gabinete como éste en el Pentágono y otro en Colorado Springs. También hay varias versiones más reducidas situadas en otros lugares del mundo. Como asimismo cierto número de aviones, y uno de ellos está constantemente en el aire, que transmiten versiones en miniatura de este mismo tipo de información.

—¿En qué lugares están situadas todas esas otras habitaciones? — preguntó Raskob.

—Lo siento, señor, pero no puedo darle esta información a menos que reciba órdenes directas de mis superiores o del Presidente —contestó el general. Tuvo una ligera vacilación y luego, movido por el súbito rubor que vio aparecer en el rostro de Raskob, añadió—: Es lo que llamamos «secretos de estado, sólo para los interesados directamente». Esto quiere decir que sólo aquellas personas que necesitan esos informes para su trabajo y pueden demostrarlo, tienen acceso a los mismos.

Raskob sonrió.

—Es indudable que quedo fuera —dijo—. Para lo único que me serviría sería para venderles el secreto a los comunistas o para armar un gran escándalo entre los militares durante el curso de una conferencia. ¿Qué otras cosas puede indicar ese tablero?

El coronel Cascio se inclinó de nuevo buscando entre los timbres del escritorio. Pero todavía no los había tocado cuando apareció una brillante luz azul encima de la pantalla. Parpadeó muy aprisa una media docena de veces y luego siguió brillando en forma continua. Todos los resortes del escritorio volvieron a su posición cero sin que los tocara el coronel Cascio. El general y el coronel se quedaron mirando fijamente el Gran Tablero. La imagen que contenía ya había empezado a disolverse. Una máquina control situada en otro escritorio empezó a gruñir. La pantalla quedó limpia y a los pocos momentos apareció una gran proyección de un sector situado entre Groenlandia y el Canadá. Por una puerta abierta en una de las paredes de la habitación, entraron seis oficiales y se sentaron frente a varios de esos escritorios. A medida que los instrumentos empezaron a moverse, e iban apareciendo los resultados en los distintos escritorios, la iluminación en cada uno de ellos inundaba la sala de luz.

Tanto Raskob como Knapp miraban fijamente el Gran Tablero lanzando de vez en cuando rápidas miradas a toda la habitación. Estaban totalmente fascinados y absortos.

—¿Qué pasa, general? —preguntó Raskob.

—No lo sé todavía —contestó éste. Su compostura era perfecta, nada indicaba que hubiese algún motivo de preocupación—. Lo único que sé es que estamos en Posición Azul, que es la más baja en cuanto a preparación — dijo mirando al coronel Cascio.

Éste se volvió inmediatamente y fue hacia la máquina, que se movía a pequeños saltos. Echó una mirada a la cinta que pendía de la misma y la rompió; cuando regresó al escritorio de mando la proyección sobre la pantalla ya no se movía y apareció un pequeño punto rojo y brillante entre Groenlandia y la costa este del Canadá.

—Señores, aquello que ven ustedes es un objeto no identificado descubierto por nuestro radar —dijo el general Bogan con los ojos fijos en el tablero—. Hasta que no sepamos exactamente lo que es, permanecerá rojo y seguiremos estudiándolo como si fuera un objeto enemigo.

Los dos visitantes se quedaron mirando, como hipnotizados, aquel punto rojo. Ahora se movía lentamente sobre la pantalla. El general Bogan sabía exactamente lo que estaban pensando en aquel momento. Posiblemente lo que veían era un enemigo real, un avión u otro tipo de nave que volaba hacia los Estados Unidos con intenciones siniestras.

—¿Qué piensan hacer ahora? —preguntó Knapp. Desde el momento en que entró en la Sala de Comando había hablado en voz baja. Ahora su voz no sólo era baja sino casi ronca.

—Esa información, Mr. Knapp, no ha sido clasificada —dijo el general esbozando una sonrisa—. Los Soviets se quebrarán la cabeza pensando qué es lo que pasa. Siempre tenemos un cierto número de bombarderos del Servicio de Control Aéreo en el aire. Han recibido el informe indicando que hemos entrado en Posición Azul y empezaron a volar hacia su Límite-de-Seguridad.

—¿Límite-de-Seguridad? —preguntó Raskob.

—Ese Límite-de-Seguridad es un lugar distinto para cada grupo —explicó el general Bogan—. También cambian de un día al otro. Son puntos fijos en el espacio, donde cada avión se mantendrá en órbita hasta que reciba órdenes precisas de moverse. Si ésta no llegase, deben volver a los Estados Unidos. Esto se llama Control Positivo. Límite-de-Seguridad quiere decir sencillamente que si algo falla, allí todavía están seguros. En resumen, la guerra no puede provocarse sin una orden expresa. Ningún bombardero puede hacerlo basándose en su propio criterio. Nosotros somos los que damos esa orden.

—Deben recibir la orden de «listos» por radio —preguntó Raskob—. ¿No es así?

—Eso es, Mr. Raskob —contestó el general—. En realidad no reciben la orden verbalmente, sino que ésta es transmitida a una pequeña caja a la que damos el nombre de Caja Límite-de-Seguridad, y de la que hay una en cada avión. El mecanismo de las mismas opera mediante una clave que cambia diariamente y se usan sólo si se recibe la orden expresa del Presidente de los Estados Unidos. Seguramente debe haber leído que le acompaña siempre a todas partes un oficial del servicio jurídico de las Fuerzas Aéreas que conoce el código vigente para operar dichas cajas.

—¿Por qué no les dan una orden verbal directa: sí o no, y se ahorrarían todas estas complicaciones? —preguntó Raskob.

El general Bogan se daba cuenta de que Raskob empezaba a ponerse nervioso. Sus ojos no se despegaban de aquel punto rojo y de su inexorable avance.

—En realidad hacemos ambas cosas. Pero le sería muy fácil al enemigo captar la misma longitud de onda y transmitir el mensaje que desearan imitando sencillamente la voz del Presidente o la de uno de los componentes del Alto Mando —dijo el general sonriendo, y luego añadió—: Recuerde que nuestro Presidente tiene un acento regional que puede imitarse fácilmente. Además, cuando alguien habla por radio, muchas veces no se capta exactamente lo que dice, especialmente si hay interferencias. En cambio no puede haber ninguna interferencia en las Cajas Límite-de-Seguridad, pues sólo funcionan de una manera y bajo la orden expresa del Presidente.

El diputado apartó la vista de la pantalla y dijo duramente al general:

—¿Y qué pasa si allá arriba, o aquí abajo, uno de ellos se vuelve loco?

—Seguramente recordará, diputado Raskob, que durante el mes de julio pasado la Fuerza Aérea presentó pruebas a su comité, y a los componentes de nuestro programa, de que se hace un examen psicológico completo a todos los aviadores que tienen algo que ver con las armas nucleares —añadió el general, tratando de que su voz no delatara ningún deje de ironía—. Y esto comprende desde los generales hasta el último soldado.

—Pues sí, señor, son muchos los que creen que hay un índice muy alto de locos entre los tripulantes aéreos de dichas fuerzas —añadió el coronel Cascio sonriendo a su vez—. Años atrás hubo una verdadera discusión sobre si era posible o no que un loco, ya fuese general o piloto de un avión, pudiese empezar una guerra. Con este nuevo procedimiento quizá todavía exista semejante loco, pero ya no puede hacer nada para iniciar la guerra.

Los ojos de Raskob se fijaron de nuevo en el gran telón. Ahora se lamía los labios al hablar. Esta vez su voz denotaba algo más que irritación.

—¿Bien, y qué es lo que hacen ahora? —preguntó bruscamente—. Por Dios, eso bien podría ser un proyectil atómico o un bombardero ruso, y por lo que veo me parece que no están haciendo nada todavía.

El general Bogan ya no pudo resistir más:

—Ahora mismo se está haciendo mucho. Aviones cazas vuelan en dirección al objeto no identificado; nuestros proyectiles teledirigidos están listos, escuadrones enteros de bombarderos han sido revisados y provistos de combustible y armas adecuadas por si eso fuese en realidad un vehículo enemigo que se dirigiese contra nosotros —dijo—. Pero comprenda, diputado Raskob, que si tuviéramos que tomar todas las medidas extremas cada vez que un objeto no identificado aparece en la pantalla, necesitaríamos cuatro veces más fondos de los que nos otorga actualmente el Congreso. Toda esta seguridad es algo que cuesta muy caro.

A Raskob se le escapó la ironía que contenía aquella frase.

—¿Qué quiere decir con eso de cada vez que esto sucede? —preguntó Raskob—. ¿Es que esto sucede muy a menudo?

—Unas seis veces por mes —dijo el general—; y si cada vez tomáramos las medidas extremas o de «Posición Roja», nos costaría alrededor de mil millones de dólares.

Casi instantáneamente la expresión del rostro de Raskob se suavizó, su postura se hizo más amable y rió.

—O. K., general, usted gana —dijo—. Sí, me llegó su indirecta sobre los fondos destinados a ello por el Congreso, pero debía haberme dicho antes que esto ocurría hasta seis veces por mes. No puede ser tan peligroso si pasa tan a menudo.

—Señor, nosotros no nos arriesgamos nunca —dijo el coronel Cascio. Al decir estas palabras su voz tenía una extraña inflexión, dura, como si le reprochara algo—. Ahora mismo no sabemos de qué objeto se trata. Nuestra reacción es exactamente la misma que si se tratase de un vehículo enemigo de una clase o de otra. Si tardamos unos minutos más en identificarlo, o su comportamiento es sospechoso, entraremos de lleno en la «Posición Amarilla». Si todavía no estamos satisfechos y ocurren cosas que complican más el asunto, incluso llegaremos a la «Posición Verde». Nuestra posición extrema, como usted sabe, es la «Posición Roja». Nunca hemos llegado a este punto extremo, pues ello significaría que nos consideramos en guerra y deberíamos lanzar nuestras armas, todas nuestras armas contra el enemigo. Precisamente lo que nos asegura todo este mecanismo es que si vamos a la guerra no será debido a un accidente o por la acción de algún maniático. Este sistema es infalible.

 

El coronel Cascio estaba equivocado.

Desglosándose del Gabinete de Guerra hay todo un hormiguero de habitaciones bien construidas y sincronizadas entre si. Cada gabinete desempeña su función. Cada uno de ellos protegido por muchas capas de concreto reforzado y una de plomo. Todos tienen aire acondicionado y se comunican con el Gabinete de Guerra por distintos conductos y métodos. En su totalidad forman el conjunto más compacto y simétrico, eficiente y ordenado que haya podido construir la mente y el músculo humano.

Una de las habitaciones de esta extensa madriguera que rodea el Gabinete de Guerra, tiene un rótulo que dice: «Red del Comando Presidencial». Frente a la puerta hay un guarda de las Fuerzas Aéreas durante las veinticuatro horas del día. Dentro de esta habitación —de una longitud y anchura determinados— hay seis máquinas grises bajas y anchas. Encima de ellas hay un letrero que dice: «Mecanismos para poner en marcha las cajas Fail-Safe». Debajo de esto y con caracteres gruesos escritos en letras rojas se lee: «Debe usarse sólo por orden presidencial». Hay dos escritorios en esta habitación. Uno frente a la plataforma donde están las seis máquinas y otro detrás.

Detrás de cada uno de estos escritorios hay un soldado cuya única misión es controlar y velar por que las máquinas estén en óptimas condiciones. Su mecanismo queda expresamente descubierto, y el organismo o parte vital de las mismas debe estar siempre a la vista de los dos inspectores. El aire que entra en esta habitación ha sido filtrado tres veces para que no pase ni la más mínima partícula de polvo.

En el mismo momento que el coronel Cascio pronunciaba aquella palabra «infalible», uno de los sargentos que estaba sentado frente a uno de esos escritorios, se puso en pie y se dirigió al otro lado de las máquinas.

—Frank, ¿tienes cigarrillos? —preguntó—. Los míos se han terminado.

Frank le tiró un paquete de «Chesterfields». El sargento alargó la mano para cogerlos. En aquel preciso instante en la Máquina número 6, un pequeño condensador dejó escapar un poco de aire. Fue algo que no hizo ningún ruido. Tan sólo un poquito de humo de volumen no mayor que el de una nuez, que desapareció instantáneamente.

El sargento olfateó el aire y, volviéndose hacia Frank, preguntó:

—¿Hueles algo; como si se estuviese quemando alguna cosa?

—Sí, esto es —dijo Frank—. Me estás pidiendo cigarrillos todo el tiempo y después no me los devuelves. Ya lo creo, soy yo el que ardo.

Al decir esto, los dos se sonrieron divertidos. El sargento regresó a su escritorio. Todo funcionaba normalmente… es decir, casi, pues una pequeña palanca impedía que el sargento viera esa diminuta partícula de carbón quemado encima del condensador que se había echado a perder. Ninguno de los instrumentos que había sobre su mesa denunciaban aquel pequeño desperfecto.

 

El diputado Raskob era un hombre fogueado, y se sobrepuso en seguida. Ahora incluso disfrutaba con aquella situación de emergencia. Era algo parecido a un problema de tipo político.

—¿Puede proyectarnos los aviones de caza que en este momento se dirigen hacia ese objeto no identificado? —preguntó Raskob.

—Desde luego, señor —dijo el coronel Cascio.

Movió varias palancas. A un metro escaso del punto rojo apareció un pequeño gusano fosforescente que fue haciéndose más claro hasta que se desglosó en seis puntitos separados, todos negros. La distancia entre ellos y también con el punto rojo iba disminuyendo en forma perceptible para el ojo humano.

—Son cazas canadienses. Seguramente son aviones subsónicos, así que rodearán el objeto no identificado dentro de media hora más o menos.

—Coronel Cascio, ¿qué información tenemos del ONI[2]?

El coronel Cascio se acercó a la máquina y cortó otro pedazo de cinta. La entregó al general Bogan. Decía: «ONI en Ángel 30, velocidad 525, avanzando a 196».

—Esto significa que se encuentran a una altura de 9900 metros y marchan a una velocidad de 866 kilómetros por hora, a un ángulo de 196" —dijo el general.

—Supongamos, general, que los aviones llegan allí en el tiempo calculado. ¿Qué cree que encontrarán? —preguntó Raskob.

—Generalmente se trata de un avión comercial que ha olvidado enviar su hoja de ruta o que se ha salido de la misma debido a fuertes vientos —dijo éste—. Además, recuerde, señor, que hay un gran espacio neutro sobre el Atlántico donde ni los equipos de radar europeos ni los de América tienen la potencia suficiente para localizar aviones. Esto no constituía un verdadero problema cuando se trataba de aviones menos veloces volando a alturas más bajas, pero, en cambio, actualmente, con los «Jets», que vuelan tan alto y a tanta velocidad, es fácil que puedan desviarse varios cientos de kilómetros mientras están en ese «espacio neutro». También ocasionalmente el mismo radar comete algún error captando algún pequeño ruido que proviene de la luna o que es simplemente producido por un vuelo de gansos, o incluso el falso eco de un satélite. Pero los errores de radar puede decirse que han sido eliminados totalmente desde 1960.

—Supongamos que en realidad parezca un avión comercial, pero que, sin embargo, vaya cargado de bombas termonucleares que pretende pasar bajo ese disfraz… —dijo Raskob.

—También es posible, pero no probable —repuso el general encogiéndose de hombros—. Los pilotos de los aviones de caza se pondrían en comunicación por radio con el otro piloto preguntándole su punto de destino y lugar de procedencia, y mientras tanto habrían comprobado la veracidad de esos datos retransmitiéndolos a la oficina de Aviación Federal para estar seguros de que se trataba de un vuelo ordinario. Por otra parte si los pilotos de los cazas abrigasen alguna sospecha se acercarían al avión y lo inspeccionarían de cerca. Si en realidad aquel aparato que a primera vista parecía ser sólo un «DC-8» tuviera cables u otros indicios que indicaran que llevaba un depósito de bombas, esto cambiaría la situación. Sí, mucho.

—¿Qué harían en ese caso? —preguntó Knapp—. Quiero decir si incluso después de haber inspeccionado el avión aún seguirían recelosos.

—Seguramente no —dijo el general Bogan—. Los cazas pedirían al avión que regresara a tierra y si no hacía caso de esta orden entonces nos tocaría tomar una decisión un poco difícil. Seguramente entraríamos en «Período Amarillo», se mandarían más cazas y los bombarderos se prepararían para estar a punto de partir. Pero aun así, un solo avión no identificado que se encuentra a más de mil kilómetros del Canadá o de cualquier ciudad americana, no constituye en realidad un gran peligro. Cualquier posible enemigo lanzaría mayor número de aviones para atacarnos. De lo que sí nos aseguraríamos es de que este avión solitario no estuviese en manos de un piloto fugitivo que intentase cometer su «harakiri» sobre Nueva York o Montreal.

—General, ¿puede hacer que aparezcan en el Gran Tablero también los bombarderos del SAC (Servicio de Control Aéreo) que vuelan hacia su «Límite-de-Seguridad»? —preguntó Raskob.

—Claro que sí, señor —dijo el general Bogan. Hizo una pequeña indicación con la cabeza al coronel Cascio y éste empezó a accionar unas palancas—. Lo que usted verá ahora será una proyección más detallada del hemisferio norte. Algo parecido a como lo vería si estuviese mirando hacia la tierra desde un punto situado directamente sobre el Polo Norte y a una altura de unos 165 000 metros.

De nuevo la proyección sobre el Gran Tablero fue borrándose lentamente. Cuando empezó a surgir la nueva imagen, las líneas de longitud se unieron en un solo punto en medio de la pantalla. El objeto no identificado y los seis cazas eran ahora unos objetos pequeños, y debido a que se hallaban proyectados a una escala mucho mayor, se iban acercando a su objetivo a una velocidad aparentemente menor. Seis grandes puntos verdes, fragmentados en pequeños puntitos luminosos, se hicieron claramente visibles. Incluso los ojos poco habituados de Raskob y Knapp veían claramente que esos puntos verdes avanzaban a mayor velocidad que los cazas y el objeto no identificado. Cada uno de ellos se dirigía hacia una cruz verde que, en cada caso, se hallaba situada a una distancia considerable de las fronteras soviéticas, pero que, al mismo tiempo, formaba una especie de ancho círculo alrededor de éstas.

—Como puede ver, los bombarderos avanzan a una velocidad mucho mayor que los cazas o el ONI —dijo el coronel Cascio—. Son bombarderos «Vindicator» y vuelan a más de 2500 kilómetros por hora. También notarán que algunos de ellos, tal como ese grupo que tienen su base en Okinawa, pueden llegar a sus puntos Límite-de-Seguridad casi al mismo tiempo. El que tendría que atravesar una mayor distancia es el Grupo Seis; sí, ese que ahora se encuentra sobre el estrecho de Bering. Como pueden ver se está moviendo directamente hacia la cruz verde, encima de la isla de San Mateo, que se halla justo a unos 80 grados de longitud. Ése es su punto Límite-de-Seguridad.

—Faltan siete minutos para llegar al punto Límite-de-Seguridad —dijo una voz clara y fuerte que se oyó en toda la sala. Era una voz grabada en una cinta dirigida a una de las máquinas de calcular.

—Es una voz grabada previamente que empieza a contar automáticamente a los siete minutos, computando el tiempo que falta. No es probable que los aviones lleguen a sus puntos Límite-de-Seguridad, esto no ocurre casi nunca. Generalmente, los errores o perturbaciones en las estaciones de radar o del ONI son hallados mucho antes de que los bombarderos lleguen a sus puntos Límite-de-Seguridad. Cuando eso ocurre, aumentamos la frecuencia de nuestra transmisión de onda a los «Vindicator» y les ordenamos que vuelvan a sus bases, o a un punto donde puedan abastecerse de gasolina. Diré que quizá sólo una vez entre veinte, en que se llega a la «Posición Azul», esos aviones alcanzan sus puntos Límite-de-Seguridad.

—Pero supongamos que lleguen a ese punto y el objeto no identificado siga sin serlo. ¿Qué pasa entonces? —preguntó Raskob.

—Un verdadero diluvio de cosas —dijo Knapp inesperadamente.

Los tres hombres le miraron.

—La firma de Mr. Knapp fabrica gran parte del equipo que entra en funcionamiento al llegar a ese punto —explicó el general Bogan—. Lo primero que sucede es que, automáticamente, pasamos a «Posición Amarilla». Aunque la situación no haya cambiado en nada, el solo paso del tiempo ya constituye un peligro. Además, un número de bombarderos de reserva, equipados con armas defensivas y escoltados por aviones de caza, empezarían a volar hacia sus puntos Límite-de-Seguridad preparados para ayudar a la operación en conjunto.

—Faltan seis minutos para llegar al punto Límite-de-Seguridad —dijo la voz mecánica.

Una de las puertas de la Sala de Comando se abrió y entraron cuatro oficiales, sentándose frente a otros tantos escritorios.

—En este momento están presenciando una «Posición Azul», que no se presenta muchas veces —dijo el general—. En la mayoría de los casos el presunto peligro ha sido analizado y resuelto antes de esto. Sólo como precaución, en cuanto llegamos a seis minutos del punto Límite-de-Seguridad se empiezan a tomar los mandos de las diversas máquinas de la Sala de Comando.

Tanto el general Bogan como el coronel Cascio miraban fijamente el ONI. Los dos puntos parecieron fusionarse. Durante breves segundos el punto mayor fragmentado, correspondiente al caza, oscureció el pequeño puntito del ONI. El general Bogan hizo una señal con la cabeza al coronel. Éste se dirigió a la máquina y cortó otro pedazo de cinta y se la pasó.

En aquel momento el ONI desapareció de la pantalla.

—El objeto no identificado se encuentra volando ahora sobre las islas Nenieuz, junto a la bahía de Baffin —leyó el general—. Está perdiendo altura rápidamente. Nuestros cazas han sobrevolado el objeto y ahora hacen una inspección visual. Todavía no nos han comunicado nada. Las señales de radar no pueden fijarse.

—Faltan cinco minutos para el punto Límite-de-Seguridad —dijo la voz mecánica—. De ahora en adelante computaremos el tiempo que falta para el punto Límite-de-Seguridad cada medio minuto.

—Pero, general, ¿qué diablos ha pasado con aquello? —dijo Raskob—. Ha desaparecido.

—Coronel Cascio, será mejor que pasemos a «Posición Amarilla» —dijo el general en tono que no admitía réplica.

Raskob y Knapp se volvieron rápidamente, fijando su vista en él. Éste no despegó los ojos del Gran Tablero.

—No deben preocuparse, señores; podríamos decir que nuestra decisión es puramente formal —dijo el general—. El ONI está actuando en una forma un poco fuera de lo habitual y tengo la facultad de pasar a «Posición Amarilla» si lo creo conveniente. Lo he hecho porque el ONI ha bajado unos mil metros y ha desaparecido en la hierba. Por «hierba» entendemos una especie de poso que se forma en el fondo del radioscopio y que es producido por las interferencias procedentes de los montes, por algún defecto inherente a los mismos tubos o por otras causas que no nos acabamos de explicar. Pero en cuanto el objetivo se encuentra en esa zona de «hierba», el radar no lo encuentra. Puede tratarse de un avión que haya sufrido alguna avería en su mecanismo y esté a punto de estrellarse, pero también cabe la posibilidad de que sea un avión enemigo que intenta evadirse.

El general Bogan se volvió a mirar a los dos visitantes. El rostro de ambos denotaba una expresión que ahora ya le era conocida. Era una mezcla de excitación, horror y malicia. No era nada agradable, pero había aprendido años atrás que, incluso los aviadores más experimentados, sentían una especie de morbosa fascinación cuando se estrellaba un avión.

—Faltan cuatro minutos y medio para el punto Límite-de-Seguridad — dijo la voz.

Sobre el Gran Tablero, los seis puntos correspondientes a los seis «Vindicator» se acercaban a sus puntos Límite-de-Seguridad. Era una maniobra elegante, y tenía aquella gracia alada de un grupo de danzarines de ballet colocándose en sus puestos. Cada grupo se encontraba exactamente a la misma distancia de su punto Límite-de-Seguridad y cada uno se movía ahora a su máxima velocidad.

—Cuatro minutos para el punto Límite-de-Seguridad.

Dijo una voz que salía de otro de aquellos pupitres. Un mayor que estaba frente al mismo rompió la cinta y se la pasó al general Bogan. Sin pararse a pensarlo, éste chilló:

—¡Pasen a «Posición Verde», hagan el favor de proyectar los bombarderos ligeros, los defensas «Skyscrapper» y los tanques «Jet» sobre el Gran Tablero!

—Qué diablos… —empezó a decir Raskob, pero se paró antes de acabar la frase al ver que el general levantaba la mano.

La luz del Gran Tablero ahora era verde. Un ruido agudo, parecido al de un claxon, atravesó el gabinete. Empezaron a abrirse distintas puertas y al cabo de treinta segundos había un hombre al mando de cada uno de los escritorios del gabinete.

—Faltan tres minutos y medio para el punto Límite-de-Seguridad — seguía diciendo aquella voz imperturbable.

El Gran Tablero se iba llenando de extrañas formas que parecían florecer allí mismo. Detrás de cada grupo de «Vindicator» aparecía un solo punto grande. Eran tanques transportados por el aire. Dos pequeños puntitos fragmentados aparecieron a babor y estribor de los «Vindicator» y avanzaron formando ángulo hacia ellos. Representaban a los cazas que entraban en acción siempre en toda maniobra Límite-de-Seguridad pero que no habían sido proyectados sobre el Gran Tablero hasta aquel momento.

El coronel Cascio explicó rápidamente la nueva situación a los dos visitantes, sin despegar sus ojos del tablero.

—Tres minutos hasta el punto Límite-de-Seguridad.

—¿Puede explicarnos sus razones para entrar en «Posición Verde»? — murmuró Knapp.

—No, señor, no puedo, por las mismas razones que le di antes —dijo el general Bogan sin mirarle siquiera. Su voz tenía una nota impersonal e imperativa—. Coronel Cascio, venga conmigo a mirar el escritorio 413-L.

Miró a Raskob y Knapp al volverse y sintió el impulso de explicárselo todo y en seguida le invadió una intensa preocupación.

En cuanto llegaron al escritorio, el general Bogan pasó el pedazo de cinta al coronel Cascio. Decía: «Extendido línea DEW estación n.° 4.6 sobre ONI. Hay alguna interferencia atmosférica, pero ONI no es un vehículo reactor de aire».

—Faltan dos minutos y medio para el punto Límite-de-Seguridad —decía aquella voz mecánica. La voz se oía ahora mucho más tenue, pues las docenas de aparatos de la sala, ahora en funciones, producían un fuerte murmullo que sofocaba su agudo timbre.

—¿No es un reactor de aire? —preguntó el coronel Cascio. Su voz denotaba pavor. El coronel Cascio se dirigió al oficial frente al escritorio y dijo—: Trata de ponerte en contacto con la línea DEW n.° 4.6 y mira si tienen alguna nueva información que confirme lo del ONI.

El oficial repitió la orden pero mientras hablaba sus dedos iban moviendo resortes y palancas. Se encendió una línea que contenía tres luces verdes.

—Dos minutos para el punto Límite-de-Seguridad.

—Si no es un reactor de aire —dijo el general Bogan lentamente—, quizá se trate de un avión comercial al que le fallan sus cuatro motores y no desarrollan la velocidad suficiente para que la turbulencia del aire pueda ser captada ni siquiera por los nuevos detectores de turbulencia del sistema DEW.

—Un minuto y medio para el punto Límite-de-Seguridad.

—Si se trata de un avión comercial al que le fallan los motores, lo sabremos en seguida —dijo el coronel Cascio—. El piloto podrá volar sin motor sólo un corto tiempo y luego se estrellará.

El general Bogan miró fijamente al coronel Cascio unos momentos.

—No necesariamente —dijo con estudiada calma—. Saca a esos dos visitantes de aquí.

El coronel Cascio se acercó a Knapp y Raskob con velocidad casi animal. Les dijo unas palabras muy aprisa. La voz de Raskob se alzó en son de protesta. El general Bogan se dirigió inmediatamente hacia ellos.

—Ahora, ¡maldito sea!, escúcheme bien, general, si estalla una guerra nuestras vidas peligran tanto como la suya y quiero saber qué pasa —dijo Raskob.

—¿Quién mencionó la palabra guerra? —preguntó el general. De pronto su voz se hizo dura como un látigo—: El coronel Cascio les ha pedido que abandonen el gabinete y lo hizo obedeciendo órdenes mías.

La voz se oyó de nuevo:

—Falta un minuto para llegar al punto Límite-de-Seguridad.

Raskob había separado un poco más los pies. Tenía un aspecto definitivo y feroz de pirámide. El general Bogan se dio cuenta instantáneamente de que se trataba de un hombre acostumbrado a la pelea.

—No trate de engatusarme, general —dijo Raskob—. Tal como yo veo la situación, estamos a punto de que estalle la guerra y, ¡por todos los demonios!, que saldré de aquí para reunirme con mi familia en Nueva York o si no puedo hacerlo me quedaré aquí mismo sin moverme y veré lo que pasa. Lo que no pienso hacer es dejar que me lleven a uno de sus lavabos o a cualquiera de esas pequeñas habitaciones que tienen por aquí. No, a menos que sea por la fuerza, y hablo en serio, general.

—Falta medio minuto para el punto Límite-de-Seguridad —decía la voz —. Desde ahora empezaremos a computar el tiempo por segundos. Veinticinco, veinticuatro, veintitrés…

El general Bogan miró de nuevo a Raskob y vio claramente que no podría sacarlo de allí si no era a puñetazos. Tenía otras cosas más importantes que atender. Se olvidó de él y empezó a hablar con el coronel Cascio.

—Puede ser que no se trate de un avión comercial a punto de estrellarse —dijo—. También podría tratarse de un pretendido avión cohete enemigo que una vez conseguida bastante altura ha parado sus cuatro motores hasta llegar a unos veinte metros del suelo, donde nuestro radar ya no es efectivo.

Una expresión dolorosa cubrió el rostro de Cascio.

—Puede que esté en lo cierto, general —dijo el coronel Cascio—. Es posible.

De repente el general Bogan se dio cuenta que la mirada angustiada de Cascio era porque no había considerado lógicos esos puntos de vista y no debido a la situación.

—Quince, catorce, trece…

El teletipo empezó a moverse en el escritorio 413-L. El oficial encargado del mismo se echó atrás, apartándose de la cinta para que los otros dos hombres pudieran verla mejor. La cinta iba surgiendo a la velocidad normal pero al general le parecía que lo hacía con una deliberada lentitud.

—ONI confirmado «Boeing 707» pero zona de «hierba» no deja obtener impresión total —decía la cinta—. Los operadores dicen que a pesar de las interferencias confirman ONI reacción idéntica al 707.

—Ocho, siete, seis, cinco…

Sobre el Gran Tablero se veían a los seis grupos de bombarderos, a punto de converger con las cruces verdes que marcaban sus puntos Límite-de-Seguridad. Cada uno se encontraba a la misma distancia exactamente de su cruz verde, pero la distancia era pequeñísima. El puntito del ONI era invisible ahora, aunque, de vez en cuando, desprendía un pequeño destello que desaparecía luego. Durante el curso de innumerables ejercicios, el general Bogan había visto a muchos cazas, e incluso bombarderos pesados, entrar así volando muy bajo y aprisa, a saltos, moviéndose de un lado al otro, aprovechando cualquier grupo de árboles y los montes bajos, logrando evadir el ojo mecánico del radar durante cientos de kilómetros.

Haciendo un gran esfuerzo de voluntad, tan deliberado como si abriera lentamente su mano cerrada, el general logró calmarse. Así y todo sintió cómo una sola gota de sudor, ácida de tensión, le resbalaba por el espinazo. Le pareció que no era sudor sino un pedazo pequeño y sólido de metralla.

Otras veces habían llegado al punto Límite-de-Seguridad pero el general Bogan nunca había visto un ONI que actuara de modo tan extraño. Mientras estaba allí parado, mirando el Tablero, ocurrieron tres cosas. La voz mecánica dijo: «Todos los grupos a su punto Límite-de-Seguridad», y los seis puntitos correspondientes a los bombarderos se juntaron simultáneamente de un modo hermoso y perfecto con sus cruces verdes.

El teletipo del escritorio 413-L empezó a sonar de nuevo. El general Bogan miró hacia allí, y al hacerlo, vio los rostros de Knapp y Raskob. Raskob tenía los dientes apretados, pero sus ojos no mostraban temor. Su semblante astuto e inteligente indicaba que entendía perfectamente lo que estaba sucediendo. Knapp parecía hipnotizado por toda aquella maquinaria. El general Bogan tuvo la impresión de que no se daba cuenta de lo que pasaba. Las palabras empezaron a salir de nuevo de un modo terriblemente lento de la máquina 413-L. Decían:

—ONI se encuentra ahora a 340 metros de altitud. Se ve claramente que es un aparato generador de aire. Creemos que se trata de un avión comercial «Boeing» 707 de la BOAC, que ha vuelto a poner en funcionamiento sus dos motores «jet».

—Todo bien, coronel Cascio —dijo el general Bogan—. De todos modos parecía muy absurdo, porque si hubiesen venido seguramente lo habrían hecho con varios aparatos. Sin embargo, deje que los «Vindicator» se mantengan volando en sus puntos Límite-de-Seguridad hasta que esto nos sea confirmado de un modo más positivo por los cazas canadienses.

El coronel Cascio se puso de pie y, aunque sonreía, seguía lamiéndose la comisura de los labios con su lengua rosada.

—General, seguirán en órbita pase lo que pase —dijo—. Es SOP[3]. Pero todavía no estoy muy seguro de ese ONI. ¿No es posible que los rusos pensaran exactamente a qué conclusiones llegaríamos si añadían un par de motores «jet» a ese pretendido avión y los pusieran en marcha al llegar a una distancia en que pudiera captarlo el sistema 413-L?

—Es posible —dijo el general Bogan sin darle demasiada importancia—. Pero no muy probable. En conjunto no me parece un cálculo acertado.

Se miraron y sonrieron, pero de pronto el general Bogan tuvo la sensación de haber dicho algo inconveniente. El coronel Cascio bajó los ojos.

El general se volvió entonces a sus invitados.

—Es casi seguro que este ONI es un avión comercial de la línea BOAC cuyos motores perdieron velocidad y luego la recuperaron a baja altura —les dijo—. Debemos seguir en «Posición Verde» hasta que nos lo confirmen, pero a mi entender no se corre ningún riesgo ahora.

—Me gusta todo este jaleo —dijo Raskob quedamente—. Quiero decir que es tan agradable y sedante encontrar que hay personas que pueden ordenarlo todo y amarrarlo con una cinta, que nos libra de preocupaciones. Debo añadir, general, que en este mundo hay, lo juro, contadísimas cosas que se libren de la tontería.

El teletipo de la máquina 413-L repicaba.

Esta vez, el general Bogan esperó a que el mayor le entregara la cinta. La leyó a sus visitantes. Decía: «ONI entrado en campo de visión y puesto en contacto por radio. Se trata del vuelo n.° 117 de la BOAC. Su cambio de ruta se debió a fuertes vientos soplándole por la cola y a pérdida de velocidad en dos de sus motores debido a fallo de las hélices, lo que las colocó en posición “off”. Entrando en funcionamiento nuevamente a 340 metros de altitud».

—Esto es todo, señores, siento haberles alarmado —dijo el general Bogan.

El coronel Cascio se inclinó hacia adelante y movió una simple palanca. Instantáneamente la orden transmitida por radio se hizo visible en el Gran Telón. Los bombarderos empezaron a moverse hacia sus bases trazando una larga curva. Los aviones tanque «jet» se separaron formando ángulo de su grupo de «Vindicator». Los bombarderos de defensa viraron rápidamente trazando un ángulo de 180°. La potente luz del Gran Tablero se apagó. Los hombres empezaron a salir del Gabinete y disminuyó el ruido de las máquinas.

Fue Raskob el que lo notó primero. Miró fijamente al tablero unos segundos, y, luego, volviéndose al general Bogan sonriendo sarcásticamente dijo:

—¿Pero qué diablos estará haciendo aquel punto número seis? ¡Pero si ha pasado más allá del punto Límite-de-Seguridad y sigue en dirección a Rusia!

El general Bogan giró sobre sus talones, su codo se clavó en el cuerpo nervioso y tenso de Knapp, pero ni tan sólo se dio cuenta. Se quedó mirando el tablero asombrado, sentía su cuerpo como si fuese un solo y terrible músculo torturado. La cabeza le ardía y no podía concentrarse en nada más que no fuese aquella cosa. «El grupo seis ha rebasado el punto Límite-de-Seguridad». Habló con la boca un poco torcida, dándose cuenta de un modo algo grotesco de su parecido asombroso en aquel momento con un conocido actor de cine.

—Coronel Cascio, comuníqueme con el Presidente por el teléfono rojo — dijo el general Bogan con un timbre de voz afectada y muy bajo.

Al mismo tiempo que entregaba al general Bogan el teléfono rojo, el coronel Cascio tomó el libro que decía «Diario Teléfono Rojo». Echó una rápida mirada al reloj de pared y escribió «10,30».