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4. Cielos azules, oscuras profundidades
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CIELOS AZULES,
OSCURAS PROFUNDIDADES
Cinco segundos después que el general Bogan terminó de hablar con el Presidente, el teléfono estaba de nuevo colocado en su sitio y el general, junto con el coronel Cascio, se dirigía a una puerta situada a unos tres metros del escritorio central. Ambos sentían que no debían alarmar demasiado a Raskob y a Knapp. Caminaban con paso rápido, pero lo hacían con aparente tranquilidad. Repetían algo, largo tiempo ensayado. Por primera vez se movían impulsados por una razón inmediata y, a pesar de ello, su paso era mesurado.
Frente a la puerta colgaba un letrero que decía: CONTROL TÁCTICO. El coronel Cascio abrió la puerta y los dos entraron. Aquella sección estaba a cargo de un sargento que, incluso en el momento en que saludó en posición de firmes, lo hizo sin apartar los ojos de los controles de luces y mecanismos que llenaban la habitación. La máquina del centro era una consola larga y estrecha con una hilera de interruptores que se extendían de arriba abajo como un espinazo. Inundaba la habitación un zumbido tenue, más bien agradable, parecido al de una colmena que se encontrara a cierta distancia en un día de calor. Encima de una mesa, ante la consola, había un solo teléfono.
—Todos los puestos de mando a «Posición Roja», sargento —dijo el general Bogan.
—Todos los puestos de mando a «Posición Roja» —repitió el sargento.
Con un gesto experimentado, debido a la mucha práctica, pasó la mano por encima de aquellos treinta interruptores moviéndolos y debajo de cada uno apareció instantáneamente una luz roja mientras que otras luces idénticas, pero verdes, que estaban encendidas encima de los interruptores, se apagaron.
—¿Verificación? —preguntó el coronel Cascio mirando al sargento.
El general Bogan sintió un pequeño destello de confianza al oír la voz del coronel. Su ayudante conocía perfectamente todos los ejercicios de rutina, procedimientos, manejo y funcionamiento de cada una de las estancias que estaban al servicio del Gabinete de Guerra. Esto complacía al general. En parte porque le confirmaba en su creencia de conocer bien a los demás y, también en parte, porque la destreza límpida y sencilla del coronel era en sí tranquilizadora.
El sargento se volvió y miró el tablero de señales de otra máquina, observando que la máquina hacía dos cosas: Verificar que la larga consola central funcionaba perfectamente, y confirmar que cada uno de los puestos de mando del Servicio de Control Aéreo (SAC) esparcidos por todo el mundo, habían entrado «en contacto» y recibido la «Posición Roja». Era meramente otra precaución que se tomaba para asegurarse de que no ocurría ningún fallo mecánico.
—Entrada en contacto con todos los puestos de comando y circuitos de control táctico en funcionamiento —dijo el sargento.
El general Bogan tomó el teléfono que había encima de la mesa. En cuanto hablara, su voz sería retransmitida por una red de transmisores al menos por tres ondas distintas a cada uno de los puestos de control del SAC.
—Aquí el general Bogan, en Omaha —dijo el general—. He dado orden de pasar a «Posición Roja», pero no he dado orden de entrar en «acción»; por favor, confirmen.
Habían entrado en el sistema de «Posición Roja», el último paso entre alarma y acción. Era el momento en que una compleja red de hombres y máquinas llegaban a su punto de máxima preparación. Fragmentos de todo aquel sistema entraban en movimiento activo, pero gran parte de ese enorme contingente se encontraba en un punto tenso de preparación. Hacía bastante tiempo que el cuerpo de investigadores del SAC se habían percatado de que las «alarmas por colores» eran algo confusas. Para los veteranos de la Segunda Guerra Mundial, el rojo era decisivo. Para otros significaba sólo una simple espera, una sencilla señal de tráfico. Todos los que formaban parte de aquel extenso sistema sabían que esta última posición de alerta significaba tan sólo el momento de máxima tensión, de enorme preparación, de una serie intrincada de medidas de precaución. En cuanto se movían aquellos interruptores y se pronunciaban esas palabras, entraba en funcionamiento una combinación extraordinaria de lo más delicado y lo más burdo, de lo individual y lo colectivo, que era, en realidad, como una orquestación.
Mientras el general Bogan oía confirmar a cada uno de los oficiales de guardia tanto la orden verbal como la mecánica, recordó algo que había dicho meses atrás el coronel Cascio a propósito de la «Posición Roja»: «Es como el comienzo de una carrera de cien metros. Excepto que, no obstante estar realizando continuamente pruebas alcanzando el “tiempo prefijado” y la “máxima preparación”, hay que permanecer quieto, cubierto de sudor y esperando con todos los músculos en tensión. Pero la pistola no se dispara y no nos llega nunca la señal de partida».
Para el general Bogan era una cosa muy distinta. Todo aquello se debía a que el coronel Cascio había sido en sus tiempos de estudiante una de las «estrellas» en carreras cortas de velocidad y había recorrido los cien metros en menos de 10 segundos. Incluso se rumoreaba, entre los hombres del ejército, que aún corría los 100 metros en poco más de diez segundos. El general Bogan nunca le preguntó nada al respecto, pero le parecía posible, pues el coronel tenía algo en su porte que recordaba la forma alargada de un jaguar. Se mantenía en un estado físico perfecto, aunque no se jactase de ello. Jamás hablaba de sus arduos ejercicios gimnásticos y nunca trataba de convencer a los demás de la necesidad de combatir la obesidad y de mantenerse físicamente fuerte. Sencillamente, lo hacía para mantenerse en forma.
En cuanto el general Bogan terminó de recibir las contestaciones que confirmaban su mensaje, la operación de transmitir la orden de «Posición Roja» se consideró terminada. La transmisión de la misma era iniciada por un ser humano, controlada por una máquina, que era controlada por otra persona y ésta, a su vez, controlada también por otra máquina, y todo el conglomerado de hombres y máquinas era cuidadosamente vigilado por otros hombres y máquinas que lo verificaban. Este enorme conjunto hombre-máquina se ponía en marcha por sí solo, se controlaba, coordinaba, refrenaba y se pasaba la información recogida a sí mismo, filtrando cuidadosamente todos los datos recibidos del exterior y poniendo automáticamente en funcionamiento otros sistemas a su servicio.
En la base de las Fuerzas Aéreas de Barksdale, Louisiana, el oficial a cargo del segundo contingente de Fuerzas Aéreas colgó el teléfono en cuanto confirmó la orden del general Bogan. Apretó el botón de una máquina de control electrónico, para asegurarse de que la orden verbal dada por el general había sido recibida, a su vez, por la máquina encargada de ello en Omaha. Entonces tocó otro timbre situado junto al teléfono. Casi instantáneamente sonó el alarido de una veintena de sirenas colocadas en distintos lugares. El gigantesco edificio-cuartel se transformó inmediatamente. Una pared entera del mismo desapareció enrollándose. En el interior había diez camionetas «station wagon» cada una con su motor de inducción, que ahora se movía lentamente, enchufado en un dispositivo especial en el suelo. Sentado frente a cada uno de los volantes había un soldado. En el espacio que quedaba detrás de esas camionetas se encontraba el bar, con mesas para jugar a cartas, aparatos de televisión, sofás y sillas, en el que había unos cincuenta hombres. El ambiente que reinaba allí unos treinta segundos antes era tranquilo; una mezcla un poco fuera de lo corriente de casa-hogar, salón de recreo y centro de reclutamiento. En cuanto se abrió la puerta y las sirenas empezaron a sonar, cada uno de los hombres corrió a ocupar su puesto en el camión que le correspondía. Con una precisión magníficamente aprendida, los camiones partieron atravesando el vasto campo. Cada camión se paró junto a un bombardero «Vindicator» y la tripulación empezó a salir de él. Mientras tanto, los bombarderos supersónicos ya se encontraban listos; preparados cada uno por su destacamento que se encargaba de poner en marcha los motores para que se calentaran, debiendo mantener además un control constante de las partes esenciales de los complicados bombarderos. Estas brigadas entregaban entonces sus aparatos a otros hombres que les eran completamente extraños, sin quitar los ojos de los instrumentos a su cargo hasta el último momento y luego, sonriendo, cedían el mando a esos tripulantes desconocidos, saltaban del avión y subían a los camiones que les esperaban.
Dos minutos y medio escasos después de haber sonado la primera señal de alerta, el primero de ese grupo de bombarderos rodó hacia el extremo de la ancha pista y empezó a moverse por encima de la faja de asfalto negro. Cinco minutos más tarde de dar la señal de «listo», los aviones estaban en el aire.
La actividad de Barksdale no cesó por eso. Por el contrario, aumentó. En cuanto despegó el primer grupo de bombarderos, una nueva serie entró en preparación, mientras nuevos contingentes de tripulantes ocupaban los cuarteles y los camiones habían regresado, colocándose en sus lugares de origen.
Las puertas del barracón de alistamiento estaban cerradas. Ninguno, ni los que acababan de salir hacía unos momentos, ni sus actuales ocupantes, sabían si se hallaban en guerra o repetían sencillamente unos ejercicios que ya les eran familiares. Los hombres parecían tranquilos e indiferentes, y, en realidad, lo estaban. Todo vestigio de ansiedad hacía tiempo que había desaparecido.
En algunas bases, el metabolismo de su funcionamiento aumentaba tan poco con la situación de «Posición Roja» que apenas era perceptible. Las tripulaciones de los enormes tanques «jet», por ejemplo, se dirigían a sus enormes aparatos conscientes de enfrentarse con dos alternativas: si el enemigo ya se encontraba en el aire, ni uno solo de ellos llegaría adonde se encontraba su avión, sino que quedarían reducidos a unos restos negros y calcinados en algún punto de su corto trayecto; pues los tanques situados en el exterior se hallaban sin protección alguna. La otra alternativa podía ser que se tratase de un ejercicio de práctica. Aquellos hombres hacía tiempo que habían dejado de preocuparse del albur de estas dos alternativas. Habían aprendido una lección; nada podían hacer para modificar la situación.
Algunas partes de ese enorme sistema no eran sino grandes oficinas. Una pequeña porción de su «conducción lógica». Sus hombres y máquinas cumplían una sencilla misión de oficinistas, aunque también necesaria. Se aseguraban de que cada uno de los componentes de dicha operación tuviesen suministros adecuados de todo lo que pudieran necesitar, hasta de lo más inverosímil: goma de mascar; un millón de toneladas de combustible para los «jets»; envases de plástico conteniendo pequeñas agujas que tenían una diminuta porción de veneno en la punta capaz de aniquilar un hombre en tres minutos, tomates frescos, una variedad infinita de cajas negras, tubos, tornillos, pestillos, máquinas de escribir, neumáticos, pequeños cubitos de color grisáceo que, una vez sumergidos en agua, se convertían en bistés, aspirinas, jeringas para aplicar morfina, papel blanco y papel carbón de todos los tamaños imaginables; motores «jet» embalados, motores «jet» acabados de ajustar a punto de ser transportados, habichuelas secas y en conserva, chaquetas salvavidas, códigos de señales, cigarrillos, chaquetas de cuero, botellas de coñac, libros de historietas, camisas de fuerza, contadores Geiger, píldoras contra el mareo, cobertores de lana y seda y muchísimas cosas más.
—No tiene más que nombrarlo, seguro que lo tenemos —dijo un orgulloso y soñoliento sargento encargado del depósito mientras echaba un vistazo a las hileras de archivos y máquinas de calcular a su alrededor. Cientos de otros hombres como él en todo el mundo hacían lo mismo… confiados y orgullosos de su seguridad fuera de duda.
Cientos de veloces cazas fueron preparados, pero sólo despegaron unos pocos. Estaban cargados y revisados hasta el límite máximo, listos en sus hangares que se abrían sobre las anchas pistas de despegue, parados como brillantes agujas, con las alas caídas. Su turno llegaría más adelante.
En todo aquel vasto sistema no había ni un solo hombre que supiese con certeza el motivo de aquella nueva operación. Nadie sabía si era un verdadero estado de «alerta al ataque» u otra de las muchas maniobras a que habían estado sometidos otras veces. Los hombres actuaban con calma. Todo aquel intrincado mecanismo funcionaba a la perfección.
El segundo sistema activado por el general Bogan era el conocido con el nombre de «sistema Oro». Éste era distinto al del teléfono dorado que ponía en contacto directo con la Casa Blanca a un puñado de hombres encargados de trazar planes de acción. El primero era un sistema global de lanzamiento de proyectiles; nuevos y extraños vehículos lanzados por los hombres, pero que no llevaban ningún ser viviente a bordo. Una vez en el espacio, algunos eran guiados desde tierra por experimentados técnicos, mientras que otros fijaban sus posiciones sirviéndose de las estrellas y los planetas, haciendo pequeños cambios mientras se movían a una velocidad de 3300 kilómetros por hora. No podían ser lanzados por aquellos que los preparaban, y sólo podía hacerlo aquel hombre situado en la cúspide de la pirámide de mando. Una vez lanzados ya no podían regresar y era imposible evitar que el enemigo se percatara de ello.
Estos proyectiles variaban de tamaño, desde los estratégicos de gran volumen, abultados y chatos, que pesaban cientos de toneladas, hasta los más pequeños, diseñados para operaciones tácticas, que tenían piedras preciosas en sus engranajes.
El trabajo que requería la preparación de esos proyectiles era complejo y llevaba largo tiempo. Proyectiles como el «Atlas» y el «Titán» empezaron a desprender fantásticas nubes mientras llenaban sus tanques de oxígeno. El «Minute Man» y el «Polaris», que usaban combustible sólido, empezaron la serie de elaborados recuentos que ya habían efectuado cientos de veces antes.
En la Base de las Fuerzas Aéreas de Lowry, en Colorado, no se veía ni la más pequeña señal, ya fuese desde el aire o desde tierra, que indicara que una inmensa base de proyectiles ocupase 115 kilómetros cuadrados de los prados de Colorado. Era una base de «suelo duro». Todo se encontraba instalado profundamente bajo tierra. Sólo un impacto directo hubiese podido incapacitar los tres proyectiles «Titán», gobernados desde seis complicados lugares de control y lanzamiento, entre los que se incluía la rampa para proyectiles de Lowry. Incluso en el caso de que una de esas complejas bases de proyectiles fuese puesta fuera de servicio, todavía quedarían cinco en funcionamiento, pues una distancia de más de 18 kilómetros las separaba entre sí. Dentro de cada una de esas bases subterráneas se desarrollaba una compleja vida que se bastaba a sí misma y la separaba herméticamente del resto del mundo, ya que ellas serían el blanco preferido del enemigo.
El personal de dichas bases lo expresaba en diferentes palabras, de acuerdo con su cultura y educación: Homero, 4,0, Knockout, célula vital, principio del fin, las doce campanadas, número 1, après vous le deluge, As de triunfo, el primer saludo… Todo quería decir lo mismo. Todos sabían que cualquier enemigo que atacase empezaría primero por esas bases. Las ciudades, puertos, barcos, aviones y demás objetivos serían atacados más tarde.
Al descender a uno de estos Puestos de Comando, con su sección de personal, enterrados a tanta profundidad, se experimentaba la sensación de entrar en un ataúd colectivo ingeniosamente construido, ya que al bajar a él se ignoraba si sería por última vez. En realidad nadie creía en esas situaciones extremas, y suponían siempre que se trataba de un ejercicio práctico más. Su estado emocional se hallaba en un punto neutro; habían llegado a la insensibilidad. Tiempo atrás, después de un largo examen bajo el ojo avizor de un grupo de psicólogos, todos aquellos de carácter asustadizo y propensos a la claustrofobia habían sido eliminados. El resto se había ido volviendo deliberadamente insensible. Eran hombres muy capacitados que llevaban sobre sí el peso de algo horrible, pero habían logrado dominar sus nervios, hasta olvidar el fin catastrófico a que conducía su trabajo. A decir verdad eran muy pocos los que tenían fe en su tarea. Era un gigantesco juego de niños, un oficio aprendido a la perfección cuyas funciones eran ejecutadas con la máxima precisión. Todo para nada. Cada uno había realizado su trabajo cientos de veces, se habían revisado los miles de aparatos auxiliares, se habían redactado cientos de miles de informes, archivado millones de hechos… Luego, todo aquello se detenía, volviendo a su punto cero sin llegar al clímax.
Mientras el «Titán» subía en el potente ascensor, pasaba a través de aquellas puertas de hormigón de 200 toneladas y su cuerda umbilical empezaba a caer entre las revueltas nubes del helado Lox, cada uno de los hombres actuaba como si la guerra fuese una cosa inmediata. Pero siempre, hasta entonces, durante los cientos de veces que lo habían hecho, había llegado la orden de regresar a sus puestos devolviendo al «Titán» con sumo cuidado a su base.
A pesar de que un proyectil-cohete intercontinental requiere sólo veinte minutos para alcanzar su blanco en Eurasia, necesitan horas de preparación para el proceso de su calentamiento. Muchos deben trabajar en una complicada gama de controles, calculando, comprobando y revisando, todo a gran velocidad pero con un cuidado extremo. El conjunto de la operación era coordinado por el jefe, que era la única persona que podía dispararlo. Estos proyectiles-cohete tienen también su caja Límite-de-seguridad, pero ésta correspondía más bien a un determinado punto en el proceso de comprobación que a la acción misma del despegue. Era un Límite-de-seguridad tranquilo, ordenado y autónomo que duraba solamente un momento, pasando luego a un preciso y bien conocido punto de «control positivo» para llegar a la «fase final» después de computar esta última operación. Ésta sólo podía ponerse en marcha mediante una orden expresa del Presidente de los Estados Unidos.
Aquella vida cavernaria, su misterio prefabricado y el increíblemente alto grado de entrenamiento requerido, hacían que las bases de proyectiles-cohete constituyesen una difícil experiencia. Las extrañas tripulaciones vivían enterradas en vida. Al acabar su tumo de servicio era como si hubiesen puesto término a una sentencia. A medida que eran relevados, salían al aire libre restregándose los ojos cegados por la luz, aún incrédulos de verse de nuevo en un mundo lleno de escaparates y tiendas, de niños y de enamorados. Se les había preparado para considerar la posibilidad de ascender a un mundo desconocido, negro e incinerado, en el cual su deber sería evitar contaminarse gravemente y luchar en forma salvaje para conservar su propia existencia.
Los detalles de la lucha por su propia conservación eran deliberadamente ambiguos. Preparar un grupo de hombres para la derrota es una manera casi segura de destruir su capacidad de lucha. Sabían que al llegar a la situación extrema serían feroces, pero el objetivo hacia el cual iría dirigida esa ferocidad no se había especificado.
Sin embargo, los hombres que pasaban su vida levantando y descendiendo aquellas masas gigantescas de complicados materiales explosivos, no carecían de inteligencia ni de corazón. Se daban perfecta cuenta de lo dura y macabra que era su existencia. Pensaban en lo extraño de su situación actual y mantenían largas discusiones sobre este tema. Era un diálogo surrealista en el que intervenían técnicos, con una educación que llegaba apenas a los de una escuela superior, y oficiales con títulos universitarios. El ambiente en que se hallaban les daba un aspecto lúgubre. Estos habitantes subterráneos se movían como si carecieran de nervios a través de aquel mundo artificial, desarrollando nuevos puntos de vista y teorías que ofrecían una visión forzada de sí mismos y de la realidad; evocaban un nuevo humor lleno de amor y al mismo tiempo profundamente cínico, sonreían de una manera distinta, y vivían sintiendo nostalgia por muchas cosas, como un poco de aire puro y hierba fresca. Su mente estaba abarrotada de nuevas fantasías desconocidas hasta entonces por el hombre, pues nunca se había vivido en semejante forma.
En cuanto salían de sus puestos subterráneos se incorporaban de nuevo a la vida de la superficie sin esfuerzo aparente. Su aspecto y modo de proceder era normal y corriente; pero en cuanto volvían a esas lúgubres profundidades formaban parte de una casta diferente.
Narraban el antiguo mito de Sísifo de una manera que habría sorprendido a un estudiante de los clásicos; ese mito que refiere cómo se condenó a Sísifo a empujar un peñasco haciéndolo rodar con gran esfuerzo hasta la cima de una colina para que, una vez allí, cayera de nuevo y se viese obligado a subirlo una y otra vez. Se lo contaban por igual los oficiales entre sí y los soldados rasos, de las maneras más diversas y groseras, pero todos lo comprendían. Y siempre, a pesar del lenguaje empleado, le daban una nota extraña de misterio y de revelación.
De entre estos hombres de los proyectiles, los más especulativos y cultos descubrieron un poeta nuevo al que laurearon oficiosamente: Albert Camus. El Premio Nobel de literatura que supo comprender tan bien lo absurdo, fútil y grotesco que encerraba la vida moderna, y había hallado al mismo tiempo, aunque en forma algo perversa, un principio donde fundamentar su voluntad de vivir. Fue durante la Segunda Guerra Mundial, sufriendo la tremenda prueba de la lucha en las filas de la resistencia francesa. Así estos hombres habían aprendido, como Camus, a vivir en un mundo totalmente absurdo.
Penetrar en una de esas bases en fase de alerta «Posición Oro», era como entrar en un severo monasterio, dedicado por entero al servicio de incomprendidos «totems» mecánicos. En forma tranquila y sistemática, sin que hubiese sido necesaria una declaración pública y sin que la gente se diese cuenta de ello, la nación entera se encontraba sumergida en una vergonzosa y total alerta.
También había otro elemento perturbador en la vida subterránea que todos conocían y comprendían perfectamente aunque nunca hablasen de ello. El íntimo convencimiento de que el enemigo hacía precisamente lo mismo. En alguna parte, en la mitad opuesta de su hemisferio había otros depósitos, otro sistema de fortalezas, otras organizaciones que suponían casi idénticas a las suyas. Esta convicción es difícil de soportar. Sería muy distinto dedicarse al perfeccionamiento de armas termonucleares y a preparar inmensos proyectiles, si se ignorase que otras personas con idénticos conocimientos y prácticas están haciendo exactamente igual, que incluso sus pensamientos son semejantes y que ambos trabajan bajo la presión de esta continua necesidad de superar lo que hace el otro sin conocerlo exactamente. Hasta que el pensar en lo que los otros piensan y hacen se vuelve obsesionante.
No es vida para un hombre corriente. Hay que tener una visión clara de las cosas y aparentar no verlas, tener nervios y carecer de ellos, obedecer ciegamente y ser independiente. Debe manifestarse una aparente cordialidad y mantenerse interiormente frío, pues la vida en estos inmensos silos es íntima y forzada y despreocuparse demasiado sería fatal, como también lo sería mantenerse demasiado encerrado en sí mismo.
Aquellos hombres subterráneos eran orgullosos y confiaban completamente en su valía. También habían sabido desarrollar, hasta un grado casi sublime, su capacidad para olvidarse del conjunto de la tarea en que trabajaban, para concentrarse sólo en el pequeño papel que les correspondía. Eran un equipo magníficamente bien entrenado e incluso entusiasta, pero evitaban cuidadosamente el mencionar siquiera el resultado a que debía conducir su minucioso trabajo de equipo.