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3. Descenso con autoridad y pompa
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DESCENSO CON AUTORIDAD Y POMPA
Buck salió de la oficina a las 10,34. Movido por un impulso innato ordenó su escritorio, se puso la chaqueta y luego le pasó el cepillo. Pensó ir a peinarse al lavabo para hombres, pero en cuanto cruzó la puerta se dio cuenta de que eso era imposible.
Parado enfrente de la misma, unos pasos más allá, vio a un mayor de infantería de Marina. Respiraba hondo.
—¿Es usted Mr. Buck? —preguntó.
—Sí —contestó Buck, y tras una corta pausa añadió—: Señor.
—¿Me podría mostrar su carnet de identidad, señor?
Buck hurgó en su cartera buscándolo. Durante todos aquellos años, todo se había reducido a un mero formulismo exento de importancia cada vez que entraba en el recinto de la Casa Blanca; entonces sacaba la cartera y se la mostraba a Bote, éste movía la cabeza en señal de asentimiento y él seguía su camino. Buck sentía que la situación se hacía embarazosa. Era muy posible que hubiese olvidado el carnet de identidad en casa. Volvió a echar un vistazo a las tarjetas que llevaba, cada una dentro de su cubierta de celofán. El mayor permanecía inmóvil, con la vista fija, fingiendo no darse cuenta de los apuros que estaba pasando Buck. Todavía no había podido recuperar del todo su respiración normal y el ruido que hacía al inhalar y volver a expeler el aire por la nariz dominaba todos los otros ruidos más pequeños del corredor. La tarjeta del «Diner’s Club», la de la biblioteca de la Escuela de Derecho, un retrato de su hija, un retrato del «Porsche» recién pintado, una tarjeta de crédito de una compañía de gas, otra de socio de una asociación de lingüistas profesionales, una fotografía de sus padres. Miró en el compartimiento donde llevaba los billetes de banco: siete dólares.
Buck levantó la vista hacia el mayor; le quedaba un solo lugar donde buscar. Sí, la tarjeta de identidad estaba allí. Casi suspiró de alivio.
El comandante tomó la tarjeta sujetándola con fuerza y miró la fotografía pegada en la misma. Entonces se movió un poco y examinó el perfil de Buck. El nerviosismo de éste aumentó.
—Mr. Buck, aquí dice que tiene usted una pequeña cicatriz en la muñeca. ¿Puedo verla?
—Es muy poca cosa; me la hice jugando al fútbol en el Instituto —dijo Buck, mientras se subía un poco la manga.
El mayor la miró fijamente. Luego se cuadró y le devolvió la tarjeta.
—Sígame, señor —dijo el mayor, y empezó a caminar pasillo abajo con paso ligero.
—Sí, señor —dijo Buck y tuvo una ligera duda. Si el mayor le llamaba señor, quizás él no debía darle el mismo tratamiento. Buck decidió no hacerlo. Sintió una especie de satisfacción al guardar de nuevo su tarjeta de identidad en la cartera.
Ahora el mayor caminaba unos pasos más adelante. Buck corrió un poco para alcanzarle y luego prosiguió a su mismo paso. A Buck, que era un poco más bajo, le costaba seguirle.
Pasaron del anexo de la Casa Blanca a ésta y luego por varios pasillos que Buck no había visto nunca hasta entonces; doblaron por otro y cuando estuvieron más o menos a la mitad de éste, el mayor se paró y se cuadró de nuevo. Un hombre alto y delgado, acompañado de una mujer que iba tomando notas en una libreta avanzaba hacia ellos. A la izquierda de Buck había un ascensor. Buck se dio cuenta entonces de dos cosas casi al mismo tiempo: primero, el ascensor estaba pintado del color verde del ejército y el que lo conducía era un oficial; segundo, el hombre que venía hacia ellos era el Presidente y la mujer que le acompañaba su secretaria, Mrs. Johnson.
Buck había oído hablar de ella. Le habían dado el apodo de «Johnnie» y tenía una personalidad muy genuina. Sus pasos denotaban autoridad y seguridad en sí misma. Su actitud hacia el Presidente oscilaba delicadamente entre la de una abnegada niñera y la de una secretaria. Había empezado su carrera como secretaria del famoso padre del Presidente hacía más de cuarenta años. Se había convertido desde entonces en un competente y eficiente instrumento de la familia, sin que por ello se permitiera ninguna clase de familiaridades. Cuando el Presidente entró en el campo político como candidato para el Congreso, pidió a su padre que le dejara tomar a Johnnie a su servicio. Cuando ocupó la presidencia años más tarde, Johnnie le siguió automáticamente. Ahora tenía el pelo blanco y estaba mucho más gruesa, pero sus modales hacia el Presidente no habían cambiado lo más mínimo. No le temía, pero su actitud tampoco era demasiado familiar.
Cuando el Presidente estuvo a cinco pasos de ellos, el mayor le saludó cuadrándose. El Presidente inclinó levemente la cabeza en señal de saludo y se dirigió hacia el ascensor con paso elástico; caminaba como una persona atlética amante del ejercicio físico.
—Dile a Pete que no dé ni el más leve indicio a la gente de la prensa de que nos enfrentamos con un estado de emergencia —dijo el Presidente a su secretaria. Ella anotó algo en su cuaderno—. Llama al Vicepresidente también y explícale exactamente lo que ha ocurrido. Ya sabe lo que tiene que hacer. Llama al senador Fullbright y pídele que llame al Vicepresidente. No, mejor que pase por la oficina del Vicepresidente.
El Presidente se paró frente al ascensor. Le dio la mano al mayor y luego, mirando a Buck, dijo:
—Hola, Buck. Recuerdo que le vi en su oficina ya hace algún tiempo.
«Hace algún tiempo» significaba varios años, pero a pesar de ello Buck se sintió satisfecho.
—Sí, señor —dijo Buck—. Soy el traductor de ruso.
Sin pronunciar palabra, más bien por la sola actitud de su propio cuerpo, el Presidente los hizo entrar en el ascensor a todos, incluso la secretaria. A pesar de su color francamente militar, Buck notó que el ascensor era nuevo y muy bueno. Sólo tenía una cosa especial; en el fondo había una rueda muy grande con una placa encima que decía: PARA HACER FUNCIONAR EL ASCENSOR EN CASO DE FALLAR LA FUERZA, GIRAR A LA DERECHA PARA QUE BAJE, GIRAR A LA IZQUIERDA PARA QUE SUBA.
Las puertas del ascensor se cerraron de golpe e instantáneamente empezó a bajar. A Buck le parecía que iban cayendo como una piedra en el vacío. Las piernas le flaquearon un poco, pero se sobrepuso y, en seguida, sintió un peso triste y desolado en el estómago. Buscó la pared para apoyarse, porque tenía la sensación de que iba a marearse. No tenía ni idea de la profundidad a que se encontraba el refugio antiaéreo de la Casa Blanca. Pero vomitar allí, en aquel impecable ascensor del ejército, con el oficial operador y el Presidente apoyados confortablemente contra la pared mientras la secretaria escuchaba sus palabras y el mayor, aparentemente tan tranquilo, parecía tallado en madera, habría sido demasiado.
Pararon suavemente como sobre muelles al cabo de pocos segundos. A Buck se le doblaron las rodillas unos centímetros, pero lo mismo sucedió a todos los que iban en el ascensor. Se sintió aliviado.
La puerta se abrió de golpe y entraron en una habitación espaciosa que contenía media docena de escritorios. A la izquierda había una pantalla luminosa que cubría todo un paño de pared. Se parecía a una pantalla cinematográfica, pero era más gruesa, de una densidad especial. Unos objetos extraños se movían sobre la misma como centelleantes gusanos. Buck no alcanzó a distinguir más que seis cruces verdes. Cinco iguales y otra que tenía un extraño destello de luz a unos centímetros de distancia.
Detrás de los escritorios había varias personas que a Buck le parecieron vagamente familiares. Reconoció a uno de ellos; era uno de los ayudantes especiales del Presidente, y se dio cuenta que los otros pertenecían también al Servicio Especial de la Casa Blanca o eran oficinistas del mismo. Todos los hombres que se hallaban en la habitación saludaron en posición de firmes, pero lo hicieron de un modo que traslucía confianza. El Presidente se limitó a saludarles con una leve inclinación de cabeza, sin pronunciar palabra. Los rostros de todos los ayudantes se volvieron de nuevo hacia la pared luminosa. El Presidente se dirigió hacia una puerta a la derecha seguido por el pequeño grupo que le acompañaba. Un coronel de la Armada la abrió de par en par, era su ayudante naval.
—Esto es todo, mayor —dijo el Presidente de un modo casual, y éste no entró con ellos en la oficina.
Buck sentía un gran respeto por todos los que tenían conocimientos que él no poseía. Primero se dio cuenta de que todos aquellos hombres se encontraban muy a sus anchas con el Presidente y, teniendo en cuenta sus altas graduaciones, títulos universitarios, libros escritos, discursos, posiciones ganadas, crisis pasadas, su fama de hombres duros y los rumores que corrían sobre sus atrevidos modales, no le sorprendió su actitud. En segundo lugar le asombraba esa naturalidad tan especial del Presidente. Lo notó en seguida en la manera como indicó al mayor que ya no lo necesitaba. No era humillante ni brusca, sólo natural y obvia. Era como un simple y amistoso movimiento de hombros, que para el mayor fue más significativo que una larga frase y, sin embargo, no era ofensivo.
El Presidente les llevó a una pequeña oficina. En ella había un escritorio de tamaño mediano y encima varios teléfonos. Había una silla a cada lado del mismo. El sonido del aire acondicionado era como de una fuerte pulsación. El Presidente se sentó detrás del escritorio. Indicó a Buck que se sentara también. El Presidente se dirigió a Mrs. Johnson.
—Mira, Johnnie, preveo que algo andará mal entre Pete y la gente de la prensa —dijo el Presidente—. Pete llevará bien el asunto, pero alguien se enterará y empezará a llamar a Scotty o a telegrafiar o harán alguna otra maldita cosa. —Hizo una pausa, se echó hacia atrás apoyándose en el respaldo de la silla, tomó un lápiz y lo miró como si lo estudiase cuidadosamente—. Dile a Pete que les comunique a todos que es algo importante, pero nada terrible. No, por ahora. Nada fuera de lo normal. Que no dejen traslucir nada. Que se les escape algo y ese individuo y su diario son hombre muerto. Ahora y para siempre. ¿Entendido?
—Se lo diré a Pete exactamente —dijo Mrs. Johnson, y sonrió.
—¿Y qué hacemos con el grupo del Pentágono? —dijo el Presidente, sonriéndole a Mrs. Johnson, sin hacer caso de su pequeño comentario—. Usted debe tener una lista o algo…
—Sí, señor Presidente, aquí está —dijo Mrs. Johnson. Miró entre los papeles que traía. Lo hizo con la rapidez que lo haría un experto jugador de cartas barajándolas rápidamente. Una tarjeta blanca apareció entre sus dedos.
La precisión con que encontró la tarjeta también infundió confianza a Buck. Estaba seguro de responder bien ante gente tan preparada y segura de sí misma.
—Entréguesela a Mr. Buck —dijo el Presidente.
Mrs. Johnson le pasó una tarjeta blanca y tiesa. La miró. En la parte superior de la misma estaban impresas las palabras: Pentágono Grupo de Alerta. Había sido extendida esa mañana a las 8,00 y Buck se dio cuenta que con toda seguridad debían hacer una lista nueva cada día. La lista contenía el nombre de todos los jefes adjuntos de personal, de los secretarios y de un representante del Consejo Nacional de Seguridad. Buck notó que después del nombre del secretario del Aire había una frase escrita a mano que decía: «En Dallas para inaugurar un nuevo lugar de lanzamiento de proyectiles. Volverá el jueves».
Uno de los teléfonos encima del escritorio del Presidente sonó y se encendió una luz.
—Seguramente será Bogan desde Omaha —dijo el Presidente. Mrs. Johnson empezó a caminar hacia la puerta—: Espera un segundo, Johnnie.
El Presidente tomó el teléfono. Dijo «¡Hola!», pero, sin duda, alguien había empezado a hablar en seguida y con rapidez.
Con un gesto automático, Buck miró su reloj. Eran las 10,37.
Mrs. Johnson se acercó a Buck. Por primera vez notó que las mejillas de aquel rostro de mediana edad eran lisas y estaban enrojecidas por la emoción. Se agachó un poco hacia Buck y le habló en voz baja y excitada.
—Por lo menos la situación en que nos encontramos ahora es mucho mejor de lo que era en 1950, cuando empezó todo aquello de Corea. Es una de las primeras cosas que logré cambiar aquí —dijo orgullosa—. Ese pobre hombre Truman apenas tenía quién le aconsejase. Prácticamente tuvo que tomar una decisión solo. Telefoneó al Gobierno de Estado, al Pentágono, a la Colina, aquí y allí, a todos. No había nadie en casa. Así es que lo tuvo que hacer todo solo.
«¿Hizo qué?», pensó Buck para sí.
Buck levantó la vista y miró a Mrs. Johnson sonriendo débilmente. Se decía que tenía una memoria ilimitada y unos conocimientos enciclopédicos y que era muy difícil entenderse con ella. Había oído decir, y no recordaba dónde, que cuando sus mejillas aparecían lívidas, cubiertas por pequeñas manchas rosadas, ello equivalía al estado en que se encontraba Hitler cuando estaba a punto de sufrir un ataque epiléptico.
Ahora Buck se dio cuenta por primera vez de que se trataba de algo más que un simple ejercicio, que quizás iban a tomarse grandes decisiones. Se le secó la garganta pero tal como había aprendido a hacerlo siempre que se sentía demasiado preocupado, sus labios se abrieron en una sonrisa todavía más ancha fingiendo a la perfección hallarse realmente interesado y divertido. Entonces vio que los ojos del Presidente se fijaban en él, interrogantes y curiosos, por encima del teléfono.