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Eugene Burdick · Capítulo 6 de 24

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5. El buey herido

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EL BUEY HERIDO

 

El general de brigada Warren A, Black se despertó de repente. Tenía los ojos desmesuradamente abiertos, los dedos de los pies separados, hincándose en las sábanas, y los de la mano apretados en el puño cerrado y el estómago estirado y tenso. Su piel rezumaba un sudor espeso que era más bien el residuo del miedo. Sabía que dentro de pocos minutos sonaría su reloj despertador de pulsera, pero aún así sentía un pequeño cosquilleo en los ojos y hubiera querido dormirse de nuevo. Pero se desperezó, sabía que era peligroso.

Si dormía volvería a repetírsele aquella pesadilla.

Seis meses antes no recordaba haber soñado nunca; pero ahora su tranquilo reposo de antes se veía interrumpido por una variante u otra del mismo sueño y entonces despertaba tenso y sudoroso. Al principio se sintió sorprendido entre un fuerte deseo de cerrar los ojos y seguir durmiendo y el miedo de que se repitiera de nuevo aquel sueño. Pero desde hacía algún tiempo optaba invariablemente por seguir despierto.

Sabía que tenía un solo camino para acabar con todo aquello: renunciar a su cargo. Se lo repitió cientos de veces, burlándose de sí mismo cruelmente unas y otras, pero, a pesar de ello, el sueño no se desvanecía. Era un sueño invulnerable al análisis lógico. Sabía de una manera vaga, pero llena de una terrible certeza, que ya nunca se desprendería de aquel sueño. Sólo desaparecería si dimitía. Pero sólo pensar en la posibilidad de abandonar la Fuerza Aérea era para él una tortura.

El sueño siempre empezaba en una plaza de toros, aunque Black nunca había visto una corrida en su vida. Pero desde que tenía aquel sueño había consultado algunos libros de tauromaquia. El sueño era exacto: repleto de detalles de picadores montados a caballo, de banderillas, de música de mal gusto, con un fondo de grandes anuncios de cerveza, automóviles y montones de gente. Quizá, pensó Black, toda aquella riqueza de detalles la había leído tiempo atrás en algún libro que no recordaba.

Ahora también el toro era de verdad, de eso no cabía duda; furioso, lanzándose al ataque en cuanto se abría la compuerta, arañando el suelo con sus pezuñas, resoplando fieramente. Pero de repente se paró en seco con un gruñido, con todo su inmenso cuerpo echado hacia atrás, apoyado en sus patas traseras, quieto como una estatua. Luego, erguido en sus cuatro patas, movió su enorme cabeza cornuda de un lado al otro buscando al adversario en el ruedo. Entonces lanzó un bramido fuerte, solemne. Un bramido de plena confianza en sí mismo. Y la gente que llenaba la plaza le contestó con un silencio profundo, también solemne.

El bramido del toro, apenas iniciado, terminó con un entrecortado rugido de agonía, y una raya roja apareció encima de su negra piel a la altura de la paletilla.

El toro giró en redondo —apoyándose sobre sus patas con una velocidad y gracia magníficas— y entonces lanzó de nuevo aquel grito de agonía. Otra tira se destacó contra su flanco oscuro, ahora era blanca. Entonces el toro se lanzó a la carga una, dos, tres veces… sin descanso, sin que, aparentemente, disminuyeran sus fuerzas. Pero estaba confundido. Cada vez que giraba en redondo y se paraba aparecía una nueva raya, roja o blanca, sobre su lomo.

«Debe haber un matador en la arena», se decía Black. «No puedo verle; sin duda, la misma luz deslumbrante, al refractarse en la arena, me lo oculta, o quizá los colores de su traje se confunden en forma involuntaria con lo que le rodea, con ese fuerte juego de colores que inunda la arena». Black, a su vez, movió la cabeza intranquilo buscando al matador, pero siempre en vano.

Al echar un vistazo al ruedo, Black tuvo la agradable sensación de que todos los que se hallaban en los palcos le fuesen familiares. Eran la misma gente que trabajaba a su alrededor, que veía diariamente en su trabajo: soldados, empleados, secretarios, generales, coroneles, técnicos, mayores, científicos, profesores. Pero le era imposible identificar a ninguno de ellos con precisión. No podía dar un nombre a aquellos rostros. Lo único que sabía es que le eran conocidos y que le infundían confianza.

Aquel torero invisible hizo que el toro fuese acercándose más y más al lugar donde se hallaba Black. Sentía el aire que expelían aquellos enormes pulmones, veía los pequeños chorros de arena que levantaba al escarbar con sus pezuñas, aquel cuello macizo balanceando la cabeza coronada por la cornamenta. El toro se acercó más.

Fue entonces cuando Black comprendió lo que eran realmente aquellas tiras blancas y rojas. Le arrancaban tiras de piel a lo vivo. Aquel torero invisible no lo hacía sirviéndose de una espada vulgar y corriente, sino con algún otro instrumento que cortaba largos trozos de piel del animal; las tiras blancas que quedaban al descubierto correspondían a la grasa y a los cartílagos y las rojas estaban llenas de sangre que iba escurriéndose por aquel cuerpo doliente y goteaban sobre la arena.

Ahora que estaba tan cerca, Black vio que el toro se hallaba muy cansado y confuso. El torero le asestó un nuevo golpe y otra tira de piel se desprendió silenciosamente de su carne viva. Ahora sólo le quedaban algunos parches de piel. Tenía la cabeza gacha y el aire que salía pesadamente por la nariz del animal formaba dos diminutos volcanes de polvo, pequeños como el puño. El polvo le inundaba los ojos. Angustiado el toro apretó los párpados.

Black echó un vistazo al ruedo. Aquellos rostros familiares disfrutaban aparentemente con todo aquello. Sus bocas abiertas parecían gritar de entusiasmo —pero no se oía nada—. Sonreían señalando hacia allí con el dedo, bailaban excitados y lágrimas de alegría surcaban su rostro.

La tranquilidad de Black desapareció.

Entonces ocurrió aquello tan terrible. El toro levantó la pesada cabeza y aquellos ojos agonizantes se fijaron en Black. Durante unos breves instantes se miraron sin pestañear y, entonces, sin saber cómo, hicieron un pacto. La mirada del toro se hizo más tranquila.

Black sintió de un modo inconsciente cómo su cuerpo penetraba en el del toro. Como si se disolviera en la niebla y fuera adquiriendo su forma. Su propio cuerpo perdió forma y sustancia y se introdujo en el de aquel inmenso animal. Ahora era él quien miraba a los espectadores aturdido por aquellos extraños colores y ruidos y movía la cabeza buscando al matador invisible.

Se sentía terriblemente confuso, asediado por dos clases distintas de temores.

Estos temores concretos siempre le despertaban bruscamente. El primero era la certeza de que, de un momento a otro, sentiría cómo el dolor de esa bárbara flagelación invadía su sistema nervioso, estallando en su cerebro de toro. El segundo era su convicción de que al volverse vería con sus ojos de toro al matador. Ambas cosas eran tan espeluznantes que despertaba bruscamente.

Black se revolvió inquieto en la cama, miró su reloj y vio que sólo habían transcurrido unos minutos. Se preguntó en qué momento se empezaba a sudar durante el transcurso de un sueño. Sentía el pijama húmedo pegársele sobre el cuello, los brazos y la cintura. Experimentaba la sensación de haber sudado durante horas enteras pero al mismo tiempo sentía intuitivamente que aquello sólo había durado unos pocos segundos.

Logró relajarse un poco. Debía reaccionar en forma lógica, se decía. Como le había ocurrido otras veces, tuvo la certeza de que aquel extraño sueño estaba íntimamente relacionado con el SAC. Sabía que si presentaba la dimisión de su cargo aquellos sueños desaparecerían. Pero se sentía ligado a toda aquella organización, respetaba a los que la constituían; casi tanto como a su propia familia. Además, la misión que desempeñaban era importantísima… Pero una sombra se interpuso a sus pensamientos, un pequeño zumbido de intranquilidad que desapareció en cuanto quiso examinarlo de pleno. Sin embargo, le invadió un presentimiento angustioso. En el fondo de todo aquello había algo malo.

Durante unos instantes se sintió desesperado. ¿Acaso seguiría despertándose así, bruscamente, pasando de aquel terrible terror a la realidad? No le gustaba despertarse así, tan de repente, a pesar de que cuando era aviador, veinticinco años atrás, había tenido que acostumbrarse a ello. En aquellos días eran unos ruidos muy distintos los que le sacaban de su sueño bruscamente, casi como un «shock»; aumentando la velocidad de su metabolismo como una inyección de adrenalina. El aullido de las sirenas, el recuerdo de una mano ruda sacudiéndole los hombros en una mañana fría de invierno, en Inglaterra, durante la Segunda Guerra Mundial, el frenesí creciente provocado por el ruido de las bombas que caían… Entonces, oh sí, entonces se había despertado instantáneamente. Pero era un despertar completo, diferente, pues carecía del lastre de terror de este sueño.

Tomó una determinación mientras se sentaba en la cama. Olvidaría aquel sueño. Debía prepararse para la tarea diaria. Sonrió forzadamente. Se acabó, no sudaría más. Si tenía suerte podría conseguir un Cessna «Blue Canoe» e ir a casa Andrews por su cuenta. De todos modos tenía tiempo, la avioneta lo dejaría en el Pentágono antes del Consejo de las diez. De una manera u otra saldría adelante. Acabaría con aquel sudor.

Miró hacia la figura que dormía a su lado. Betty ni se había movido. Necesitaba dormir y Black quería afeitarse, vestirse y salir sin que se despertara. Se levantó suavemente de la cama y hurgó en uno de los cajones de la cómoda buscando ropa limpia.

Era un hombre alto. De una belleza muy masculina, cuadrada, hecha un poco a golpes. Incluso la forma de su cabeza hacía pensar en ángulos y cuadrados, como si hubiese sido dibujada sobre una de esas páginas cuadriculadas con gruesas rayas que ponen como ejemplo en los libros de «Cómo aprender a dibujar». Era como una escultura inacabada cuya superficie no había sido bien redondeada. No sólo daba la impresión de solidez sino que al verle se comprendía que con la edad no cambiaría su consistencia, que sus músculos no se fundirían en grasa. Parecía que el diseño de su persona hubiese sido hecho por un buen dibujante conocedor del oficio, pero al que faltaba el toque del artista.

Tenía el pelo castaño oscuro y ondulado y lo llevaba corto, casi rapado. Una vez, durante sus años de colegio, se lo había dejado crecer y parecía que llevara un apretado gorro de rizos. Uno de los profesores, un tipo delgado y sensible, al verle le dijo sonriendo: «Pareces un sátiro del bosque». Black ya nunca más se dejó crecer el pelo. Sus ojos eran muy francos y estaban muy hundidos en las órbitas, como si buscasen protección. Eran ojos castaños que miraban fijamente sin pestañear. Incluso cuando debía dar una dura reprimenda permanecían inalterables. Sus subordinados más observadores podían anticipar la reacción de Black fijándose en las líneas de su boca y en la manera como entrecerraba los ojos.

Black se paró un momento en la habitación de los chicos al ir hacia el cuarto de baño. Conservaba el hábito adquirido durante sus tiempos de piloto; un sentimiento secreto, casi subconsciente, que le hacía despedirse de todos ellos como si se fuera para siempre. Eran demasiado mayores ya para besarlos en público, aunque él lo hubiera hecho con gusto. Pero en la mañana, temprano, podía entrar de puntillas y besarles suavemente en la frente.

John, que tenía doce años, dormía hecho un ovillo metido muy adentro, casi al pie de la cama, con la cabeza hundida entre la ropa. Black lo enderezó suavemente, le estiró la ropa tapándole bien la espalda y los hombros. David, el mayor, de catorce años, dormía con los brazos extendidos, medio atravesado; las mantas habían resbalado dejando parte de su cuerpo descubierto, y uno de sus pies le colgaba fuera de la cama. Black lo enderezó también y le arregló la cama. Los dos muchachos eran el polo opuesto, no sólo en estos pequeños detalles sino en muchas otras cosas. Se había pasado la vida, o al menos parte de ella, arropando a David y evitando que John se sofocara.

Mientras se afeitaba rápidamente con mano experta, usando su navaja de seguridad y jabón aerosol, se lamentó de tener que pasar tanto tiempo lejos de los muchachos. Seguramente, porque Betty era siete años menor que él, Black se sentía separado de los tres por una especie de sentimiento de responsabilidad paternal. Sonrió mirándose al espejo. Bueno, aquello se fundía rápidamente cuando se encontraba a solas con Betty en lo que ella llamaba, riendo cariñosamente, «sus noches sensibles».

Formaba parte de la familia Black, aquella familia inmensamente rica de San Francisco. Habían llegado a millonarios durante los años cuarenta del pasado siglo, cuando un hombre joven y anónimo, llamado Ned Black, había dado con una veta en el Yuba y había regresado a San Francisco con un burro cargado de casi 3100 onzas de oro entre polvo y pepitas. Nadie sabía de dónde venía ni si tenía familia. Los Black de San Francisco empezaron con Ned Black, compró grandes extensiones de terreno arenoso en San Francisco y las vendió con fabuloso beneficio.

Black había conocido la biblioteca de su antepasado Ned Black. Había libros de John Locke, Fourier, Robert Owens, los grandes cartesianos, de Marx, Spencer, Ricardo. Los libros eran viejos y desgastados por el uso. Ned Black tomó las armas durante la Guerra Civil y regresó con un brazo menos. Siempre fue un hombre tranquilo y siguió siéndolo mucho más después de esto. La única doctrina que trataba de inculcar a sus hijos era que el hombre, como ente social, tenía una obligación primordial hacia la sociedad de la que formaba parte.

Los Black, como todos los ricachos de San Francisco, hicieron donativos para el teatro, la Ópera, la Sinfónica y los museos, pero la mayor parte de sus donaciones iban a los colegios, hospitales y bibliotecas. Ni uno solo de los edificios que habían regalado a la ciudad llevaba el nombre de Black. Los hijos de Ned, sus nietos y tataranietos, todos continuaban viviendo de la misma forma que él, quieta e intensamente. Hubo sacerdotes, hombres de negocios, educadores, y algunos de ellos, con gran satisfacción por parte del viejo Ned Black, entraron en el campo de la política. Ned Black la consideraba la más noble de las profesiones, la tarea social más necesaria. Siempre que había algún movimiento de reforma legislativa, una comisión para investigar un crimen, o se emprendía una campaña para ampliar los campos de enseñanza, un Black estaba metido en ello.

A Warren Black le había costado seguir esta tradición. No sentía ninguna debilidad por la política y tenía poco interés por los negocios. Incluso después de su graduación en uno de los mejores colegios del «Ivy League», se sentía desarraigado y un poco culpable. Durante la Segunda Guerra Mundial había entrado en las Fuerzas Aéreas y sólo entonces, y más tarde en el Servicio de Control Aéreo (SAC), se había sentido útil. Voló y luchó con un éxito que no encerraba nada de espectacular y, a pesar de que aborrecía la destrucción y la pérdida de vidas, llegó a la conclusión de que era algo necesario e inevitable. Era un hombre de buen temple, muy competente y sin ningún deseo de publicidad. Durante todos esos años creció su devoción por las Fuerzas Aéreas, aunque, en el fondo, sabía que era imposible sentirse ligado de verdad a una organización tan inmensa e impersonal.

Había conocido a Betty cuando las Fuerzas Aéreas le mandaron al Ivy League College, después de la Segunda Guerra Mundial, a estudiar política internacional y tratados internacionales con el famoso profesor Tolliver. Betty se había metido a la fuerza en uno de los seminarios de Tolliver y pedía permiso a Radcliffe una vez a la semana para poder asistir. Aquel viejo austero le había puesto numerosos obstáculos, pero el padre de Betty era un famoso profesor de historia naval y Tolliver acabó por ceder. Aunque subrayó, en forma algo brusca, que era la primera mujer que asistía a un seminario de política internacional, que a veces se empleaba en él un lenguaje un poco «picante», y que no le tendrían ninguna consideración porque fuese una hembra, no dijo «muchacha» deliberadamente.

Betty movió la cabeza en señal de asentimiento. Se presentó ante el seminario más bien como quien se dispone a librar una batalla y no a discutir ideas abstractas. Iba con el rostro limpio, sin maquillaje de ninguna clase, vestida con severos trajes sastre grises, y casi nunca sonreía. Al hablar lo hacía con una voz fuerte, sin entonaciones, perfectamente controlada. Ya había transcurrido la mitad del semestre, cuando un día, al disgustarse, la expresión de su cara cambió y la hizo aparecer realmente hermosa. A Black le cogió por sorpresa, dándose cuenta de que no sólo era una persona atractiva sino de fuertes emociones.

Betty había sentido un gran antagonismo contra Tolliver desde un principio. Lo veía intelectualmente como su enemigo. Verlo así no era difícil. A la mayoría de los estudiantes les pasaba lo mismo. Pero revelar ese antagonismo era otra cosa. Tolliver era formidable.

Tolliver era uno de los más antiguos profesores en su materia. Descendía de los primeros pobladores de Nueva Inglaterra, y se dedicó a sus estudios en forma salvaje, total y completa. Si la convicción de sus ideas le llevaba a salir de la clase y de la biblioteca y a entablar una batalla pública no dudaba ni un momento en hacerlo.

Su primera intervención pública, cuando todavía era muy joven, había sido una catástrofe. Antes de la Primera Guerra Mundial era pacifista. Habló, dio conferencias y escribió en favor de la no intervención entre los fuertes bloques europeos, atacando la guerra como algo inhumano y caduco, y organizando demostraciones pacifistas en Nueva York y Washington. Había estudiado las guerras antiguas y medievales, las del siglo XIX y las del siglo XX. Sin saberlo, con el solo afán de atacarla, se convirtió en uno de los primeros eruditos en materia bélica.

En algún punto de sus estudios —nunca se supo exactamente cuándo, y jamás Tolliver hablaba de ello— cambió. Fue una de las más famosas conversiones de tipo intelectual de su tiempo. Entonces Tolliver se declaró en favor de la guerra. Abandonó a sus amigos pacifistas y su causa, abanderándose con sus oponentes, hasta tal punto que alarmó a los mismos intervencionistas: la guerra era algo intrínseco de la sociedad misma, decía. Sus argumentos no eran arbitrarios, sino que se basaban en apuntes, referencias históricas, la psicología agresiva, alusiones a Freud y el deseo de la muerte, y exponía sus ideas usando un lenguaje moderado y correcto. Tolliver no sostenía que la guerra fuese algo bueno o deseable, sólo que existiría siempre mientras los hombres siguiesen organizándose en grupos sociales.

Durante los años treinta, Tolliver gozó de muy pocas simpatías. Decían que era probritánico y subversivo, y un «gira chaquetas». Los alumnos que asistían a sus clases disminuyeron. Las revistas liberales y radicales le atacaban ferozmente. Pero en cuanto América entró en la guerra, casi de la noche a la mañana, Tolliver se convirtió en algo parecido a un profeta, un héroe, un intelectual «que tocaba el suelo con sus pies». Tolliver ignoró estas alabanzas al igual que había ignorado las críticas. Logró mantener incluso sus razones para no hacer el servicio militar. «Algunos intelectuales deben quedarse en casa para desarrollar una teoría sobre la guerra y la paz, y yo soy una de las personas mejor preparadas para hacerlo. Y pienso dedicarme a ello».

No había hecho otra cosa desde entonces.

Era una persona totalmente intelectual. Incluso su edad era indeterminada y nadie se había atrevido a preguntársela. Tenía el pelo muy blanco y fino y casi nunca se peinaba. Su guardarropa contenía varios trajes; aunque nadie sabía cuántos, pues todos eran del mismo corte severo, confeccionados con el mismo excelente paño inglés y en el mismo tono. Al cabo de pocos meses estaban completamente estropeados. Nunca los planchaba, ni los limpiaba; y se llenaban de pequeños agujeritos como una cabeza de alfiler producidos por las quemaduras originadas por la ceniza de su eterno cigarrillo. Fumaba tanto que cuando se ponía de pie una pequeña nube de ceniza se desprendía de su persona.

Su rostro, cuando estaba tranquilo, tenía un aspecto suave, más bien fofo. Pero era sólo una ilusión y, además, eran contadas las ocasiones en que aparecía tranquilo. Generalmente ardía lleno de furia. Esto se expresaba sobre todo en sus ojos —azules, brillantes, graníticos, típicos de Nueva Inglaterra —, que reflejaban con viveza una excitación parecida a la del cazador. Cuando discutía, su rostro se endurecía y su nariz se hacía más aguileña. En cuanto sospechaba la menor crítica a sus ideas, incluso la más pequeña sombra de indiferencia, Tolliver atacaba. Con el cuerpo tenso se inclinaba un poco hacia adelante desde su asiento. Parecía una especie de ratón de la lógica, con los dientes enredados en argumentos endebles, tratando de arrancar evidencias más sólidas con una terrible persistencia. Casi nunca dejaba un argumento sin haber llegado a una decisión final. Sus conocimientos sobre la guerra y la sociedad eran tan vastos, sus puntos de vista tan especializados, que al escucharle se veía claramente que era muy difícil poder encontrar a alguien que supiese más o que pudiese desarrollar un punto de vista que él no hubiese previsto de antemano y desarrollado en su poderosa mente.

Tolliver vivía ajeno a la política universitaria, a sus colegas, a las reuniones de carácter social, y a otras trivialidades. Sólo sus alumnos merecían su plena atención, muy intensa y enfocada hacia un solo punto, pues los consideraba como portadores de ideas. Personalmente sólo los conocía por su nombre; intelectualmente no se le escapaba nada. Era imposible adularlo; entonces miraba a su interlocutor con ojos fríos, llenos de desprecio.

La primera vez que Betty difirió del punto de vista de Tolliver, los estudiantes del seminario extremaron su atención inclinándose en sus asientos, mirándolos, esperando que se armara una gran discusión. Pero no sucedió exactamente lo que ellos pensaban. Betty señaló una observación antropológica sobre el hecho de que existían unas tribus en la Melanesia que buscaban la paz y no la guerra. Su política se basaba en un mutuo afán de hacerse regalos y pequeños favores y en multiplicar sus atenciones entre ellos. El ejemplo era nuevo para Tolliver, pero contraatacó en seguida. Dijo que los datos recogidos eran insuficientes para llegar a una conclusión general; añadiendo que en cuanto estas tribus se sintiesen atacadas, reaccionarían en forma agresiva. «Pero si ya habían sido atacadas y no lo hicieron…», le contestó Betty leyendo sus apuntes.

Cuando terminó, Tolliver destrozó su teoría con un furioso análisis; rebatido a su vez por ella con mayores pruebas.

Black interrumpió exponiendo una pregunta de tipo general y Betty le miró despectiva. Llevaba uniforme y ella supuso automáticamente que apoyaba los puntos de vista de Tolliver sobre la completa inevitabilidad de la guerra.

El argumento había acabado en un callejón sin salida. Tolliver masculló unas palabras diciendo que estudiaría el original y buscaría más pruebas antropológicas. Viniendo de Tolliver, esto era ya un éxito espectacular. Black felicitó a Betty mientras los alumnos desfilaban por la puerta del seminario. Ella le contestó secamente. Era evidente que no le gustaban los uniformes.

Además de su uniforme, había otras cosas que le desagradaban. En cuanto supo que pertenecía al clan de los Black de San Francisco, le achacó en seguida todas las responsabilidades y males de los Huntingtons, los Hopkins, y el viejo abuelo Black. Sabía que Black era rico y pensaba que las Fuerzas Aéreas eran su único «hobby». Una vez le dijo, parafraseando a Will James: «Parece como si para ti la guerra fuese otra manera de dar rienda suelta a tus instintos de playboy».

Fue precisamente durante aquel semestre cuando el actual Presidente había entrado en el campo político, presentándose como candidato al Congreso de un Estado cercano. Como necesitase la mayor ayuda posible para su candidatura, como es natural se acordó de sus viejos compañeros de curso. Black era uno de ellos.

Betty también tomó parte en esa campaña inicial, e incluso una vez llegó a amonestar a Black y a otros por su indiferencia política. Cuando supo que Black pedía permiso los fines de semana para cooperar en la misma campaña, Betty se sorprendió. En forma jocosa y divertida, que más tarde Black encontraría encantadora, le atacó por formar parte de las «grandes fortunas» del Este.

Para Betty, Black constituía el ejemplo perfecto de una casta peligrosa; de esa poderosa «élite» que tenía en sus manos las fuerzas industriales, financieras, militares y políticas del mundo. Fue precisamente en el transcurso de las clases con Tolliver donde se disolvieron gradualmente sus prevenciones contra él. En una de aquellas sesiones, Tolliver había ido demasiado lejos al hablar de los derechos y posiciones adquiridos en la guerra. Un joven candidato al doctorado en Ciencias, llamado Groteschele, que recientemente había pasado al campo de las ciencias políticas, estaba presente. Sostuvo que la guerra contra el fascismo no había terminado como él creía, y que las fuerzas militares que habían acabado con el fascismo negro debían atacar ahora al fascismo rojo.

Black oía hablar a Walter Groteschele por primera vez, y mientras le escuchaba ignoraba que lo oiría hablar muchas veces más tarde. Groteschele fue el primero de ese grupo matemático-político-científico que se desarrolló después de la Segunda Guerra Mundial; un grupo que incluyó a hombres como Henry Kissinger, Herman Kahn, Herbert Simon y Karl Deutsch. Pero al principio, durante unos cuantos años, acorde con sus planes, Groteschele se mantuvo solo sin que nadie le hiciese sombra. En ese momento Black sólo sentía una pequeña sensación de irritabilidad frente a las palabras de Groteschele. No era nada definido que pudiese señalar con precisión o rebatirse inteligentemente, sólo una borrosa sensación de inquietud, un algo que le indicaba que debajo de las teorías expuestas por Groteschele se escondía algún oscuro peligro.

Los estudiantes de tendencias liberales que asistían al seminario se movieron inquietos en sus asientos, pero ninguno de ellos habló.

Tolliver miró a Black. Pero este último, en vez de dar la respuesta esperada, expuso en líneas generales lo que él creía era el punto de vista militar sobre Rusia, diciendo que, aunque fuera un contrincante peligroso, era una amenaza que América podía mantener fácilmente bajo control.

Black habló con calma, seguro de sí mismo, y sus ojos se mantuvieron firmes, incluso cuando Tolliver se tensó en su típica postura de ataque. Black rebatió sus argumentos con calma, refiriéndose siempre a opiniones de expertos en la materia, a estudios realizados, estadísticas, cálculo de probabilidades…

Betty se sentía angustiada, cogida entre dos fuegos, como podía leerse claramente en su rostro. Le era difícil apoyar a Black el militarista, pero cuando por fin se decidió a ello, lo hizo con una feroz elocuencia. El seminario no acabó aquel día de la forma fría y contenida que le gustaba a Tolliver, dejando los asuntos concluidos, sino en una atmósfera llena de tensión y falta de equilibrio. Los estudiantes se marcharon recelosos.

Black se acercó a Betty al terminar la clase. Ésta se levantó de golpe, dobló sus papeles, los tiró de cualquier manera dentro de su cartera y se marchó sin siquiera mirar a Tolliver. El rostro arrebolado de Betty era muy hermoso. «Tiene el encanto de un pequeño rufián desenmascarado durante un paseo dominical», pensó Black.

—¿Qué te parece si continuamos hablando de todo esto mientras nos tomamos una cerveza? —dijo en voz baja, hablándole casi al oído.

Ella se volvió con tal presteza que casi le rozó la mejilla con la nariz antes de que pudiese evitarlo. Su cara ruborizada enrojeció aún más al darse cuenta de ello. Black se percató entonces de algo que permaneció inalterable para él desde ese momento. Betty era la muchacha más atrayente, más interesante y más quijotesca que había conocido. Estuvo a punto de besarla allí mismo, y ella lo sabía.

En el fondo, ambos decidieron su futuro mientras tomaban aquella cerveza. Todo lo que vino después fueron los pasos y toma de posiciones necesarios para llevar a cabo esa decisión. Se presentaron dificultades sobre el problema de «la fortuna de los Black no ganada por él», pero Betty se sintió más tranquila cuando Black le dijo que vivía exclusivamente de su sueldo de coronel, y que la parte que le correspondía de intereses de los bienes familiares iba a un fondo en el Wells Fargo Bank. Black dijo que no tenía una noción exacta de la cantidad que representaba aquel fondo, pero que era «quizás de alrededor de cuatro millones», y ambos estallaron en carcajadas.

En otra ocasión, un mes después de aquello, fueron de excursión a almorzar en Walden Pond.

—Pero ¿por qué escogiste las Fuerzas Aéreas? —le preguntó ella—. Comprendo que ingresaras en ese cuerpo al principio de la guerra, pero no me explico por qué has seguido allí después.

—Es muy sencillo —dijo Black—. ¿Qué otro trabajo puedo hacer donde el «éxito» sea realmente mío y no proceda de mi familia? El trabajo que hacía en las Fuerzas Aéreas era mío. Las recomendaciones de ascenso venían de los mayores y los coroneles, que ignoraban quién era, y aún les hubiera importado menos si hubiesen sabido que era uno de los Black de San Francisco. —La miró fijamente, y ella por vez primera se dio cuenta de cuán directo y honrado era—. Tú misma supiste que era uno de «esos» Black y me catalogaste en seguida.

Betty movió la cabeza asintiendo de tal manera que era como si le pidiera disculpas al mismo tiempo.

—Eres mi militarista favorito —añadió tiernamente.

—No encasilles a la gente, Betty —dijo él en tono autoritario—. ¿Crees que todos los que trabajamos en el Servicio de Control Aéreo estamos deseosos de entrar en guerra? No seas idiota. Tenemos tanto miedo como los otros. Mira, yo mismo estuve en el Servicio de Control estratégico de bombarderos en Alemania después de la guerra. Algo que más bien hace aborrecer las contiendas.

Black hizo una corta pausa. Su trabajo de entonces también había supuesto una pausa en su vida. Lo había preocupado mucho. Pues la gran conclusión resultante del estudio de los daños hechos por los bombarderos era, que a pesar de la destrucción aparente, lo único que se destruía de verdad era a la gente. Nuevas fábricas y ferrocarriles aparecían en forma metódica y rápida. En realidad, todo aquello parecía como un acicate para buscar la supervivencia, que aumentase el impulso natural de devolver el golpe.

—Blacky. —Ella le tomó la mano y él la miró sorprendido. Betty echó la cabeza hacia atrás y rió con fuerza asustando a unos pájaros que emprendieron la fuga atravesando la laguna—. Me miras como si tuvieras miedo de que alguien te raptara —dijo ella.

A él le parecía imposible que ella dijera esto. Se sentía feliz, confuso y muy aturdido.

—¿De verdad? —preguntó.

—De verdad, ¿qué?

Casi se atragantó riendo y sin darse cuenta se abrazaron, un poco torpes al principio. Con los labios apretados contra su camisa, ella murmuró: «Soy tan burra».

Así, en ese mismo tono —más o menos—, se casaron tres meses después.

 

Su paseo matinal en auto desde Long Island a la Base de la Fuerza Aérea en Mitchel fue rápido, pues encontró poco tráfico. Llegó con tiempo suficiente para el vuelo a Washington. El día era claro y la temperatura agradable; en seguida divisó un «Cessna 310». Siempre le habían gustado los aviones pequeños. Ahora incluso el 310 era automático, pero aún se sentía el placer de volar en él. Un día compraría uno de esos rechonchos y rápidos biplanos que se fabricaban ahora y quizá volvería a sentir aquella emoción de volar, de volar de verdad y no de dirigir un avión como hasta ahora.

En cuanto se instaló en el asiento del avión que iba a llevarlo a Washington, sintió repentinamente la necesidad de beber un buen sorbo de agua fresca. Entonces, los recuerdos de la reunión de la noche anterior invadieron su mente. No tenía ningunas ganas de ir. A Betty nunca le había gustado Groteschele. Además Black sabía que escucharía a Groteschele en la conferencia de esta mañana. Por eso, cuando la secretaria del senador Hartmann le llamó, trató de eludir el compromiso.

Pero Hartmann insistió. Había conseguido que acudiese Emmett Foster, el editor del Liberal Magazine, que criticaba constantemente las pruebas nucleares y defendía el desarme unilateral. Lo que había pretendido Hartmann era enfrentar aquella noche a Foster y Groteschele. Los dos, a su manera, eran hombres notables y distinguidos. Sólo que ambos se encontraban en los dos extremos opuestos de la controversia sobre armas nucleares. Hartmann no era ningún imbécil. Era un republicano del Medio Oeste de tez roja, con una mata

de vigoroso cabello blanco y un cuerpo redondo como el de Falstaff[4]. Como orador tenía la fuerza expresiva de un William Jennings Bryan, y su facha, por lo general, parecía la de un senador de opereta. Sin embargo, bajo esa mata de espeso pelo blanco se encontraba una de las mentes más despejadas de Washington. Como miembro del Comité de Relaciones Exteriores del Senado, quería conocer sus puntos de vista expuestos en el transcurso de una reunión amistosa. Sabía que Black era considerado como un general con una buena cantidad de materia gris, y que era una especie de eslabón entre la gente meramente táctica del SAC y los grandes planeadores del Pentágono. Groteschele se había hecho famoso, claro está, a consecuencia de la aparición de su libro Counter-Escalation, que Foster había analizado en forma destructiva en las páginas de su revista.

Por regla general, Betty rehusaba asistir a esos cócteles de militares, gubernamentales y académicos. Pero con gran sorpresa por parte de Black insistió en asistir a éste.

Llegaron tarde. Foster ya estaba allí, pero Groteschele, como de costumbre, vino más tarde. Foster estaba de pie en un rincón hablando con voz firme y en un tono parejo y tranquilo. Black se dio cuenta en seguida de que no era un tipo agresivo. Black tenía a la mayoría de los «liberales de profesión» por hombres de voz aguda, que hablaban atropelladamente y acusaban a todos los que creían en la necesidad de las armas nucleares. Para ellos todas esas necesidades carecían de importancia. Los sobrevivientes, la moralidad, la humanidad, el mal que se podía hacer a las generaciones futuras, sólo eso les preocupaba.

Pero Emmett Foster era distinto. Era un hombre sereno, de eso se dio cuenta Black en seguida. Incluso durante los cortos instantes en que conversaron al cruzar la habitación, Foster, un hombre pequeño, de fuerte musculatura y penetrantes ojos negros, empleó palabras y conceptos que indicaban bien a las claras que había leído el Diario del Congreso y estaba al corriente de las revistas científicas, y aun que, probablemente, se había entrevistado con numerosos militares. Otra cosa que notó en Foster es que no se iba por la tangente, sino que contestaba a las preguntas en forma precisa, sin apartarse nunca del tema y basándose sólo en testimonios y pruebas fidedignas. Betty y Black escucharon atentamente durante quince minutos y, luego, Betty se dirigió a Black y enarcando las cejas dijo:

—Un hombre inteligente, ¿verdad?

—Inteligente —asintió Black.

En ese mismo momento llegó Groteschele. No había cambiado mucho físicamente desde sus días universitarios. Un poco más grueso, pero no mucho. Sin embargo, vestía mucho mejor y tenía un aire seguro de celebridad. «Es resbaladizo como la seda», pensó Black. Sonrió con soltura, diciendo unas palabras a cada una de las personas que le presentaban, dio unos golpecitos en la espalda a Black y besó a Betty en la mejilla. Desprendía un suave olor a colonia masculina.

Hartmann lo presentó a Foster, pero Groteschele sonrió y dijo que ya lo conocía. Con movimientos mesurados, Groteschele se acercó a Foster y se dispuso a entrar en el debate sin mostrar el menor signo de antagonismo o condescendencia.

Foster esperó a que hubiesen terminado todas las presentaciones y empezó diciendo:

—Los tiempos han cambiado mucho desde Clausewitz. En verdad, la guerra entonces era una especie de institución, como la iglesia, la familia o la propiedad privada. Pero llega un momento en que las instituciones caducan y acaba su función. Una mente realmente fuerte debe reconocer que la guerra nuclear no es sólo una extensión de una política anterior por medio de otros instrumentos, sino el fin de todo; de la gente, de la política, de las instituciones.

—Groteschele —dijo Foster de ese modo suyo firme y seguro— es un moderno Don Quijote, que se lanza a través de la estratosfera en naves nucleares, hablando de aniquilación como si eso pudiera tener sólo un carácter parcial, hipnotizado por sus propias palabras.

Foster dejó de hablar por cortesía, y miró a Groteschele. Éste se balanceaba suavemente sobre sus talones, mirando atentamente su whisky con agua. Dejó que persistiera el silencio. Meneó un poco la cabeza, una sola vez, con un movimiento lento, interrogante, como si sopesase una idea y luego la abandonase.

Betty, que casi nunca bebía, tomó un vaso de whisky de uno de los camareros que pasaban. Black notó que la mano le temblaba un poco.

Por fin, Groteschele se decidió a hablar. Su voz era en extremo suave.

—Sí, en una guerra nuclear a gran escala entre América y Rusia se exterminarían cien millones de personas, más o menos, ¿verdad? —dijo mirando a Foster.

—Cien millones —repitió Foster— o más.

El grupo de personas que les rodeaban se movieron intranquilas.

Betty terminó su bebida de un sorbo y miró a su alrededor buscando un camarero. Black se acercó más a ella.

—Las cosas cambiarían bastante —dijo Groteschele—. Nuestra cultura y la de ellos ya no sería la misma. ¿No es así?

—Así es —dijo Foster con una ruda sonrisa.

—Bueno, es una tragedia y nadie lo niega —continuó Groteschele y al decir esto paseó la mirada por todo el grupo deteniéndose un poco más en el senador Hartmann—. ¿Pero no concuerdan ustedes conmigo en que la cultura que tenga los mejores armamentos, que posea los mejores refugios antiaéreos, que disponga de los mejores medios y de una defensa más fuerte, mantendría una ventaja conocida y clásica?

—¿Cuál? —preguntó Foster.

—Sería el vencedor porque recibiría un daño menor que el enemigo — contestó Groteschele—. En todas las guerras, incluso las nucleares, hay un vencedor y un vencido. ¿O es que usted pretende sugerir que seremos vencidos? ¿Es que valora menos nuestra cultura americana que la cultura soviética?

La presión de la mano de Betty sobre el brazo de Black se hizo más fuerte.

—Maravilloso —dijo Foster, y su sonrisa era ahora tan forzada que le daba un aspecto feroz—. Simplemente maravilloso. Tan simple, tan lógico, tan ordenado…

Hizo una pequeña pausa y miró fijamente a Groteschele. Éste no se movió, pues sabía que se preparaba para el ataque. Sonrió por primera vez, una sonrisa llena de condescendencia.

—Groteschele, con eso quizá persuada a un mono, a un crío de segundo grado o incluso a algún general de la Fuerza Aérea, o quizás a un senador, pero no a muchos más —dijo Foster en forma agresiva—. Todo esto indica que usted mismo es un prisionero…

—¿De qué? —preguntó Groteschele.

—Del pasado, de ideas caducas, de clisés preconcebidos. —Hizo una pequeña pausa, y mirando al grupo añadió—: Lo que hace falta es que abramos una brecha completa y revolucionaria en nuestra manera de pensar. Es como si nos hubieran encerrado en una bolsa de papel llena de viejas ideas y creencias. Tenemos la impresión de que este saco que nos rodea es perfecto y sin salida, cuando en realidad con sólo romperlo disfrutaríamos de la libertad de poseer nuevas ideas y puntos de vista. Lo que necesitamos es un nuevo Carlos Marx.

—Un nuevo Marx, Foster —interrumpió Groteschele—, ¡qué idea más estupenda! ¿Y qué diría en el nuevo manifiesto?

—Proclamaría la paz —dijo Foster sin vacilar—. Pero no porque sea algo agradable en sí o porque sienta un amor invencible hacia los seres humanos como yo, o porque es cristiano o porque Gandhi odiaba la violencia y por todas esas blandas insulseces de las cantilenas liberales. Paz porque es el único medio en que será posible vivir. ¿Lo entiende, Groteschele? Las leyes de probabilidades y la bomba de cobalto han hecho que esté atrasado por lo menos en diez años. Sea realista.

La revista que publicaba Foster tenía un tiraje de sólo unos treinta mil ejemplares. La gente que se encontraba allí por casualidad y los más influyentes que le escuchaban eran —o por lo menos lo parecían— más del tipo de Henry Luce, pero aún así estaban vivamente impresionados.

—Conmovedor, muy conmovedor —replicó Groteschele—. Pero un poco cogido por los pelos, un poco vago, sin nada que nos indique cómo pasamos de la guerra a la paz. Nadie quiere la guerra, Foster. Pero la posibilidad de que se produzca es una realidad, y a mí me gusta encararme con las realidades.

—Muy bien, Groteschele; considérelo desde un punto de vista antropológico —dijo Foster—. ¿Qué papel o función tiene la guerra?

—La solución de un conflicto —dijo Groteschele cortante.

—En las sociedades primitivas, ¿cómo se resolvían esos conflictos?

—Mediante combates individuales —replicó Groteschele. Había echado los hombros un poco hacia atrás y se le veía más tenso. Este tipo de diálogos en los que sus oponentes tomaban una posición socrática lo ponían nervioso.

—¿Y qué pasó cuando se organizaron en tribus? —siguió diciendo Foster.

—Entonces, las luchas se hicieron colectivas.

—Y cuando estas colectividades llegaron a naciones-estados, ¿qué?

—La respuesta es siempre la violencia, maldito sea, Foster —dijo Groteschele—. Por eso encuentro que el hecho de sugerir que algo cambia, a medida que un grupo social crece y que el poder de las armas va en aumento, es de una gran irresponsabilidad.

Foster interrumpió bruscamente:

—¿Sugiere usted que se puede comparar el tiro de una flecha al lanzamiento de una bomba nuclear? ¿Y que se trata sólo de una diferencia de grado? ¡Tonterías! ¿No es posible, Groteschele, que la guerra en sí se haya convertido en algo inútil? En su misma Counter-Escalation, tan bien razonada, dice usted que en una posible guerra futura una mayoría abrumadora de ciudadanos morirían. ¿Le sigue valiendo esto aún para decir que la guerra es una manera de resolver conflictos?

—Foster, usted es un sentimental sin remedio —replicó Groteschele—. La situación no es tan diferente a la de miles de años atrás. En algunas de esas guerras primitivas se aniquilaron poblaciones enteras. El problema está en quién será el vencedor y quién la víctima. Pero sigue siendo una cuestión de supervivencia de una determinada cultura.

Foster se balanceó sobre sus talones.

—Una cultura —dijo muy despacio, con tono asombrado—. Una cultura con todos los que la formaban muertos, con el olor de la muerte descomponiéndose en el aire durante años, con la vegetación arrasada e incluso con el mismo plasma reproductor contaminado. Dice que yo soy el utópico y usted el realista. ¿Es que cree realmente que ese mundo que usted describe tendrá cultura?

Groteschele estaba acostumbrado a las jugadas difíciles. Su respuesta, pronunciada en voz queda, fue muy razonable y difícil de combatir. Habló extensamente y los espectadores le escucharon con respeto.

Fue Betty la que puso fin a esa especie de hechizo. Black se dio cuenta que se había apartado de su lado, que estaba un poco ebria, pero que mantenía un rígido control sobre sí misma.

—Es inútil —dijo mirando fijamente a los dos hombres—. Los dos son unos románticos empedernidos atrapados en sus mundos fantásticos de razón y de lógica, y por eso resulta tan endiabladamente inútil. Porque es el hombre mismo quien es incapaz. Se ha convertido en una especie de «dido», de dinosaurio, pero por razones opuestas. Su maldito cerebro se ha enredado en su propia suficiencia y no podemos salir de este embrollo debido a nuestro orgullo. El hombre se ha calculado tan bien, especializando su cerebro en tal forma, que ha sobrepasado la realidad. Ya no puede conseguir que su maltratado cerebro le indique la verdad porque esto, para un especialista, sería un grave error.

Black no la había oído hablar en una forma tan equilibrada desde hacía años. Sus palabras parecieron desalentarlos. Incluso Groteschele estaba perdido buscando en vano la frase adecuada para contestar. Se entretuvo sacando un cigarro filipino de un pequeño estuche de cuero que guardaba en su bolsillo. Desde el episodio de la bahía de Cochinos, había dejado de fumar cigarros habanos.

—¿Creen que he exagerado? —dijo Betty. Al pronunciar estas palabras toda ella pareció transformarse. Black la miró preocupado. Una honda intensidad interior parecía fluir de su ser, algo que casi era tangible. Todos lo sintieron y siguieron mirándola y escuchándola como si estuvieran magnetizados.

—El mundo —continuó Betty, y ahora había una nota de desesperación en su voz— ya no es el teatro donde se mueve el hombre, sino que éste se ha convertido en un mero espectador sin ningún poder. Las dos malditas fuerzas que ha creado —la ciencia y el estado— se han combinado en tal forma que forman un solo cuerpo monstruoso. Nosotros nos encontramos a merced de nuestro monstruo y los rusos a merced del suyo. Juegan con nosotros como los dioses del Olimpo jugaban con los griegos. Lo mismo que esos dioses griegos, tienen un sino trágico. Sólo saben cómo destruir, pero ignoran cómo salvar. Esto es lo que está sucediendo en nuestra guerra fría: una nueva tragedia griega en forma moderna con nuestros monstruos semidivinos jugando un papel decisivo en el cataclismo de la tragedia.

Calló un momento y echó una rápida mirada a Black, como si buscase ayuda. Pero antes de que éste pudiera hablar o acercarse a ella, empezó a hablar de nuevo.

—Todos sabemos que la gran explosión ocurrirá. Lo único que les preocupa a ustedes, a los dos por igual, es morir intelectualmente bien. Pero mi problema es mucho más primitivo. Lo único que deseo es que cuando esto ocurra y mis hijos mueran yo pueda librarles de sus agonizantes dolores con un poco de morfina.

Terminó diciendo esto en una voz monótona carente de emoción. Esta última frase pareció conferir seguridad a Groteschele, como si hubiese encontrado la clave para entrar de nuevo en la conversación y guiarla a zonas más seguras. Habló con suavidad y comprensión.

—Betty —dijo—, los que conocemos bien la situación sentimos casi lo mismo que acabas de exponer. Pero ¿qué quieres que hagamos? ¿Que salgamos todos a comprar morfina? Comprende, Betty, estoy tratando de salvar a tus hijos, no de narcotizar su agonía. Esto es la clave de todo lo que he escrito. A pesar de nuestros esfuerzos, puede sobrevenir una guerra atómica. Debemos encararnos con esta posibilidad y no encerrarnos en nuestras ideas como un avestruz. Lo que yo trato de conseguir es que si la guerra viniese, los hombres, es decir, los hombres como nosotros, tengan las máximas posibilidades de sobrevivir.

Betty parecía tranquila, pero Black sentía cómo sus dedos se enterraban en su brazo.

—¿Qué piensa de todo esto, general Black? —preguntó el senador Hartmann.

Black levantó los ojos, que tenía fijos en Betty, hacia Foster quedándose unos minutos pensativo.

—Creo que Betty tiene razón en parte —dijo muy lentamente—. En cuanto se sabe qué es lo que se quiere se puede encontrar una gran cantidad de detalles lógicos y de ejemplos que respalden sus argumentos. Yo también tengo la terrible sensación de que hemos acordado, tanto nosotros como los soviets, nuestra mutua destrucción. Ahora ambos hacemos una llamada a argumentos lógicos distintos para llegar a conclusiones idénticas. Probablemente, ambos obtendremos el resultado que queremos. En ese caso, la morfina es más importante que un refugio antiaéreo.

Hizo una pausa y durante un breve instante se sintió muy excitado. Una excitación salvaje e irracional: ahora comprendía su sueño. Se encontraba metido en una especie de juego en el que le iban arrancando todo aquello que formaba su razón de ser. Y entonces, de repente, no pudo seguir hablando.

Los comentarios de Betty habían puesto punto final a la reunión. Todos bebieron y charlaron cortésmente durante unos minutos más y, en seguida, empezó el intrincado ballet de las despedidas. Black sabía que su anfitrión no olvidaría fácilmente su posición herética. El senador era un hombre metódico.

Una vez dentro del taxi que les condujo a su departamento ninguno de los dos habló. Betty se durmió sobre sus espaldas con los dientes rechinándole lastimosamente.

 

El general Black despachó rápidamente todo aquello que le atormentaba volviendo a la realidad en el momento en que el «Cessna 310» se aproximaba a la Base Aérea de Andrews, en las afueras de Washington. Al mirar las casas junto al agua de la bahía de Chesapeake, lamentó que el avión no pasase por encima del Washington propiamente dicho. Pues siempre se sentía conmovido por el esplendor del monumento a Washington con su blanco obelisco, la sobrecogedora majestad del monumento a Lincoln y el Pentágono. Pero también este último era distinto. Su forma aplastada y poco definida no había sido diseñada para cautivar a los aviadores. Más bien parecía un enorme y burocrático barco de guerra terrestre anclado junto al Potomac. En realidad no era sino eso, musitó Black, asediando continuamente aquella flotilla indefensa de barcos burocráticos más débiles que se extendían a lo largo del Potomac.

«A trabajar, Blackie, muchacho-general», se dijo a sí mismo. «La vida es algo serio, es de verdad».

Aterrizó con pericia sin esfuerzo y diez minutos más tarde se dirigía en un coche oficial hacia el Pentágono.