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1. El traductor
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EL TRADUCTOR
Peter Buck caminó hacia la entrada de Pennsylvania de la Casa Blanca. Era uno de esos días decepcionantes de principios de primavera, duros y cristalinos. El obelisco del monumento a Washington aparecía blanco y brillante. Los turistas no sólo caminaban aprisa, sino que pasaban corriendo frente a la Casa Blanca. Los coches oficiales circulaban con todas las ventanillas cerradas y los pasajeros del asiento de atrás, ocupados en hojear sus papeles, llevaban bien subido el cuello del gabán. El aire era maravillosamente puro y lleno de sol, pero hacía frío.
Buck había sentido a menudo el deseo de perderse entre la muchedumbre, de caminar a la deriva hacia el muelle, de vagabundear por el Smithsonian, incluso de visitar el Capitolio y sentarse en la galería del Senado, de visitar la Corte Suprema el lunes, cuando se leían las sentencias, de volver a recuperar aquella inocencia que tenía cuando años atrás había venido a Washington por primera vez. Un pequeño y sordo dolor le demostraba a Buck que era víctima de una vieja enfermedad: lo que él veía de la ciudad era mucho menos que lo que veía el turista. Pero hoy se alegraba de llegar frente al centinela de la Casa Blanca y hubiera querido encontrarse ya dentro de su bien abrigada oficina.
Bote estaba de guardia en su garita de madera. Bote era un hombre que parecía delgado como un alambre, pero aquellos dieciséis años de guardia frente a la Casa Blanca habían desarrollado su vientre, ahora redondo y duro. Nunca hacia ejercicio pero, por alguna extraña ley fisiológica, seguía teniendo la cara y los brazos muy delgados. A través de la ventanilla de su puesto de centinela daba la impresión de ser una persona muy frágil, tanto que parecía desnutrida. Pero en cuanto salía de la garita era otra cosa; parecía exactamente que se hubiese tragado una vieja bala de cañón.
Buck no sabía en realidad cómo se llamaba. Ello formaba parte de la rutina de la Casa Blanca: los guardias tenían la obligación de saber los nombres de todos los que la frecuentaban, pero los otros empleados rara vez sabían cómo se llamaban los guardias. El Flaco, Bote, el Indiano, Cara Marcada, Jefe, Gruñón y Esfinge, eran algunos de los nombres con que el personal civil de la casa distinguía a esos hombres. Buck no había oído nunca llamar a los guardias por su verdadero nombre.
Bote salió de la garita y saludó a Buck. Sus ojos echaron un vistazo a la gruesa cartera de cuero de Buck y gruñó sonriente:
—¿De queso y jamón?
—Equivocado —contestó Buck. Abrió su cartera. Contenía dos manzanas, un envase de cartón con yogourt y un muslo de pollo envuelto en papel parafinado.
—Paga la apuesta.
Bote buscó en su bolsillo y sacó una moneda de níquel que echó en la mano de Buck.
—O. K., hoy pierdo —dijo Bote—. ¿Sabe a cuánto estamos ahora, Mr. Buck? Hemos hecho 932 apuestas y yo he ganado 501 y usted sólo 431. ¿Sabe lo que significa esto?
—¿Quién sabe? —dijo Buck.
Sonrió de nuevo y siguió su marcha, pero las preguntas de Bote le irritaban. Hacía ya más de tres años que continuaba aquellas pequeñas apuestas con Bote. Bote era muy astuto y se daba cuenta en seguida cuando Buck, al comprobar que empezaba a subir de peso, reducía el almuerzo que traía a la Casa Blanca. Tiempo atrás habían establecido, en plan de broma, distintas categorías de comidas y Bote trataba de adivinar lo que Buck llevaba en su fiambrera. Con el tiempo, ello se convirtió en una apuesta en serio y, finalmente, constituyó una parte de su rutina diaria. Hoy Bote había perdido su apuesta por primera vez en toda una semana. Buck se había vuelto muy ingenioso en la preparación de sus almuerzos, esforzándose en engañar a Bote. Pedía a su esposa, Sarah, que buscara salchichas de sabores poco corrientes, huevos rellenos de lechuga y, a veces, emparedados de caviar. Una vez, para jugarle una broma, incluso había ido a una de las charcuterías más caras de Washington y había comprado una lata de carne de canguro, pero al sacar el bocadillo y ver la expresión de la cara de Bote se dio cuenta de que había rebasado las reglas del juego. Bote pagó la apuesta pero su mirada era glacial.
Buck entró en el ala este del edificio, saludó con una inclinación de cabeza al Indio, y luego se dirigió hacia la izquierda, entrando en su pequeña oficina.
Abrió su cartera, depositó rápidamente su almuerzo en el último cajón de la izquierda de su escritorio, sacó un ejemplar del Washington Post y lo puso encima de la mesa. Cerró la cartera y la colocó en un rincón detrás de la percha de los abrigos. Luego se sentó ante el escritorio. Exactamente en medio de éste, en el lugar donde los había dejado media hora antes el conserje, había, como de costumbre, un ejemplar recién llegado de los diarios Pravda e Izvestia, además de una revista literaria mensual también rusa.
Buck empezó a leer los periódicos rusos. Leía a una velocidad increíble. Mientras leía, repitiendo esta tarea diaria que ya había hecho cientos de veces, se daba cuenta que le invadía una agradable sensación de orgullo. Sabía muy bien en su fuero interno que se contaba entre los tres mejores traductores de ruso de los Estados Unidos. Quizás el acento de Ruskind y Berkely fuera un poco mejor que el suyo, pero eso era todo. Buck estaba seguro de ser mucho mejor que Watkins, que trabajaba en el Pentágono. Después de ellos tres había una distancia enorme hasta llegar al cuarto de los mejores expertos en lengua rusa de origen norteamericano; éste seguramente era Haven, en Columbia.
Buck recordó, no sin cierta malicia, que en la última reunión de la Asociación de Lenguas Eslavas, Haven había equivocado el significado de la palabra «pope» dos veces en el mismo trabajo. Sólo Ruskind, Watkins y Buck se dieron cuenta del error. Se habían mirado entre sí y habían sonreído moviendo levemente la cabeza. Nadie más se dio cuenta.
Buck se había convertido en un experto en lengua rusa por casualidad. Allá por los años 1950, cuando sólo tenía veintidós años, lo habían llamado a filas en el momento que empezó la guerra de Corea. Seguía en aquel tiempo los primeros cursos en una escuela superior, pero no sentía ningún interés especial por los idiomas. En realidad pensaba seguir los estudios de ingeniero. Pero al pasar su examen de aptitudes para el Ejército, obtuvo una puntuación muy alta en el coeficiente de capacidad para los idiomas, y casi sin saber cómo se encontró en la Escuela de Idiomas del Ejército, en Monterrey.
Lo que siguió después asombró al mismo Buck. Al finalizar la primera semana de enseñanza se encontraba por lo menos dos meses más adelantado que sus compañeros de clase. El profesor, un emigrante ruso oriundo de Kazakstan, estaba pasmado, pues Buck no sólo aprendió el alfabeto ruso, su sintaxis y sus peculiaridades gramaticales muy aprisa, sino que, casi instantáneamente, pudo contestar en cualquier dialecto en que se le hablara. Al cabo de dos semanas se convirtió en una especie de fenómeno. Los profesores rusos del Colegio de Idiomas se encerraban con él en una habitación y empezaban a hablarle en ruso. Les contestaba sin titubear empleando el mismo acento de la persona que le hablaba. Si el profesor ruso era oriundo de Georgia, Buck le contestaba con el acento peculiar de Georgia, si era de Leningrado, daba a su pronunciación la suave inflexión propia de esa región. Los profesores le examinaban atentamente, sonriendo a veces cuando lograba reproducir un acento difícil. Al cabo de tres semanas, lo excluyeron de clase porque su presencia desmoralizaba a los demás.
Desde entonces vivió una doble existencia en el colegio. Pasaba la mitad del día siguiendo un curso acelerado de ruso en el cual se le enseñaban toda clase de materias, desde literatura rusa antigua, escrita en lenguaje arcaico, hasta trabajos rusos científicos contemporáneos. Durante la otra mitad era examinado por un grupo de psicólogos que trataban de averiguar por qué razón aprendía el ruso con tan asombrosa facilidad. Le hicieron una interminable serie de tests sobre su personalidad, y su capacidad intelectual y física. Los resultados eran mediocres. Tenía el coeficiente de inteligencia que suele tener cualquier estudiante del montón, alrededor de 122. Éste subía un poco en las pruebas que medían su capacidad verbal, pero ni tan sólo indicaban que sus reflejos y retención visual fuesen extraordinarios. Su capacidad auditiva incluso era subnormal. Su discriminación de tonos, frecuencia e intensidad de los mismos era fenomenal, pero no tenía ninguna correlación con las otras pruebas. Los psicólogos no sólo estaban desconcertados, sino que empezaron a abrigar sospechas; sopesaban incluso la posibilidad de que Buck estuviese escondiendo algo. A un psicólogo se le ocurrió la teoría de que quizá Buck había estado en contacto constante cuando era muy pequeño con alguien que hablaba ruso y, para sostener su teoría, incluso escribió un folleto con el título «Estudio de un caso de efectos retroactivos de impresiones de lenguaje». El hecho de que fuera completamente imposible encontrar a nadie en la historia de Buck que hubiese hablado el ruso, le dejó completamente impasible.
Al cabo de algún tiempo, los mismos psicólogos, al darse cuenta de la indiferencia de Buck, empezaron a hablar delante de él del resultado de sus pruebas. Así supo exactamente cómo interpretaban las manchas de tinta que
hacía por el sistema Rorschach, el resultado de su MMPI[1] y su coeficiente de inteligencia basado en ocho pruebas distintas, el resultado inequívoco de su Examen Vocacional, su índice neurótico y su tolerancia de la ambigüedad. Todos indicaban un término medio aplastante.
Buck sonreía indulgentemente a los psicólogos. Se daba perfecta cuenta que su inteligencia no pasaba de lo corriente; tampoco se explicaba aquella facilidad extraordinaria para los idiomas. Pero no le preocupaba en lo más mínimo.
Al finalizar el año, Buck podía hablar el ruso y sus dialectos tan bien como cualquiera de los profesores del colegio.
Primero fue destinado a una sección del Pentágono en la cual se traducían los documentos militares rusos más importantes. Estos documentos provenían a veces de espías americanos que los habían conseguido personalmente o los habían comprado en los hormigueros de espías existentes en Hong-Kong, Berlín y Tánger. A veces sólo se trataba de largos artículos recortados de diarios militares rusos.
Buck desempeñaba su trabajo en el Pentágono en forma rápida y eficiente. Incluso los más expertos estaban asustados de la rapidez con que podía traducir las frases más difíciles.
«El sargento Buck es realmente un fenómeno en su especialidad», escribía su jefe refiriéndose a su trabajo. «No sólo posee un conocimiento inmejorable de la lengua rusa sino que cuando debe traducir una de esas nuevas frases de uso corriente que tanto abundan en ruso, su interpretación de las mismas es siempre correcta». Después de varios párrafos de la carta dedicados a alabar su capacidad, terminaba recomendándolo para recibir la enseñanza de oficial en términos más bien hostiles.
«Esta persona debiera ser enviada a la Escuela de Oficiales, porque su conocimiento extraordinario de dicho idioma pone en situación algo difícil a sus superiores, que deben tratarle como un vulgar soldado».
Buck se daba cuenta de que no era muy bien mirado por los otros miembros de dicha sección y sabía muy bien el porqué. Todos los demás sentían un vivo interés no sólo por el idioma ruso sino por la política rusa, su personalidad, su potencia militar, sus condiciones económicas e incluso las pequeñas habladurías de los rusos. En cambio, Buck ni siquiera trataba de ocultar que todo lo que se refería a Rusia le aburría soberanamente. Sentía muchísimo más interés por su «MG», un pequeño auto rojo de segunda mano que consiguió funcionara a la perfección; por una muchacha de acento meloso de Georgia, llamada Sarah, y por el «jazz» frío.
Había días en que todos los miembros de la sección estaban sumidos en un paroxismo emotivo porque algún miembro del Presidium o Consejo Soviético había sido privado de su cargo. Pasaban horas haciendo conjeturas sobre el significado que ello podía tener. Cuando le preguntaban a Buck su opinión, se contentaba con menear la cabeza diciendo: «Sin comentarios». No lo decía molesto; sencillamente, no le interesaba. En la sección se habló del resurgimiento y caída de los burócratas rusos, se especuló sobre su producción agrícola, discutieron violentamente sobre si Stalin había sido un buen marxista o sólo un oportunista. Esta indiferencia de Buck, empezó por desconcertarles un poco y luego se les hizo insoportable. Fuera de eso, la perfección con que traducía y el hecho de que fuese el único que no necesitaba el diccionario, contribuyó a disminuir sus simpatías.
Al cabo de un año de servicio en el Pentágono, Buck fue enviado a la Escuela de Oficiales. Salió con el grado de teniente segundo y la orden de incorporarse a una división de infantería que se hallaba en Alemania. Vendió su vehículo rojo con pena pero abandonó su puesto en el Pentágono con placer. Satisfecho de poder escapar a la tiranía que suponía para él aquel don inesperado de su facilidad para el ruso. Disfrutó de esos largos ejercicios, en el que, junto a su pelotón, avanzaba lentamente a través de los oscuros bosques de Alemania, sosteniendo sus rifles con la bayoneta de casi veinte centímetros, con el zumbido de los tanques precediéndoles, y de vez en cuando el ruido devastador de una pretendida mina que agregaba un elemento de emoción a las maniobras.
A veces, iba con otros miembros del pelotón a una ciudad próxima donde se emborrachaba con la buena cerveza alemana y comía cantidades asombrosas de distintas clases de salchichas. Sus ratos de ocio los dedicaba a cuidar un hermoso «Porsche» coupé que había comprado tan sólo por lo muy barato que le resultaba a un soldado americano y porque adoraba su bella línea. También escribía diariamente a Sarah. El «Porsche» era un verdadero dechado de perfección mecánica. Buck lo ajustó de tal forma que su funcionamiento era perfecto. A veces salía a probarlo, recorriendo las pintorescas e intrincadas carreteras, que pasaban a través de los bosques que cubrían las laderas de los montes cercanos. Le emocionaban los peligros que encerraban los abismos que se encontraban detrás de cada violenta curva, pero nunca forzaba el coche. Después de estas excursiones lo lavaba cuidadosamente, limpiaba el tapizado de cuero con un líquido especial, revisaba el motor y, después, lo cubría con un paracaídas rojo.
Al cabo de dos años de servicio, Buck fue licenciado del ejército, siendo repatriado en el mismo barco que su flamante «Porsche». Dos semanas después de haber desembarcado en Nueva York se casó con Sarah y empezó a trabajar como traductor en las Naciones Unidas. Dos años más tarde sólo dos cosas habían cambiado en la vida de Buck; tenía un hijo de cuatro meses, y había descubierto que existía la ciencia del Derecho.
Empezó a leer un libro de tesis sobre la ley de agravios que alguien había dejado olvidado en el gabinete de traductores del edificio de las Naciones Unidas y no pudo dejarlo hasta que lo terminó. Fue un descubrimiento que lo dejó aturdido. El derecho escondía algo simétrico, limpio y perfecto, lógico y majestuoso, casi sobrenatural en su certidumbre. Como si fuera un nuevo y complejo lenguaje extranjero, con su propio vocabulario, gramática y sintaxis. A Buck le pareció irresistible.
Sarah, que combinaba un bajo índice en su metabolismo con un rostro sumamente dulce y suaves modales, alentó a Buck a que persistiera en su naciente entusiasmo por la carrera de leyes. El único problema era cómo sostener a su familia y seguir los cursos en la Escuela de Derecho al mismo tiempo. A través de la red de traductores supo que había una plaza disponible en la Casa Blanca para un traductor de ruso. Un trabajo que tenía fama de ser fácil y que requería pocas horas. En realidad, su presencia allí sólo era requerida en el caso poco probable de que el Presidente tuviese que hablar directamente con algún ruso que no supiera inglés. La última persona que había tenido el empleo lo había ejercido durante cinco años, no había visto nunca al antiguo Presidente y se retiró aburrido cuando nombraron el nuevo. Buck envió su instancia solicitando el empleo y en las oposiciones sacó catorce puntos de ventaja a su contrincante más próximo.
Junto con Sarah, el niño y el «Porsche», marchó a Washington. Sarah empezó a instalar su hogar en Arlington, y Buck asistió a las clases nocturnas de la Escuela de Derecho de Georgetown. Durante el día, pasaba las horas de oficina enfrascado en sus libros de derecho o bien, ocasionalmente, echaba una ojeada al montón de documentos rusos que automáticamente llegaban a su oficina.
Un buen estudiante podía haber pasado sus estudios de derecho en cuatro años, desempeñando al mismo tiempo su trabajo fuera de la escuela, pero Buck no tenía prisa. Le encantaban sus clases y ejecutaba su trabajo pacientemente, en una forma parecida al joyero que quiere dar un toque determinado a una piedra preciosa. Sus profesores de derecho le consideraban inteligente, trabajador y sumamente cuidadoso del detalle, pero estimaban que carecía completamente de lo que ellos llamaban «imaginación legal». Una vez Buck preguntó a su profesor por qué sólo había obtenido la calificación de aprobado en un examen al que había contestado en forma extensa dando una serie de detalles complicados.
—Mr. Buck, estoy de acuerdo con usted en que su trabajo, quizás a primera vista, se merezca un sobresaliente —le había dicho el profesor, apoyándose en el respaldo de su asiento y frotándose los ojos—. Pero nuestro deber es formar abogados que tendrán que aplicar la ley; capaces de pensar rápidamente y de ajustarse a los continuos cambios jurídicos. Su respuesta es la contestación perfecta de un libro de texto. Yo no lo podía haber hecho mejor. Pero le falta calor, sentimiento hacia aquello que está detrás de la ley. Quizá, Mr. Buck, en realidad su vocación sea la de profesor de Derecho y no la de abogado.
A Buck le entusiasmó esa contestación. Lo que más le habría gustado era pasarse la vida sumergido en todos aquellos intrincados sistemas legales. Absorto lenta y metódicamente en ese puro placer de aquel que se sabe escogido, Buck estudiaba. Pasaban los cursos y Buck permanecía allí año tras año. Sabía que llegado el momento terminaría sus estudios y sería profesor de Derecho. Mientras tanto tenía una vida muy llena.
Su empleo en la Casa Blanca le quitaba poco tiempo. Al cabo de algunos años consideraba a la Casa Blanca como un lugar de estudio, una especie de refugio que, además, le proporcionaba un sueldo. Es verdad que había visto al Presidente, pero nunca por asuntos de trabajo. Durante el primer mes de su presidencia éste había entrado en la habitación de Buck para que le conociera, sentándose allí un rato. A Buck le impresionó la juventud del Presidente, su falta de empaque, la naturalidad con la que se sentó apoyando los pies encima de su escritorio y le hizo preguntas sobre su vida. Sólo más tarde Buck se dio cuenta que, tras aquellos modales un poco despreocupados y aquella aparente tranquilidad, se escondía una mente dura y analítica. Aquella visita agradable y sin protocolo había sido, en realidad, una especie de examen. Buck supo lo que había sucedido, pues el Presidente despidió poco después sin inmutarse a varios empleados de esos que no hacen nada, comunicándoles secamente que los despachaba por incompetentes; además se lo dijo directamente él mismo en vez de encargárselo a otro.
Sin embargo, a pesar de su fuerza de carácter, Buck tenía sus dudas. Consideraba que el hecho de ser heredero de una familia rica, haber entrado fácilmente en la política y haberse casado con una mujer hermosa no eran cualidades que le sirvieran para enfrentarse con sus adversarios de la Unión Soviética. La información recogida por Buck le indicaba que los dirigentes rusos eran duros hasta el extremo de la ferocidad, y estaban entregados a su misión hasta un punto inimaginable para un americano, especialmente para un americano de fortuna.
Las dudas que abrigaba Buck sobre la capacidad del Presidente hicieron que su trabajo demasiado fácil le pareciera más justificado.
Esta misma mañana Buck había terminado de revisar rápidamente los diarios Pravda e Izvestia y ya se preparaba a sumergirse con placer en uno de los ensayos de Maitland sobre la personalidad jurídica de las corporaciones. Abrió el libro y empezó a hacer pequeñas anotaciones al margen escribiendo algunas notas en su libreta de apuntes.
Buck estaba tan absorto que no oyó el agudo sonido que invadió la oficina durante varios segundos antes de que se diera cuenta de lo que se trataba. Nunca lo había oído antes, pero supo instantáneamente de dónde venía. En el segundo cajón de su escritorio había un teléfono rojo. Cuando le instruyeron sobre sus obligaciones le dijeron que ese teléfono sólo sonaría en casos de emergencia y que no debía usarlo para comunicaciones corrientes. Para el trabajo normal de oficina debía usar el teléfono negro situado sobre su escritorio. También le habían explicado que si alguna vez sonaba el teléfono rojo no sonaría con llamadas cortas e intermitentes, como un teléfono corriente, sino que emitiría un sonido largo y agudo hasta que él respondiera.
Algún encargado de la central telefónica de la Casa Blanca se había equivocado, pensó Buck. Hacía ya tres años que trabajaba en aquella oficina y el teléfono rojo no había sonado nunca hasta ahora. Buck estaba convencido de que ya no sonaría nunca. Abrió el cajón e instantáneamente el sonido se hizo más agudo.
En cuanto vio el teléfono rojo algo empezó a atormentarle en la memoria; sintió una fuerte sensación de malestar. Entonces recordó que el alto empleado que le dio posesión en la oficina también le había dado un diario en cuya tapa se leía: «Diario para el teléfono rojo», con instrucciones de indicar la hora exacta en que sonara el teléfono rojo… si es que sonaba. Buck no había visto ese diario desde hacía más de un año. Se le había extraviado entre los libros de derecho y los viejos ejemplares de Izvestia, revistas rusas y libretas. Empezó a buscar con ambas manos entre los montones de papeles sobre su escritorio, abrió el primer cajón y dio un vistazo a los tres cajones situados a la izquierda del mismo. No pudo encontrar el diario, se calmó un poco. Seguramente habían llamado por equivocación. No obstante, sacó una hoja en blanco y luego miró su reloj. Anotó la hora con grandes números negros en medio del rectángulo blanco: «10,32 m»
Ya más aliviado tomó el auricular.
—Mr. Buck, el Presidente al habla —decía una voz. No había error posible. Era una voz tranquila con acento nasal de Nueva Inglaterra.
—¿Quiere hacer el favor de dirigirse al refugio antiaéreo de la Casa Blanca tan aprisa como pueda?
—Sí, señor; yo… —dijo Buck y luego calló. En cuanto hubo pronunciado la palabra «sí», el Presidente colgó.