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15. La conferencia telefónica
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LA CONFERENCIA TELEFÓNICA
El teléfono colocado sobre el escritorio del Presidente sonó. La llamada era fuerte y persistente. El Presidente miró a Buck y enarcó las cejas. Buck tomó el teléfono.
Era Moscú.
La voz que habló primero era la de Kruschev.
En cuanto oyó su voz, un segundo sentido pareció ponerse alerta en la mente de Buck. Captaba perfectamente lo que Kruschev decía, pero presentía que había algo más tras sus palabras. Se dio cuenta de que la persona que hablaba era la misma de antes pero parecía haber cambiado y al terminar cada frase alzaba la voz de una manera peculiar y extraña.
Mientras iba traduciendo literalmente las palabras que escuchaba, escudriñaba desesperadamente en su mente, tratando de captar aquel algo sutil y significativo que se le escapaba.
—Contamos con pocas horas, señor Presidente —dijo Kruschev—. ¿Qué debemos hacer? Ha lanzado una ofensiva contra nuestro país sin ningún motivo ni provocación alguna. Usted asegura que se trata de un accidente, pero mientras tanto nos encontramos indefensos a su merced.
—No tanto, premier Kruschev —dijo el Presidente—. Tienen cientos de aviones e innumerables cohetes superatómicos para defenderse. Recuerdo muy bien que en uno de sus últimos discursos, pronunciado en Varsovia, hizo hincapié en la invulnerabilidad de las fuerzas soviéticas.
Kruschev gruñó asintiendo. Luego, bruscamente, suspiró en forma intempestiva.
Buck reconstruyó en seguida esas ideas deshilvanadas que pupulaban en su mente. Recordó un disco que había escuchado en el Colegio Mayor de Idiomas de Monterrey, interpretado por un campesino ruso, en el que éste expresaba su gran dolor y resignación precisamente en la misma forma: mediante un gruñido seguido por un hondo y largo suspiro. Le habían enseñado entonces que, aun cuando sólo hubiese empleado palabras y frases completamente corrientes, el hecho de que fueran acompañadas de aquel gruñido y del suspiro, significaba que la persona que hablaba estaba sumida en un gran dolor, en un dolor tan grande que era imposible encontrar palabras para expresarlo. No tenía nada que ver con la expresión de la voz misma, sino que las palabras iban rodeadas de una especie de hálito que surgía del fondo del pecho.
Buck alargó la mano buscando el bloc que tenía frente a sí y escribió rápidamente con letra clara y fuerte: «Kruschev se expresa como si estuviera muy apenado». El Presidente lo leyó al instante por el revés mientras Buck lo escribía. Cuando terminó de leerlo, trazó un fuerte círculo a su alrededor indicando que comprendía perfectamente.
El silencio en que quedó sumida la línea se hizo más tenso que nunca. El pequeño zumbido estático de la misma pareció crecer, chillándoles en los oídos. El Presidente empezó a dibujar en el bloc que tenía sobre la mesa. Trazó la punta de una flecha, luego siguió dibujando el extremo de la misma y entonces, completamente consciente de sus gestos, levantó el lápiz y lo mantuvo sujeto entre sus dedos índices; con la goma de un extremo enterrada en la yema del dedo izquierdo y la aguda punta de la mina enterrada en la del derecho. Sí, su pulso se mantenía firme.
Cuando Kruschev habló, a Buck le pareció que su voz sonaba como una campana trizada; la comparó al ruido de un relámpago rasgando la oscuridad, a una aguja pinchándole el oído, y no obstante, comprobó con extrañeza, que hablaba con suavidad.
—¡Qué ironía señores!; ahora aún nos queda tiempo y, sin embargo, dejamos que éste cuelgue vacío en nuestras manos sin hacer nada —dijo Kruschev. Sus palabras infundieron confianza a Buck. Ahora estaba seguro de que el dolor que sentía Kruschev era hondo y verdadero—. Hemos llegado a ese punto en que ya no podemos hacer nada. Qué pasará después no lo sé. Pero si las bombas caen sobre Moscú, se habrán acabado las vacilaciones y tiraremos contra ustedes.
Buck traducía con rapidez, pero el Presidente parecía escucharle abatido, con la cabeza un poco ladeada como si estuviera haciendo un cálculo difícil. Tras una pequeña pausa hizo una señal a Buck, como queriendo indicar que estaba preparado.
—¿Qué suerte han tenido, cómo han ido sus ataques contra nuestros bombarderos? —preguntó el Presidente.
—¿Suerte? Ninguna en absoluto —contestó Kruschev—. Misiones cumplidas, oh sí, muchas. Ochocientos sesenta de nuestros cazas supersónicos han estado persiguiendo cientos de blancos que repentinamente aparecieron en nuestros aparatos de radar. Ése sí que fue un momento difícil, señor Presidente. Un grupo de nuestros expertos estaba convencido de que sus hombres de ciencia habían encontrado la manera de disimular por completo el avance de sus bombarderos en territorio enemigo. Decían que todas aquellas lucecillas que parecían ser simples señuelos eran en realidad sus bombarderos. Me acosaron pidiéndome que contestáramos inmediatamente con todos nuestros cohetes atómicos y nuestros bombarderos.
—¿Por qué no lo hicieron? —preguntó el Presidente.
Buck le miró desconcertado; la pregunta le parecía demasiado brusca y antagónica, pero el Presidente hizo un gesto indicándole que tradujera.
—¡Ah, ésa sí que es una buena pregunta! —replicó Kruschev.
Buck se sintió de nuevo desasosegado, como si se le escapara alguna inflexión, una tendencia, un acento especial tras sus palabras. Sus frases eran fuertes e irónicas, pero su manera de decir era más bien evasiva.
—¿Por qué no lanzó una ofensiva? —dijo el Presidente, insistiendo en su pregunta.
Buck vaciló un momento. La palabra «ofensiva» en ruso tiene varios significados. Puede tomarse en el sentido de dudar de la virilidad de otro, usándose también para referirse a su acerbo egoísmo o incluso como una especie de reto. Buck miró al Presidente, sentía una creciente tensión, consciente de que debía transmitir lo que decía el Presidente con las palabras más adecuadas, pero sabía también que si no tenía tacto suficiente podría bastar para encender aquel genio de campesino, para que sus poderosos dedos apretaran el botón decisivo.
Buck se decidió al fin.
—¿Por qué no se defendieron contraatacándonos? —dijo, traduciendo así las palabras de su Presidente.
—No quise hacerlo en seguida, pues todavía me quedaba tiempo para decidir si sus declaraciones eran sinceras o no. Además, sabía que si lo hacía así todo habría terminado. Cuando un campesino entra en el campo político, señor Presidente, no por eso deja de tener intuición. Pero los militares están descontentos, y me imagino que los suyos tampoco se sienten muy felices. Sin embargo, siempre llega el momento en que es necesario hacer gala de sentido común… y esto ocurre tanto entre gente sencilla como poderosa.
El Presidente se dispuso a hablar, y el mismo Buck quedó sorprendido cuando alzó la mano instintivamente tratando de contenerle. En ese momento el dirigente ruso pensaba en voz alta y Buck intuyó que saldrían ganando si le dejaban hablar sin interrumpirle. El Presidente le miró y asintió con la cabeza.
—De los ochocientos sesenta cazas que despegaron, setenta, guiándose por su propio valor e intuición, atacaron a varios de sus «Vindicator» —siguió diciendo Kruschev, y tras una pequeña pausa añadió—: Pero sólo pudieron abatir a dos de sus bombarderos.
—¿Cuántas bajas? —indagó el Presidente.
—Muchas —contestó Kruschev—. De los setenta cazas que atacaron, unos sesenta y cinco fueron destruidos de una forma que no nos explicamos. La mayoría estallaron sencillamente en el aire, y a cambio de esto sólo pudimos abatir a esos dos bombarderos.
—Y de los otros cuatro, ¿qué? —preguntó el Presidente.
—La situación no nos permite ser optimistas —replicó Kruschev.
Entonces pasó algo increíble que incluso hizo dudar a Buck, pensando que quizás había oído mal. Kruschev bostezó en forma fuerte y audible. Buck miró al Presidente interrogante, y vio que éste también se había percatado de ello y había empalidecido al oírlo. Entonces, Buck recordó de pronto qué es lo que le había recordado aquel bostezo, reconstruyendo la escena en su mente. Se trataba de un ruso que conoció en Monterrey que bostezó también durante toda una clase de seminario… y se suicidó al día siguiente.
—Quizá caigan, quizá no —dijo Kruschev.
Ahora su voz sonaba fuerte y decidida, con el sello peculiar de siempre.
—Sólo el tiempo puede decirlo —añadió.
—No, no debemos dejar que el tiempo lo decida —dijo el Presidente con voz tan fría y calculadora que incluso Buck se alarmó—. Ofrecí ayudarles para que pudieran abatir a nuestros «Vindicator» y ustedes se negaron a ello. ¿Cuál es su respuesta ahora?
Kruschev vaciló. El Presidente había hablado en forma brusca y directa; su pregunta no podía ser más clara. Buck se mordió los labios nerviosamente. Se preguntó en seguida si Kruschev estaría haciendo lo mismo.
—Señor Presidente, estoy de acuerdo en que se ponga en funcionamiento la línea para que nuestro comando de Kiev pueda conferenciar con su gente de Omaha —dijo Kruschev en un tono que indicaba que su decisión era inmutable—. Si tenemos suerte, quizás todavía podamos acabar con esos «Vindicator». Espere…, iré a dar las órdenes pertinentes.
El Presidente tocó uno de los timbres que había sobre su mesa de despacho y apareció uno de sus ayudantes. En cuanto llegó le dio rápidamente las instrucciones necesarias para que se pusiera en funcionamiento la línea telefónica entre Omaha y Kiev. Buck se imaginó que Kruschev estaría haciendo lo mismo.
Kruschev se puso al habla de nuevo y a Buck le pareció que el tono con que el Presidente proseguía la conversación era completamente distinto al que empleara antes. Hablaba muy lentamente, como si no tuviera ninguna prisa.
—Premier Kruschev, ahora ya sabemos que los bombarderos soviéticos y los nuestros, y, es más, casi todos nuestros sistemas defensivos y mecanismos, son prácticamente idénticos. Pero aún quiero hacerle una pregunta: ¿qué clase de experimentos han estado haciendo desde sus centros militares y científicos acerca de nuestros aviones, mientras éstos volaban alrededor de su punto Límite-de-Seguridad?
—¡Ajajá!, ésta sí que es una buena pregunta —dijo Kruschev—. Me acabo de enterar de eso hará cosa de una hora.
Buck sentía cómo su lengua seguía traduciendo mecánicamente, pero en cambio notó que su mente había dejado de funcionar como si estuviera congelada. También observó la tensión del Presidente; los ojos le brillaban como los de una mangosta retorciéndose bajo los venenosos músculos de una serpiente cobra. Pero se dio cuenta también de que hasta cierto punto acababa de ganar una batalla difícil y crítica. Las palabras de Kruschev ahora eran las de un hombre que se encuentra en un punto crucial, con la mente hecha un torbellino. Los vocablos todavía eran los adecuados, y la sintaxis irreprochable; pero igual que un animal que entabla una desesperada lucha en el fondo de un callejón sin salida, así sus expresiones tenían el acento peculiar del que se enfrenta ante una calamidad irremediable.
—Sí, pero ¿cuál es su respuesta a mi pregunta? —dijo el Presidente.
Cuando Kruschev contestó, su voz era más firme y segura, pues su decisión estaba tomada.
—Señor Presidente, hace aproximadamente una hora me informaron del resultado de unos experimentos que se han estado haciendo de los cuales yo no tenía conocimiento —dijo Kruschev—. Estoy seguro, señor Presidente, que cosas como éstas también ocurren a veces en su país, ¿verdad?
—Desde luego, señor Kruschev —dijo el Presidente—. Me doy perfecta cuenta de que «no me doy cuenta» de muchas cosas —añadió con sorna.
Kruschev rió sin levantar la voz y luego dijo:
—Este experimento fue llevado a cabo por un equipo de expertos en radar, matemáticos, especialistas en cerebros mecánicos y en toda clase de armas —siguió diciendo—. Pudimos seguir su avance estratégico, conocer el lugar y número de aviones que tienen fijos en el aire, los que mantienen a punto de despegue y la marcha de todo su sistema, incluyendo el del punto Límite-de-Seguridad. Esto, en sí, no ofrecía gran dificultad, pero los hombres de nuestro Estado Mayor de Moscú habían recibido la orden, además, de estudiar la manera de llegar a discriminar entre un verdadero ataque y un vuelo rutinario a los puntos Límite-de-Seguridad. El resultado de sus observaciones nos indicó la línea sobre la cual se encontraban estos puntos Límite-de-Seguridad. Entonces establecimos en forma matemática la línea imaginaria de penetración que seguirían sus aviones en caso de tratarse de un ataque verdadero.
—¿Por qué me explica todo esto? —preguntó el Presidente, pero Buck, al observar su rostro, advirtió que ya sabía la respuesta. El Presidente había reasumido en parte la ofensiva.
—El resultado de los análisis efectuados hoy, señor Presidente, indicó que el lanzamiento de un ataque real podía ser inminente. Es posible que estuvieran en un error. Pero supusimos que la única manera de evitarlo era tratando de intervenir en sus frecuencias de onda interrumpiendo sus emisiones para que los bombarderos no pudieran recibir la señal de «ataque» por la línea Límite-de-Seguridad. Teníamos que hacer lo posible para que no cambiaran el sistema de control corriente de su Límite-de-Seguridad por una orden de ataque. Señor Presidente, quizá lo hayamos logrado. Pero ¿cómo saberlo?
—¡Dios mío! —El Presidente dejó escapar esta exclamación en una forma casi involuntaria—. ¡Pero qué ironía! Sí, se calculó toda la operación basándonos en nuestra completa confianza en la infalibilidad de nuestros sistemas de cajas control Límite-de-Seguridad. Lo que pasa es que ambos nos hemos fiado ciegamente de este maldito sistema.
—Así es, señor Presidente; y la trágica ironía de todo esto es aún mayor, pues no sabemos si nuestros esfuerzos por interrumpir sus emisiones han tenido éxito y si parte de la culpa recae sobre nosotros y, lo que es más grave, es que ustedes tampoco lo saben. Lo único que sabemos de una manera cierta es que esos bombarderos son vuestros y que se dirigen a atacar a Moscú. Bien, bien, no lo niego, quizá se deba a errores cometidos por ambos lados. Pero ¿qué hacemos ahora? ¿Qué? Señor Presidente, ¿qué hará para convencerme, así, rápidamente, de que sus aviones, al ser lanzados, se dirigían a una misión absolutamente inocente?
—Un momento, señor Kruschev —dijo el Presidente—. Sus mismas palabras indican en forma obvia que la culpa de todo esto no recae sólo sobre nuestros aviones. Los hombres de ciencia de su país también debían haberle informado de que tratarían de dañar nuestro sistema de comunicaciones. La culpa, si es que hay alguien que la tenga, sin duda recae sobre los dos.
—Señor Presidente, si no hubiese ocurrido todo esto no habría razón alguna para que yo le informara de que hoy emprendimos, quizás equivocadamente, lo admito, esa operación contra sus sistemas de comunicación —dijo Kruschev—. El hecho de que un equipo de científicos absolutamente desconocidos hayan cometido un error de cálculo, carece en absoluto de trascendencia. A los ojos del mundo su país ha atacado a la Unión Soviética sin provocación alguna y sus aviones pueden incluso llegar a destruir Moscú. ¿Se imagina que en la India o Thailandia, o en el Japón, o en África o Europa creerán que algo tan monstruoso se deba a nuestra pequeña interferencia en sus servicios? No. Nadie, nadie lo creerá. Y lo que es aún más grave, ni uno solo de los habitantes de Rusia tolerará ni por un momento que ustedes destruyan Moscú sin que les demos su merecido. Olvídense de los errores mecánicos, de las emboscadas y controles; ustedes están de acuerdo en que el error fue originado por ustedes mismos. En cambio, seremos nosotros los que sufriremos las consecuencias.
—¿A qué viene todo esto, señor Kruschev? —preguntó el Presidente.
—Me hallo ante un terrible dilema, señor Presidente —y su voz realmente denotaba su desesperación—. Estoy completamente dispuesto a ordenar que todos nuestros aparatos ofensivos entren en acción. Es más, pienso dar la orden inmediatamente a menos que ustedes puedan persuadirme de que sus intenciones no eran realmente hostiles y de que todavía queda alguna esperanza de restablecer la paz.
—Me extraña que sus expertos no hayan podido informarle de que di la orden a todos los bombarderos americanos de regresar a sus bases y aterrizar —dijo el Presidente—. Ni uno solo de nuestros aviones, descontando los del Grupo 6, se halla preparado o preparándose para atacar. ¿Cree que la situación sería ésta si en realidad se tratara de un plan completo de guerra total?
—Mis observadores militares me han comunicado eso también —dijo Kruschev, y su voz denotaba cansancio—. Así, a primera vista, parece que sean inocentes, pero ¿cómo saber si esto es lo único que realmente está ocurriendo en este momento? ¿Qué otros planes secretos tienen escondidos bajo el brazo? ¿Sobre qué otro punto pueden dejar sentir el peso de sus sistemas electrónicos?
—No tenemos ningún plan preparado —dijo el Presidente—. Ustedes mismos pueden verificarlo y oirán cómo doy de viva voz instrucciones radiofónicas a los submarinos «Polaris», diciéndoles que no disparen sus proyectiles, y que ni tan sólo los preparen a menos que reciban una orden directa mía de «ataque». —Lo decía en tono de súplica pero con una seguridad tan absoluta que tenía que ser evidente hasta para el mismo Kruschev—. Además, no puedo garantizarle en forma absoluta que no se produzca de nuevo un fallo mecánico y esto lo sabe usted tan bien como yo, porque tampoco puede garantizármelo a mí.
Se oyó un fuerte suspiro. Y luego, a través de la larga línea telefónica, llegó esta sola palabra:
—No.
Al oírlo, algo parecido a un gemido salió de la garganta de Buck. Hizo un signo con la mano al Presidente, indicando que no podía pedirse más. Kruschev había cedido en todo.
—Premier Kruschev, me parece que sería prudente que se trasladara a un lugar apartado de Moscú para que su persona no corriera peligro —dijo el Presidente—. Ello nos permitirá seguir nuestras negociaciones, incluso suponiendo que llegue a ocurrir lo peor y que los bombarderos lancen sus proyectiles sobre Moscú. ¡Ruego a Dios que esto no ocurra, pero puede ocurrir!
—Ya he tomado las medidas necesarias para trasladarme en helicóptero con mi estado mayor a otro punto —contestó Kruschev con firmeza, en un tono duro de voz—. Moscú no será evacuado. No hay tiempo material de hacerlo. Aquí lo tienen, a punto de ser inmolado inocente e indefenso. Si en realidad llega a ser destruido, señor Presidente, me parece que será bien poco lo que nos quedará por discutir.
—Me doy perfecta cuenta de ello —replicó el Presidente—, pero estoy dispuesto a hacer todo lo que esté en mi poder para demostrarles nuestra buena voluntad. Sólo le pido que no tome una decisión irrevocable. En cuanto usted lance sus bombarderos y cohetes atómicos y armas nucleares todo habrá terminado. No, no podré evitar que mi gente dispare todos nuestros armamentos contra ustedes y esto sería el aniquilamiento total de ambos.
—Lo sé, señor Presidente —dijo Kruschev—. Hemos hablado de todo ello en ocasiones anteriores; y hemos sopesado esto en nuestras mentes una y otra vez, pidiendo a nuestros expertos que nos ayudaran a resolver el dilema. Pero si Moscú llega a ser devastada… —Y al pronunciar estas palabras su voz se impregnó de rabia impotente—. ¿Qué quiere que haga? ¿Que me quede tranquilo mirando como aniquilan una de nuestras ciudades más grandes, y luego venga tranquilamente a pedirle, sombrero en mano, que reanudemos nuestras conversaciones ginebrinas sobre la paz? Sería completamente absurdo, yo no soy un hombre de esta índole, y a mi gente tampoco les gusta aparecer tan absurdos.
—Concuerdo en gran parte con usted —dijo el Presidente. Y, por primera vez, Buck vio reflejado en el rostro del Presidente la tremenda tensión física y el dolor que sentía.
Hubo un largo momento de vacilación y Kruschev habló de nuevo.
—Volveré a hablar con usted en cuanto me halle fuera de Moscú —dijo Kruschev.
El tono de su voz ahora era completamente inexpresivo, sin matices.
La comunicación se cortó y la línea quedó muerta.
—Señor Presidente —empezó a decir Buck—, permítame felicitarle por la forma magnífica en que condujo la conversación. Pero ¡si incluso llegó a admitir la posibilidad de que se tratara en parte de su propio error y…!
Buck calló de repente al darse cuenta de que el Presidente no le escuchaba. Su rostro distendido mostraba ahora toda su desesperación. Miraba fijamente su bloc de notas como si tratara de descifrar un difícil enigma que se escondía tras aquellos signos cabalísticos trazados al azar.
De nuevo Buck tuvo la sensación de que algo muy significativo se le había escapado, de que tras las palabras literales había algo mucho más importante.
—Lo ha destrozado, señor Presidente —dijo Buck—. ¡Estaba realmente desolado!
El Presidente alzó los ojos. Los tenía ensombrecidos, pero a pesar de ello las pupilas le brillaban rebosantes de dolor, cual pequeñas y oscuras lagunas.
—Está abatido pero no deshecho, Mr. Buck —le dijo el Presidente—. Sufre porque siente que los han puesto de espaldas contra un muro, pero no está derrotado. A menos que podamos demostrarle de una manera fehaciente que se trata de un error involuntario, absolutamente en contra de nuestros deseos, lanzará un aniquilador ataque sobre nosotros.
Buck sintió que se le hacía un nudo en el estómago. Con las prisas de la traducción y lo apasionante de aquellas negociaciones, había olvidado por un momento la magnitud del desastre que se avecinaba. Miró interrogante al Presidente.
—¿Y qué haremos ahora? —susurró Buck.
El Presidente le miró a su vez por encima del escritorio, meneando la cabeza como tratando de aclarar sus ideas.
—Haremos lo que no tenemos más remedio que hacer —dijo arrastrando las palabras—. Llame al Pentágono y pida al general Black que venga.
Mientras Buck cumplía sus órdenes, el Presidente se echó hacia atrás, apoyándose en el respaldo de la silla. Se tapó los ojos con las manos y cerró fuertemente las mandíbulas, sintiendo los dientes apretados y los músculos endurecidos en las mejillas. Entonces trató de descansar un poco, relajándose.
—El general Black al habla, señor Presidente —dijo Buck.
El Presidente estiró la mano cogiendo el teléfono sin abrir los ojos.
—Blackie —dijo el Presidente, con voz queda y firme—. ¿Te acuerdas de la historia de Abraham del Viejo Testamento? El viejo Bridges nos la contaba en sus prédicas por lo menos seis veces al año durante el oficio en la capilla del colegio.
«¡Oh, Dios mío! Se está volviendo loco», pensó Buck, «su cerebro se partirá en dos y el mundo entero estallará al mismo tiempo». De una manera inconsciente empezó a mirar a su alrededor como buscando por donde escapar, esperando ver aparecer una puerta milagrosa por la cual salir de allí. Entonces se oyó la voz del general, tan pausada que infundía confianza.
—Sí, señor, me acuerdo —dijo Black.
Estaba en una posición un poco absurda, sosteniendo el teléfono rojo por encima de Swenson. Los otros siguieron discutiendo sentados alrededor de la mesa sin dejar de mirar al tablero. A Black, de pronto, le pareció todo demasiado irreal. Casi simultáneamente pensó también que quizás hubiera sido mejor llamarle por su nombre de pila, pero no pudo hacerlo. La media docena de veces que se había encontrado con el Presidente durante los últimos años, éste siempre le había saludado con afecto llamándole «general Black», sonriendo al decirlo. Pero ahora notó un cambio en la voz del Presidente. Como si recordando aquellos tiempos de su juventud se hiciera más íntimo.
—Blackie, piensa en la historia de Abraham, no dejes de hacerlo durante las horas que vendrán —repitió el Presidente, y, luego, tras una pausa preguntó—: ¿Betty y los niños están en Nueva York?
—Sí —contestó Black sencillamente, sintiendo que un terrible presentimiento le invadía.
—Necesito tu colaboración —le dijo el Presidente con voz pausada—. Ve hacia Andrew Field inmediatamente. Allí recibirás instrucciones. Las cosas andan mal, Blackie. Quizá tenga que pedir mucho de ti.
—Haré lo que me diga —dijo Black. Hizo una pequeña pausa, pues sabía que para el Presidente todo aquello era torturante y luego añadió—: Y usted haga lo que crea que tenga que hacer.
Casi inmediatamente Black sintió una imperiosa necesidad de llamar a Betty, de hablarle, y también a los dos muchachos. Pero sabía que esto era absolutamente imposible. Entonces sintió temor, un temor vago e inexplicable. Recordó que Betty había ido a pasar el día con una amiga al otro extremo de la ciudad. No estaría en casa hasta tarde, los muchachos estarían solos. Esto aumentó la intranquilidad de Black. Durante breves segundos, el vivido recuerdo de aquel «sueño» invadió su mente. No, ya no podía pensar en ello. Ahuyentó todos aquellos pensamientos y se dirigió rápidamente hacia la puerta.
Después de colgar el teléfono, el Presidente se quedó inmóvil un largo minuto, con los ojos cerrados. Entonces quitó rápidamente los pies de encima del escritorio y miró fijamente a Buck.
—Diga a la central que me ponga con nuestro embajador en Moscú y también con el delegado soviético en las Naciones Unidas —dijo el Presidente quedamente—. Conecte la línea directamente con la que nos comunica con Kruschev. En cuanto podamos hablar con Kruschev haga la conexión.
Mientras Buck hablaba transmitiendo sus instrucciones, fijó la vista en el Presidente. Su rostro había sufrido una extraña transfiguración. Relajado en parte y más tenso en otras, permanecía inmóvil, con los ojos cerrados. Si no lo hubiese conocido le habría sido difícil adivinar la edad del Presidente ni lo que significaba aquella expresión. Pero en aquel momento Buck se dio cuenta de que su rostro reflejaba el dolor tantas veces repetido ante la inevitabilidad de la última y mayor tragedia humana. La que no tiene nada que ver con las grandes y pequeñas desventuras diarias del hombre sino que forma parte de su misma condición humana.
Peter Buck sintió una imperiosa necesidad de llorar como no la había sentido desde los catorce años.