Fail Safe

Eugene Burdick · Capítulo 24 de 24

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23. El sacrificio de Abraham

23

EL SACRIFICIO DE ABRAHAM

 

Era un día muy espléndido para volar. Black se mantenía en el aire trazando largas órbitas, deslizándose suavemente a quince mil metros sobre Manhattan. Unos cien metros más abajo flotaban unos cúmulos blancos y esponjosos que contrastaban con las líneas firmes y plateadas de los ríos Hudson y East River. Las casas, las plazas y las calles de Manhattan aparecían claramente delimitadas formando bloques y rectángulos. Incluso desde esta altura se adivinaba el suave verdor del Central Park, esa gran área de hierba enclavada en aquel bosque de cemento. Black recordó que hacía pocos días que había estado allí con los chicos; llevaron la pelota y los palos de béisbol. Apartó bruscamente aquellos recuerdos, revisándolo todo de nuevo: «Estaba en orden. Las bombas preparadas, a punto para ser lanzadas. La tripulación en sus puestos, pues ya les había dado las instrucciones más precisas en forma somera por el altavoz».

Black disfrutaba a bordo de los aviones. Le gustaba aquel movimiento de las palancas de mando, sentir que controlaba toneladas de maquinaria complicada y precisa. Incluso tuvo que admitir que esa agradable sensación de poder aumentó cuando fueron agregadas las bombas termonucleares a los bombarderos que él dirigía. Era un culto a la fuerza, una especie de amor infantil por aquel juguete fuerte y poderoso. Pero, por encima de esto y, como ulterior justificación, se hallaba su hondo sentido del deber. Durante años Black sintió que al volar defendía a su país, y no se equivocaba. Le habían asegurado en múltiples ocasiones que esas bombas no serían lanzadas a menos que los Estados Unidos fuesen agredidos primero. Black sabía que en ese caso estaría dispuesto a atacar al enemigo sin una queja, poniendo en ello toda su pericia, su confianza en sí mismo y su inteligencia. Además, le habían asegurado también que era imposible que se produjese una guerra por accidente. Esto era, precisamente, lo que le atormentaba, porque siempre tuvo la certeza de que se equivocaban, de que podía ocurrir ese accidente, y no había hecho nada al respecto. Ahora le habían escogido, precisamente a él, para restablecer de nuevo el equilibrio. Black veía en ello un sentido algo irónico de la justicia que le atraía en cierto modo y hacía más llevadera su misión.

Todo estaba a punto y tranquilo. Conectó la radio de corto alcance para comunicarse con el resto de la escuadrilla, pidió que cada uno de los tripulantes revisara de nuevo sus instrumentos y no tardó en recibir la señal indicando que todo estaba conforme. Entonces les habló con voz lenta y tranquila:

—No sé si tendré tiempo pero quisiera decirles unas cuantas cosas. Les he hablado de la importancia de esta misión pero quiero añadir algunos comentarios de tipo personal. Creo que todos ustedes saben que soy de Nueva York y que toda mi familia se encuentra allí. —«Del primero al último», se dijo Black sarcásticamente, burlándose cruelmente de sí mismo. Había querido hablarles para que todos comprendieran que no había escapatoria, para que supieran que estaba dispuesto a sacrificarlo todo y que, a pesar de ello, no titubeaba.

—También debo darles una última orden: ninguno de ustedes soltará las bombas: lo haré yo solo. Lo he organizado en tal forma que puedo hacerlo sin necesidad de ayuda.

Black hizo una pausa. Sentía que una extraña pesadez iba penetrando lentamente en su mente, o quizás era en su corazón o en su alma, como si le estuviesen anestesiando. Sus vividas impresiones de Nueva York y de su familia se hicieron borrosas y, luego, casi desaparecieron del todo. Se sintió aliviado. La parte de su mente que todavía seguía consciente le hizo comprender que era una forma de autoprotección.

—Repito: asumiré el control directo del avión y lanzaré las bombas —dijo Black—. Ninguno de ustedes tocará ni un solo instrumento durante la descarga. Pueden mirar o cerrar los ojos si quieren. Ustedes son mis cómplices y no sería honrado con ustedes si les dijese lo contrario. Pero el acto decisivo será ejecutado por mí. Estoy convencido de que no hay otro camino, de que es la única manera posible de mantener la paz. Por favor, confirmen la orden.

Esperó que llegara la conformidad de todos y, mientras tanto, miró por última vez aquel paisaje magnífico y familiar. Más bello aún en su completa inocencia. Todos esos millones de seres que habitaban en la gran ciudad estaban ocupados en su quehacer diario, en sus distracciones, ignorando por completo lo que les acaecería. «Es mucho mejor así», pensó Black.

Una voz interrumpió a las demás. Era el Presidente.

—Blackie, ha llegado el momento. Las bombas acaban de caer sobre Moscú. Suelte las cuatro bombas de acuerdo con el plan preestablecido. Confirme dentro de tres minutos.

Black se volvió para mirar a los hombres que estaban junto a él y vio como alzaban los ojos lentamente al cielo. Movió la palanca de mando para realizar su última maniobra. Comprobó el funcionamiento de sus aparatos, abrió el panel de control que tenía frente a sí, acercando su dedo índice con decisión hacia el botón que tenía grabado el número 1, lo apretó firmemente durante tres segundos, levantó el dedo, lo acercó al botón número 2 y también lo apretó durante tres segundos. Entonces se irguió y buscó con la mano en el bolsillo de su pantalón. Ahora comprendía quién era el matador, cómo sería la última estocada. El sueño había terminado. Tomó con mucho cuidado aquel pequeño objeto escondido en el fondo de su bolsillo. Hizo un gesto rápido con la mano y, casi al mismo tiempo, su mano derecha agarró espasmódicamente el brazo izquierdo del copiloto que estaba a su lado. Black cayó violentamente hacia delante de su asiento.

El mayor James Callahan dejó de rezar asustado. Al sentir que el general Black le agarraba fuertemente del brazo, se volvió rápidamente y vio como éste caía del asiento.

Los ojos de Black giraron bruscamente. Ahora tenía los ojos en blanco, de un blanco purísimo, muy hundidos en sus órbitas. Luego, casi instantáneamente, la fuerte cabeza de trazos irregulares cayó hacia atrás, doblando el cuello inerte.

El mayor Callahan se dio cuenta en seguida de lo ocurrido. Con los ojos rebosantes de lágrimas se inclinó y tomando la mano derecha, inerte y sin vida, de Black, la apretó fuertemente contra sus húmedas mejillas, después la colocó cuidadosamente sobre la guerrera de Black. En seguida se irguió, tratando de recobrar el dominio de sí mismo, con la vista fija hacia adelante, y buscó la manecilla roja que establecía la comunicación con la Casa Blanca.

—Señor Presidente, habla el mayor Callahan. Nuestra misión ha sido cumplida. Las cuatro bombas acaban de estallar a mil seiscientos cincuenta metros sobre Nueva York. El general Black ha muerto, se ha suicidado con un estilete.

—Gracias, mayor, así lo esperaba.

Todavía oía la voz del Presidente, pero ya no le hablaba a él sino a uno de sus secretarios adjuntos.

—Preparen inmediatamente un acta pidiendo al Congreso que conceda la Medalla de Honor al general de brigada de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos Warren Abraham Black. Quiero que en la citación pongan sencillamente: «Por haber realizado el máximo acto de valor y por su supremo concepto del deber hacia su país y hacia la humanidad entera».

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