Fail Safe

Eugene Burdick · Capítulo 23 de 24

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22. La conferencia telefónica

22

LA CONFERENCIA TELEFÓNICA

 

La complicada línea telefónica que unía a Moscú, Kruschev, las Naciones Unidas y la Casa Blanca, seguía funcionando, pero las palabras pronunciadas a través de ella eran ya muy pocas.

La confusión y el aturdimiento de Buck habían desaparecido, ahora sentía que en el curso de estas pocas horas se había endurecido. Al encontrarse en forma tan súbita ante aquella situación inesperada, la tensión casi incalculable a la que estuvo sometido le había llenado de zozobra; sintiéndose invadido por sentimientos contradictorios. Pero ahora había aprendido a aquilatar los hechos. Se sentía más maduro y seguro de sí mismo. Sin pensar en nada concreto sabía que, ocurriese lo que ocurriese, su vida sería diferente desde este día.

Casi sin darse cuenta empezó a pensar en las distintas maneras de abordar la situación que se aproximaba mientras seguía mirando al Presidente: «¿Qué hubiera pasado si la situación se hubiese producido a la inversa, si en vez de esto fuesen los aviones soviéticos los que estuviesen a punto de lanzar una bomba por error sobre los Estados Unidos? ¿Habría pedido también el Presidente a los rusos que sacrificaran una de sus ciudades?».

Era probable que también lo hubiese hecho, meditó Buck, aunque gran parte de la misma tradición americana y el carácter político en que se basaba, hubiese considerado la posibilidad de darles tiempo suficiente para probar que el ataque había sido accidental. Pero ¿cómo probar un accidente de ese tipo? Era algo imposible de hacer. Sin embargo, la mentalidad soviética, agudizada por su entrenamiento marxista, siempre pronta a interpretar los hechos, sospechando lo peor de las intenciones de sus contrarios, no podía esperar.

—Señor Presidente, la actividad aquí en Moscú transcurre en una forma completamente normal, como si fuese un día cualquiera —dijo el embajador americano.

Buck tuvo la impresión de que el embajador quería decir algo y que esas palabras eran sólo una manera de pedir permiso. El Presidente se inclinó un poco hacia delante con un gesto comprensivo.

—Sería inútil en estos momentos dar la señal de alarma, Jay —dijo el Presidente—. Nos queda tan poco tiempo que sólo serviría para producir una histeria colectiva, sin que se salvara ni una sola vida.

—Lo que dice el Presidente es exacto, señor embajador —dijo Kruschev, y el tono de su voz era muy tranquilo—. He dado orden de que entren en funcionamiento solamente los grupos de defensa que tienen alguna posibilidad de abatir a los «Vindicator». También he dado la orden de que cesara el estado de alerta en nuestros centros de proyectiles atómicos; no quiero correr el albur de que alguno de nuestros tenientes se las quiera dar de «listo» y se le ocurra arreglar las cosas por su cuenta.

Eran las palabras que esperaba el embajador.

—¿Y qué piensa hacer, premier Kruschev, para que no vuelva a repetirse una tragedia tan terrible como ésta en el futuro? —preguntó el embajador.

—A pesar de todo, no será la más terrible de todas las tragedias que hemos sufrido —dijo Kruschev. No obstante, el tono de su voz no era agresivo—. En el curso de la Segunda Guerra Mundial la pérdida de vidas fue mayor que la que sufriremos si esos dos bombarderos hacen que Moscú desaparezca. Pero lo que es enloquecedor es que mueran tantos de un solo golpe para nada —hizo una pausa como si le faltara aire, respiró hondo y luego continuó diciendo—: y sobre todo, por error. Estas últimas horas han sido y continúan siendo muy difíciles para mí, señor embajador, y el hecho de que esté hablando con usted y con el embajador Lentov que probablemente morirán dentro de unos minutos, las hacen más dolorosas todavía. He aprendido algunas cosas durante estos momentos pero no tendré tiempo de decírselas todas. Sin embargo, le diré que estoy convencido de que habíamos llegado a un punto en el transcurso de estos diez últimos años en que nuestras luchas e ideas políticas habían sobrepasado la raya de lo racional, y ambos habíamos llegado a ser prisioneros de nuestras máquinas, de nuestras suspicacias y de nuestra fe ilimitada en los argumentos basados solamente en la lógica. Estoy dispuesto a trasladarme a los Estados Unidos para llegar a un acuerdo mutuo sobre el desarme. Antes de dejar mi puesto en el gobierno, tomaré las medidas necesarias para que sea imposible que se repita lo que está ocurriendo hoy.

—Premier Kruschev, me sentiré honrado de darle la bienvenida y prometo tomar las mismas medidas respecto a nuestras fuerzas armadas — dijo el Presidente—. Usted ha puesto el dedo en el mismo centro de la llaga que ha estado atormentando mi mente durante todos estos instantes.

El Presidente hizo una pausa y la línea pareció sumirse en una calma casi irreal.

—¿Premier Kruschev? —había una nota interrogante en la voz del Presidente.

—¿Sí, señor Presidente?

—La crisis producida, este accidente o error, como quiera llamarle…, en cierto modo, se debe a un factor fuera del control humano. El error se produjo por una causa impersonal, ajena a la voluntad del hombre, por lo tanto sería una equivocación acusar a nadie de ello —dijo el Presidente.

—Estoy de acuerdo, señor Presidente —dijo Kruschev tras una breve pausa.

Buck notó que el Presidente hizo un signo de asentimiento al oír estas palabras, como si realmente la persona con quien hablaba se hallase junto a él. Después agregó, como si estuviese pensando en voz alta:

—Precisamente el hecho de que el factor humano tenga tan poco que ver con el hecho mismo de que se baya producido esta tragedia, es lo que más me preocupa. Como si el hombre ya no contara y esos conmutadores le hubiesen arrebatado su puesto de dirección. Nosotros mismos, usted y yo, hemos estado luchando denodadamente todas estas horas, no uno en contra del otro, sino simplemente tratando de dominar este sistema complicado y rebelde, buscando la manera de impedir que los mismos sistemas creados por nosotros acabasen por destruir el mundo entero.

—Es cierto, señor Presidente. El mundo en que vivimos estuvo a punto de perecer abrasado, sin que ni uno solo de sus habitantes pudiese intervenir para impedirlo.

—Además, lo más tremendo es —continuó diciendo el Presidente— que ni tan sólo llegamos a imponer esos sistemas en forma deliberada. Primero los estudios hechos nos demostraron que técnicamente era posible instalarlos, así que procedimos a fabricarlos. Luego, poco a poco, en una forma casi imperceptible, fuimos dándoles más y más tareas de control, encargándolos de realizar las órdenes de forma automática y, sin darnos cuenta, llegamos tan lejos que esos mismos sistemas inventados por nosotros nos han llevado a la situación en que hoy nos encontramos.

—Sí, ambos pusimos demasiada fe en nuestros sistemas, demasiada. —La voz de Kruschev pareció sumirse de nuevo en un hondo pesimismo—. No hay que confiar nunca del todo en ningún sistema, señor Presidente, tanto si se basa en aparatos como si se basa en seres humanos… —no terminó la frase y su voz fue debilitándose como si se hallase perdido en sus propios pensamientos.

—No debimos confiar en nuestro sistema pero lo hicimos —dijo el Presidente—. Tanto ustedes como nosotros dimos demasiada importancia a nuestro magnífico sistema Límite-de-Seguridad, y esto ha sido la causa principal de que nos hallemos tan desamparados ante su fallo.

Buck traducía muy aprisa. Los pensamientos del Presidente parecían surgir en forma atropellada, como si el chorro de ideas sugeridas entorpeciera sus palabras; paraba un momento y luego empezaba a hablar de nuevo. Lo hacía como si, de repente, diera rienda suelta a las preocupaciones largo tiempo contenidas. De pronto, Buck pensó que ahora aquellos dos seres parecían comprenderse incluso antes de que él tradujese sus palabras. La crisis compartida por ambos parecía haber formado un lazo de comprensión intuitiva entre ellos. Buck observó al Presidente mientras éste coordinaba sus ideas, buscando la palabra adecuada para expresarlas y entonces Buck se percató de algo que en cierto modo era extraño. Después de lo ocurrido habían muchas cosas, problemas hondos e importantes que, de ahora en adelante, el Presidente podría tratar solamente con Kruschev, pues éste sería el único que los comprendería. Buck se dio perfectamente cuenta de esto y al mismo tiempo percibió que, en cierto modo, los dos agradecían aquellos momentos de respiro durante los cuales podían comunicarse sus ideas; abrían una pequeña brecha en la terrible soledad en que se hallaban sumidos en los altos cargos que ocupaban.

El Presidente seguía hablando:

—Lo ocurrido hoy ha sido una calamidad impuesta por el imperio de la máquina. Y me parece que tanto a usted como a mí nos fue dado leer en el futuro. Más vale que aprendamos bien esta lección, pues, con el tiempo, todas nuestras formas de vida se verán invadidas por estos sistemas mecanizados.

—Es cierto —dijo Kruschev sencillamente—. ¿Me pregunto cuál será el papel que desempeñará el hombre en el futuro? Quizá debamos cambiar incluso nuestro concepto del hombre: «Los sistemas mecánicos proponen; pero el hombre dispone».

—Sí, esto es una de nuestras esperanzas pero ni tan sólo podemos estar seguros de ello hoy en día. Debemos hallar la manera de controlar estos sistemas en una forma realmente efectiva, pues representan una nueva y terrible forma de poder —de despotismo incluso— y debemos encauzarlos de una manera constitucional.

—Señor Presidente, sin duda sería un tipo de constitución que yo también aprobaría. Pero éste es un problema que sobrepasa el campo científico y entra de pleno en el político. —Rió suavemente—. Son sistemas demasiado importantes para que los controlen los matemáticos solamente.

Se produjo un pequeño silencio, unos veinte segundos quizás. El Presidente se rebullía inquieto en su silla.

Entonces ocurrió lo que esperaban en forma rápida, casi imprevista.

—Señor Presidente, me parece oír explosiones hacia el noroeste —dijo el embajador americano—. Parecen cohetes que estallan en el aire. El cielo aparece luminoso, brillantemente iluminado por las explosiones; hermoso como un 4 de Julio.

Casi instantáneamente su voz se quebró, ahogada por una especie de chillido gutural, que hubiese emitido un animal salvaje y extraño. El «chirrido» aumentó haciéndose estridente, duró unos cinco segundos y después, abruptamente, se produjo el silencio.

Buck percibió un ruido extraño que irrumpía súbitamente en aquel silencio: era el aire emitido simultáneamente por unos cincuenta hombres aproximadamente que, de pronto, se acordaron que tenían que seguir respirando. Al mismo tiempo, desde un lugar indeterminado, se oyó perfectamente un sollozo apagado y lejano.

—Señores, debemos suponer que Moscú ha sido destruido —dijo el Presidente. Hizo una pequeña pausa y se quedó mirando a Buck con los ojos muy abiertos, incapaz de hablar, como si todavía esperase un milagro. Luego reunió todas sus fuerzas y dijo—: Me parece que ha llegado el momento de ponerme en contacto con el general Black, que se encuentra volando sobre Nueva York.