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Eugene Burdick · Capítulo 12 de 24

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11. Los minutos decisivos

11

 

LOS MINUTOS DECISIVOS

 

Las 10,39

—No hay nada más que informar, señor Presidente —dijo el general Bogan. El coronel Cascio, a su lado, miraba fijamente el Gran Tablero—. El Grupo 6 se encuentra a 99 kilómetros de su punto Límite-de-Seguridad y continúa avanzando sobre lo que parece ser una línea de ataque.

—¿Saben qué puede haberles ocurrido? —preguntó el Presidente.

—No, señor, no lo sabemos —contestó el general—. Todavía hay la posibilidad, una posibilidad un poco remota, de que se hayan guiado por un error de cálculo en su línea de ruta y viren de un momento a otro.

—¿Han cometido algún error de esta envergadura alguna vez antes? — preguntó el Presidente sin darle mucha importancia.

—No, señor —dijo el general—. Pero considerando que viajan a una velocidad de más de 2575 kilómetros por hora, un pequeño error puede desviarles considerablemente.

—No lo tomemos en cuenta —dijo el Presidente—. ¿Por qué razón no se ha podido poner todavía en contacto con ellos por radio?

—Aún no lo sabemos, señor Presidente —dijo el general—. Hemos tratado de comunicarnos por todas las frecuencias de onda disponibles y nos ha sido imposible.

—¿Por qué? —dijo el Presidente con una nota de impaciencia.

—Primero, porque quizás haya disturbios atmosféricos considerables; el servicio meteorológico nos dice que hay una gran tormenta eléctrica precisamente detrás de los «Vindicator» —agregó el general—. Segundo, es probable que los rusos estén interceptando nuestra recepción normal.

—Pero ¿por qué diablos cree que podrían hacerlo? —preguntó el Presidente.

—No lo sé —contestó el general y, tras una pausa, prosiguió diciendo con lentitud, en un tono de voz poco convincente—: Hay una remota posibilidad de que sus cajas negras de Límite-de-Seguridad les hayan dado la señal de «ataque», y que los rusos nos estén interceptando y obstaculizando y por ello no podamos usar nuestro sistema de Control Positivo verbal.

—¿Hay alguna posibilidad de que sea así? —preguntó el Presidente vivamente.

El general Bogan hizo una larga pausa. Luego su voz pareció más tranquila:

—No, señor Presidente, la eventualidad de que ambos sistemas fallen al mismo tiempo es tan remota que no la creo posible. —Notó que el coronel Cascio le observaba fijamente y sintió que empezaba a roerle la desconfianza en una forma indefinida—. Bueno, casi imposible —agregó.

—Bien —dijo el Presidente—. Suponiendo que podamos restablecer el contacto por radio, ¿contestarán a mi orden de que regresen?

—Sí, señor —dijo el general—, siempre que podamos ponernos en contacto con ellos dentro de cinco minutos. —Luego hizo una pausa y prosiguió diciendo—: Sin embargo, si transcurridos esos cinco minutos sus cajas negras les siguen indicando «ataque», tienen la orden de no regresar, incluso si alguien cuya voz se parezca a la suya les da la orden. Seguramente comprenderá usted la razón de esto. El enemigo podría hacer que abortara fácilmente un ataque de verdad, con sólo tener alguien que pudiera imitar bien el timbre de su voz. Los tripulantes de los «Vindicator» deben obedecer el mecanismo de sus cajas Límite-de-Seguridad. No pueden actuar siguiendo las transmisiones de radio.

El general sintió algo parecido a un suspiro.

—Bien, déjeme que resuma todo esto —dijo el Presidente—. Por razones que nos son desconocidas, el Grupo 6 ha sobrevolado su punto Límite-de-Seguridad y ahora parece hallarse en vuelo de ataque dirigido hacia Rusia. No podemos ponernos en contacto con ellos por radio, pero hay una posibilidad todavía de que podamos hacerlo más tarde. ¿Cuál es su objetivo?

—Moscú —contestó el general secamente.

—¡Virgen Santísima! —exclamó el Presidente muy muy lentamente. Pronunció de nuevo estas palabras como si con ello quisiera sacudirse una terrible realidad. Durante un breve instante su voz parecía que entonara una plegaria, en un tono impersonal como el de un diácono. Cuando habló de nuevo, sin embargo, su tono era seguro y fuerte.

—Bien. ¿Qué medidas se pueden tomar?

—Si seguimos el «modus operandi» pertinente, lo único que podemos hacer ahora es dar orden a los aviones de caza «Skyscrapper» que se encuentran junto a los «Vindicator» en vuelo de que los abatan —dijo el general. La cabeza del coronel Cascio se movió como impulsada por un resorte y sus ojos se clavaron en él—. Los cazas tratarían primero de fijar la atención de los bombarderos directamente y hacerles cambiar de rumbo. Pero si esto fallara, los atacarían con cohetes y fuego de ametralladora.

Hubo un largo silencio en la línea y, luego, el Presidente dijo:

—¿Quién da la orden, general?

—Usted, señor Presidente.

—General, le pido que ordene a los cazas que empiecen la persecución del Grupo 6 —dijo el Presidente sin titubear—. Supongo que necesitarán unos minutos para esto por lo menos. Dígales que no hagan fuego hasta que reciban órdenes directas mías. Me gustaría que no lo hicieran hasta haber agotado todos los recursos.

Bogan y Cascio oyeron el «clic» que hizo el teléfono en cuanto el Presidente colgó sin esperar a que confirmaran su orden.

 

Las 10,41.-El Pentágono

Swenson entró en la habitación del Gran Tablero, acompañado por sus dos ayudantes. Ambos eran muy altos y hacían más notoria aún la extremada delgadez y baja estatura de Swenson.

Éste estuvo un momento detenido en la puerta contemplando a toda aquella gente reunida en la habitación. Estaban de pie en posición de firmes, y, al verle entrar, alzaron la vista que tenían fija en el Gran Tablero. Swenson miró si estaban todos, hizo una pequeña inclinación con la cabeza y todos se sentaron. Entonces se sentó a su vez, en la presidencia de la mesa, levantando casi simultáneamente el teléfono rojo, que habían colocado sobre la mesa frente a su puesto, y llamó. Cuando se inclinó para coger el teléfono, Swenson miró distraídamente el Gran Tablero. Se le veía pequeño en su silla, muy pequeño y también muy seguro de sí mismo y ordenado. Su sola presencia hizo desaparecer la atmósfera tensa de la sala.

—Sí, señor Presidente —dijo Swenson.

Era posible unir el teléfono rojo con un altavoz para que todos los presentes pudieran oírlo. Pero Swenson no lo hizo así.

—Señor Secretario, el general Bogan, desde Omaha, me ha recomendado que demos la orden a nuestros aviones de caza que acompañan al Grupo 6, de destruir a los bombarderos —dijo el Presidente. Esto no era la verdad exacta y el Presidente lo sabía. Sin embargo, quería que Swenson se encarara con esta decisión de una manera brusca y completa—. La decisión debo adoptarla yo, pero me gustaría tener su opinión y la de su gente.

—Señor Presidente, ¿quiere que lo discuta con ellos ahora mismo o le llamo de nuevo? —dijo. Estaba contento de no haber transmitido la conversación por el altavoz. La mente metódica de Swenson le indicaba que la operación sugerida entraba en el procedimiento normal de los momentos de emergencia preestablecidos. Pero, al indicarlo de ese modo, el Presidente les obligaba a tomar la decisión por su cuenta y no a señalarles un procedimiento prefijado.

—No, me esperaré para saber su opinión —dijo el Presidente.

—El general Bogan, en Omaha, ha recomendado al Presidente que ordene a nuestros cazas que disparen contra el Grupo 6 —dijo Swenson con voz tranquila—. El Presidente espera nuestra opinión antes de dar la orden. Señores, ¿qué tienen que decir a esto?

De todo los hombres que se encontraban allí sólo Swenson y Black sabían que era el procedimiento normal prefijado. Del resto del grupo, Wilcox era el que parecía más afectado. Tenía el rostro congestionado.

—¡Dios mío!, ¡pedir que unos americanos disparen contra otros americanos! —exclamó—. Pero si es… es indecente. Yo estoy en contra.

Un velo cubrió los ojos de Swenson. Miró a su alrededor. La mano de Groteschele se alzó.

—Señor Secretario, yo me opongo basándome en que lo considero prematuro —dijo tranquilamente Groteschele. Quería apagar la aparente histeria de Wilcox—. Después de todo, nuestros aviones todavía no han llegado a la zona espacial soviética. En realidad, se encuentran a cientos de millas de allí.

El rostro de Swenson se mantenía impasible; podía haber estado presidiendo una oficina en una pequeña reunión del directorio de cualquier firma del Medio-Oeste.

—Debemos hacerlo en seguida —dijo Black bruscamente—. Primero, porque de no hacerlo inmediatamente es posible que los cazas ya no alcancen a los «Vindicator». Segundo, si tardamos en dar la orden perdemos la oportunidad de que los rusos nos permitan discutir con ellos más tarde, cosa que seguramente tendremos que hacer. Es muy posible que en estos momentos estén observando cómo avanza el Grupo 6 y lo que hacen nuestros cazas y se están preguntando qué es lo que nos proponemos. ¡Y tengan presente que habrá que tomar otras medidas después de esto, que significan mucho más que la vida de los tripulantes de esos seis bombarderos! Mucho de lo que sucederá, dependerá de si los rusos creen o no lo que tendremos que decirles. ¡Por todos los infiernos, pueden estar bien seguros que en cuanto estos aviones penetren en zona espacial rusa, el Presidente se encontrará en serios apuros tratando de convencer a los rusos y tendrá que jugarse el todo por el todo para lograrlo!

También se le ocurrió otra cosa a Black: «Si tan sólo uno de los cazas hiciera fuego, destrozando a uno de los bombarderos, quizá los otros se dieran cuenta de lo ocurrido y regresarían». Lo pensaba pero realmente no creía en ello. Sabía que los «Vindicator» seguirían su ruta, incluso si tenían que hacerlo solos. Les habían entrenado demasiado bien y no se asustarían ni siquiera al ver como estallaba uno de ellos. Además, les habían inculcado en sus mentes de acero que cabía la posibilidad de que uno de los aviones enemigos, simulando ser un avión americano, les atacara.

Los ojos de Swenson se abrieron desmesuradamente; brillantes y atentos. Echó una rápida mirada al resto de los hombres de alrededor de la mesa. Parecía como si nadie tuviese nada que añadir. Black había expuesto lo que ocurría resumiendo la situación. Swenson sabía que había algunos que no estaban de acuerdo, pero se daba cuenta de que la respuesta de Black encerraba lo que parecía más lógico y se basaba en hechos reales. Admiró la manera tranquila con que Black expuso su punto de vista y tuvo la impresión de que el Presidente aquilataba los hechos en forma muy parecida.

—Señor Presidente, tenemos la impresión de que se trata de una decisión de defensa táctica, pero la opinión general es que se debe pedir que los cazas entren en acción —dijo Swenson mirando directamente a Wilcox.

Swenson colgó el teléfono. El rostro de Wilcox aparecía lleno de pequeñas manchas rosadas.

 

Las 10,42 - La Casa Blanca

Buck había escuchado toda la conversación y se quedó mirando fijamente al Presidente. El Presidente, con una pierna por encima de uno de los brazos del sillón, fumaba, sacando largas bocanadas de humo de su delgado cigarro. Su postura despreocupada infundía confianza a Buck. Todo aquello que había oído por teléfono le había oprimido el estómago y si no llegó a temblar, fue debido a que veía al Presidente exteriormente tranquilo.

—Ponme con Omaha de nuevo —dijo el Presidente hablando por teléfono.

Casi instantáneamente le contestaron.

—Sí, señor Presidente —dijo una voz, la del general Bogan.

—General, dé la orden de que los cazas entren en acción —dijo el Presidente.

—A ver, confirme esto —dijo una voz extraña por el teléfono—. Aquí, el coronel Cascio al habla, el ayudante del general Bogan. ¿Es que quiere que los cazas entren en acción aunque después revienten? Esto triplicará su consumo normal de combustible y significa que es casi seguro que ninguno pueda regresar. —La voz hizo una pequeña pausa y empezó a hablar de nuevo, con una especie de fiera arrogancia—. Señor Presidente, esos cazas son nuestra primera línea de defensa contra un ataque ruso. Hacerles quemar todo su combustible persiguiendo a nuestros propios bombarderos, es sacrificar la capacidad defensiva de nuestros cazas en el momento en que más los necesitamos. Los rusos pueden atacar en cualquier instante.

El Presidente hizo una pausa. Buck observó cómo escribía unas palabras en su bloque de notas. Decían: «¿Es que el sacrificio de esos cazas convencerá a los rusos de que se trata de un accidente? Al mermar la capacidad defensiva de los cazas… ¿creerán lo que pasa?».

—General Bogan, repito la orden dada —dijo el Presidente glacialmente.

—Señor Presidente, los cazas abandonaron a los «Vindicator» en el momento que cesó la alarma —prosiguió diciendo el general Bogan—. Es más, los «Vindicator» y los «Skyscrapper» han estado volando en dirección opuesta desde hace unos minutos. Los «Skyscrapper» sólo tienen una velocidad muy poco mayor que la de los «Vindicator». Es posible que no puedan alcanzarlos.

—Repito, general Bogan, que los cazas deben alcanzar y abatir a los «Vindicator» aunque esto signifique que tengan que agotar su combustible — dijo el Presidente.

 

Las 10,44 - Omaha

—Coronel Cascio, pida a los cazas que ataquen al Grupo 6 —dijo el general Bogan al colgar el teléfono.

El coronel Cascio casi se cayó del asiento en un gesto de protesta.

—¿Esto significa que ustedes suponen que nuestros bombarderos van a tirar por error sobre Moscú? —preguntó el coronel Cascio. Su voz denotaba asombro, pero encerraba también una escondida y dura nota de rebelión.

—Así es y todo este maldito sistema también lo cree —dijo el general Bogan lleno de ira—. Las máquinas, los hombres, los diplomáticos, el Presidente, todos. ¿Por qué diablos piensa usted que esos cazas siguen a los «Vindicator»? ¿Sólo para protegerlos en caso de «ataque»? No sea imbécil. Todos sabemos que uno de sus objetivos es tirar contra los «Vindicator» si se produce un error. Bueno, ahí está, se ha producido un error. Póngase al habla con los cazas, coronel.

El coronel levantó la mano. Era un gesto muy peculiar. Algo así como si pidiera tiempo o como si estuviera apartando de sí algo demasiado grotesco, o bien el gesto propio de un niño al sentirse amenazado.

—Pero, general, los cazas…

—Coronel, póngase al habla con ellos y deles la orden —dijo el general —. Cada segundo que tarda en hacerlo hace más difícil el alcanzarlos.

El coronel Cascio empezó a mover las palancas y los interruptores que le comunicarían directamente con los cazas. Pero mientras lo hacía siguió hablando:

—Incluso suponiendo que alcancen a los bombarderos, general, cosa bastante improbable, no tendrán bastante combustible para regresar —dijo—. Caerán al océano o en territorio enemigo.

Se oyó una voz que hablaba por el sistema de intercomunicaciones de la Sala de Comando de Omaha. Era el oficial a cargo de las instrucciones de combate.

—General Bogan, estamos en comunicación con Tangle-Able-1 —dijo la voz—. Puede hablar con ellos por el conducto 7, longitud de onda corriente.

El general Bogan hizo una seña al coronel Cascio y éste levantó la palanca. Instantáneamente se sintió ese ruido pesado de las transmisiones de radio a larga distancia.

—¿Se lo digo usando nuestra clave o con lenguaje corriente? —preguntó el coronel.

—Lenguaje corriente —contestó el general—. Esto es, en la forma habitual.

El coronel Cascio lo sabía. Lo habían repetido una y otra vez, después de discutirlo durante meses, que si se presentaba la situación de emergencia en que los cazas se viesen obligados a abatir sus propios bombarderos, era indiferente o seguramente resultaría ventajoso que el enemigo captara y comprendiera el mensaje transmitido.

—Éste es Tangle-Able-1 —contestó una voz fuerte y joven a través del micrófono—. Captamos su mensaje perfectamente en su última transmisión.

El coronel Cascio se inclinó y habló muy cerca del micrófono, sólo que su voz sonaba ahora algo más delgada y débil.

—Tangle-Able-1, aquí el coronel Cascio, del comando de Omaha. —El sudor le bañaba la frente—. El grupo 6 ha sobrevolado su punto Límite-de-Seguridad y se dirige a atacar a Moscú. Es un error. Lo repito… es un error. Pongan en marcha sus motores supletorios y alcancen y ataquen al Grupo 6.

Hubo un momento de silencio, y luego se oyó la voz de nuevo, más fuerte y clara ahora.

—Roger, da todo el gas; alcanza y ataca al Grupo 6 —dijo.

El coronel Cascio se inclinó un poco hacia adelante y desconectó la palanca. Al observarlo, el general Bogan pensó que, ahora, la manera de moverse del coronel era como la de un niño llorando quedamente.

 

Las 10,44-Los «Skyscrapper»

El avión delantero de los seis «Skyscrapper» viró describiendo un largo círculo. La voz del capitán al mando de la escuadrilla surgió por la onda de la radio TBS. Sabía que sólo los seis aviones en vuelo podían oírle.

—No sé lo que esos padres desnaturalizados de Omaha piensan, pero todos habéis oído la orden —dijo el capitán—. Debemos alcanzar y abatir a los «Vindicator».

—Hoy será nuestro día —dijo el piloto de veintiún años de uno de los cazas—. Nosotros, con una potencia de sólo 100 kilómetros por hora más que los «Vindicator», corriendo tras esos bastardos que se encuentran a medio camino de Moscú.

—No esperéis ni por asomo que nos envíen un «KC-135» a que nos reabastezca de combustible —dijo otra voz burlonamente—. Sólo corre a 924 kilómetros por hora, y nosotros vamos a 2640 kilómetros. Cuando nosotros ya no tengamos ni una gota de combustible todavía estarán a 1816 kilómetros de nosotros. Todo ha sido organizado a la perfección.

—¿Por qué os entretenéis hablando de la gente de las oficinas de mando? —dijo una voz burlona—. ¡Pero si es tan fácil! Cuando ya no tengamos combustible, nos deslizaremos planeando, recorriendo esos 1816 kilómetros hasta llegar a los aviones tanque. Cualquier piloto que se precie de tal debiera poder realizar esa proeza en un «Skyscrapper».

Alguien lanzó una pequeña carcajada. Todos sabían que aquellos elegantes aviones diminutos, de cortas alas, caerían como una piedra tan pronto les fallara el gas.

Ninguno de los seis pilotos tenía esperanzas de alcanzar a los «Vindicator». Sabían además que les sería imposible volver a sus bases. Si es que pensaban en algo, sólo lo hacían de verdad en dos cosas: Primero, ¿si la cápsula de lanzamiento y el paracaídas funcionarían realmente volando a 2640 kilómetros por hora? Segundo, ¿cuánto tiempo podría sobrevivir un hombre en las aguas heladas del Ártico?

—Déjense de habladurías —ordenó el capitán—. Hemos llegado a la velocidad máxima normal, ahora den todo el gas.

El capitán empezó a contar desde cinco para atrás quedamente: «Ya». Seis dedos movieron seis palancas. El respaldo del asiento contra el que se apoyaban aquellos cuerpos condenados, les golpeó fuertemente. Cientos de tubos al extremo de los motores «Jet» empezaron a funcionar arrojando más combustible en el llameante motor de inducción. Los aviones temblaron con fuerza bajo el impacto de la violenta aceleración y luego avanzaron velozmente a la caza de los bombarderos.

 

Las 10,44 - Los «Vindicator»

El teniente coronel Grady echó una mirada hacia abajo. Frente a los «Vindicator», la superficie del Pacífico era completamente negra, morada de tan negra. No parecía agua, sino una oscuridad espesa.

Grady sintió que era algo muy pequeño, como una mota, empujado por la presión de la aureola de luz que se expandía a sus espaldas. Deseó de pronto, en una forma completamente irracional, que el sol no saliera. Como si volar en la oscuridad fuera más seguro.

Grady echó una rápida mirada a los otros dos hombres de los «Vindicator». Estaban enfrascados mirando sus instrumentos.

De pronto Grady sintió celos de su cándida inocencia; esto le trastornó tanto que casi les odió.

 

Las 10,45 - La Casa Blanca

—Póngame de nuevo con el Pentágono —dijo el Presidente.

El Presidente todavía tenía una de sus piernas sobre el brazo del sillón. Del cigarro, sólo quedaba un poco de ceniza.

Swenson contestó al teléfono.

—Señor Secretario, si nuestros cazas abaten a los «Vindicator» nos hallaremos ante una tragedia, pero el problema estará resuelto —dijo el Presidente—. Me gustaría que su gente empezara a pensar en qué otro camino nos queda si los cazas no pueden cumplir su misión.