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13. La conferencia telefónica
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LA CONFERENCIA TELEFÓNICA
—Creo que estamos listos para hablar con el primer ministro Kruschev, Buck —dijo el Presidente—. La telefonista que opera la línea está preparada. Dile que nos acabe de conectar con Moscú.
Buck tomó el teléfono e instantáneamente se oyó a la telefonista que decía: «Sí, ¿señor?».
Le dio las instrucciones e inmediatamente se sintió el ruido característico de una llamada a larga distancia, pero la línea permanecía extrañamente silenciosa. Mientras la telefonista trabajaba en la conexión, Buck miró al Presidente.
El Presidente parecía estar dormido. Buck había oído hablar de esas pequeñas siestas que podía hacer a voluntad, pero sólo entonces se dio cuenta de hasta qué punto el Presidente había sabido desarrollar aquella capacidad que le permitía vivir en medio de crisis continuas, y pensó que si se hubiera dejado agotar por la ansiedad cada vez que se presentaba una crisis, no hubiera podido sobrevivirías. Ahora, con los ojos semicerrados y el rostro tranquilo, el Presidente le pareció mucho más joven de lo que realmente era. «Sin embargo, nadie», se dijo Buck, «puede adaptarse por completo a una constante tensión». Esa tremenda responsabilidad era la culpable de las bolsas que aparecían bajo los ojos del Presidente, de las profundas líneas dibujadas alrededor de la boca, del leve temblor de sus poderosas manos.
—¡Allo! —dijo una voz repentinamente en ruso—. Kruschev al habla.
—Premier Kruschev, el Presidente de los Estados Unidos le llama —dijo Buck rápidamente.
El Presidente se despertó inclinándose en su asiento al tomar el teléfono.
—¡Quién iba a ser si no! —exclamó Kruschev. Parecía increíble, pero a Buck el tono de su voz le sonó casi jovial—. Para eso se instaló la línea. ¿No es así?
Buck tradujo lo que decía al Presidente.
—Premier Kruschev, estoy usando la línea telefónica que fue colocada por su gobierno y el mío con el criterio de que estuviera siempre disponible. Es la primera vez que le llamo y lo hago bajo la presión de un caso de suma urgencia.
Esta vez se oyó otra voz proveniente de Moscú que se puso a traducir lo que decía el Presidente de los Estados Unidos. El Presidente, casi instantáneamente, hizo una indicación con la cabeza a Buck y empezó a hablar. Buck traducía rápidamente, interponiéndose a la voz del traductor de Moscú.
—Premier Kruschev, debido a la urgencia de este asunto espero que estará de acuerdo en que nos sirvamos de un solo traductor —dijo el Presidente—. Claro está que no haré objeción alguna a que su traductor escuche, a fin de que se asegure de que el mío le da una versión fiel de lo que digo, pero nos queda poco tiempo y el problema es urgente. Dos traductores a un tiempo sólo servirían para complicarlo más.
Hubo un largo momento de tensión después de que Buck tradujera esto. A pesar de hallarse separados por muchos miles de kilómetros, Buck tuvo tal conciencia del fuerte choque de aquellas dos poderosas voluntades, que le pareció que acabarían por aplastarle a través de la línea telefónica como si fuera un pequeño insecto. Por primera vez en su vida se sintió intranquilo al pensar que era el encargado de traducir sus palabras. Presentía que el resultado de aquel choque de voluntades sería decisivo y le hubiera gustado encontrarse muy lejos de allí, pero al mismo tiempo aquello le atraía y fascinaba.
Kruschev cedió sin darle mucha importancia.
—La cosa no tiene importancia —dijo—. De acuerdo, nos serviremos de su intérprete.
—Premier Kruschev, le llamo acerca de un asunto que tal vez no acabe por resultar tan grave como ahora parece —dijo el Presidente—. Pero sucede por primera vez y el resultado podría ser trágico si los hechos son mal interpretados.
—¿Tiene algo que ver con los aviones que hemos visto que vuelan hacia Rusia desde el mar de Bering? —preguntó Kruschev sin preámbulos.
Los ojos del Presidente se dilataron un poco. Se repuso en seguida, y, aunque parezca increíble, le guiñó el ojo a Buck.
—Sí, Premier, por eso le llamo —dijo el Presidente—. Estoy seguro que su radar y los otros sistemas informativos que poseen, que son tan eficaces como los nuestros, ya han captado unas maniobras fuera de lo normal.
—Sí, me informaron de ello hace unos quince minutos —dijo Kruschev con un tono de voz perfectamente indiferente, que no revelaba nada. A Buck le pareció que una especie de poker de palabras transcurría a través suyo. Kruschev continuó hablando sin cambiar de todo—. Todavía no hemos hecho una identificación positiva. Supongo que me llama para informarme de que se trata de otro de esos llamados vuelos de reconocimiento no programados. Señor Presidente, le he avisado a través de mis discursos, notas diplomáticas y misiones militares que esos vuelos constantes de sus aviones armados a lo largo de la periferia de la Unión Soviética son una amenaza para la paz. El escandaloso incidente ocurrido con el «U-2» fue sólo un ejemplo dramático de su constante provocación. ¿Ha pensado usted alguna vez cuánto duraría la paciencia de…?
—Ahora se trata de un error, y es un error muy grave —dijo el Presidente interrumpiéndole fríamente. Hizo una señal a Buck para que tradujera. Buck habló interponiéndose a la voz de Kruschev; sentía que su voz temblaba un poco. Éste dejó de hablar y entonces Buck repitió lo que había dicho el Presidente.
Kruschev gruñó:
—Bien, hable —dijo con su voz gruesa de campesino—. Díganme el secreto.
—No es un secreto —dijo el Presidente—. Un grupo de bombarderos han sobrevolado su punto Límite-de-Seguridad. Supongo que usted está al corriente de nuestro sistema Límite-de-Seguridad…
—Comprendo perfectamente lo que ustedes llaman su sistema Límite-de-Seguridad. Han hablado muchísimo de ello en sus periódicos. ¿Es que no ofrece tanta seguridad como ustedes creían? —Un chasquido parecido a una carcajada acompañó aquellas palabras.
La tez del Presidente se puso lívida, pero se repuso y rió también.
—Sí, es precisamente lo que ha ocurrido. —Buck estimó aquella risa demasiado dura, pero consideró que en aquel momento era necesaria—. Una escuadrilla de nuestros bombarderos, que avanza a una velocidad de más de 2475 kilómetros por hora, cargados con dos bombas de veinte megatones cada uno, avanzan hacia Rusia.
Ahora el tono de voz de Kruschev fue distinto y revelaba su astucia; arrastraba un poco las palabras y se notaba que se esforzaba por aparecer condescendiente, como si se tratara de un hombre de mucha más experiencia que estuviera reprimiendo a un muchacho.
—Esperamos con gran interés poder presenciar sus maniobras para regresar a sus bases. Recuerdo que hace sólo dos semanas, en un discurso pronunciado frente a un grupo de jóvenes soldados de su Academia del Aire, en Colorado, usted dijo que la Fuerza Aérea no sería nunca una amenaza para la paz sino un paliativo para la guerra —dijo Kruschev sin alterarse—. Espero que este pequeño incidente sirva para demostrarle lo contrario.
El Presidente movió el lápiz que tenía entre los dedos y trazó con energía un círculo encima de un bloc amarillo dispuesto sobre la mesa.
—Premier Kruschev, no es el momento de sermonear. Se trata de un asunto mucho más grave de lo que usted piensa. Ya hemos intentado decirles que vuelvan, pero hasta ahora no nos ha sido posible —le contestó el Presidente, y su voz ahora también era suave y contenía un deje de tolerancia —. Un accidente le puede ocurrir a cualquiera y es susceptible de producirse en cualquier parte. Si el capitán de vuestro submarino «Kalinin» todavía viviera, os lo podría explicar mejor que nadie.
El Presidente se refería al incidente, ocurrido unos ocho meses antes, cuando un submarino soviético se introdujo en la bahía de San Francisco más allá del límite fijado de 3,5 millas, y, al ser descubierto, fue perseguido y hundido por los destructores y helicópteros de la Marina de los Estados Unidos. Tanto Rusia como su país lo habían mantenido en secreto no dejando que llegara a conocimiento del público.
Kruschev no contestó en seguida y el silencio se hizo pesado y amenazador; cuando lo hizo sus palabras llegaron lentas y llenas de amargura:
—¿Es que los pilotos procedentes del mar de Bering se han vuelto locos?
—No lo sabemos, Premier Kruschev —contestó el Presidente—. Puede tratarse de un fallo mecánico. Las perturbaciones en la radio provocadas por ustedes nos han imposibilitado establecer un contacto normal con nuestros aviones. En este momento vuelan siguiendo órdenes que, normalmente, sólo podrían ser transmitidas por un mecanismo especial. Pero por ahora no sabemos nada en concreto. Lo único que puedo adelantarle es que se trata de un accidente. No es nuestra intención provocar una guerra y esto no constituye parte de un plan general de ataque.
—¿Y cómo quiere que un ruso tan ignorante como yo sepa si esto es cierto o no? —preguntó Kruschev recriminándole con voz dura pero todavía con un asomo de condescendencia—. ¿Quiere decirme cómo puedo yo saber si ustedes en este momento han lanzado ciertos de aviones contra nosotros que vuelan tan bajo que nuestro radar es impotente para localizarlos? ¿Cómo puedo saberlo…?
De nuevo el Presidente movió la cabeza indicando a Buck que interrumpiera a Kruschev.
—Porque, Premier Kruschev, ustedes poseen aparatos de radar tan perfectos como nosotros y obtienen la misma información aproximada — contestó el Presidente—. Además, si me da tiempo para que me explique, espero proporcionarle pruebas suficientes para que acabe por considerar todo esto como un serio accidente por el que asumimos toda la responsabilidad y al que estamos tratando de poner remedio.
El Presidente terminó de hablar, y el silencio se hizo largo y denso, pasando de una simple pausa en la conversación a ser una verdadera prueba de firmeza de voluntad. Buck se rebulló nervioso en su asiento. De nuevo sintió aquella desagradable sensación de hallarse cogido entre dos poderosas fuerzas, como si fuera un insecto y tuvieran que aplastarle. Era una sensación muy desagradable.
—Prosiga, señor Presidente —dijo Kruschev.
—Tal como le acaban de informar sus consejeros, se encuentra en el aire un grupo de cazas de gran velocidad, que acompañan a cada escuadrilla de nuestros bombarderos siempre que vuelan hacia su punto Límite-de-Seguridad —dijo el Presidente—. Tal como se lo han indicado los complejos mecanismos que ustedes poseen, esos cazas han estado volando a todo gas, utilizando sus propulsores a chorro, tratando de alcanzar y abatir a nuestros propios bombarderos. Lo hacen obedeciendo órdenes directas mías. Ya se les ha acabado el combustible a tres de ellos y seguramente han caído al mar.
Se produjo un corto silencio, pero ahora era distinto y cuando Kruschev habló de nuevo, Buck se dio cuenta de que estaba alarmado.
—¿Me está diciendo que usted mismo ha ordenado a sus cazas, a cazas americanos, que abatan a sus propios bombarderos?
—Sí, eso es precisamente lo que le estoy diciendo —replicó el Presidente —. Acabo de dar la orden. Si tienen un tablero estratégico cerca habrán visto cómo los cazas cambiaban de ruta y después de virar han tratado de alcanzar a los bombarderos.
—Señor Presidente, precisamente estoy sentado delante de una de esas pantallas —dijo Kruschev—. Mis expertos acaban de confirmar el cambio de ruta en un determinado grupo de cazas. —Hizo una pausa y agregó—: Pero todavía no estamos seguros de que realmente estén tirando proyectiles teledirigidos contra sus propios bombarderos. Tampoco estamos seguros todavía de que se les haya acabado el combustible. Quizás sencillamente se dejen caer en picado buscando menor altura para escapar a nuestro radar y estén volando hacia sus bases… o quizás hacia Rusia.
—En ese caso, señor, sus aparatos de radar son defectuosos —dijo el Presidente—. Nosotros hemos observado claramente cómo los cazas, después de disparar sus cohetes caían al mar. Al llegar a una altura de unos 6000 metros sus tripulantes fueron despedidos automáticamente al aire dentro de sus cápsulas, y también las divisamos claramente por el radar.
Kruschev gruñó asintiendo:
—Sí, también aparecieron claramente en el nuestro, señor Presidente — dijo—. En realidad no dudé ni un momento que estaban tratando de alcanzarles. Sólo quería oír sus explicaciones. También quería saber si usted les había ordenado que les persiguieran. —Hizo una pequeña pausa y cuando volvió a hablar su voz tenía un timbre extrañamente neutral—. Es duro tener que enviar a sus hombres a una muerte segura, ¿verdad?
—Lo es —dijo el Presidente sencillamente.
De nuevo se oyó un murmullo de conversaciones por el teléfono. Buck sólo pudo captar algunas palabras. Y garrapateó una frase rápidamente en el bloc, pasándoselo al Presidente. Decía: «Alguien está intentando persuadirle de que se trata de una argucia, y pide que devuelvan el golpe de lleno, o algo por el estilo».
De pronto se oyó claramente la voz de Kruschev.
—Nyet —decía colérico—. Seré yo quien tome mis propias decisiones.
Luego su voz se calmó.
—Señor Presidente, algunos de mis consejeros están convencidos de que este «ataque accidental» y su llamada telefónica no son sino una emboscada —dijo Kruschev—. Quieren contraatacar en seguida. Pero yo lo he prohibido. Después de todo, el aire espacial soviético todavía no ha sido invadido. Debo comunicarle, sin embargo, que si sus cazas no cumplen con éxito su misión de abatir esos bombarderos, nos veremos obligados a abatirlos nosotros mismos. Entonces entraremos en una fase de alerta y prepararemos nuestros cohetes de largo alcance y otras armas. Debemos tomar estas medidas para protegernos mientras no estemos completamente seguros que este ataque accidental no es un simulacro para algo más serio. Ese pequeño grupo de bombarderos no me preocupa en absoluto. Podremos acabar con ellos. Pero desconozco sus verdaderas intenciones y debemos tomar las precauciones que nos parezcan necesarias.
—Premier Kruschev, comprendo perfectamente su posición y deseo que puedan abatirlos a tiempo. Pero debo pedirle que no haga nada que sea irrevocable. Le doy mi palabra de que se trata de un error. Estoy seguro también de que comprenderá que si ustedes empiezan a lanzar proyectiles superatómicos, me será imposible impedir que la gente bajo mi mando haga lo mismo. Y si esto llega a ocurrir, será bien poco lo que quedará de la Tierra.
—Me parece que somos bien capaces de cuidar nuestros propios intereses, señor Presidente —dijo Kruschev, y entonces el timbre de su voz era duro y decidido.
—Quiero estar bien seguro de que comprenden que se trata realmente de un error y le ruego que no haga nada irrevocable —recalcó de nuevo el Presidente sin levantar la voz.
—Lo comprendo —contestó Kruschev con aspereza—. ¿Tiene algo más que decir?
—Sí, premier —dijo el Presidente—. He tomado las medidas necesarias para que se establezca otra línea de conferencias entre el Estado Mayor de nuestras Fuerzas Tácticas del Aire en Omaha y su contrapartida en la Unión Soviética. Si usted lo consiente, la línea podrá ponerse en funcionamiento en seguida. —La voz del Presidente pareció titubear un poco, respiró hondo, como un portero de béisbol, cansado de rebatir la pelota antes de asestar un nuevo golpe, y añadió—: Nuestros hombres, desde Omaha, colaborarán con sus fuerzas para que puedan abatir a nuestros bombarderos si nuestros cazas fracasan.
Kruschev no contestó en seguida y, cuando lo hizo, sus palabras fueron cortantes, y a Buck le pareció que estaban llenas de rencor y de odio.
—Señor Presidente, las fuerzas de la Unión Soviética son perfectamente capaces de defender a su país sin colaboración alguna. No necesitamos su ayuda y tampoco la aceptaríamos.
—Ustedes tienen la palabra —dijo el Presidente sin alzar la voz. Entonces habló en voz tan baja, que el mismo Buck tuvo que pedir que repitiera lo que decía, pero al mirarle se percató de que lo hacía deliberadamente—: Premier Kruschev, haga lo que quiera, pero es mi deber informarle que a pesar de las muchas precauciones que ustedes tomen, seguramente habrá dos de esos seis bombarderos que llegarán a su destino. Actualmente tenemos nuevos sistemas de protección y maneras de eludir al enemigo de las que no creo que ustedes tengan un conocimiento completo, y el Comando Estratégico me informa que, por lo menos, dos de esos aviones dispararán contra su objetivo.
Casi instantáneamente, el tono de voz de Kruschev cambió:
—¿Cuál es su objetivo?
—Moscú.
El silencio que siguió a esto duró casi veinte segundos. Kruschev fue el que habló primero.
—Volveré a llamarle, señor Presidente, en cuanto sepamos el resultado de la misión de los cazas. Mantenga preparada esa segunda línea de conferencias que mencionó hace poco. —El tono de su voz ahora era velado, frío, sin nada que revelara su modo de sentir.
El Presidente colocó el teléfono en su sitio y miró a Buck, levantándose del asiento.
—Salgamos y veamos el Tablero Estratégico —dijo.
Condujo a Buck a una habitación contigua en la que estaban reunidos sus ayudantes frente a una réplica en miniatura del Gran Tablero del Gabinete de Guerra del Pentágono. Ninguno de ellos despegó los ojos del tablero al entrar el Presidente; sencillamente, se levantaron sin dejar de mirar. Sabían que había venido a observar el resultado de las operaciones que eran la consecuencia directa de su intervención.
Transcurrieron cinco minutos sin que nadie pronunciara ni una sola palabra y en ese lapso de tiempo ocurrieron dos cosas. El último de los cazas americanos disparó sus proyectiles en un intento inútil de alcanzar a los «Vindicator» y desapareció de la pantalla. Los «Vindicator» entraron también y luego pasaron por encima de aquella tenue línea verde que indicaba la frontera siberiana de la Unión Soviética.
El Presidente esperó un minuto más, hizo una indicación con la cabeza a Buck y ambos regresaron a su pequeño despacho.
Buck sabía perfectamente lo que había ocurrido. Estaban virtualmente en guerra. Habían invadido el territorio enemigo.