Fail Safe

Eugene Burdick · Capítulo 9 de 24

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8. El presidente y el traductor

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EL PRESIDENTE

Y EL TRADUCTOR

 

El Presidente miraba su lápiz fijamente. Lo sostuvo en alto contra la luz; parecía estudiar las letras inscritas en él, preguntarse qué significaban sus seis lados, admirar la punta del mismo.

Buck miró su reloj y sintió un sordo aturdimiento: no eran sino las 10,38.

El tiempo parecía alargarse; un largo segundo y luego otro, como gotas semicongeladas, incapaz de separarse de una masa amorfa. Buck empezó a calmarse. «El lápiz es como una especie de tótem para el Presidente», pensó. «Mientras lo mira piensa en otras cosas».

Rápidamente calculó la diferencia en años que habría entre él y el Presidente. Sólo doce años. Por primera vez se dio cuenta de la madurez del hombre que estaba sentado delante de él. Ello, no sé por qué, le entristeció, invadiéndole una sensación de pérdida. No había manera, y tuvo honda conciencia de ello, de que pudiera sobrepasar nunca a aquel hombre en experiencia, en fortaleza, en empuje, en persistencia, en expansión. Lo que sentía Buck no encerraba nada de resentimiento y mucho menos de envidia; era tan sólo que hasta aquel momento había llegado a creer que si él quería todo le era posible. No es que él deseara hacerlo todo, pero le gustaba que ello fuera teóricamente posible. Pero ahora sabía que ni dentro de diez veces doce años, sería capaz de convertirse en un hombre como el que tenía sentado allí delante.

—Buck, quizá todo esto se haya acabado dentro de unos minutos —dijo el Presidente moviendo el lápiz con lentitud y levantando la vista para mirar a Buck—. Seguramente será así. Los bombarderos descubrirán su error y darán media vuelta y regresarán, o nosotros haremos una llamada por radio y los llamaremos de nuevo. Pero ahora mismo no sabemos por qué han sobrevolado su Punto Límite-de-Seguridad, y tampoco podemos avisarles por radio. Nada de lo que ha pasado por sí solo es catastrófico. Pero la situación que se nos plantea ahora no había ocurrido nunca. Todo nuestro sistema de control positivo depende ahora de nuestra habilidad en mantener el contacto verbal por radio. Por esto estamos aquí. Seguramente el asunto se pondrá feo.

El Presidente hizo una pausa. Buck sabía que no era necesario que contestara pero, sin saber cómo, sintió que empezaba a hablar.

—No conozco los detalles, señor Presidente —dijo Buck, sorprendido por sus propias palabras—, pero si los militares estuviesen bien seguros de lo que hacen, podrían resolverlo solos, no tendrían que llamarle a usted. Si usted está aquí es porque saben que se trata de un problema serio.

El Presidente dejó de mover el lápiz.

—¿Usted se interesa por la política? —preguntó.

Buck hizo una pequeña pausa.

—No, señor, no de un modo particular.

—Recuerdo que usted estudiaba leyes…

—Sí, señor. —De nuevo Buck se sintió profundamente halagado y al mismo tiempo se asombró ante la memoria de aquel hombre.

—Veo que tiene un buen sentido político —dijo el Presidente—. Bogan, en Omaha, tiene instrucciones de comunicarse conmigo en un determinado número de situaciones muy detalladas y específicas. También tiene la instrucción general de avisar en el caso de que ocurra algo que esas instrucciones específicas no comprendan. Usted mismo señaló las instrucciones generales ahora mismo: siempre que ocurra algo anormal póngase al teléfono rojo.

El Presidente hizo una pequeña pausa de nuevo. Fijó otra vez la vista en el lápiz.

—Mire, Buck, si la cosa se pone realmente seria quizás tenga que utilizar el «cable ardiente» que me comunica con el Kremlin —dijo el Presidente, y tras una pausa añadió—: Por primera vez.

Buck sabía que, a fines del año 1962, Washington y Moscú habían acordado mantener una conexión telefónica constante entre el Presidente de los Estados Unidos y el Primer Ministro ruso. No tardaron en llamarle el «cable ardiente». Buck también sabía que no lo habían usado nunca. Por primera vez, desde el momento en que había sonado su teléfono aquella mañana, Peter Buck sintió un escalofrío.

—En la mayoría de los casos puedo solucionarlo yo mismo —continuó diciendo el Presidente—, pero no hablo ruso y usted sí. Es posible que tenga usted que traducir lo que yo diga y la traducción debe ser no sólo literalmente perfecta, sino que usted debe dar a la misma el énfasis que yo le dé y la misma entonación para indicar con claridad cuáles son mis intenciones. Así que desde este momento escuchará todas las conversaciones que yo sostenga por teléfono. En cuanto termine de hablar le diré lo que pienso sobre ellas. No discuta conmigo, trate sólo de estar seguro de comprender bien lo que yo siento. ¿Entendido?

—Sí, señor —dijo Buck—. Es algo nuevo para mí, pero lo intentaré.

El Presidente se reclinó en el respaldo de su silla y cerró los ojos.

—Esto es todo lo que puede hacer. Esto es todo lo que podemos hacer.

Cuando habló de nuevo fue de una manera más íntima y abierta, sin ningún recelo, como si se tratase de una asociación verbal completamente llana.

—He hablado con Bogan, en Omaha, dos veces desde las 10,30 —dijo—. Es un buen hombre. Un aviador de la vieja escuela. Sin temor a este nuevo equipo. Pero está preocupado; yo también lo estoy. ¿Comprende? Luego hablé con Wilcox, el nuevo Secretario del Ejército. Es un tipo rudo, demasiado; se trata de un hombre nuevo. Demasiado seguro de sí mismo. Le escuchamos pero seguimos sus consejos con cautela. Con mucha mucha cautela. Ahora el cuadro telefónico está tratando de ponerse en contacto con Swenson. ¿Le conoce?

El Presidente permanecía con los ojos cerrados. Buck se dio cuenta de que descansaba mientras seguía dando instrucciones al mismo tiempo.

—No, señor —dijo Buck—. Sé que es el Secretario de Defensa, eso es todo.

—A Swenson le escuchamos y si nos aconseja algo le hacemos caso — dijo el Presidente—. A menos que yo le indique que no lo haga, cualquier cosa que diga Swenson es lo que yo pienso.

El teléfono sonó y el Presidente abrió los ojos, haciendo un signo con la cabeza a Buck para que lo tomara él también.

—Señor Presidente, soy Swenson, desde el Pentágono —decía una voz débil y seca—. Estoy en mi oficina pero me han llamado urgentemente para que acuda a la sala del Gran Tablero. También me avisaron que le llamara — la voz calló. No había ni la más leve sombra de duda ni pedía excusas, simplemente le había informado de todo lo que creía pertinente.

—Quizá no sea nada, Swenson —dijo el Presidente—. Pero podría ser algo serio. Uno de los grupos de nuestros «Vindicator» ha traspasado el punto Límite-de-Seguridad y se dirigen hacia Rusia. El control positivo se ha estropeado. En Omaha no se explican lo sucedido. He hablado con Wilcox, que se halla en la habitación del Gran Tablero, y él tampoco se lo explica, pero se muestra duro. Me gustaría que se dirigiera hacia allí preparado para cualquier emergencia. No deje que ese profesor universitario, Groteschele, se mueva de allí y no deje tampoco que esos militares le hagan callar. También Blackie, el general Black, está allí. Que no se mueva pase lo que pase.

—¿Hay alguna razón especial para ello, señor Presidente? —dijo el Secretario de Defensa.

—No, sólo que es un viejo amigo y un compañero de estudios. Le conozco bien y confiaría en él en cualquier momento —dijo el Presidente sin tratar de excusarse.

—Sí, señor, comprendo —dijo Swenson—. ¿Algo más?

—Esto es todo —contestó el Presidente.

El teléfono hizo un «clic» instantáneo y la comunicación se cortó sin que se cruzaran ningún saludo.

El Presidente miró sonriente a Buck.

—No pierde el tiempo —dijo—. Me gustaría sentir más simpatía por ese hijo de… Pero lo único que siento hacia él es respeto. Aunque ya es bastante.

Buck sólo había visto a Swenson de lejos pero nunca le había oído hablar. Pese a ello sabía muchas cosas de aquel hombre. Era como una leyenda, como una fábula desarrollada en una capital que estaba muy acostumbrada a hombres extraordinarios. Swenson parecía un buen empleado que hubiese llegado al poder por equivocación. Era delgado, tímido, y se aturdía fácilmente, pero al mismo tiempo era un hombre abrupto, incisivo y frío. Socialmente Swenson parecía querer confundirse con el fondo gris de las cosas, huir del trato con los demás. Vestía con un sentido innato para pasar totalmente inadvertido, como si sus ropas fueran como una especie de protección que le confundiera con el ambiente. Un artículo escrito sobre él en el Time decía: «Es el único millonario ascendido por su propio esfuerzo en los Estados Unidos, que viste como si su esposa le comprara la ropa en una casa de empeño». En esas fotos típicas de los tiempos de colegio y de universidad, Swenson era una de aquellas personas a quien nadie recuerda. Al conocerle de cerca era imposible concebir que Swenson fuese un valiente administrador y un innovador audaz.

Sin embargo, los hombres sensibles y poderosos sólo tardaban unos minutos en darse cuenta, al tratar a Swenson, de que se hallaban frente a un hombre que valía tanto como ellos. Si además eran personas especialmente sensibles, percibían también, de manera muy peculiar y fantástica, sin necesidad de que nadie se lo dijese, que Swenson estaba muy por encima de ellos. Poseía una mente serena, fuerte como el acero, que hubiera sido deslumbrante si Swenson le hubiese dado alas. Pero trataba por todos los medios de disimular su extraordinaria inteligencia. Swenson escuchaba cuidadosamente a todas aquellas personas que le merecían confianza, ladeando un poco la cabeza, tratando de sopesar con gran cuidado lo que decían. Pero en cuanto le parecía que la lógica les fallaba, o que algo no estaba bien detallado, les hacía preguntas en voz queda.

A ningún hombre corriente le gustaba hablar con Swenson. Conversar con él era algo demasiado parecido a un examen tranquilo y despiadado. En los meses que estuvo en el Pentágono, Swenson hizo saltar de sus puestos a docenas de almirantes y generales después de una sencilla conversación de sólo cinco minutos. Pero los hombres de primera fila, aquellos que poseían realmente una verdadera capacidad para el poder y una honda intuición, le respondían sin titubeos. Los otros, los hombres más corrientes, nunca acababan de comprenderle. No les daba tiempo de conocerle bien. Tranquilamente, y sin dañar su reputación, les iba retirando a un lado. Swenson no toleraba la incompetencia.

El Presidente tomó el teléfono rojo e indicó a Buck que tomara el suyo también.

—Póngame con Omaha de nuevo —dijo.

En ese momento el gran reloj de pared indicaba las 10,40.