Fail Safe

Eugene Burdick · Capítulo 13 de 24

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12. Palabras, estadísticas y opiniones

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PALABRAS, ESTADÍSTICAS

Y OPINIONES

 

Swenson echó un vistazo a la estancia. Durante un breve instante estuvo pensando en si apagar o no el Gran Tablero, pero decidió dejarlo conectado como un aviso constante de la difícil situación en que se encontraban. El problema estribaba ahora en conseguir la mayor cantidad de respuestas, y las más concretas, a sus preguntas, en el mínimo de tiempo posible.

—Señores, Omaha está escuchándonos y el general Bogan y el coronel Cascio tomarán nota de lo que digamos —dijo Swenson—. Mr. Knapp, el presidente de «Universal Electronics» y el diputado Raskob también se encuentran en Omaha, donde habían ido a visitar sus instalaciones. Les he dado permiso para que puedan escucharnos también y para que hagan los comentarios pertinentes.

El tono de voz de Swenson era casi excesivamente tranquilo. Cuando tomó la palabra de nuevo, había en ella también un timbre metálico, de suma urgencia.

—Dentro de poco, el Presidente estará en contacto de nuevo con nosotros y quiere que le contestemos algunas preguntas —dijo Swenson—. Primero: ¿Qué pasó? Segundo: ¿Qué debemos hacer si los cazas no pueden alcanzar a los «Vindicator»? Tercero: ¿Cómo interpretarán todo esto los rusos? Cuarto: ¿Qué medidas tomarán al respecto? La discusión se limitará estrictamente a estos puntos.

Swenson miró a su alrededor. Sus ojos se detuvieron sobre Black. Éste le devolvió la mirada sin pestañear con sus ojos serenos, casi invisibles de tan escondidos en las profundas órbitas.

—General Black, ¿quiere darnos una breve explicación de lo que ha sucedido? —dijo Swenson.

—Señor Secretario, lo primero que tenemos que hacer es partir de la base de que estamos volando a ciegas —dijo Black—. Nadie sabe exactamente lo que ha sucedido. Lo único que sabemos realmente es que el Grupo 6 del SAC ha sobrevolado su punto Límite-de-Seguridad y, a menos que se lo impidan, lanzarán un ataque contra Moscú. De una manera lógica sólo dos cosas podrían haber sucedido: un fallo mecánico serio o que alguien del Grupo 6 haya sufrido un ataque de locura.

—Según los datos estadísticos, un doble fallo mecánico es poco menos que imposible —chilló Groteschele.

—Pero es concebible, ¿verdad? —Swenson hizo la pregunta de una forma tan cáustica que Black se preguntó si alguien le habría puesto al corriente de la discusión de aquella mañana.

Groteschele dudó un momento.

—Claro que es posible, pero… —En cuanto vio que Swenson no le escuchaba dejó de hablar sin terminar la frase.

Se oyó retumbar la voz de Bogan en el altavoz. Ajustaron el volumen y su voz sonó como si se encontrara allí mismo, en la habitación.

—Estoy de acuerdo con el general Black, pero el coronel Cascio tiene una duda —dijo el general—. En resumen, su argumento es que los rusos han hallado la manera de enmascarar la verdadera posición del Grupo 6, que probablemente ya se halla volando en dirección a los Estados Unidos. Lo que nosotros vemos en el radar como el Grupo 6, en realidad no es sino un grupo de bombarderos soviéticos que están allí precisamente por una sola razón: para hacernos creer que, accidentalmente, hemos lanzado un grupo de bombarderos contra Rusia. No estoy de acuerdo con este análisis, pero deberíamos considerarlo.

Alrededor de la mesa se notaron múltiples signos de nerviosismo. Groteschele empezó a arañar su bloc, otros sacaron cigarrillos. Stark miró a Black. Éste permanecía impasible, a pesar de que esperaba, lleno de tensión interior, la respuesta de Swenson. Mucho dependía de la reacción de Swenson ante la observación de Cascio.

—Gracias, general Bogan —dijo Swenson sin dejar de apartar la vista del rostro de Black—. Concuerdo con su opinión sobre los argumentos del coronel Cascio. Ahora, general Black, ¿quiere continuar?

—Todos los sistemas de vigilancia que tenemos han sido lanzados para controlar a los rusos —dijo Black—. En este momento tienen siete grupos de bombarderos en el aire. Pero ninguno puede llegar a América sin que los reabastezcan de combustible. Ninguno de ellos sigue una línea de ataque. Todos están volando siguiendo rutas determinadas dentro del espacio soviético. Un número muy grande de cazas rusos está actualmente en el aire, es decir, aproximadamente la mitad de los que poseen. Sin embargo, el cómputo y análisis simultáneo de sus líneas de vuelo revelan que no tienen una actitud agresiva. Los rusos no han disparado ningún cohete contra nosotros todavía. Los instrumentos que captan las descargas de energía son probablemente los más precisos que tenemos. Creo que, por ahora, los rusos todavía no han puesto en marcha sus depósitos de cohetes superatómicos.

—¿Qué dicen a esto? —Con estas palabras Swenson invitaba a los demás a que comentaran lo antedicho, pero el tono de su voz les decía: «Háganlo, rápido».

—Se enfrentan ahora con nuestro Grupo 6, ante el mismo problema que nosotros un poco antes con el Objeto No Identificado —dijo Alien, del Consejo Nacional de Seguridad. Hablaba por primera vez—. No saben lo que es ni por qué está allí, ni siquiera si es nuestro.

—La mejor respuesta siempre suele ser la más corta —dijo Black muy tranquilo—. Seguramente los rusos también investigaron el mismo ONI que nosotros, comprendiendo perfectamente la razón por la cual nuestros aviones empezaron a volar hacia sus puntos Límite-de-Seguridad. Esto ha pasado cientos de veces y se han familiarizado con nuestra manera de proceder. Hasta aquí todo iba bien. Pero en cuanto uno de nuestros grupos no regresó como de costumbre, se dieron cuenta de ello tan pronto como nosotros. Esto explica el que tengan un número tan considerable de cazas en el aire. Mi opinión es que en este instante todavía no consideran que nuestro Grupo 6 sea un grupo agresivo u hostil, aunque el retroceso de nuestros cazas pronto empezará a preocuparles. Pero si ven que los cazas se preparan realmente a abatir a los «Vindicator», sabrán en seguida que se ha producido un grave error.

—O quizás piensen que les estamos preparando una emboscada —dijo Groteschele sarcástico.

—También es posible —contestó Black—. Cualquiera de estas dos interpretaciones les alarmará. A pesar de esto, no creo que tomen una represalia o acción ofensiva que no puedan retirar fácilmente, a menos que el Grupo 6 llegue realmente a invadir su sector espacial, o que nosotros nos decidamos a emprender lo que, a sus ojos, puede parecer como una acción más fuerte en apoyo del Grupo 6.

Alien, del CNS, se sentó de nuevo en su sillón, junto a la mesa. Había estado hablando por otro teléfono situado al extremo de la sala.

—Señor Secretario, he estado hablando con el personal del Departamento Nacional de Seguridad —dijo Alien—. Como usted sabe mantienen un vigilancia permanente de las comunicaciones soviéticas durante las veinticuatro horas del día, grabando todo lo que se dice.

Black miró a Stark, ambos habían oído decir que cuando el accidente del «U-2» la gente del CNS oyeron cómo los encargados del servicio antiaéreo soviético hablaban por radio, enterándose casi inmediatamente de que habían sufrido un fallo en los motores, descendiendo hasta los 220 metros.

—Me dicen ahora que no han notado un incremento notable en las comunicaciones militares soviéticas —siguió diciendo Alien—, y que, en este instante, los aparatos de radar soviéticos no están en estado completo de alerta, ni en posición agresiva.

—Profesor Groteschele, ¿podría hacernos un comentario sobre lo que cree que los rusos están pensando ahora? —preguntó Swenson.

Se oyó la voz del general Bogan, desde Omaha, que interrumpía lisa y llanamente sin pedir excusas de ninguna clase.

—¿Quién es Groteschele, señor Secretario? —preguntó el general—. ¿Por qué está deliberando con ustedes?

La respuesta de Swenson fue cortés pero glacial:

—El profesor Groteschele es una autoridad reconocida en muchos asuntos que nos conciernen y fue invitado a asistir a esta reunión por deseo expreso del Presidente.

Groteschele sonrió. Se levantó, casi sin darse cuenta, adoptando la postura del profesor que se prepara a hablar con sus estudiantes. Chasqueó la lengua y luego, bruscamente, cambió. Se dio cuenta de la expresión del rostro de Swenson, duro como la piedra, los ojos azules autoritarios y fríos. La mirada de Swenson era tan explícita como una orden.

Entonces, Groteschele, con gran asombro por parte de Black, habló lisa y llanamente sin usar palabras ampulosas y sin desviarse del tema.

—Los dirigentes rusos tienen ideas marxistas —dijo—. No reaccionan como personas normales Creen que la historia está determinada por hechos fuera del control humano que asegurarán la victoria del comunismo. La guerra nuclear interrumpe el proceso de este determinismo histórico. Los rusos tienen más que perder que nosotros con la guerra. Por lo tanto, si los americanos atacasen primero, es más probable que se rindieran que no que tomaran represalias nucleares.

Black tuvo que admitir un poco a regañadientes que admiraba a Groteschele. No estaba de acuerdo con casi nada de lo que había dicho, pero llegado el momento y enfrentándose con una crisis, había fijado su posición sin reservas.

—¿Por qué cree usted que se rendirían si empezábamos nosotros? — preguntó Swenson.

—No son sino máquinas calculadoras humanas, fanáticos marxistas, y no obran impulsados por el odio ni el rencor —dijo Groteschele sin alzar la voz —. Si son atacados primero, aunque sólo sea por una o dos bombas, saben que si toman represalias pueden destruirnos totalmente o, por lo menos, a una parte sustancial de nuestra gente y recursos. Pero también saben que podríamos darles un segundo golpe que les devastaría por completo. Lo que el marxista considera más importante es mantener intacta por lo menos una parte de la Unión Soviética. En realidad no les preocuparía mucho que sobreviviera o no también una parte del mundo capitalista. Es más, muchos de ellos creen que el capitalismo debe llegar por sí sólo a su histórica e inevitable derrota antes de que el comunismo pueda realmente triunfar. En pocas palabras: quieren seguir como ahora durante algún tiempo, y si el precio para ello es que subsistan también algunos países libres están dispuestos a pagarlo. No quieren que el mundo sea destruido. Lo que quieren es llegar a dominarlo algún día y por eso desean que permanezca intacto a ser posible. Por lo tanto, estoy seguro que se rendirían.

Swenson fijo la vista en el Gran Tablero. Las lucecillas de los cazas estaban muy cerca del Grupo 6. Se volvió bruscamente.

—Es decir, en resumen, usted cree que se encuentran completamente atrapados en las garras de su ideología —dijo Swenson—. Su lógica y su fanatismo hará que actúen de una manera perfectamente determinada. ¿No es así?

Groteschele titubeó. No sabía cómo Swenson había aquilatado sus argumentos. Respiró hondo.

—Sí, señor, así lo creo —dijo muy despacio.

De nuevo Black sintió admiración por él. Groteschele se estaba jugando su carrera, su reputación, todas sus teorías, en aquel instante. Era probable que se pusiera a prueba su validez aquel mismo día.

Swenson miró a todos los reunidos sin decir nada, invitándoles a que hablaran con su silencio.

Groteschele no pudo contenerse.

—Lo que trato de expresar, señor Secretario, es que, a pesar de que mi interpretación pueda parecerles una novedad y un poco extraña, es muy sencilla. No debiéramos hacer nada. Si lo que yo pienso resulta cierto, los rusos se rendirán, y si nuestros dirigentes son lo bastante hábiles, la amenaza comunista desaparecerá para siempre con esto.

—Quedarnos impasibles —repitió Swenson quedamente.

Groteschele era un hombre duro; Swenson era un historiador aficionado y un estudiante de teorías modernas sobre el arte de gobernar. Le habían enseñado que casi todos los dirigentes más notables y poderosos habían sabido cuándo debían esperar. La capacidad de quedarse tranquilos en el momento adecuado formaba parte de la base de un buen estadista. Swenson no aceptaba ni por asomo la teoría ni el análisis que exponía Groteschele. Pero sus conclusiones podían ser correctas.

—Señor Secretario, a mí me parece que todo esto no son sino palabras — dijo el general Bogan, con tono cortante, desde Omaha—. Miren, a mí me afecta mucho más que a ninguno de ustedes. Tengo que escucharlo todo y luego trasladar sus órdenes y convertirlas en acción. No se dejen engañar, por lo menos habrá cuatro generales rusos en los puntos cruciales que pensarán exactamente como yo: la mejor defensa es una buena ofensiva. Atacarán sin que les importe un comino lo que Marx o cualquier otro haya dicho.

—¿Hay más comentarios? —preguntó Swenson.

Groteschele se había sentado, pero seguía con el cuerpo inclinado un poco hacia delante de su silla, tenso de emoción. En aquel momento, sus enérgicas palabras estaban a punto de comprometer el futuro de más de ciento noventa millones de personas al influenciar la enorme decisión militar que iba a ser puesta en acción.

Swenson miró a Black.

—Todo lo que expone Groteschele en su argumentación depende del grado en que los dirigentes rusos se hallen dominados por la ideología marxista —dijo Black—. Él cree que la dominación ideológica es total, pero yo considero que está equivocado. El Servicio Secreto hizo un largo estudio sobre esto y llegó a la conclusión de que los dirigentes soviéticos tomaban sus decisiones pensando como rusos y luego trataban de justificarlas con sus teorías marxistas. Olvídense de que son comunistas y juzguen sus actos objetivamente, y verán que su comportamiento es muy parecido al de cualquier dirigente de cualquier otro país.

En el Gran Tablero las pequeñas luces de los cazas estaban aparentemente sólo a unos centímetros de los «Vindicator». Todos escuchaban lo que decía Black, pero observaban atentamente la pantalla. Aquella lucecita de acero repentinamente lanzó dos pequeños puntitos fosforescentes que se deslizaron un poco hacia adelante y, en seguida, la lucecita trazó una curva larga y lenta hacia abajo. Black sabía que el avión se había inflamado al faltarle el combustible y había disparado sus proyectiles, cayendo ahora hacia las heladas aguas de abajo. Se imaginó el terror que experimentaría el piloto, esa sensación horrible de sentir que el avión ya no le respondía. La zozobra de la espera, atento a que se disparara la cápsula, la caída lenta del paracaídas hasta tocar las heladas aguas árticas y los momentos de frío intenso antes de morir.

La voz de Swenson le interrumpió cortante, llena de autoridad.

—El caza ha caído en acción. Podemos presumir desde ahora que los otros tampoco podrán cumplir con su cometido; y, ahora, ¿cuál es la situación?

Groteschele volvió a hablar tratando de fijar bien su posición.

—Señor Secretario, permítame recordarle lo establecido para el día del «aniquilamiento total». Tanto la Unión Soviética como nosotros podemos lanzar un primer ataque, y es probable que casi todos los centros de proyectiles subsistan a ese golpe y puedan lanzar un segundo ataque —dijo Groteschele—. Supongamos que todos los habitantes de América sucumbieran bajo el segundo ataque ruso. Los rusos saben que toda la maquinaria de «aniquilamiento total» entraría en operación entonces. Esto significa que muchas semanas después, e incluso meses después de que nos hubieran muerto a todos, los silos superatómicos esparcidos en todas partes de los Estados Unidos entrarían en acción y destruirían lo poco que quedara de la Unión Soviética. Y, lo que es más importante, los rusos saben que tenemos esa arma. Y que la usaríamos. Sin embargo, el accidente del Grupo 6 nos ha dado una oportunidad como enviada por Dios. Uno de nuestros grupos ha sido lanzado hacia Rusia con muchas probabilidades de éxito. Estoy convencido de que en el momento que los rusos se den cuenta de esto se rendirán. Saben que no pueden escapar a nuestro segundo ataque y, además, conocen nuestro plan de «aniquilamiento total». El Grupo 6 tiene una ventaja histórica fantástica. Completamente por accidente nos han forzado a entrar en acción los primeros, algo que nunca nos habríamos atrevido a hacer deliberadamente. Al tomar esta decisión, al romper esta gigantesca tensión, obtendremos una rendición prematura de nuestro enemigo. Deberíamos aconsejar al Presidente que no hiciera ningún esfuerzo para hacerlos volver. Al mismo tiempo deberíamos decir a los dirigentes soviéticos que los habían disparado por accidente.

El segundo y tercer caza lanzaron sus inútiles cohetes cayendo en espiral hacia una helada muerte.

Swenson esperó un momento, como si quisiera dar tiempo a que los demás captaran las complejidades del argumento de Groteschele.

—De todas maneras, tenemos que dar al Presidente una contestación más concreta sobre lo ocurrido —dijo Swenson—. Conocemos la teoría del coronel Cascio de que quizás se trate de una triquiñuela rusa para engañarnos. ¿Tienen algo que añadir?

—Me parece que la afirmación del coronel Cascio no es exacta; sin embargo, una parte de sus argumentos puede sernos útil —dijo Black—. Si los rusos realmente piensan que lo ocurrido con el Grupo 6 es parte de un plan de ataque, tratarían de perturbar sus transmisiones de radio de manera que nos fuera imposible comunicarnos con ellos para guiarles y darles instrucciones.

—¿Pero por qué razón no nos dejarían vía libre para que pudiéramos decirles que volvieran en caso de que se tratara de una equivocación? — preguntó Swenson.

—Porque son tan suspicaces como nosotros —dijo Black—. Las instrucciones actualmente vigentes entre nosotros son también de tratar de aislar cualquier bombardero ruso que se dirija a lo que se supone, y parece ser, una ofensiva contra nosotros o nuestros aliados. Así somos todos víctimas de nuestras propias suspicacias. Aunque todos sabemos también que existe la posibilidad de que un bombardero de cualquiera de los dos bandos «actúe por su cuenta» por error o accidente, procedemos como si aceptáramos que si se tratara de un bombardero enemigo su acción sería deliberada. Así, nosotros mismos frustramos sus esfuerzos, y los nuestros, de ponernos en contacto para controlar los bombarderos o el envío de cohetes de largo alcance.

Se sintió un murmullo de voces por el altavoz correspondiente a la oficina de Omaha. Swenson inclinó la cabeza a un lado, escuchando. Entonces, la voz del general Bogan se dejó oír clara y precisa:

—Knapp probablemente sabe tanto o más que cualquiera de los presentes sobre artefactos electrónicos —dijo el general—. Se muestra un poco reacio a dar su opinión, pero le he pedido que lo haga. ¿Lo considera oportuno, señor Secretario?

—Sí. —Swenson lo dijo así, secamente, como dando énfasis a la premura con que debía hacerlo.

Se oyó en seguida una voz diferente, débil y deshilvanada al principio y luego más segura.

—Cuanto más complejo y complicado sea un sistema electrónico, la posibilidad de que ocurra un accidente es mayor —dijo Knapp—. Tomemos como ejemplo uno de nuestros cohetes de largo alcance. Cada uno de ellos, al ser diseñado, ha sido revisado y controlado mediante todos los sistemas, y probado a fondo a satisfacción. Todos sus detalles de funcionamiento, materiales, etc., han sido tratados y puestos a prueba, simulando las condiciones y circunstancias en que se encontrarán cuando presten servicio, mucho antes de que se emprendiera su construcción. En esa fase todo parece concordar estupendamente. No debiera fallar ninguno y todos deberían salir disparados y deslizarse en el aire a la perfección. Pero sabemos que no ocurre así en la práctica. El «Atlas» es uno de los cohetes más seguros que poseemos, pero ¿qué es lo que ocurrió?: lo disparamos contra la Luna y falló desviándose en 38 250 kilómetros. Tomemos por ejemplo el viejo «X-15». Era pequeño y compacto. La comprobación de su funcionamiento era ideal, volaba como un sueño. Un pequeño aparato perfectamente calculado que debía ser lanzado con maravillosa precisión desde un avión madre. Pero fueron poquísimos los vuelos de los «X-15» en que no ocurriera algún percance completamente inesperado.

—¿Pero qué tiene todo esto que ver con la situación en que nos encontramos ahora, Mr. Knapp? —dijo Swenson en forma abrupta.

—Mucho y en forma muy directa, señor Secretario —dijo Mr. Knapp alzando un poco la voz—. Agrupe todos esos sistemas electrónicos unos con otros y más tarde o más temprano se estropeará un transistor, o fallará un transformador y el sistema se desbaratará. A veces incluso esos maravillosos aparatos de control y cerebros electrónicos se cansan, y empiezan a dar datos ambiguos lo mismo que un ser humano sobrecargado de trabajo.

—Señor Secretario, lo que dice Mr. Knapp no es absolutamente cierto porque pasa por encima de un factor muy importante —intervino Groteschele iracundo—. Incluso suponiendo que las máquinas fallaran son supervisadas por seres humanos, y éstos siempre pueden dirigir o corregir la decisión de la máquina.

Se sintió la risa delgada, abrupta e implacable de Knapp.

—Cuánto me gustaría, señor, que estuviese en lo cierto —dijo—. Es indudable que las máquinas se mueven con tanta rapidez, pueden incurrir en errores tan complejos y sutiles, que en un momento de apremio, como el de una guerra verdadera, sería difícil que hubiera el tiempo material necesario para averiguar si la máquina incurría en error o no.

Black sintió que le quitaban un peso de encima. Si Knapp no hubiese pronunciado esas palabras se hubiese sentido abrumado, especialmente viniendo la cosa de uno de «fuera».

—Señor Secretario, no sé si le interesará conocer la opinión de un político —dijo la voz del diputado Raskob desde Omaha—. Pero creo que lo pagarán caro. Ningún político, y para el caso importa poco que sea dictador o demócrata, sobreviviría si permitiese que una de las ciudades más grandes de su país fuera destruida sin tomar una acción u otra contra el enemigo. El pueblo es, a menudo, terriblemente vengativo. No sé lo que piensa Kruschev, pero de esto estoy seguro: si deja que destruyamos Moscú sin reaccionar en forma fulminante, le aseguro que no llegará a explicarlo en sus memorias.

El teléfono rojo sonó. Swenson lo cogió con gesto tranquilo, sin denotar la menor emoción, como si recibiera una llamada particular cualquiera. Ninguno de los presentes sabía exactamente lo que contestaría, pero sus palabras serían reconocidas oficialmente como la opinión conjunta de una institución en la que trabajaban millones de hombres, con un equipo que valía miles de millones de dólares y teniendo en su poder una fabulosa cantidad de material informativo. Black miró a Groteschele, vio que éste, ahora que la decisión estaba acordada, se había echado hacia atrás en su silla, descansando.

—Señor Presidente, opinamos que el Grupo 6 ha sobrevolado realmente su punto Límite-de-Seguridad —dijo Swenson—. Esto se debe probablemente a un error mecánico complejo. También cabe la posibilidad de que los mismos Soviets hayan dañado o contribuido a que se produjera ese error mediante algún nuevo experimento o artefacto lanzado por ellos. No creemos que se deba a un error humano ni que el comandante del Grupo 6 haya sufrido un ataque de locura.

Se quedó mirando fijamente el bloc que tenía delante y empezó a tomar notas. La tensión existente en la sala aumentó en forma casi palpable. Habían dado su parecer pero la decisión no estaba tomada.

Swenson alzó la vista y se dirigió a todos en general, sosteniendo el teléfono en la mano, tranquilamente, con voz serena.

—El Presidente quiere saber qué posibilidad tienen esos seis aviones de llegar a Moscú —preguntó; y miró a Black.

—Uno o dos de los seis probablemente llegarán —dijo Black en seguida —. Quizás, incluso más.

—Dos —dijo Swenson acercándose el teléfono a la boca. Escuchó atentamente, y les miró de nuevo.

—¿Incluso con toda la fuerza defensiva soviética concentrada contra ellos? —dijo Swenson repitiendo la pregunta del presidente.

—Nuestros «Vindicator» vuelan a tanta velocidad que no tendrían tiempo de usar todos sus aparatos defensivos —dijo Black—. Sencillamente, no podrán ponerse a tiempo delante de los «Vindicator». Tendrán que tratar de liquidar a los «Vindicator» con lo que tengan disponible en ese instante, aparte quizás de algunos cazas adicionales. Es muy difícil predecirlo pero hemos hecho la prueba cientos de veces y esto se ha calculado basándose en la capacidad defensiva de los Soviets y la capacidad evasiva de nuestros «Vindicator».

—No podrán concentrar todas sus fuerzas de un modo efectivo contra los «Vindicator» a causa de su enorme velocidad —dijo Swenson acercándose al teléfono.

Swenson colgó.

—El Presidente partirá de la base de que dos de los aviones llegarán a su «destino» —dijo muy despacio—. Hemos entrado en una verdadera crisis. Ahora hablara con Kruschev por teléfono.