Fail Safe

Eugene Burdick · Capítulo 15 de 24

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14. El cálculo y la espera

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EL CÁLCULO

Y LA ESPERA

 

El mundo vivía ahora de dos maneras distintas y paralelas. En la superficie estaba todo aquello que era del dominio público, mientras un lúgubre secreto seguía corriendo por debajo. El mundo, aparentemente, proseguía su vida diaria en forma serena, inocente y normal: los hombres seguían trabajando, morían, se amaban y descansaban como siempre. Pero debajo de esta aparente normalidad, se hallaba otro mundo complicado y oculto que trabajaba incansable en la inmensa tarea de preparar la guerra. En ese momento, aquel mundo recóndito y contrapuesto al primero, se encontraba a la expectativa, en alerta; la complicada danza guerrera que encerraba había llegado a un verdadero paroxismo de perfeccionamiento, y ahora se mantenía en suspenso, gracias a un equilibrio casi milagroso, a través de todo aquel complicado sistema informativo que acumulaba sospechas, supuestas intenciones, informes verídicos de hechos reales, e indicaba también su falta de información sobre otros.

Todos esperaban, atentos a los acontecimientos. En las salas de conferencias; en los comandos de guerra; en los silos de proyectiles superatómicos; en los aviones-piloto de los centros estratégicos informativos; en el interior de los submarinos inmóviles en el fondo del océano; en los aviones de caza; en los centros de observación frente a las consolas registradoras. Incluso los hombres que realizaban las misiones más activas, en realidad, no hacían sino esperar. También en Rusia se alzaban verdaderas olas de aviones de caza que se dirigían hasta el mismo borde de la frontera espacial soviética… y esperaban. Se preparaban los inmensos cohetes que hasta entonces habían estado sumergidos en profundos pozos… y esperaban. Verdaderas caravanas de proyectiles de larga distancia eran enviadas hacia el Este… y esperaban también. Los equipos de radar estaban listos… y sus operadores a la expectativa.

Grandes ejércitos, flotas aéreas y muchos cientos de los más complicados armamentos eran preparados en los dos continentes y se mantenían listos para entrar en acción al más leve movimiento.

Los nervios y los músculos de todos esos centros militares estaban tensos, rígidos de atención. Para unos era una sencilla rutina: muchos miles de hombres no hacían sino repetir lo que habían hecho durante innumerables ejercicios prácticos, sin que tuvieran ni la más mínima noción de si se trataba de una verdadera situación de emergencia o no. Mientras otros trabajaban algo más conscientes de su trascendencia. No obstante, los que ocupaban puestos estratégicos eran los únicos que tenían pleno conocimiento de lo que ocurría o de lo que podía ocurrir, que aún era mucho peor, y ese intervalo de espera se les hacía punzante y doloroso: como si el mismo silencio se hallase inmerso en un inmenso grito de horror, como si la paz ya hubiese entrado en su agonía.

La Sala de Mando del Gabinete de Guerra de Omaha era también uno de los centros más afectados. Todos los aparatos que contenía y todos sus hombres estaban listos y atentos. Ahora irradiaba luz por todas partes; los miles de pequeños interruptores que se apagaban y encendían, las proyecciones, que se sucedían unas a otras sin cesar, y la luz tras el inmenso mapamundi transparente, habían hecho desaparecer hasta el más leve vestigio de sombra.

El general Bogan se hallaba sentado frente al escritorio situado delante mismo del mapamundi. Sentía en forma casi palpable la presencia de todos aquellos hombres sentados muy quietos y atentos tras sus mesas, observando las consolas que tenían junto a sí y los otros aparatos y mecanismos. Todo funcionaba con el máximo rendimiento. Se oía el chirriar de las máquinas y el respirar atento de los hombres; era un espectáculo hermoso en todo su orden y simetría. Pero ahora se trataba de una verdadera emergencia y ya era imposible contemplarlo serenamente sabiendo que quizás todo aquello llegaría pronto a su fin.

El general Bogan seguía inmóvil frente a su escritorio, observando atentamente la trayectoria de varios puntos proyectados sobre el mapa del mundo.

—Muestren un primer plano del Grupo 6 —dijo el general.

La proyección reflejada encima del mapa empezó a cambiar a una velocidad vertiginosa, como si una cámara filmadora hubiese descendido desde gran altura; el general Bogan se maravilló de nuevo ante el ingenioso mecanismo de aquella máquina. Sirviéndose de las estaciones de radar colocadas en cada uno de los satélites lanzados años atrás, se podía captar la imagen de cualquier punto del mundo con sólo ponerse en contacto con el satélite correspondiente. La imagen requerida ahora fue proyectada sobre un mapa en gran escala de la Unión Soviética, obteniéndose un versión exacta del avance del Grupo 6.

El Grupo se había abierto, separándose uno del otro antes de penetrar en zona soviética. Así disminuían el peligro de que un mismo proyectil enemigo destruyese dos aviones. El Grupo 6 había atravesado la frontera soviética, proyectada sobre el mapa con una fuerte línea roja, y había penetrado unos kilómetros en zona soviética.

Al darse cuenta de ello, los pocos hombres que aún seguían conversando callaron repentinamente.

—Proyecten el avance de los aviones soviéticos también —dijo el general.

En seguida apareció un enjambre de pequeñas lucecitas blancas, agrupadas meticulosamente en la zona soviética indicada por la línea roja.

—Informa la consola correspondiente a las operaciones enemigas, general Bogan —dijo una voz mecánica; se trataba de un verdadero cerebro mecánico que compilaba la información recibida y ahora retransmitía en forma verbal, por un altavoz, lo que se estaba proyectando en el Gran Tablero—. «El avión número 5, cargado con equipo defensivo y otros aparatos similares ha tomado la delantera» —siguió diciendo la voz—. «Es evidente que ha utilizado los nuevos sistemas defensivos que impiden localizarlos pues, tal como ustedes pueden ver, los cazas soviéticos no se han agrupado en el lugar por el cual el Grupo 6 ha cruzado la frontera realmente. Seguramente en este momento sus aparatos de radar les indican que el enemigo se extiende en una zona mucho mayor y su pantalla reflejará innumerables lucecillas sin que puedan determinar exactamente cuáles son las verdaderas y cuáles simples subterfugios».

—¿Han lanzado proyectiles atómicos ya? —preguntó el general.

«Aún no», contestó el mecanismo encargado de controlar los movimientos tácticos.

En aquel mismo instante el Comando Estratégico soviético ordenó que sus cazas entraran en acción, e instantáneamente el Gran Tablero se pobló de pequeñas lucecillas que se deslizaban por él, caían encima de los señuelos lanzados por el avión número 6, siguiendo incansables sus rutas electrónicas y, luego, detonaban abriéndose como pequeños hongos que desaparecían casi instantáneamente.

«Esos pequeños puntos que aparecen y desaparecen rápidamente son proyectiles enemigos», siguió explicando el mecanismo «Experto en Defensa Enemiga». «Las luces más grandes corresponden a los cazas enemigos que probablemente tienen su propio equipo de radar y van provistos de proyectiles para ser lanzados en el aire. Hasta ahora la artillería antiaérea no ha hecho ningún disparo de tipo nuclear, actúa simplemente en forma convencional. Tal como pueden observar, nuestras armas defensivas y nuevos equipos han funcionado perfectamente. El avión número 6, que está empezando la retirada, lanzará sin duda otra “cortina” antes de marcharse».

Cada uno de los aviones poseía un equipo obstructor de radar y otros elementos llamados «cortina», designándose así una forma más perfeccionada del material de desecho que se lanzaba con el fin de que el radar enemigo captara falsas imágenes. Los «Vindicator» llevaban además otro tipo de señuelos, algunos de los cuales eran lanzados por pequeños cohetes, además de proyectiles defensivos y aparatos especiales cuya misión era descubrir e identificar la naturaleza de los proyectiles lanzados por el enemigo, a fin de computar el momento exacto en que los nuestros debían ser disparados para detenerlos.

«En este preciso instante, el radar soviético ha captado seguramente ya más de cien puntos o lucecillas distintas y las están examinando cada una sistemáticamente», siguió diciendo la voz. «Esos señuelos no han sido proyectados sobre nuestra pantalla, pues nuestro equipo elimina en forma automática las señales emitidas por nuestras “cortinas”. En cambio, el radar soviético capta todas las imágenes y de lo único que están seguros ahora es de la situación exacta de sus propios proyectiles y aviones de combate. La tarea que se les presenta en este momento es bien difícil, pues están tratando de seguir el movimiento y descubrir la naturaleza de varios cientos de lucecillas y controles dirigiendo al mismo tiempo sus propios aviones en una área de varios millones de kilómetros cúbicos».

Al oír aquello el general Bogan sintió una extraña sensación de orgullo y de impotencia al mismo tiempo. Durante muchos años todos los que allí se encontraban junto a aquellos complicadísimos mecanismos, habían trabajado con ahínco, practicando una y otra vez, preparándose para el instante terrible en que deberían entrar en acción. Había llegado el momento, pero existía un abismo de diferencia con los planes imaginados. Mientras iban perfeccionando aquel mecanismo, tan magnífico y bien equilibrado, a ninguno de ellos se le había ocurrido que sería puesto en marcha para contrarrestar un impensado y grave error. A pesar de ello, el general Bogan no podía reprimir la admiración que sentía al ver la eficiencia con que aquellos bombarderos «Vindicator» lanzaban sus emboscadas y proyectiles defensivos, mientras seguían avanzando en línea de ataque.

Sin embargo, un sentimiento de culpa le invadía. Si el ataque hubiese obedecido a órdenes legítimas ordenadas desde Washington, los «Vindicator» hubieran recibido además toda clase de ayuda de su parte. Los «AB-52», provistos de equipos cargados de señuelos y otros procedimientos más complicados que los que podían transportar los «Vindicator» les hubiesen escoltado y, además, hubiesen sido empleados otros sistemas de enmascaramiento y de emboscadas para entorpecer el radar enemigo desde los diversos centros situados alrededor de la frontera soviética. Pero se habían dado las órdenes pertinentes para que éstos no se movieran. Los «Vindicator» luchaban solos sin ayuda alguna. El general Bogan, al pensar esto, se sintió más desgraciado todavía, especialmente al considerar que si llegaban a dar la información adecuada a los rusos, éstos últimos tendrían muchas más probabilidades de abatirlos. Pero instintivamente enterró aquella idea en las profundidades de su mente.

—¿Qué parte de su material defensivo han disparado los «Vindicator» hasta ahora? —preguntó el general.

«Por ahora han seguido el modo operativo corriente, mientras el avión número 6 se ha ocupado de lanzar proyectiles aéreos dirigidos contra los proyectiles y aviones enemigos, en cuanto estos últimos se han aproximado a un verdadero objetivo», dijo la voz mecánica. «El avión número 6 ha despachado ya un cincuenta y cinco por ciento de su armamento, pero los otros aviones todavía tienen intacto su aprovisionamiento de proyectiles dirigidos».

De pronto, uno de los cazas soviéticos proyectados en la pantalla viró y empezó a volar directamente hacia el avión guía de la formación de «Vindicator». Los dos aviones se iban acercando el uno al otro a una velocidad de 4950 kilómetros por hora. El general Bogan sintió una fuerte opresión en el pecho al entablarse una dura lucha entre su corazón y su mente. Pues, tras aquellos largos años de entrenamiento, sentía una simpatía desesperada a favor del «Vindicator».

Repentinamente la suerte estuvo echada. Una pequeña luz se desprendió del avión número 6, manteniéndose en suspenso un momento y, luego, como si se tratase de un meteorito, tras el cual pendía una pequeñísima cola fosforescente, avanzó a toda velocidad hacia el caza soviético. Era un «Bloodhound», y el general calculó que corría a una velocidad superior a los 1475 kilómetros por hora. El caza soviético empezó a volar zigzagueando, pues seguramente alguno de sus mecanismos le había indicado que se acercaba al proyectil. Finalmente, cuando el «Bloodhound» se hallaba a unos kilómetros del avión soviético, este último lanzó un proyectil hacia él. Pero ya era demasiado tarde, y, al cabo de un segundo, una gran mancha en forma de hongo obscureció la escena. La cabeza del «Bloodhound» se desprendió y el proyectil aéreo soviético, el caza que lo había lanzado y el mismo «Bloodhound» desaparecieron absorbidos por aquella mancha. El bombardero americano viró apartándose de aquel espeso vapor verdoso que iba extendiéndose como si se tratase de un virus venenoso. Luego, repentinamente, su color fue haciéndose más tenue hasta que desapareció.

—¡Dios mío! ¡Me apuesto lo que quieran a que los «Vindicator» han pasado un buen susto! —exclamó una voz desde el fondo de la sala.

Más al norte de los «Vindicator», otro caza soviético cambió de ruta y, casi simultáneamente, otro hizo lo mismo. Ambos avanzaron a toda velocidad siguiendo sus rutas electrónicas, capeando obstáculos invisibles para los que observaban. El avión número 6 viró en dirección a ellos, pero en aquel momento cada uno de los cazas soviéticos soltaron dos de sus proyectiles dirigidos, que se deslizaron velozmente, cual pequeñas amebas hacia el «Vindicator» más próximo. El «Vindicator» atacó y casi simultáneamente el avión número 6 soltó un total de seis proyectiles hacia los dos cazas. Los proyectiles soviéticos avanzaban a una velocidad mucho menor. Mientras tanto los que acababa de lanzar el «Vindicator» seguían en dirección a los proyectiles soviéticos, pero luego se desviaron un poco dirigiéndose hacia el blanco más grande, el de los cazas enemigos.

—¡Oh! ¡Dios mío! —murmuró el coronel Cascio—. Pero si han pasado rozándoles.

Dos segundos más tarde los dos cazas soviéticos desaparecieron dentro de una llameante luz verde, mientras los cuatro proyectiles que habían lanzado seguían avanzando implacables. El «Vindicator», al verse atacado, empezó a dar saltos en el aire, cambiando rápidamente de ruta, tomando mayor altitud y disparando cuatro proyectiles más. Pero era demasiado tarde, pues los proyectiles soviéticos estaban ya muy cerca. Convergieron sobre el «Vindicator» y éste desapareció en medio de una explosión.

La sala quedó sumida en un profundo silencio; era la primera vez que muchos de aquellos hombres «veían» cómo caía destrozado uno de sus propios aviones. Éste no era el caso del general Bogan, quien durante la Segunda Guerra Mundial había visto por el radar, y también con sus propios ojos, cómo eran abatidos muchos aviones de los suyos. Intuyó que había llegado el momento de levantar el ánimo de su gente y restablecer aquella atmósfera impersonal propia de la Sala de Mando. Puso el altavoz para que todos pudieran oírle:

—Es evidente que los soviéticos tienen unos proyectiles mucho más lentos, pero de mayor alcance —enunció con voz clara—. Es decir, su alcance es mayor de lo que habíamos calculado. El mecanismo computador de tiempo que llevan nuestros proyectiles indicó la presencia de los cuatro proyectiles soviéticos, pero «calcularon» que debido a la escasa velocidad a que avanzaban, no eran sino planeadores de reconocimiento y en vez de atacarlos destruyéndolos, se desviaron y siguieron su ruta hacia los cazas soviéticos. ¡Hay que saber perder a veces también! —agregó.

Se dio cuenta casi instantáneamente de la ironía que encerraban sus mismas palabras. Pero si los «Vindicator» tenían que perder, era preciso que fuesen destruidos, o si no sólo Dios sabía lo que ocurriría. No obstante, todo su ser estaba a favor de los «Vindicator»: eran los suyos. Se sintió ligeramente mareado mientras su mente giraba en un torbellino entre esas dos corrientes opuestas; una gobernada por la lógica, y otra por la lealtad hacia sus compañeros.

—General, ocurrirán cosas peores antes de que se arregle el asunto —dijo alguien.

Miró hacia su interlocutor y vio que se trataba de Raskob, que se mantenía erguido sobre sus piernas abiertas, con la vista fija en el tablero y un cigarro puro apagado entre los labios. Incluso bajo aquella luz blancuzca, la palidez de Raskob impresionaba.

—Tiene razón, señor, esto se pondrá mucho, pero mucho peor —dijo el general.

—¿Serán capaces de soportarlo nuestros hombres? —preguntó Raskob—. No sólo los que nos encontramos aquí, sino los que están en el aire. Después de todo, los que morirán serán los nuestros, y es duro tener que quedarse inactivo mirando sin poder remediarlo. ¿Está seguro que podrán resistirlo?

—Creo que sí, diputado Raskob —dijo el general—. Los han ejercitado miles de veces para pruebas, ensayos y ejercicios, hasta tal extremo que se les hace difícil saber ahora si se trata de un mero ejercicio o de una acción real y verdadera.

—Espero que tenga usted razón, general Bogan —dijo Raskob—. No sé lo que estará haciendo el Presidente, pero sea lo que sea deseo que acierte. No tardará en llegar el momento en que Kruschev se canse de estar sentado, observando cómo esos aviones avanzan hacia Moscú. Todo depende de la habilidad del Presidente en persuadir a Kruschev de que realmente todo fue debido a un error. Si no, esto reventará en un cien por ciento y habrá una verdadera hecatombe de explosiones, y esta maldita guerra que nos llevará al mismo infierno. ¿No es así, general?

—Eso es —contestó el general.

Sintió una fuerte corriente de simpatía hacia Raskob por primera vez. Era un hombre duro, tenía una visión clara de las cosas y la entereza de enfrentarse con ellas. Ahora se daba cuenta de que la responsabilidad de todo estaba en manos del Presidente. A menos de que ocurriera un milagro, uno de los dos bombarderos llegaría a su destino. Y a menos de que los soviets estuvieran plenamente convencidos de que el ataque se debía por completo a un error, se verían forzados a contraatacar.

—¿No tiene idea de cómo puede haber ocurrido, verdad, general? — preguntó Raskob.

El general Bogan se sintió confuso, no podía concentrar su pensamiento, como si en su mente sólo hubiese una película borrosa.

—No, señor, ni por asomo —dijo—. Nos han machacado una y otra vez que el sistema era infalible. Bueno, eso sí, nos explicaron que de vez en cuando podía ocurrir un pequeño fallo, pero el sistema estaba tan bien ideado y construido que lo subsanaría por sí solo.

—Nos dijeron… —replicó Knapp en un tono lleno de asombro—. Siempre ese impersonal «nos dijeron», esos «ellos» desconocidos. Nosotros que construimos y manufacturamos todos estos mecanismos, y que sabíamos para lo que servirían…, nosotros nunca dijimos a nadie que fueran infalibles. Pero claro, en Washington, «ellos» tuvieron que decir que era perfecto, que un error sería inconcebible. General, en este mundo no existe un sistema perfecto y «ellos» tenían la obligación de decírselo.

—Oiga, amigo —cortó Raskob bruscamente—. En Washington es imposible conseguir grandes sumas de dinero, personal especializado y todo eso a menos que sea para algo perfecto. —Hizo una pausa y añadió—: Sí, todo es muy sencillo: primero hay que dirigirse a las comisiones que conceden los créditos y hablar y hablar hasta que uno mismo queda convencido de que el sistema es perfecto, y no hay nadie en el comité que se atreva a negar nuestros razonamientos. Porque, claro, ninguno de nosotros somos genios ni sabios electrónicos y todo eso. Así es que acabamos por contarles un «cuento». ¿Qué haríamos si no?

—Bien poca cosa —dijo Knapp—. Excepto tratar de escuchar los razonamientos de los realmente entendidos. Mire usted, durante años, un individuo llamado Fred Ikle, que trabajaba en la Rand Corporation y la Fuerza Aérea en cómo reducir los riesgos de una guerra por error, ha estado encontrando y señalando numerosas fallas en el sistema, mientras en esos mismos momentos la prensa hablaba de las maravillas y la perfección de ese mismo sistema. Kendrew, en Inglaterra, también ha hablado en forma clara y evidente sobre los peligros de que estalle una guerra de ese tipo, y así muchos más. La mayoría son hombres civiles como nosotros, que conocen bien las cosas —lo dijo con voz segura, pero sin vanagloriarse de ello—. Sabíamos que es imposible encontrar el sistema perfecto —añadió—. La gran equivocación ha sido que nadie se haya encargado de decirlo de un modo claro y terminante al pueblo y al Congreso.

—¿Qué quería que hiciéramos? —interrumpió el coronel Cascio, y su voz denotaba su mal contenida ira—. ¿Quedarnos sentados tranquilamente mientras nuestros enemigos se armaban hasta los dientes y dejar que las cosas llegaran a un punto en que pudiesen pedirnos la rendición sin condiciones y no tuviésemos más remedio que concedérsela?

—No, eso sí que no, no nos quedaba otro camino y tuvimos que hacer lo que hicimos —dijo Raskob abatido—. En el terreno político en cuanto se permanece inactivo se es hombre muerto. Me imagino que en lo militar sucede aproximadamente lo mismo. Pero quizás hubiese sido más prudente recapacitar un poco más y admitir que, llevado a estos extremos, ese maldito sistema resultaba un poco absurdo.

El general Bogan tuvo la certeza de que Knapp sufría terriblemente al reconsiderar los hechos. Con su cuerpo encorvado, consumido por el trabajo; sus ojos ardientes y su rostro desencajado, era la imagen misma del dolor. Además adivinaba el porqué de su agonía: gran parte de la maquinaria que había en aquella Sala de Mando había sido ideada y fabricada por él y la certeza de que era absolutamente imposible que el sistema funcionara siempre a la perfección, hacía largo tiempo que le agobiaba. Ahora mismo se preguntaba por qué no lo había planteado antes.

El único capaz de seguir viendo los dos lados del problema era Raskob, endurecido por la política. No apartaba los ojos del Tablero y cuando habló de nuevo su voz denotaba compasión pero al mismo tiempo una plena aceptación de la dura realidad.

—Bien, ahí va otro bombardero. Si esos cazas soviéticos se ponen forma quizás todavía pueda evitarse lo peor.

Todos los que estaban reunidos allí notaron que el Coronel Cascio se removía incómodo en su asiento al oír esto. Con los ojos ardientes y el cuerpo extrañamente retorcido, parecía preso de una verdadera tortura física. No pronunció palabra pero sus ojos llenos de odio se clavaron en Raskob.

Raskob le devolvió la mirada sin inmutarse.

—Mire, amigo, ocurren cosas mucho peores que la pérdida de seis bombarderos —dijo—. Es lamentable tener que observar cómo esos dieciocho hombres luchan denodadamente para acabar pereciendo en la acción. Pero piense un instante en todos los demás, en esos millones y millones de personas de todo el mundo, ocupados en sus quehaceres, y que no tienen la más mínima noción de que quizá dentro de unas pocas horas serán aniquilados. ¿Es que ha pensado alguna vez en ello? Bien, precisamente de esto se ocupa lo que llamamos «política» y ese hombre que tiene la desgracia de estar en la presidencia y tomar la decisión final lo sabe bien también.

La expresión de los ojos del coronel no cambió a pesar de todo. Parpadeó un instante y volvió a fijarse en sus controles.

Los cinco «Vindicator» que quedaban ahora volaban muy separados, pero su dispersión había sido cuidadosamente calculada. A esa distancia era imposible que un solo proyectil alcanzara a dos de ellos al mismo tiempo, pero aún podían seguir protegiéndose y ser protegidos por el avión número 6.

—¿Cómo les va a los cazas soviéticos? —preguntó el general por el micrófono.

La consola encargada de informar sobre la defensa enemiga contestó inmediatamente:

«Se nota que están completamente desconcertados luchando contra los señuelos y la “cortina” de los nuestros», dijo la voz. «Todavía no se han podido concentrar sobre el grupo seis, y siguen dispersos a la caza de los señuelos».

Alguien lanzó en la sala una exclamación de gozo, que no tardó en ser seguida por otras. El general Bogan también sintió que un grito de alegría se formaba en su garganta, pero lo reprimió instantáneamente. Sus sentimientos se le aparecían extrañamente perversos, encerrados en una fuerte paradoja. La idea de que él mismo, desde su puesto en la sala de mando, podía ayudar a los rusos a distinguir entre sus aviones y los señuelos, no cesaba de repercutir en su mente. Se dirigió a los demás en un tono duro, como un latigazo:

—¿Quieren terminar con este barullo? —dijo—. ¿No comprenden que no se trata de un partido de fútbol? —Todos enmudecieron instantáneamente—. Acuérdense de que todo esto puede ponerse feo de veras dentro de unas horas.

Echó una mirada a su alrededor y notó un destello de contenida ira en sus ojos; permanecían callados, con los hombros encogidos de resentimiento. Eran hombres bien entrenados, pero no para esta clase de cosas tan desconcertantes.

—¿Cuánta carga defensiva tiene todavía el número 6? —preguntó el general Bogan.

«Un veinticinco por ciento», contestó la voz. «Ha disminuido sus disparos defensivos tratando de conservar sus proyectiles para tirarlos sobre Moscú».

En el flanco sur de los bombarderos «Vindicator» un caza soviético corría aprestándose a interceptar el vuelo de uno de ellos. El «Vindicator» se apartó, pero la pequeña lucecilla correspondiente al avión soviético hizo lo mismo, era obvio que pronto le alcanzaría.

—Dispara, dispara —decía una voz allí mismo. El general levantó los ojos y vio al coronel Cascio. Estaba sentado en el mismo borde del asiento, mostrando los dientes entre sus labios estirados—. Dispara antes de que uno de esos bastardos lance sus proyectiles lentos de largo alcance.

—Coronel, si vuelve a pronunciar una palabra más en ese tono saldrá de esta sala de mando y le será aplicada la ley marcial —dijo el general en voz baja.

Nadie más oyó sus palabras.

El coronel Cascio se retorció aún más, como un boxeador lastimado que tratara de protegerse. Luego clavó sus ojos en el general y desaparecieron las sombras que los cubrían, irguiéndose de nuevo en su asiento.

Otros tres cazas soviéticos se unieron al anterior y avanzaron en formación cerrada. El «Vindicator» dio un salto y los cazas soviéticos hicieron lo mismo. Casi instantáneamente el «Vindicator» lanzó cuatro proyectiles. Los cazas soviéticos, a su vez, lanzaron otro proyectil cada uno, mientras siguieron avanzando hacia el «Vindicator». Casi al mismo tiempo sus aparatos de control les indicaron que habían disparado contra ellos y viraron rápidamente, pero ya era demasiado tarde. Cinco segundos después estallaron en el aire, pero sus proyectiles seguían avanzando con terrible lentitud hacia el «Vindicator». Éste empezó a moverse de un lado a otro tratando de escapar, pero no fue lo bastante rápido. Los proyectiles siguieron su marcha implacable hasta dar en el blanco. De nuevo se produjo la fusión de los puntos en la pantalla seguidos de la explosión y el fuerte destello que fue apagándose.

El general Bogan sintió cómo le temblaban las puntas de los dedos que tenía pegados al pantalón de su uniforme. Durante un instante tuvo la sensación de estar sometido a un nuevo tipo de tortura desconocida hasta entonces; como si socavaran sus sentimientos, interfiriendo su misma forma de ser. Deseó ardientemente poder estar solo, junto a una botella de whisky, encerrado en una oficina muy lejos de allí.

Entonces, como si obedecieran a una orden previa, todos los que estaban allí suspiraron muy hondo, en un espeluznante concierto. El diputado Raskob murmuró algo entre dientes, como si dijese: «Todavía faltan cuatro más».