Fail Safe
19. Los últimos momentos
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LOS ÚLTIMOS MOMENTOS
Los dos bombarderos que quedaban siguieron su ruta a través de la noche, cada hombre en su puesto haciendo lo que le correspondía. Grady perdió su tensión. El tremendo peso que había sentido hasta entonces desapareció. Le pareció ser otro, como si estuviera observándose a sí mismo desde un punto situado algo más lejos. Actuaba como un autómata bajo su traje de goma y de «nylon» y aquel pesado casco. Como si sólo le quedaran la carne y el hueso y ya no tuviera corazón. Su inteligencia todavía le obedecía, pero permanecía inerte e impermeable a toda emoción. Era su intelecto el que miraba la pantalla de radar haciendo las correspondientes alteraciones de altitud de vez en cuando, acusando recibo de los informes que le daban el piloto y el artillero.
Repentinamente, Grady tuvo miedo y esto hizo que volviera a la realidad.
—¡Oh, Dios mío! ¡Cristo! —exclamó el artillero preocupado. Al oírle, Grady recuperó por completo el dominio de sí mismo.
—Coronel Grady, el indicador de rayos infrarrojos nos muestra que un gran número de cohetes han estallado a unos treinta kilómetros de aquí. Pronto aparecerán en su pantalla de radar —agregó el artillero.
Los últimos quince años de prácticas empezaron a girar como un torbellino en la mente de Grady. En los informes facilitados por los servicios de inteligencia les habían indicado que probablemente se encontrarían con ese cinturón de cohetes defensivos. También sabía que éstos habían sido diseñados para ser disparados contra blancos que volaran a gran altura a fin de evitar que contaminaran las instalaciones vitales, como las fábricas de acero. Entonces, una serie de dispositivos les indicaban el punto donde se encontraban otras máquinas o motores de reacción, tales como los aviones, por ejemplo.
—¿Cuántos «Bloodhound» nos quedan? —preguntó Grady a su ayudante.
—Dos —dijo éste.
La mente de Grady estudió rápidamente aquel nuevo problema sopesando y revisando diversas alternativas. Pero a pesar de ello sabía que intuitivamente encontraría la respuesta. Sí, aquí estaba: lo que los soviets intentaban era lanzar todos los cohetes que les quedaban simultáneamente y así detonarían a una altura suficiente para que el país se salvara, pero la enorme bola de fuego y la barrera termonuclear que originarían se extendería en todas direcciones y seguramente acabaría con ellos.
Sabía que para los rusos era jugarse el todo por el todo. Pues se ignoraba el efecto que una barrera de este tipo tendría sobre las cargas nucleares que llevaban. El ataque podía abortar a causa del mismo «shock» producido, del calor, o por un bombardeo de neutrones; quizás por esos tres factores a la vez. Pero Grady había tomado una decisión.
—En cuanto empiecen a aparecer en la pantalla de radar disparen los dos «Bloodhound», uno a babor y otro a estribor, y diríjanlos hacia la altitud máxima que puedan alcanzar —ordenó Grady.
—¿Hacia arriba, señor? —preguntó el operador desconcertado. Nunca había oído hablar de este tipo de táctica, su voz estaba llena de escepticismo.
—Hacia arriba; en cuanto vea los cohetes enemigos empiece a subir — dijo Grady con voz ronca.
Se produjo una pausa de apenas dos segundos.
—Ahora —dijo el artillero. Casi instantáneamente Grady sintió cómo el «Vindicator» saltaba al desprender los «Bloodhound». Vio la llama simultánea de sus cohetes de propulsión. Su brillante luz iluminó la oscuridad de la noche como un gigantesco fuego artificial preparado expresamente para ellos solos. Vieron cómo esos dos tremendos cohetes llenos de luz giraban enfrente del «Vindicator» y luego, al alzarse, dibujaban un sobrecogedor arco de llamas sobre la oscuridad espesa de la noche. Grady se dirigió de nuevo a su artillero:
—¿Cuál es la velocidad máxima a que pueden avanzar los «Bloodhound» si se les da todo el gas?
—Casi mil kilómetros por hora, pero eso aumentaría su consumo de combustible en tal forma que seguramente no alcanzarían a recorrer más de unos cuatro mil metros.
Pero Grady hacía sus cálculos basándose en lo que veía y guiándose por una intuición segura, estimando que cuando los proyectiles soviéticos llegasen a una altura de seis mil seiscientos metros, los «Bloodhound» se encontrarían unos ochocientos cincuenta metros más arriba. Decidió correr el albur de lanzarlos pensando que quizás, con suerte, serían capaces de desviar los cohetes soviéticos. Pues, suponiendo que hubiese hecho sus cálculos para que la explosión se produjera al llegar a los seis mil seiscientos metros, sabía que estos cohetes llevaban un dispositivo especial que les permitiría percibir si el blanco estaba más allá del punto fijado, y en ese caso proseguirían su camino. Sabía, además, que habrían colocado sus dispositivos para que detonaran a unos seiscientos sesenta metros del blanco, y calculó que, si lograban que los «Bloodhound» se mantuvieran unos ochocientos cincuenta metros por encima de la nube de cohetes soviéticos, cabía la posibilidad de que éstos estallaran simultáneamente, en forma automática, sobre los «Bloodhound».
—Trate de dejar a los «Bloodhound» la energía suficiente, suministrándola a pequeños intervalos, para que puedan mantenerse por lo menos ochocientos veinticinco metros más arriba de los proyectiles enemigos —dijo Grady.
El artillero se volvió para mirar a Grady y, al comprender lo que se proponía, sus ojos brillaron, llenos de una admiración casi salvaje. Al mismo tiempo, sus dedos largos y sensibles, como los de un pianista, empezaron a buscar los controles.
—Están a cinco mil novecientos cuarenta metros. Ahora a seis mil doscientos setenta. Ya han llegado a los seis mil seiscientos metros —iba diciendo el artillero en voz alta y aquella maniobra tan fuera de lo normal parecía llenarle de extraño júbilo.
Cuando por fin calló y ambos fijaron su vista en la pantalla del radar, se dieron cuenta de que la ola de cohetes se encontraba muy por encima de ellos. Inmediatamente, en forma casi automática, Grady extendió la mano hacia la palanca que controlaba la descarga de las bombas. Aunque los cohetes estallaran dentro de unos segundos, le quedaba el tiempo suficiente para lanzar las dos bombas sobre Moscú. El «Vindicator» desaparecería en seguida fulminado por la potente explosión de los cohetes.
Los proyectiles avanzaron más allá de los seis mil seiscientos metros. Entonces la perfecta línea de su formación empezó a dibujar un ángulo, pues los proyectiles de los extremos viraron buscando a los «Bloodhound». Grady se dio cuenta inmediatamente de que la táctica empleada había surtido su efecto. Los cohetes enemigos perseguían tenazmente a los dos «Bloodhound», y los que se encontraban más lejos perdieron un poco de altura al virar dirigiéndose hacia ellos. El artillero hablaba en voz baja consigo mismo mientras observaba sus instrumentos. Buscó la palanca de control, bajándola un momento y, casi al mismo tiempo, los dos «Bloodhound» dieron un salto hacia delante. Todavía respondían a las palancas de mando del bombardero.
Casi instantáneamente los cohetes soviéticos aumentaron también su velocidad. Una fuerte luz irrumpió en un extremo de la línea de cohetes: uno de ellos había estallado antes de tiempo. El radar se oscureció en parte debido a ello y varias de las lucecillas desaparecieron momentáneamente.
Grady meneó la cabeza mientras gritaba por el micrófono al piloto:
—¡Altera el rumbo! ¡Sube! —Al mismo tiempo abrió la comunicación radiofónica para que le oyera el «Turkey 2»—. Pónganse en guardia, prepárense para una sacudida —dijo.
Cuatro segundos más tarde la fuerte ola producida por la explosión golpeó al «Vindicator» como si el aire se hubiese endurecido de golpe. El avión empezó a perder altura oprimido por una fuerza terrible, como un juguete bajo la presión demoledora de un gigante. Grady fijó la vista en el altímetro: durante aquellos cuatro segundos habían subido tres mil novecientos sesenta metros y luego la tremenda ola de la explosión les había hecho bajar a tres mil trescientos metros. Después, el avión empezó a subir de nuevo, recibiendo menudas sacudidas de vez en cuando al ser golpeado por las pequeñas olas de corriente que aún removían el aire.
El artillero fijó la vista en Grady guiñándole el ojo. Con la mirada nuevamente iluminada por la alegría y el orgullo de su éxito. Sin embargo, sus ojos no sólo reflejaban alegría sino que la dureza de sus pupilas dejaba adivinar el temor de lo que presentían. Pronto caería sobre ellos una lluvia letal de neutrones. Morirían, pero habrían cumplido su misión.
En la pantalla de radar, completamente clara ahora, se divisaban los «Bloodhound» situados a una altura de treinta y tres mil metros, mientras los cohetes soviéticos, que convergían hacia allí formaban un ángulo agudo, como si se tratase de una enorme flecha. Dentro de unos segundos el «Bloodhound» alcanzaría los cuarenta y nueve mil quinientos metros.
El artillero emitió un pequeño silbido mientras murmuraba: «Están subiendo más de lo que creía; quizás pasen de los sesenta y seis mil metros».
Los «Bloodhound» se elevaron un poco más aún, alcanzando los setenta y dos mil metros. Entonces, bruscamente, empezaron a perder altura, mientras aquella enorme flecha de proyectiles se iba aproximando más y más. De pronto pareció que la pantalla del radar iba a estallar al reflejar el impacto producido por la enorme explosión simultánea de aquellos potentes cohetes.
El piloto había luchado denodadamente para mantener la máxima altura sin necesidad de que se lo ordenaran, pasado el impacto de la ola producida por el primer estallido. En este momento volaban casi a unos tres mil metros. El choque producido por esta nueva explosión fue mucho menor que el primero, disminuido en gran parte por la enorme distancia a que se hallaban. Aun así el «Vindicator» recibió una sacudida salvaje y sus alas parecieron ceder. Pero pasado el fuerte alud, a pesar de los tremendos crujidos que provenían del punto donde las alas se unían al fuselaje, éstas aguantaron firmes en su sitio.
—Seguimos volando como si fuéramos uno de esos pájaros grandotes y testarudos —dijo Grady gritando a voz en cuello. Mientras, a través de la hendidura de sus cascos, el artillero y el piloto le observaban atentamente.
—¿Cuántos minutos nos faltan para llegar a Moscú? —preguntó Grady.
—Siete —contestó el piloto.
Grady debía tomar una última decisión. A la altura a que volaban la posibilidad de que fuesen abatidos por nuevos proyectiles era insignificante. Pero en cuanto lanzaran las bombas de 20 megatones, aun considerando que pudieran elevarse bruscamente unos trescientos treinta metros o cuatrocientos noventa y cinco, serían destruidos irremisiblemente por la fuerza misma de la explosión.
Si subía hasta los 8250 o los 10 000 metros no sufrirían los efectos de las bombas, pero sería mucho más fácil que los proyectiles antiaéreos les alcanzaran. En cierto modo, la suerte ya estaba echada, y Grady sintió que le invadía una especie de euforia. Pensó de nuevo en aquellos viejos tiempos en que volar tenía otro sentido, cuando el piloto y la tripulación formaban un todo y se conocían a fondo, llegando incluso a ser verdaderos amigos y compañeros. En realidad, ahora, tal como estaban organizadas las cosas, no tenía por qué dirigir la palabra a los otros tripulantes. Si así lo hubiese deseado hubiera podido llevar a cabo su misión completamente solo. Sabía que ni tan sólo le mirarían cuando diera la orden de soltar las bombas. Sin embargo, consideraba que todo hombre tiene derecho a expresar su opinión frente a la muerte. No pudo contenerse más y dijo:
—Escuchen. No sólo hemos sido heridos gravemente sino que podemos considerarnos hombres muertos. El fuerte impacto de las bombas concentrará sobre nosotros tantos rayos «Roentgen» que nos llegará a encoger la misma médula de nuestros huesos. Con suerte podríamos sobrevivir un par de días como máximo. Pienso bajar hasta unos ciento noventa y ocho metros y entonces, cuando esté seguro de dar en el blanco, subiré hasta unos mil seiscientos cincuenta metros. El mecanismo de las bombas ha sido fijado para que estallen a esa altura, así que cuando estallen nosotros desapareceremos también.
Miró fija e intensamente a los otros dos y aquellos dos pares de ojos le devolvieron la mirada sin pestañear. Entonces Thompson dijo:
—De acuerdo, capitán —añadió riendo quedamente—: De todos modos es bien poco lo que nos espera en casa.