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Eugene Burdick · Capítulo 10 de 24

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9. Los «Vindicator»

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LOS «VINDICATOR»

 

Aquella misma mañana, muy temprano, todavía sin amanecer, el teniente coronel Grady, comandante del Grupo 6, se encontraba junto a su bombardero «Vindicator» y lo examinaba a la luz fría, dura y permanente, de los focos que iluminaban el campo de aterrizaje.

«Es un bombardero estupendo», se dijo Gray. «En tierra tiene un aspecto algo desgarbado, con las alas caídas. Las ruedas de aterrizaje penden de demasiada altura; pero debajo del fuselaje normal tiene un esbelto apéndice alargado. En el interior del mismo hay bombas extras o combustible de reserva, o cohetes pequeños u otros aparatos encargados de engañar al enemigo. Este apéndice tiene una bella estructura aerodinámica y confiere al “Vindicator” un aspecto más fuerte y musculado. Pero así sobre el suelo, completamente quieto, más bien produce el efecto de un enorme flamenco con sus largas patas, de aspecto endeble, unidas a un poderoso cuerpo».

«Sin embargo, en el aire, el “Vindicator” es de una verdadera belleza», siguió pensando Grady. «Las alas suben y se esconde su tren de aterrizaje y entonces el “Vindicator” luce con la elegancia de una pulida joya. Por dentro, la impresión de sofisticada elegancia es aún mayor. A pesar de que se trata de un aparato enormemente complicado, sólo es pilotado por tres hombres. El funcionamiento de todos sus mecanismos ha sido miniaturizado, transistorizado, y su manejo hecho más simple y totalmente automático. Lo tripulan, además del piloto un bombardero y un artillero. En realidad los mecanismos del avión han sido perfeccionados de tal manera que puede volar, entablar batallas y lanzar bombas bajo el comando de un solo hombre».

Pero había otras razones, además de las estéticas y de su perfección mecánica, por las cuales, hombres ya mayores como Grady, que pilotaba uno de ellos, sentían cariño hacia este tipo de avión. Se daban cuenta, incluso con la agonía de un amor fatalmente condenado a desaparecer, de que probablemente sería el último avión de su tipo. Quizás el «RS-70» sería algo parecido al «Vindicator», pero los de mayor edad no ignoraban que ellos ya no lo pilotarían. Y que éste era su último avión. Los aviones de su tipo habían llevado la cooperación entre el hombre y la máquina a su máximo límite. Un nuevo avión sería seguramente más rápido y complicado y volaría sin ser gobernado desde él mismo por ningún ser humano. Es decir, que el avión pasaría a ser un cohete teledirigido.

«Sin embargo», pensó Grady orgullosamente, «ahora la tripulación del “Vindicator” todavía ejerce el último control; el avión responde a nuestro manejo y somos nosotros los que vigilamos sus numerosos instrumentos. Y le obligamos a aterrizar chillando y protestando en el momento preciso».

El bombardero y el otro operador, que iban al lado de Grady, subieron al avión. Como la mayoría de los aviadores jóvenes, lo hicieron sin distraer la mirada. Introduciéndose en el avión, con sus carteras llenas de mapas en las manos, ansiosos de encerrarse en sus cabinas, de colocarse los cascos y de ponerse a su trabajo.

Grady miró de nuevo la forma perfecta del «Vindicator», tratando de no fijarse en el tren de aterrizaje que la estropeaba, y subió a bordo. Dos minutos más tarde lo hacía correr ruidosamente preparándose para el despegue, seguido de otros cinco «Vindicator». Tres horas después volaban a unos 20 000 metros en el aire helado que se extendía sobre Alaska. En ese momento empezaba a amanecer.

Una vez encajados en sus asientos, los tres hombres que tripulan el «Vindicator» ya no pueden moverse. El avión está tan lleno de maquinaria que quedan encerrados en sus puestos, como si fuesen estrechas madrigueras. Pueden hablarse a través de los aparatos de telecomunicación o bien, si lo desean, también pueden comunicarse uno con otro normalmente bajando la parte inferior de sus escafandras. Pero casi nunca hablan así; en realidad los tripulantes apenas se comunican entre sí si no es por medio de sus aparatos, y esto se debe en parte a que han sido acostumbrados a no hacerlo y en gran parte también a que casi nunca son verdaderos amigos.

Recientemente, la política del Servicio de Control Aéreo era destinar la tripulación de los distintos aparatos al azar. De este modo conseguían su objetivo de que todos los tripulantes respondieran de una manera uniforme y actuasen más bien como unidades idénticas que como individuos con personalidad propia. Dada la velocidad y el coste e importancia de los «Vindicator», nadie deseaba que el resultado de una misión pudiese depender de la camaradería o de la moral de sus tripulantes.

No había nada del sentimiento de «hermanos de armas» en los «Vindicator», pensó Grady. Quizás había hablado con los dos compañeros que le tocaron en este vuelo alguna vez antes, pero sólo de paso. Sabía que tampoco conversaría mucho con ellos en el aire. El deber de cada hombre se limitaba a su cabina. Junto a cada uno había cientos de agujas y aparatos que debían observar, medidas que comprobar y manivelas que mover.

En caso de presentarse una emergencia fatal, cada hombre saldría disparado automáticamente del avión, encerrado en su cabina a una velocidad enorme; ésta tenía su propia reserva de oxígeno y un sistema de control que los llevaría sin ningún peligro hasta aterrizar en tierra o caer en el mar. Por lo menos ésta era la teoría, pero hasta entonces todos los que habían sido lanzados por ese sistema de catapulta, a gran velocidad, habían sufrido graves daños. Al salir lanzadas al espacio, esas cápsulas iban a una velocidad mayor que la de una bala, y el aire, siempre suave y acariciador cuando está quieto, se volvía repentinamente duro y brutal. El hombre así lanzado era maltratado sin piedad en aquella cápsula que caía dando vueltas. Tanto, que los tripulantes de los «Vindicator» no querían ni pensar en ello.

Debido a todo esto los hombres que tripulaban los «Vindicator» formaban un grupo orgulloso y muy bien preparado. Incluso su soledad les enorgullecía, pues aquella maquinaria tan bien dispuesta en el reluciente aparato en el que volaban les infundía una sensación de suficiencia. Además, encontrarse encerrados en aquel mecanismo, amalgamados en él pero manteniendo un control con los puestos de tierra, les daba una sensación de independencia y, al mismo tiempo, les hacía sentirse fuertemente ligados a una organización poderosa.

A las 5,30 el vuelo de los «Vindicator» se vio sombreado por dos aviones «Jet» de suministro que les llevaban combustible. La operación se realizó a la perfección, chupando miles de litros de los tanques en unos minutos. Luego continuaron volando en perfecta formación, en V, sin que su posición variara de un modo perceptible, aunque volaban a más de mil kilómetros por hora. La oscuridad de la tierra debajo suyo empezó a desaparecer, y empezaron a emerger de la misma, cadenas de montañas iluminadas por la tenue luz; más allá, un glaciar brillaba intensamente.

Recibieron la orden por radio de volar a sus puntos Límite-de-Seguridad, obedeciendo sin más comentario. Todos habían ejecutado esta operación en ocasiones anteriores. Grady conducía el grupo trazando un gran arco en el cielo. Aumentaron la velocidad manteniendo una formación perfecta. Grady sentía el orgullo de haber ejecutado una maniobra impecable al completar su cambio de ruta. Volaban en línea recta, pues el no hacerlo ahora era inútil y representaría un derroche de combustible.

El capitán Thomas, el artillero, entregó a Grady una hoja en la que se leía: «Existencia de combustible pasado el punto Límite-de-Seguridad estimado en suficiente para 4983 kilómetros».

Grady se comunicó con él acusando recibo de la misma.

«Thomas parece un buen tipo», se dijo Grady a sí mismo echando una mirada al capitán. Lo único que vio fue un par de grandes ojos castaños, unas cejas oscuras y unos cuantos centímetros cuadrados de su rostro de tez blanca. El resto estaba cubierto por el casco, una máscara de oxígeno y el micrófono. Grady echó una mirada hacia atrás fijándose en el teniente Sullivan, que operaba los otros aparatos. Sólo le vio los ojos, sobresaltándose al pensar que en realidad le conocía tan poco que no podía recordar su rostro. Pero quedó bien impresionado al ver sus manos: los dedos eran largos y denotaban sensibilidad, y cuando se movían para tocar una palanca o control lo hacían con absoluta precisión y con un aire definitivo de completa seguridad en sí mismo.

«Grady, Thomas y Sullivan», pensó. «Sería difícil encontrar aquí un héroe para una novela de guerra. Toda nuestra maldita tripulación es anglosajona. Hace falta un judío o un italiano para darle sabor». Se acercó al transmisor para decirle esto pero no llegó a hacerlo. Debido a su edad, Grady no había tenido que pasar por aquel largo aprendizaje de nuevas ideas sobre la forma de comportarse en vuelo por el que habían pasado los miembros más jóvenes de la tripulación en los distintos centros de entrenamiento diseminados por los Estados Unidos. Observó que actuaban como si no tuviesen el más leve sentido del humor respecto a su trabajo y, además, presumía que esos muchachos no habían leído ninguna novela sobre la guerra. Durante un breve instante, corto pero muy intenso, Grady se sintió viejo, como formando parte de otra generación.

Instantáneamente olvidó todo esto, pues Thomas le entregó otro parte con la información de que se encontraban a unos 1650 kilómetros del punto Límite-de-Seguridad. Inmediatamente, con una sensación agradable de controlar la situación en forma perfecta, que repercutía muy hondo en sus músculos y su cerebro, viró en redondo, trazando una larga curva que lo llevaría de nuevo a su punto Límite-de-Seguridad. Sabía, sin que Thomas lo controlara confirmándolo, que los otros cinco «Vindicator» habían empezado a girar también. Ésta era la razón principal de por qué Grady había ingresado en la Fuerza Aérea. Volar era para él algo puramente artístico que le llenaba de un emocionado placer. Sintió cómo se inclinaba el «Vindicator»; se movieron las alas, percibió un pequeño cambio de presión en sus correas de seguridad y calculó que, probablemente, habrían disminuido la velocidad en unos 150 kilómetros por ahora al realizar aquella maniobra que les hizo deslizarse suavemente en el aire. Grady deseó que tuvieran que mantenerse en el punto Límite-de-Seguridad todavía durante unos minutos aquella mañana. Eran los únicos momentos en que todavía gobernaba el aparato con una sensación de independencia y autonomía. Pues, al llegar a ese punto, el comandante del grupo podía volar a su antojo, trazando diversos círculos a distinta velocidad siempre que no sobrepasara el punto indicado y no variara su altitud en más de 300 metros.

El sol empezaba a brillar a rayas en el horizonte hacia el oeste. Lanzaba largos haces de luz brillante que iluminaba los puntos más altos mientras la tierra permanecía oscura, haciendo que se destacara levemente el festón de las montañas. Durante un instante, por algún milagro de refracción, un glaciar se iluminó de un azul intenso, como prendido por una llama momentánea, y luego se apagó. La fuerte luz del glaciar recordó a Grady que la gente que habitaba aquellas tierras todavía estaba sumida en la oscuridad, y el pensarlo le produjo satisfacción. Dentro de unos minutos empezaría a amanecer allí, pero ahora, por encontrarse a tan gran altura, ellos eran los solos poseedores de la luz. Al pensar en la oscuridad y en la luz, Grady sentía siempre una honda satisfacción. Sabía que era un sentido de superioridad un poco pueril, pues no significaba nada. Pero, por esas mismas razones, algo ingenuas, Grady había querido volar. Su satisfacción le duró poco esta vez, pues casi inmediatamente se encontró pensando en el día en que los aviones volarían sin piloto y volar se convertiría simplemente en una combinación de la ciencia y la ingeniería que relegaría a los hombres a meros espectadores.

Obedeciendo a un impulso reflejo, como para demostrarse a sí mismo su control del aparato, hizo virar bruscamente el «Vindicator». «Qué placer», pensó Grady, «algo que sólo puede ser sentido por el hombre». Sin duda las máquinas llegarían a hacerlo mejor, pero nunca podrían gozar con ello ni emocionarse al contemplar la belleza de aquellos seis aeroplanos volando en magnífica coordinación mientras se deslizaban a tan gran velocidad. Pensó en los aviones que volaban en los extremos, los cuales, al deber recorrer mayor espacio alcanzarían la velocidad necesaria para mantener su formación en V.

—Sullivan, ¿se mantiene la formación del grupo? —preguntó Gray por el transmisor.

—Perfectamente, señor —contestó Sullivan al instante—. Incluso el número 6 sólo se ha desviado unos metros.

Grady sonrió tras de su máscara de oxígeno. Sí, debía acordarse de felicitar a Flynn, el piloto del número seis, al llegar a tierra. El número seis volaba con desventaja respecto a los demás, pues aunque no transportaba armas termonucleares era, aunque parezca extraño, el avión que llevaba más carga de todo el grupo.

En cada grupo había un avión cargado hasta el máximo de aparatos y otros sistemas defensivos. Era el avión encargado de estropear el radar del enemigo, de recibir, analizar y tratar de destruir el ataque enemigo, llenar la atmósfera de señuelos, y actuar en una forma que Gray siempre se había figurado como la de un elefante viejo y sin colmillos, pero lleno de sabiduría, al conducir a la lucha a un grupo de jóvenes machos. El número seis iba pilotado siempre por los mejores especialistas, que conocían a la perfección los increíbles y complicados sistemas de sus aparatos de observación, métodos de análisis y medios de defensa.

Grady movió la palanca y el «Vindicator» se enderezó. Sintió cómo disminuía la presión de sus correas de seguridad. Echó una mirada al arco limitado de cielo que podía ver y observó cómo cambiaba de un gris duro y cristalino a un azul intenso e ilimitado. Luego recibió dos señales que hicieron que su cuerpo se pusiera rígido, incluso antes de que su mente comprendiese plenamente lo sucedido. El audífono, apretado contra sus oídos, empezó a transmitir un sonido persistente que se repetía a cortos intervalos. En forma automática miró hacia la caja Límite-de-Seguridad instalada entre él y el artillero. Por primera vez en su vida vio que la bombilla sobre la misma brillaba con luz roja. Entonces sus reflejos empezaron a coordinarse en su mente: «aquello» había sucedido. Su vista se cruzó con la de Thomas, que también había mirado casi simultáneamente la caja Límite-de-Seguridad. Su mirada reflejaba tranquilidad. Grady reaccionó sin titubear. Alargó la mano hacia el conmutador S. S. B. de la radio, para ponerse en contacto directo con Omaha. Era la palanca del Control Positivo, que se hacía cargo de la situación controlándola a su vez. Grady sabía que casi inmediatamente oiría desde Omaha la señal tranquilizadora de «No atacar». Seguramente algo había fallado en su caja Límite-de-Seguridad. Movió la palanca S. S. B. Un ruido persistente y sonoro inundó sus oídos. Era imposible percibir ninguna otra señal.

—Pido permiso, señor, para verificar —dijo Thomas en tono decidido.

—Permiso autorizado —contestó Grady automáticamente.

Grady sintió su propia voz, muy débil, como helada. Pero se asombró de la falta de emoción en el tono de voz de Thomas, de sus ojos inexpresivos.

Grady buscó en la cartera donde guardaba los mapas, al lado de su asiento, y sacó un sobre rojo en el cual, inscrito en letras negras, había las siguientes palabras: «Modo de Operar el Límite-de-Seguridad Marzo 13». Thomas sacó un sobre idéntico de su cartera. Mientras Gray rompía el sobre con los dedos, echó una mirada a la parte superior de la caja Límite-de-Seguridad. Había seis aberturas en la misma de 1,5 cm2 aproximadamente. También, hasta entonces, esas aberturas habían estado vacías. Ahora aparecieron en fuertes caracteres blancos tres letras y tres números: «CAP-811». La caja Límite-de-Seguridad era una máquina muy complicada en la que entraban, además de un tipo de radiorreceptor, seis ruedas en las cuales estaban grabadas las letras del alfabeto y una serie de números del 1 al 9. Al activarse el radiorreceptor dentro de la caja, mediante una señal directa lanzada a la máquina por un oficial del Servicio de Transmisiones en cada base, desconocido por los tripulantes, aparecían esas letras y números en las aberturas.

Grady terminó de abrir su sobre y sacó una tarjeta cuadrada de 4,50 centímetros. En la parte de arriba estaba escrita la fecha y debajo las letras y los números: «CAP-811». Luego puso la tarjeta junto a la máquina para asegurarse bien de que no se equivocaba. Mientras tanto Thomas había sacado una tarjeta idéntica que ahora sostenía junto a la de Grady. Ambas confirmaban que la máquina señalaba la secuencia correcta de la clave correspondiente a ese día.

—Pido permiso para comprobar la autenticidad por el segundo método — dijo Thomas.

—Permiso concedido —dijo Grady.

Thomas sacó una cubierta de plástico de un interruptor encima del cual se leía: «Límite-de-Seguridad, comprobación por el segundo método». Sin dudar un momento giró el interruptor hacia la derecha. Instantáneamente se apagó la luz roja y paró aquel sonido intermitente. Las letras y los números desaparecieron de la abertura de la caja Límite-de-Seguridad. Grady echó una nueva mirada al firmamento y sintió la presión de sus músculos contra las apretadas correas. Tenía la mente completamente vacía. Al cabo de tres segundos, aquel ruido persistente empezó de nuevo, encendiéndose la luz roja. La caja Límite-de-Seguridad recibía ahora su señal por otro camino diferente. Cuando Grady miró de nuevo las seis aberturas vio las mismas letras y números: «CAP-811». Grady volvió a acercar su tarjeta a la caja para comprobar y Thomas también sostuvo la suya junto a la de Grady, confirmando a la vez sus mensajes.

Grady sintió que le invadía la duda, envolviéndole con un halo de desconfianza. No habiéndole sucedido nunca hasta entonces, no parecía posible que le ocurriese ahora. Pensó en qué otras alternativas le quedaban. No podía ponerse en contacto por radio con el general Bogan en Omaha, pero podía seguir dando vueltas alrededor del punto Límite-de-Seguridad, esperando que surgiera alguna otra forma de verificación. Entonces fijó la vista en Sullivan y en Thomas. Ambos le miraban con los ojos muy abiertos pero por mera casualidad, sin pestañear y sin hacerle preguntas. Implacables en su misma inocencia.

A Grady le pareció como si, de golpe, todas sus vértebras se fundiesen en una sola. La mano no le temblaba pero sintió que, repentinamente, todo él se convertía en algo rígido, duro, como si sólo estuviese formado de hueso, de músculos y de cartílago. También se percató de que Thomas le miraba con una especie de asombro interrogante en sus ojos.

Grady sintió como si les hubiese sucedido algo grave a las partes vitales de su cuerpo —corazón, cerebro, oídos y lengua—, como si todo esto hubiese muerto y en adelante le fuese imposible hablar. Ordenó a su lengua que se moviera, que hablara, que pronunciara las palabras que debía.

—Leo que dice «CAP-811» —oyó Grady decir a su voz. Éste era el procedimiento que les habían enseñado a seguir, haciéndoselo repetir miles de veces, pero la voz que oía ahora le era extraña, parecía provenir de algún punto del sistema de intercomunicaciones, con un sonido mecánico e inhumano.

—Comprobada su lectura de «CAP-811» —contestó Thomas.

—Ahora procederemos a abrir nuestras órdenes operativas —dijo Grady, y otra vez le pareció su voz completamente extraña.

Grady se inclinó a buscar el sobre en la cartera. Durante breves segundos vio que Sullivan le miraba. Otra vez le produjo aquella impresión de completa inexpresividad; aquellos ojos solos, sin boca, con la piel que los rodeaba apretada por la careta y el casco, no le decían nada. «¿Acaso sin máscara ni casco su rostro expresaría terror?», se preguntó Grady. No sabía por qué, pero lo dudaba. Sullivan volvió a fijar la vista en sus tubos y analizadores. Grady, a su vez, empezó a abrir el sobre con el plan de operaciones.

En el centro del sobre que contenía el plan de acción, y escrito en pequeñas letras de molde rojas, había las palabras SECRETO DE ESTADO. Más abajo, en la parte izquierda del mismo, había unas palabras más pequeñas en tinta negra que decían: EL SOBRE DEBE ABRIRSE SOLAMENTE AL RECIBIRSE ÓRDENES ESPECÍFICAS DE ACUERDO CON LAS INSTRUCCIONES PREESTABLECIDAS. En el extremo derecho estaban impresas las palabras: DESTRÚYASE EN CASO DE CAER PRISIONEROS O DE TENER QUE ABANDONAR EL AVIÓN. El sobre, cerrado, estaba lacrado en tres puntos. La estructura de este sobre había sido estudiada de manera que cumpliera dos objetivos: primero, que no pudiera abrirse impunemente, y segundo, que pudiera abrirse con facilidad.

Grady rompió los sellos lacrados y miró atentamente el formato familiar del plan de operaciones. Un sólo pedazo de cartulina contenía todo el plan. Todos los demás papeles no eran sino planes secundarios, indicación de rutas para el caso de que tuvieran que escapar, técnicas para sobrevivir y una tarjeta, envuelta en papel celofán, que Grady no ignoraba que contenía una lista de nombres de posibles agentes americanos en Rusia, la cual se disolvería en cuanto tocara un poco de agua convirtiéndose en un pedazo informe de celulosa; incluso un poco de saliva bastaría para deshacerla.

En la primera línea de la tarjeta que contenía el plan se leía: «Objetivo: Moscú». La segunda decía: «Cómo operar y línea de penetración», y describía la altitud y las velocidades a que debían volar. El avión número seis era el que debía ir delante. Además se daban instrucciones detalladas sobre lo que se debía hacer al encontrarse con distintos tipos de aviones de caza, cohetes teledirigidos o ataques antiaéreos.

Más abajo había instrucciones sobre cómo y dónde colocar las bombas. En las mejores condiciones se tirarían doce bombas simultánea y simétricamente distribuidas sobre Moscú, las cuales deberían estallar a una altura de 1650 metros, y serían lanzadas por los «Vindicator» desde una altura de 19 800 metros.

De algún lugar recóndito e insospechado de la mente de Grady empezaron a surgir una cantidad espeluznante de viejos noticiarios mostrando las explosiones de las bombas tiradas en Eniwetok, Los Álamos y Bikini. Veía cómo esas doce bolas de fuego se expandían y, después de juntarse suavemente alimentándose unas a las otras, se amalgamarían formando un enorme, terrible e insoportable halo blanco, rielante de un calor intensísimo que duraría un segundo largo, eterno. Dándose cuenta de que esta visión se debía a su nerviosismo, Grady hizo un esfuerzo deliberado y desconectó de sí la imagen. Los grandes ojos azules y fríos de Thomas le miraban fijamente.

—¿Quiere que le ponga en comunicación con la TBS, señor? —dijo Thomas.

La TBS era una radio de potencia corta, cuyas transmisiones alcanzaban pocos kilómetros, diseñada para la intercomunicación entre los aviones de una misma escuadrilla. Su potencia y sistema de comunicación eran tales que sólo podían oírse dentro de una limitada zona.

—Un momento, Thomas —dijo Grady. Sentía una imperiosa necesidad de tomar antes alguna otra medida, pero no sabía exactamente cuál. Sintió como si una terrible sensación de soledad le fuese envolviendo. Sabía que la única explicación posible de que su radio estuviese interceptado y de que en su caja Límite-de-Seguridad apareciese la orden de «ataque» era que los rusos habían lanzado primero un ataque. Dudar en ese momento sería hacerles el juego a los rusos. Debía ejecutar las órdenes. Era el fin a que le conducían sus largos años de entrenamiento. Ya no era tiempo de titubear. Movió la cabeza tratando de ver claro.

Grady fijó su vista en los ojos de aquellos dos extraños que tenía a su lado, dos técnicos magníficos, que igual hubiesen podido ser otro cualquiera entre cientos de expertos anónimos. Se humedeció los labios con la lengua tras de su máscara. Aquellos cuatro ojos le miraban sencillamente, sin acusarle, tranquilos. Grady, en cambio, se imaginaba que arderían llenos de celo, abrillantados por la inocente seguridad de su deber. En realidad, así era como debía ser. Las máquinas les confirmaban la acción a tomar. En cierto modo no lo acababa de entender, pero aquellos cuatro ojos exentos de emoción le calmaron los nervios. Sintió que de nuevo le penetraba la seguridad que confiere el mando. Al hablar comprobó que, por fin, la voz que oía era la suya, la de siempre, y una nueva ola de confianza le invadió.

—Pon la TBS en contacto, Thomas —dijo Grady. Tomó el micrófono y, sin titubeos, empezó a dar la orden de penetración y ataque a los restantes aviones de la escuadrilla.