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Eugene Burdick · Capítulo 21 de 24

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20. La conferencia telefónica

20

LA CONFERENCIA TELEFÓNICA

 

El embajador de los Estados Unidos y el delegado soviético se comunicaron con el Presidente antes de que lo hiciera Kruschev.

—¿Desde qué punto me habla usted, señor embajador? —preguntó el Presidente.

—Desde mi biblioteca, en el último piso de la embajada americana — contestó éste.

—¿Y usted, Mr. Lentov? —preguntó el Presidente al delegado soviético.

—Desde el edificio de las Naciones Unidas en Nueva York, señor — contestó Lentov.

—Pase lo que pase —dijo el Presidente—, me gustaría que ambos se mantuvieran en sus puestos a menos que reciban una orden expresa del premier Kruschev o mía.

Entonces, con voz tranquila y pausada, les puso al corriente de lo ocurrido. Un largo silencio siguió a sus palabras. Buck fijó la vista en el Presidente. Sabía de sobra lo que estarían pensando en aquel momento todos los que escuchaban por aquella línea: el embajador americano perdería la vida si los «Vindicator» llegaban a su destino… Pero, a pesar de ello, se mantenían tranquilos. Con la sola excepción de Buck, eran diplomáticos de larga experiencia acostumbrados a enfrentarse con situaciones difíciles.

Buck apenas podía dar crédito a sus oídos, pues el delegado soviético empezó a hablar de béisbol. Se sorprendió al comprobar que estaba muy enterado de los equipos y tanteos obtenidos, llegando a indicar incluso que su equipo favorito era el «New York Yankees».

—Es extraño, ¿verdad? —dijo—; en cierto modo es algo así como si apoyara a los aristócratas —agregó riendo—. Pero es así. Los vi jugar por primera vez el año en que Mantle y Maris se empeñaron en batir el record de ataque que ostentaba Babe Ruth. Me conquistaron en seguida, tanto por su fuerza como por esa gracia flexible que ponen en el juego. Son dos cualidades que admiro mucho.

—Si es así, estoy seguro que de haber nacido en América habría llegado a ser un renombrado abogado de Wall Street —contestó el Presidente.

—Oh, eso sí que no, señor —contestó el delegado soviético—. Acuérdese que dije fuerza y gracia. No digo que su gente de Wall Street carezca de fuerza, pero todavía les falta mucho para tener esa gracia flexible que yo admiro. Me imagino que si hubiese sido americano quizás hubiese acabado diseñando automóviles. Posiblemente es lo único en América que puede compararse a nuestro partido comunista en cuanto a fuerza natural y gracia para adaptarse a las circunstancias más adversas. Es incluso desagradable y feo exteriormente, como nuestro partido comunista, pero cómodo y muy duradero por dentro.

—Estoy de acuerdo con usted, embajador Lentov, en cuanto a su admiración por la fuerza y la gracia —dijo el embajador americano.

«Una voz salida de la misma tumba», pensó Buck; estaba escuchando las últimas palabras de un hombre que no tardaría en morir quemado vivo. Sin embargo, su voz era clara y firme, sin vacilaciones. Pero a pesar de ello, la mano de Buck que sujetaba el teléfono empezó a temblar violentamente. Permaneció así largo rato con los ojos bajos, incapaz de contener aquella agitación involuntaria, sin atreverse a mirar al Presidente, mientras la voz seguía diciendo:

—Esas dos cualidades son necesarias para llegar a la cima, lo mismo en béisbol que en política. Tanto en un campo como en el otro se distinguen en seguida los mejores, forman una clase aparte. Su objetivo es magnífico y sencillo: dar lo mejor de sí mismos. En cuanto toman una decisión, todo —sus energías, su inteligencia, sus músculos— se aúna, dando a su fuerza una flexibilidad y gracia naturales. Los que les siguen tienen a menudo la misma fuerza que ellos pero carecen en absoluto de aquello que el señor Lentov llama gracia.

—Pero no, señor embajador, no es una gracia innata —dijo el delegado soviético—. Me acuerdo que cuando estuve destinado a Méjico llegué a tener gran afición por los toros. A menudo, los mejores toreros eran individuos pequeños, sin ningún atractivo. Pero en cuanto entraban en el ruedo adquirían una fuerza llena de eso que usted llama gracia.

—Es cierto —dijo el Presidente— que la vida de esos personajes tiene cierta grandeza, pero en el fondo es triste también. Piensen por ejemplo en Babe Ruth. No le conocí en su esplendor pero en cambio tuve ocasión de verle cuando ya se había retirado del juego; era como su propia sombra, como si sólo le quedara la piel exterior de su cuerpo. Antes estuvo henchida de una voluntad orgullosa y de un fuerte deseo de superación. Pero cuando yo le conocí sólo había amargura en sus ojos, y sus músculos habían perdido aquella maravillosa fuerza. Recuerdo que mi padre tenía una colección de retratos en su despacho, enmarcados en madera de encina, de hombres como Herbert Hoover, John Nance Garner, Bernard Baruch, Eisenhower y Truman. Consideraba que su vida había sido o era trágica; se trataba de hombres jóvenes cuya carrera había sido truncada en pleno apogeo, cuando todavía poseían la gracia y el deseo de ejercerla; eran como enormes toros desconcertados ante un ataque sin sentido.

—Quizá nuestro sistema también sea mejor en esto —dijo el delegado soviético secamente—. En mi país es fácil encontrar vacas y bueyes viejos pero en cambio no hay toros retirados. Mientras poseen ese vigor luchan en algo útil. La muerte es el único retiro permitido a los toros fuertes y viriles. En cierto modo es mucho mejor así.

La conexión con Kruschev se hizo tan silenciosamente que Buck se sobresaltó cuando oyó su voz.

—Camarada Lentov, se está convirtiendo en un filósofo —dijo Kruschev. Casi instantáneamente todos los resortes de la mente de Buck y su aguda intuición se pusieron alerta al observar un cambio notable en el tono de su voz.

—Señor premier, creo que es un momento bien adecuado para filosofar —respondió el delegado soviético.

Todos esperaron la réplica de Kruschev, pero éste no contestó sino que al cabo de un rato empezó la conversación tocando otro tema.

—Me han informado que su embajador en Moscú y mi delegado ante las Naciones Unidas han recibido instrucciones de comunicarse con nosotros — dijo Kruschev—. Supongo que hay alguna razón para ello.

Buck encontró la palabra adecuada para describir el tono de voz de Kruschev: «definitivo». Alargó el brazo y tomando el bloc de notas del Presidente escribió: «Tono de voz fuerte y definitivo. K. ha tomado una decisión».

El Presidente leyó el mensaje, pero su rostro permaneció impasible.

—Desde luego hay una razón para ello —dijo el Presidente—. Pero primero infórmenos de cómo está la situación respecto a los «Vindicator».

—Mis técnicos dicen que es muy probable que dos de estos aviones lleguen a lanzar sus bombas sobre Moscú —dijo Kruschev lentamente—. Sus cálculos resultaron correctos, señor Presidente.

—Siento no haberme equivocado, premier Kruschev —replicó el Presidente.

Buck pensó en aquel momento en la familia de Kruschev. Recordó a su hija y, sobre todo a su mujer, que había llegado a hacerse querer de los americanos durante su visita a Estados Unidos con sus ropas sencillas y su rostro sin afeites. ¿Estarían también en Moscú?

—Hablemos claro —dijo Kruschev bruscamente—. Dentro de breves minutos esas bombas caerán sobre Moscú. Todas mis armas ofensivas están prontas a ser disparadas. Si no podemos llegar a un acuerdo satisfactorio inmediatamente no tendré más remedio que ordenar un contraataque. ¿Qué me propone, señor Presidente?

El Presidente se mantuvo erguido en su asiento, sosteniendo el teléfono apretado contra su oído con la mano izquierda mientras dibujaba una fuerte línea de un solo trazo en la mitad exacta del bloc que tenía delante.

—Primero le diré lo que ocurrirá, premier —dijo el Presidente con voz firme. Casi instantáneamente sus labios palidecieron, pero su voz seguía inalterable—. Después le diré lo que pienso hacer para demostrarles nuestra sinceridad.

—Siga, señor Presidente —dijo Kruschev—. Pero, por favor, sea lo más breve posible.

—Los dos aviones lanzarán sus cuatro bombas de 20 megatones sobre Moscú. Es posible que nuestro embajador llegue a distinguir el ruido de los aviones antes de que estallen las bombas —dijo el Presidente—. De todos modos, estará pendiente del ruido de sus cañones antiaéreos y de sus proyectiles defensivos. Pocos segundos después estallarán las bombas. Cuando esto suceda, suponiendo que el embajador ya no pueda decirnos nada, oiremos el silbido peculiar que producirá el teléfono al ser derretido por el fuerte calor generado por la inmensa bola de fuego. Lo sabemos; porque hemos hecho pruebas. Ese ruido característico nos indicará que nuestro embajador en Moscú ha muerto.

Por toda contestación se oyó una especie de quejido, como si alguien acabase de recibir un fuerte golpe en la boca del estómago. Buck pensó que sería Kruschev pero no estaba bien seguro. Se produjo un largo silencio. Entonces el Presidente dijo:

—Señor embajador, supongo que comprende perfectamente que no puede moverse del lugar donde se encuentra en este momento…

—Sí, señor —contestó la voz del embajador.

—¡Señor Presidente! —La voz fuerte de Kruschev era ahora explosiva. Buck casi saltó involuntariamente del asiento sin despegar la vista del Presidente. Notó que aquella voz no contenía ni la más ligera sombra de dolor o de simpatía, sólo una violenta furia—. ¿Así que ése es su gran plan? ¡Sacrificar un solo americano —su simpático embajador— contra cinco millones de moscovitas! —Las palabras salían entrecortadas, ahogadas por la furia de su ira.

Buck escribió la palabra «furioso» en el bloc del Presidente y observó cómo le temblaban las manos al hacerlo. Durante todo este rato una sola idea invadió la mente de Buck: aquello era «el fin del mundo». Una escena simplificada de ese fin apareció en su imaginación; aquella que se le reproducía siempre que pensaba en ello: largas hileras de pequeños timbres clavados en un gran tablero —azules, verdes, rojos— y una mano gruesa, pesada, de campesino, con sus dedos rechonchos y cortos, a punto de apretar aquellos botones. En aquel momento, al oír la voz de Kruschev, que seguía hablándole al oído sin que pudiera fijarse en sus palabras, aquella imagen se le hizo más viva, mientras la mano indecisa hasta entonces le parecía que tomaba impulso decidida a acabar con todo. Un terror primitivo y avasallador pareció adueñarse de Buck.

El tono agudo de la voz del Presidente, que apenas podía contener su ira, le hizo reaccionar en forma violenta. Buck empezó a traducir de nuevo interponiéndose a la voz del mismo Kruschev, sorprendido al ver que repetía gritando las frases imperativas del Presidente mientras golpeaba la mesa furiosamente con su puño cerrado.

—¡No, no y no, señor premier! ¡No se trata de eso en absoluto! ¡Debe oír hasta el final, debe escucharme primero! En el mismo instante en que nos llegue el chirrido del teléfono derritiéndose bajo el violento calor de las bombas en Moscú, daré la orden a una escuadrilla del Servicio de Control Aéreo, que ya se encuentra volando sobre la ciudad de Nueva York, de que suelte cuatro bombas de 20 megatones idénticas a ésas, que serán lanzadas desde la misma altura y en la misma forma que las que habrán caído sobre Moscú. El blanco será el Empire State Building; cuando oigamos el segundo chirrido por la línea telefónica sabremos que su delegado en las Naciones Unidas habrá desaparecido y con él toda la ciudad de Nueva York.

Imperó un corto silencio.

—¡Madre mía Santísima! —exclamó Kruschev. Su voz sonó como un largo suspiro.

Se produjo un silencio hondo y sobrecogedor. Entonces, como si aquellos mecanismos quisieran burlarse de ellos, la línea se llenó de pequeños ruidos estáticos entrecortados y estridentes, cual una risa macabra salida de lo más recóndito de los complicados sistemas mecánicos.

—Premier, no he encontrado otra manera para demostrarle nuestra sinceridad —dijo el Presidente quedamente—. Ambos perderemos una de nuestras ciudades más importantes y populosas. Pero todo lo demás sobrevivirá: nuestra gente, nuestro patrimonio, nuestros sistemas sociales. Es terrible pensar lo que esta tragedia significa, pero no encontré otra solución. —Hizo una pequeña pausa y continuó en voz más baja todavía—: A menos, a menos que usted considere el sacrificio innecesario. A menos que estime que el hecho de prestarse a ese holocausto sea suficiente para mostrar nuestra honradez y…

No terminó la frase. Buck le observaba en silencio y vio cómo su rostro se ensombrecía repentinamente, preso de un dolor casi físico, agónico, mientras iba desapareciendo de sus ojos el último destello de esperanza.

De nuevo se produjo un silencio profundo, largo. Al cabo de unos diez segundo, Kruschev replicó:

—Me gustaría poder decirles que es innecesario, pero no puedo. Hemos trabajado años y años levantando un edificio de odio e incomprensión entre nosotros; tanto que ahora yo tampoco veo otra salida. Mi pueblo acabaría liquidando a cualquiera de sus dirigentes que dejara destruir Moscú sin tomar una represalia contra el enemigo. La venganza de mi sucesor forzosamente debería ser mayor y más terrible. No se contentarían con destruir Nueva York… sino que la pérdida sería mayor. Luego ustedes también se vengarían… y… No, el sacrificio es tremendo ciertamente, pero debe hacerse.

—No tenemos más remedio que entregarlos en holocausto para que los otros puedan sobrevivir —dijo el Presidente en un tono de cansancio infinito —. No sé cuál será la reacción del pueblo americano ante la decisión que he tomado. Quizá sea la última, espero que me comprendan.

Se produjo una nueva pausa. Todos los que escuchaban eran conscientes de lo fútil que resultaba seguir hablando y de la imposibilidad de encontrar las palabras adecuadas. Además, cada cual estaba sumido ahora en su propio y terrible problema particular, silenciosos y abstraídos.

—Jay, no sabes el agradecimiento que siento hacia ti —dijo el Presidente a su embajador en Moscú—. Hago extensivo mi agradecimiento a usted, señor Lentov.

—Yo también les doy las gracias a ambos —dijo Kruschev, y, tras una pausa, agregó—: Además les admiro.

—Gracias —dijeron el embajador y el delegado soviético casi a la vez.

Todos esperaron en silencio.

—Debo comunicar mi decisión a Omaha y al Pentágono —dijo el Presidente finalmente—. Lo haré de modo que todos ustedes me oigan.