Fuego Persa
Capítulo 149
Incluso el Gran Rey presumía de su buena mano para las plantas. Y con razón, pues cuando no estaba practicando el tiro al blanco o vadeando heladas corrientes, el joven Jerjes había pasado 16 Tal es lo sugerido, en todo caso, por los comentarios que Heródoto atribuye a Mardonio después de la batalla de Salamina (7.100). 17 Para ser precisos, la parte final de la sección sur de la llamada Escalera de la Apadana, cuyas esculturas se han datado como pertenecientes al comienzo del reinado de Jerjes. 18 Jenofonte, Economía, 4.8. 19 Eliano, 1.33.
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muchas tardes felices en el jardín, «plantando árboles, cortando y recogiendo raíces medicinales».20 En la corte persa sólo la caza podía rivalizar con la jardinería como pasión. Combinar ambas actividades era, para los persas, la verdadera realización personal. Rara era la capital de una provincia que no poseyera su propio parque de caza bien provisto, pero también debía contar con pabellones ubicados junto a lagos y rumorosas corrientes, con prados amorosamente cultivados y con plantas de todo tipo, jardines de hierbas y macizos florales, árboles de peras y manzanas, pinos y cipreses bien firmes en el suelo y perfumados con la fragancia de flores exóticas. No sería la última vez que un imperio fomentase la obsesión por la botánica. Darío, aunque ocupado en las labores exigidas de un monarca universal responsable, se mantenía al día de las últimas innovaciones en horticultura, estimulando de modo incansable a sus sátrapas para que experimentasen con injertos y recogiesen raros semilleros. Mardonio, se comentaba, ansioso por aumentar la fiebre guerrera de su primo, le aseguró a Jerjes que Europa era un vasto jardín, «el vivero de todo tipo de árboles».21 Y cuando empezaron a correr por toda Persépolis las noticias sobre la invasión de Grecia, los jardineros reales se frotaban las manos con la misma alegría con la que lo habría hecho cualquiera que esperara recibir suculentas ganancias.
Paradaida era como los persas llamaban a aquellos parques suyos de exquisita belleza, una palabra que el griego transcribiría como paradeisos, es decir «paraíso».22 Al entrar en uno de ellos y caminar junto a la frescura de un arroyo cristalino, al ver las maravillas naturales trasplantadas de todos los rincones del imperio -animales exóticos, árboles exóticos, flores exóticas-, el Gran Rey se podría imaginar en el cielo. Un paraíso, sin
embargo, le ofrecía más que un mero santuario, un refugio de todas las miserias y banalidades de la vida mortal. Todo aquello de lo que pudiera deleitarse, «la belleza de los árboles, la perfecta precisión con la que habían sido plantados, la rectitud de las líneas que formaban, la regularidad de sus ángulos, la multitud de perfumes exquisitos que se mezclaban y llenaban el aire»,23 había sido ordenado según su voluntad. De la misma manera, dado que era el Rey de Reyes, con el mundo entero en sus manos, él podía transformar la naturaleza en todas partes.
Del mismo modo que con un movimiento de su mano podía ilustrar a sus jardineros sobre cómo debía plantarse una línea de cipreses, al colocar su dedo en un mapa el Gran Rey podía rehacer el mar y la tierra. Allí donde fluían las aguas del Helesponto habría que unir Asia y Europa con maderas y tierra vigorosamente apisonada que se extendieran en un inmenso pontón.
Al mismo tiempo, un gran canal abierto en el istmo situado bajo el monte Atos, más hacia el oeste en la costa egea, debería evitarle a la flota persa el tener que rodear esa traicionera península en la que se alzaba aquel monte.
Había sido allí, en Maratón, donde dos años atrás Mardonio había perdido su flota y donde, según se decía, el desastre había resultado incluso peor debido a extraños prodigios de la naturaleza. Al parecer, mientras los monstruos marinos se agitaban en las aguas turbulentas y se daban un banquete con los marineros ahogados, blancas palomas, nacidas de la espuma, se elevaron revoloteando sobre la masacre, y «era la primera vez que estas aves aparecían en Grecia, pues nunca antes se las había visto allí».24 No se permitirían, pues, más irrupciones de lo extraño. Del mismo modo que una pantera enjaulada en un paraíso no representa ningún peligro para quienes la observan a través de los barrotes dorados en su jaula, así los monstruos marinos del monte Atos salivarían en vano, sin importar cuántos barcos pasasen a su lado en su ruta hacia Atenas.
Toda Grecia se estremecería. Construir un canal tan ancho como para que dos barcos de guerra pudieran pasar al mismo tiempo, tan profundo como para que sus cascos no rascasen el fondo, en fin, un canal de casi dos kilómetros y medio, era un encargo fuera del alcance de cualquier mortal, 20 Estrabón, 25.3.18. 21 Heródoto, 7.5. 22 «Paradaira» es una reconstrucción, basada en la evidencia del préstamo léxico griego. Se ha encontrado un sinónimo exacto, la palabra elamita partetash, en las tablillas