Fuego Persa
Capítulo 234
expuesto, del centro. Mardonio debió de sentirse muy emocionado al evaluar sus oportunidades desde el otro lado del Asopo. Todavía no se encontraba en posición de lanzar un ataque frontal -puesto que los campos de Platea, incluso en sus lugares más llanos, ondeaban de modo peligroso-, pero si lograba tentar a Pausanias para que continuase su avance y cruzara el río, la caballería persa acabaría con él. Mardonio tenía experiencia combatiendo a los griegos y sabía que el instinto de un ejército de hoplitas era el de provocar la batalla. De modo que cuando los cielos advirtieron a Mardonio, a través de presagios incontrovertibles, que no dirigiese la ofensiva, éste estuvo más que contento de hacerles caso. El tiempo parecía estar de parte de una política consistente en esperar y ver qué ocurría: a escasos ocho kilómetros, en Tebas, «la comida era abundante, incluyendo el forraje para las bestias»,51 y
* Es decir, desde los flancos y el frente. (N. de la t.) 50 Plutarco, Arístides, 13. Esta historia se suele considerar como una falsificación, en parte porque no aparece en Heródoto, y en parte porque la cronología de Plutarco es definitivamente confusa. Sin embargo, en tanto que atisbo de la guerra de espionaje de los persas, se trata de una fuente de valor incalculable, y parece convincente dentro del contexto. 51 Heródoto, 9.41.
La afirmación contraria se encuentra unos párrafos más adelante (9.45), pero viene como parte de un mensaje del inveteradamente poco fiable Alejandro de Macedonia. Se supone que el rey ha cruzado la tierra de nadie en persona, solo y en la oscuridad de la noche, con el fin de poder revelar a Arístides los planes de la ofensiva persa, historia bastante poco plausible. Y
desprende un fuerte tufo a autoexculpación de un hombre que había medizado de manera franca.
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Mardonio tenía reservas suficientes del tesoro real como para inundar el campo griego con oro. De modo que hizo lo que ordenaban los dioses: se mantuvo en la ribera norte, sin cruzar el río.
Pero tampoco lo cruzó Pausanias. En lugar de eso, y echando por tierra todas las expectativas de Mardonio sobre cómo debía comportarse un general griego, se mantuvo en su posición, desalentándolo. Los espartanos se aferraban a su cresta, los atenienses, a su colina, y todo el resto se mantenía en los campos centrales. Y aunque periódicamente surgieran
disputas entre los varios contingentes, en especial cuando los atenienses empezaron a tratar de imponerse sobre el resto, las riñas nunca llegaron a ser tan fuertes como para poner a la alianza en peligro de desintegración.
De hecho, lejos de fracturarse, la línea de batalla griega se fortalecía, puesto que durante el primer día, luego durante el segundo, y así durante una semana, seguían goteando los refuerzos. Al octavo día de mantenerse en la distancia, Mardonio perdió la paciencia y ordenó a la caballería llevar a cabo un ataque en los pasos del Citerón. Una enorme recua cargada de provisiones traídas del Peloponeso cayó en la emboscada, y tanto los guías como las mulas fueron masacrados. Luego, dejando los cadáveres como si fueran basura al pie de los montes, donde los griegos pudiesen verlos con claridad, los persas, «cuando se hartaron de matar», llevaron triunfales lo que quedaba del convoy a Mardonio hasta su campamento.52
Ahora le tocaba el turno a Mardonio de envalentonarse, y su caballería, hinchada por la victoria, comenzó a lanzar ataques directos contra las posiciones enemigas al otro lado del Asopo. Los jinetes de la avanzada, que acechaban a los griegos cada vez que se arriesgaban a cruzar el río, dejaban las márgenes convertidas en un caos de cuerpos mutilados, y los aliados cada vez estaban más sedientos. Al cabo de pocas horas, el Asopo quedó por completo en manos de la caballería persa, y la única fuente de agua que les quedó a los griegos fue un manantial. Mientras el sol ardía en el cielo de Beocia, los hombres sedientos se amontonaban, dándose empujones, alrededor de aquel manantial, armados de cubos, vasijas y ubres de vino. Y
para los atenienses, la tarea de mantener sus provisiones de agua resultaba particularmente agotadora, puesto que el manantial, que se encontraba justo detrás del campamento espartano, estaba a un penoso trecho de más de cinco kilómetros del campamento ateniense. Pero al menos podían mantenerse en su colina, que era una posición defensiva valiosa ahora que la táctica del ataque y repliegue repentinos de los persas se desplegaba directamente contra la línea griega; por ello, los atenienses no estaban dispuestos a abandonar esta posición. Sin embargo, pasó un día, y luego dos, y la infantería griega, inmóvil, aguijoneada y atormentada por el incesante rumor del enemigo, empezó a cambiar de opinión. De hecho, mientras más atrevidos se mostraban los persas, mayor era la furia entre sus objetivos inmóviles, puesto que los primeros «eran arqueros montados, con