Fuego Persa

Tom Holland · Capítulo 115 de 193

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Fuego Persa

Capítulo 157

ciudades de antigua tradición marítima, como Corinto y las ciudades de Eubea, para acallar sus aspiraciones.

42 Para esta explicación de las historias contradictorias sobre la paternidad de Demarato que se encuentran en Heródoto, ver Burkert (1965).

43 Pausanias, 3.12.6. Se asume por regla general que el encuentro se realizó en Corinto, donde se efectuaron todas las reuniones siguientes, pero dado que la fuente más antigua de esto es un historiador del siglo I a. J.C., Diodoro Sículo (9.3), quien a su vez usó a Heródoto como su fuente de información, no veo razón para rechazar las pruebas de Pausanias, como hace la mayoría de los académicos; de hecho, tiene sentido por la razón que ofrezco.

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De modo heroico y tan pragmático como de costumbre, el almirante ateniense se tragó su orgullo. Tal vez tuviese una vanidad enorme, pero su determinación de convertirse en el salvador de Atenas era incluso mayor.

Temístocles no era el tipo de hombre que permitiría que el egoísmo nublase su inteligencia o su insólita habilidad de penetrar en la mente de los demás; con la capacidad de comprensión que le proporcionaba su naturaleza intrigante, Temístocles podía ver que los griegos sólo tenían una esperanza de sobrevivir, consistente en «poner fin a sus conflictos internos, reconciliar a las ciudades y dejarse persuadir para unirse a la causa común de derrotar a Persia».44 Al reconocer el peligro de que ninguna flota aceptase recibir órdenes de un almirante de otra ciudad, Temístocles hizo una sugerencia magistral: que el liderazgo de la flota aliada se le diese a un pueblo sin una gota de sangre marinera en las venas. Así fue cómo los espartanos, que ya habían reclamado el comando general de las fuerzas de tierra, fueron investidos también con el mando de la flota. Un recurso amargo para Atenas, pero como Temístocles sabía muy bien, una ciudad podía recibir golpes bastante más duros que una simple magulladura en su amor propio.

Ahora que la estructura de mando, pese a lo vaga que pudiera resultar, quedaba establecida con éxito, los aliados podían comenzar a establecer planes. Ante ellos había dos retos importantes. El primero, evidente para todos los delegados presentes en el Helenión, era la necesidad de aumentar el número de tropas. De las alrededor de setecientas ciudades de la Grecia continental, apenas treinta habían enviado delegados a Esparta. A los

ausentes notorios, como los argivos habría que convencerlos de alguna manera de sumarse a la causa común; había que apoyar a las facciones de ciudades neutrales como Tebas que estuviesen a favor de una alianza. Y fue así como se decidió usar la estrategia de la zanahoria atada al palo y la zanahoria. Por una parte, se acordó enviar embajadores a Argos y a todas las ciudades que hasta el momento habían permanecido apartadas de la alianza; por otra, una proclama ad-vertía que a quienes fuesen culpables de medizar se les confiscaría un décimo de sus ingresos como castigo a su traición. Y dado que los aliados, sin duda, necesitarían tanto de la ayuda divina como de la asistencia humana en aquella empresa, piadosamente se acordó que todo lo confiscado sería «para el dios en Delfos».45

No había nada de ingenuidad en esta esperanza de que Apolo se dejase sobornar y con él, su oráculo. Al contrario, lo que se revelaba allí era uno de los temores mejor fundados de los aliados porque todos ellos eran hombres prácticos y sabían que los espías persas estaban en todas partes, y que en secreto ofrecían regalos de oro por aquí y susurraban promesas de favor del Gran Rey por allá, al mismo tiempo que se esmeraban en arruinar la voluntad de los griegos desde dentro. Y ante esa campaña de espionaje, los aliados tenían que encontrar alguna manera de asestar un contragolpe.

De allí el segundo reto que se planteaba a los aliados: infiltrarse en el territorio del Rey de Reyes.

Los griegos, pese a todas sus bravuconadas, apenas tenían idea de la verdadera magnitud de lo que se les venía encima. Sólo con mucha inteligencia podrían empezar a formular una estrategia, y para eso se necesitaban agentes secretos. De modo que se escogieron tres espías y se les asignó una misión: viajar a Sardes y tomar notas de todo lo que vieran. Si lograban hacerlo sin que los capturasen, permitirían a los aliados tener una comprensión infinitamente más amplia de sus riesgos y oportunidades, y de acuerdo con ello trazar sus planes una vez que llegara la primavera, cuando habían acordado reunirse de nuevo.

Finalizada la conferencia, los delegados empezaron a intercambiar saludos y a volver a casa. Mientras tanto, los tres agentes ya estaban de camino al puerto más cercano para abordar un barco en dirección a Jonia.

La primavera y la temporada de campaña se encontraban todavía a unos