Fuego Persa

Tom Holland · Capítulo 161 de 193

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Fuego Persa

Capítulo 218

Un consejo sensato, porque Jerjes, determinado como se encontraba a obtener una victoria, no estaba de ánimos para tolerar el derrotismo. Que el fracaso en arrasar la flota griega en Artemisio se hubiese debido a la falta

de coraje de sus siervos le parecía a Jerjes un hecho incontrovertible y, en un intento por corregir aquello, había advertido a sus capitanes del modo más intransigente que «si intentaban los griegos esquivar su funesto destino, una vez que hallaran un medio de unir con sus naves sin que se advirtiera, tenían a su alcance el dejar sin cabeza a todo el enemigo».19 Del mismo modo, aquellos que pelearan bien tendrían el honor supremo de que su señor se fijara personalmente en sus hazañas, incentivo cuya falta se había resentido en Artemisio. Y fue así cómo mientras los remeros griegos se apostaban en sus bancadas, el Gran Rey, seguido por una poderosa comitiva de generales, oficiales y aduladores, dejaba atrás en su carro la ladera sur del monte Egaleo y rodeaba «la cima rocosa que miraba a Salamina, del mar nacida». Allí, en un promontorio por encima de un templo de Heracles, Jerjes ordenó que se frenasen sus caballos neseos y, mientras descendía de su silla, primero sobre un pequeño banco de oro para el pie y -puesto que con dificultad podía permitirse que los tacones de plataforma reales tocasen el suelo desnudo-después sobre una alfombra extendida con prisas, los sirvientes se ocupaban de construir un trono. El Gran Rey había elegido bien su aventajada posición. A sus espaldas, un panorama incomparable se iba volviendo más claro a cada minuto: la costa de Salamina, el estrecho, el golfo que los separaba y, en la distancia, el istmo. Pero ¿qué vio Jerjes en las aguas mismas aquella mañana decisiva, mientras el sol salía a sus espaldas y el momento tan esperado de la batalla, para la que de tal manera se había maniobrado, finalmente llegaba también?

Pues no lo que había esperado ver. Al menos eso se sabe. No vería el espectáculo de la flota griega destruida en una emboscada, un mar de palos flotantes y pilas de cadáveres retorcidos sobre las rocas de Psitalea. Antes de llegar al promontorio situado sobre Salamina, el Gran Rey había sido notificado de que la tan anticipada huida de los peloponenses no había ocurrido. De modo que el espectáculo de la flota griega apostada en el estrecho, a los pies del rey, debió de provocarle una amarga desilusión. Y

¿dónde estaban sus propias escuadras, ahora que el sol había salido? Una pregunta decisiva, puesto que, del mismo modo que la estrategia aliada consistía en librar la batalla en el estrecho, los almirantes del Gran Rey hacía bastante tiempo que estaban dedicados a enfrentarse a los griegos en mar abierto. Esta situación había dado paso a un punto muerto que duraba