Fuego Persa

Tom Holland · Capítulo 166 de 193

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Fuego Persa

Capítulo 223

arqueros egipcios, jinetes lidios, sacios diestros con el hacha. Tal sería el futuro del mundo bajo el mandato del Rey de Reyes: un crisol de razas universal.

Cuando la insurrección estalló en las riberas del Éufrates, Jerjes se movilizó para aplastarla sin demora, pues el riesgo de una expedición a Occidente difícilmente podía asumirse mientras Babilonia, la ciudad más grande y rica de los dominios del Gran Rey, se encontrase tan agitada. La gran capital seguía teniendo una importancia crucial en el orden persa, y no sólo eran los burócratas imperiales quienes podían dar fe de aquello. Del mismo modo que Jerjes y Ciro habían descubierto

27 Ibid., 426-428. Traducción en Gredos. 28 Ibid., 462-464. Traducción en Gredos.

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en la antigua ciudad un espejo que reflejaba sus más orgullosas presunciones, Jerjes demostraría, con su invasión a Europa, una visión de la monarquía global que por primera vez hacía mucho tiempo se había soñado en Babilonia, la cosmópolis original. El campo de atracción de las fuerzas del Gran Rey y de sus multitudes de soldados, venidos de las lindes de todo el mundo, llevaba al Ática algo más que un toque de la distante Mesopotamia. Y también se esperaba de los atenienses, de los peloponenses y de todos los griegos, incluso aquellos de las islas del más lejano Occidente, que pronto añadiesen sus propios elementos a la mezcla. Es decir, una vez que los hubiesen conquistado. Una vez que, finalmente, lograsen conquistarlos.

Pero la forma cómo asegurarse aquella sumisión se había convertido, después de Salamina, en un quebradero de cabeza repentino e inesperado.

En el consejo de guerra que siguió a la batalla, Mardonio había desestimado la debacle como algo carente de toda importancia: «¿Qué son unos tablones de madera? – diría con desdén-. Si han estado cobardes los fenicios, los egipcios, los ciprios y los cilicios, el desastre en nada toca a los persas»,29

ello expresado con vehemencia y con el chauvinismo tan natural de los aristócratas persas y del Gran Rey, desde luego, puesto que no era su estilo criticar el coraje y las proezas de sus coterráneos. Pero, aun así, Jerjes no había marchado a Grecia sólo como Rey de Reyes, sino en tanto y en cuanto que «Rey de las Tierras». La aniquilación de las tropas que había

convocado bajo su estandarte había herido su orgullo. Bien estaba que Mardonio se permitiese despreciar el carácter mestizo y andrajoso de la marina imperial, pero era precisamente aquello, en opinión del Gran Rey, lo que la había convertido en una digna encarnación de su poder global.

Y en un principio, a pesar de que hubiese resultado tan vapuleada, tampoco estaba Jerjes dispuesto a aceptar que la derrota hubiese limitado el alcance de sus fuerzas. Apenas su flota había resultado diezmada en el estrecho cuando Jerjes estaba intentando ya imponer su supremacía de otra manera, igual de imperiosa: la construcción de una calzada por encima del agua hasta Salamina. Para ello se lanzaron rocas en las aguas poco profundas y, en un intento desesperado de salvar las honduras centrales del canal, se intentó que los navíos mercantiles, muy juntos, hiciesen las veces de pasarela. Pero en aquella ocasión, el verdadero obstáculo no sería el estrecho en sí mismo tanto como los arqueros griegos. Los ingenieros del imperio, acosados por los sanguinarios navíos griegos, constituían blancos fáciles para la ofensiva enemiga, de modo que el Gran Rey, inclinándose ante lo inevitable, tuvo que abandonar de mala gana el proyecto. Para un hombre que había construido un puente a través del Helesponto y que había dividido la península del monte Atos, se trataba de una frustración agónica.

Hacía unos pocos días que había soñado con la conquista de todo un continente y ahora se veía desafiado por un estrecho marítimo de menos de dos kilómetros.

Y por otras agitadas y siniestras cuestiones. De Sicilia, un escenario crucial para la extensión del poder imperial incluso más hacia el oeste, empezaban a llegar informes de una segunda victoria.* Según se informaba, Gelón, el precoz tirano de Siracusa, había infligido una derrota sensacional a los cartagineses, la destrucción de cuyo ejército había sido tan sangrienta que no había comparación posible. Fuera de los muros de Himera, una ciudad al norte de Sicilia, yacían masacrados ciento cincuenta mil cartagineses, y todos los supervivientes se habían convertido en esclavos, mientras que su general, al que habían sorprendido ofreciendo un sacrificio, se había inmolado en las llamas. Noticias todas que se prestaban para la reflexión del Gran Rey, ya caviloso a propósito del próximo paso a seguir en un Ática cada vez más otoñal. Las ambiciones de Jerjes, otrora tan grandiosas, se veían ahora reducidas y circunscritas. El sueño de extender

los límites del poderío persa hasta la tierra del sol poniente de poco servía ante la realidad del istmo bloqueado y de un Peloponeso insurrecto. Lo que antes se había presentado como una campaña universal de dominación, parecía

29 Heródoto, 8.100.

* La fecha precisa de la batalla de Himera es incierta. Ávidos de fomentar la idea de que su señor había estado luchando en defensa de la libertad griega, y no impulsado por sus propios intereses, los propagandistas de Gelón se complacían en afirmar que había tenido lugar al mismo tiempo que el último día de la resistencia espartana en las Termópilas, o bien al mismo tiempo que la batalla de Salamina.

haberse encogido a la escala de una torpe guerrilla fronteriza.

Y como tal, parecía haber dejado de ser digna de las atenciones del Gran Rey, situación que Mardonio supo reconocer con rapidez en su propio provecho. «Déjate persuadir -exhortó a su primo-si tienes resuelto no permanecer, conduce el ejército a tus tierras y llévate los más.»30 Un encargo como aquél era precisamente lo que Mardonio andaba buscando durante años y el Gran Rey, reticente respecto a la idea de pasar otro verano de campaña en Grecia, ya no tenía motivos para oponerse a la estrategia de su primo. La magnitud y extravagancia que habían caracterizado a la expedición bajo su propio mando resultarían escandalosas una vez que ya no estuviese Jerjes a la cabeza. Y como nuevo jefe de las fuerzas de choque, a Mardonio se le juzgaría sólo por un parámetro: el éxito que pudiese tener en someter a la nueva satrapía. Entre los espartanos y sus aliados, en cambio, lo que contaba era la calidad, no la cantidad. La lección de las Termópilas había sido muy penosa, pero por eso mismo la habían aprendido bien. Y mientras el Gran Rey y sus tropas dejaban tras de sí un Ática todavía humeante en su marcha a Beocia y luego a Tesalia, Mardonio, que había recibido carta blanca de manos de su primo, comenzaba a elegir a dedo su propia élite.

A la cabeza de su lista de deseos se encontraba la caballería: móvil, bien armada y en el caso de los sacios, capaz de disparar una andanada de flechas a la línea de infantería mejor formada que pudiesen encontrarse en el camino. Ya se había mostrado con creces la indefensión de los hoplitas griegos ante un enemigo como aquél durante las décadas previas, y poca

razón parecía haber para dudar que la situación hubiese cambiado. Y

Mardonio no era el único que era de aquella opinión. Que los neutrales suscribían aquel punto de vista podía deducirse del hecho de que, aunque no hubiese logrado someter a Grecia, el Gran Rey había podido completar su repliegue con calma y sin bajas.31 Por supuesto, los aliados hacían circular numerosas anécdotas, como que el ejército imperial había tenido que alimentarse de pasto o había quedadodiezmado al intentar cruzar un río helado, o que el propio Jerjes había tenido que cruzar el Helesponto solo, agazapado en un bote de pesca. Puras mentiras. Cualquier tribu o ciudad que rechazara su oferta de sumisión podía esperar una respuesta tan devastadora como inmediata. De modo que casi todos optaban por la seguridad; Tracia, Macedonia y Tesalia se mantuvieron leales al Rey de Reyes, al igual que Tebas y la Grecia central. Incluso la flota imperial, aunque un tanto disminuida, estaba lejos de encontrarse agotada, y a pesar de la carnicería de Salamina, seguía superando en número a la marina aliada. Todo hacía pensar que, llegado el verano, Mardonio podría «poner fin a la tarea».

O tal vez no hiciese falta siquiera. Aunque el gran error de la inteligencia persa en Salamina había sido vergonzoso, y sus consecuencias habían resultado devastadoras, el alto mando no abandonaba la política del

«divide y vencerás» y la posibilidad de aplicarla era notoria en el caso de Temístocles. Después de todo, no había sido por recomendación del almirante ateniense que el Gran Rey había decidido luchar en el estrecho, detalle del que Temístocles había sacado un provecho considerable. En un gesto de sorprendente descaro, no sería hasta pasados varios días de Salamina cuando Temístocles enviaría a Sicino a cruzar el estrecho con un segundo mensaje para los persas, en el que garantizaba estar «dispuesto a servir la causa real» y haber utilizado su influencia para contener al resto de la flota aliada.32 Podría pensarse que estas afirmaciones dejarían atónitos a los persas, pero lo cierto es que los jefes de espionaje no sometieron a Sicino a una muerte lenta y dolorosa, como sin duda habrán tenido muchas ganas de hacer, sino que, al igual que sucedió durante la víspera de Salamina, prefirieron enviar al esclavo de regreso con su señor. No sabemos 30 Heródoto, 8.100. Traducción de María Rosa Lida. Literalmente: «Yo elegiré trescientos mil hombres del ejército y he de entregarte la Grecia

esclavizada», pero la cantidad es una obvia exageración. Según Holland sería: «Regresa a los cuarteles de Sardes -exhortó a su primo- llevando contigo la mayor parte del ejército, y déjame completar la esclavización de Grecia con los hombres que personalmente elija para poner fin a la tarea /

yo elegiré trescientos mil hombres del ejército para terminar el trabajo.» 31

En cuarenta y cinco días, según Heródoto (8.115), aunque no desde Atenas, como se suele pensar, sino casi con certeza desde Tesalia. 32 Ibid., 8.110.

qué mensaje le dieron para que entregase, pero sin duda debió de tratarse de una extensión de las condiciones de la paz establecidas por el Gran Rey. Claro que difícilmente se podía esperar que el pueblo ateniense, todavía inflado por la victoria de Salamina, aceptase aquellas condiciones, pero tampoco era ésa la idea. Si resultaba evidente que Temístocles estaba peleando con su propia sombra, aquello no era menos cierto del alto mando persa. Así, cada bando le estaba señalando al otro lo que opinaba de un sucio secreto compartido: que todavía podía llegar el momento en que fuera del interés de ambos bandos garantizar a Atenas una rendición privilegiada.

Pero ¿por qué habría enviado Temístocles un mensaje tan traicionero en el momento de su mayor triunfo? La respuesta, para quien estuviese familiarizado con las oscuras artes interpretativas de la diplomacia griega, no tardaría en llegar. Varias semanas después de la segunda misión de Sicino, los espartanos enviaron su propia embajada al campamento persa en Tesalia, exigiendo sin pudor alguna compensación por la muerte de Leónidas. Ante ello, el Gran Rey primero estalló en carcajadas, después se quedó mudo de repente, como si estuviese evaluando la situación, y finalmente dijo: «Tendréis todas las reparaciones que merecéis -mientras dirigía un gesto a su primo- de parte de Mardonio, aquí presente.»33 Era bastante ingenioso, pero seguro que Jerjes había estado dándole vueltas en su cabeza a algo más que a un bon mot amenazante. Tal vez se hubiese percatado de que en las torpes demandas de los espartanos se escondía una señal intrigante; quizá le estuviesen dando a entender que a cambio de un soborno de peso podrían tolerar el status quo. Era hilarante, desde luego, ya que el Gran Rey no negociaba con nadie, a pesar de que la posible oferta resultase tan interesante. Después de todo, un acuerdo como ése obligaría a los espartanos a lavarse las manos de los asuntos de toda la Grecia central,

incluyendo el Ática. De modo que bien podía el Gran Rey detenerse a fruncir el ceño, caviloso.

Y una vez su embajada hubo sido rechazada, bien podían los espartanos gritar a los cuatro vientos que, en primer lugar, sólo la habían enviado por indicación de Apolo. Los atenienses, a su vez, confiaban en la palabra de los espartanos, puesto que ninguno de los estados que habían obtenido la victoria de Salamina tenía interés en desestabilizar la alianza si podían evitarlo. En medio de las tormentas otoñales, ya se acercaba el final de la temporada de campaña, y todavía el brillo de la famosa victoria iluminaba la dilación de los acontecimientos. Al cabo de unas pocas pero provechosas semanas de viaje por el Egeo, en el que habían extorsionado a los pobladores de las islas, las varias escuadras griegas se reunieron en la costa del istmo para celebrar sus logros. Allí, en el templo de Poseidón que había servido de cuartel general de la alianza durante el verano, tuvo lugar una gran celebración, donde todos se dieron palmadas de felicitación en las espaldas, se ofrecieron sacrificios a los dioses y se entregaron premios. La sensación de alivio era inmensa. «Una nube negra -en palabras de Temístocles- había sido apartada de los mares.»34

Pero no, lamentablemente, de la tierra. Y aquello tendría consecuencias ominosas para la alianza, lo cual ya empezaban a notar los astutos atenienses y espartanos. Al mismo tiempo que se celebraba allí la gran fiesta de la unificación, el istmo había servido como línea de fractura. Si un delegado se cansaba de la celebración, le bastaba con pagar una visita a la fuente de entretenimiento alternativa más evidente. Se trataba del templo dedicado a Afrodita, la diosa del amor, que se erguía a seiscientos metros por encima de Corinto, en la cima de su empinada acrópolis. Allí, como complemento a la estatuaria de mármol, se podía encontrar un tipo de ofrenda votiva bastante menos piadosa, donada a la diosa por sus adalides olímpicos y otras luminarias, y cuya fama era tan notoria que en griego korinthiazein («pegarse un corintio») significaba copular. En el templo de Afrodita, tan patriótico como eficiente, las prostitutas habían pasado las semanas previas a Salamina elevando plegarias urgentes a su divina señora, implorándole que insuflara en los aliados el amor a la batalla. Cualquier héroe de guerra que se tomase un respiro de la celebración del istmo para