Fuego Persa
Capítulo 26
Subiendo con esfuerzo hasta avistar el macizo del Hindu Kush, Ciro se había encontrado finalmente con el amanecer sobre los picos de Asia central, con «el carro sol tirado por veloces caballos; que en dorado gesto se apodera ante todo de las hermosas cumbres y, desde allí, observa la morada de los arios con ojo benéfico».25 Aunque los persas la hubiesen abandonado al emigrar hacía tanto tiempo, aquella «morada de los arios» no había dejado de ser el feudo de algunos nobles altivos, tal vez atrasados en relación con sus primos de los Zagros, pero dueños de una riqueza que no dejaba de resultar contundente, como lo era también su adicción a la guerra.
De modo que, cuando Ciro logró que capitularan, fueron ellos quienes le suministraron nueva mano de obra y riqueza, aunque aquellas tierras yermas nunca iban a perder su carácter turbio. Y es que su nuevo señor, camaleónico como siempre, tuvo cuidado de dar una imagen de sí mismo que le convirtiera en heredero de las tradiciones de la región, un nuevo señor que permitiría que los antiguos nobles mantuviesen sus maneras indóciles, sólo que, a partir de aquel momento, las mantendrían al servicio del rey persa. El orden que Ciro imponía, aunque permisivo, estaba calibrado de un modo sutil para satisfacer sus necesidades, no sólo de oro y de tropas, sino de una zona que le sirviese de franja protectora. El establecimiento de un arco inmenso de provincias que iba desde el Hindu Kush hasta el mar de Aral servía para limitar los accesos a Persia allí donde ésta había sido siempre más vulnerable, en el noreste, anteriormente expuesto a las incursiones provenientes de las estepas de Asia central.
Porque Gandara, Bactriana y Sogdiana, tierras que antaño habían cultivado la amenaza y la inestabilidad, se habían convertido ahora en bastiones del imperio persa.
Y bastiones importantes, además. Como eran salvajes, y en ello coincidían todos los pueblos civilizados, su puesto era aquél en el que Ciro les obligaba a permanecer, la desolación remota de los confines del mundo.
Lo que habría ocurrido si las circunstancias hubiesen sido distintas seguía alimentando las pesadillas. Los medos, por ejemplo, no dejaban de contar espeluznantes relatos populares sobre cómo el imperio, en la cumbre de su poderío, se había visto sometido a los sacios, un pueblo de ojos rasgados y notoria crueldad y salvajismo, digno de las estepas de las que procedía,