Fuego Persa
Capítulo 150
de Persépolis. Ver Briant (2002), pp. 442-443. 23 Jenofonte, Administración del hogar, 4.21. 24 Ateneo, 9.51. La afirmación fue hecha originalmente por Carón de Lámpsaco, un contemporáneo de Heródoto.
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excepto de uno. Éste era el insistente y clamoroso mensaje de terror que el martilleo de los esforzados equipos de trabajo enviaba más allá del monte Atos. Toda Asia se había puesto en movimiento. El Gran Rey se acercaba.
Hora de dar el paso siguiente
La idea de que un hombre sólo tuviese que dar una palmada para que se excavara un canal, o se construyera un puente, o todo-un continente se alzase en armas resultaba tan extraña como alarmante a los oídos de los atenienses. El gran templo de Zeus abandonado por los Pisistrátidas en el exilio, con sus columnas barridas por el polvo, permanecía en su lugar como un sobrio recordatorio del disgusto que le causaba a la ciudad el tener que obedecer a cualquier líder. El reflejo automático de la aristocracia ateniense, cada vez que se encontraba con alguien que destacase demasiado, era buscar la espada. «Ese pueblo no encuentra placentero honrar a nadie: se considera que al hacerlo resultan privados de algo.»25 Sentimiento común y sostenido entre los griegos de toda la Hélade. La democracia, en ese sentido, había cambiado poco. Se contaba que el padre de Temístocles, al intentar disuadir a su hijo de seguir una carrera en la política, le señaló los cascos podridos de unos barcos de guerra que se encontraban en Falero, advirtiéndole que tal era el destino de todo político ambicioso. «Así es cómo se trata en Atenas a los líderes cuando han dejado de ser útiles.»26
Con certeza, las rivalidades entre la élite continuaban siendo tan carnívoras y despiadadas como lo habían sido antes del establecimiento de la democracia. Incluso la sobresaliente figura de Milcíades se vio muy pronto abocada a la tragedia. En el 489 a. J.C., al cabo de apenas un año de haber salvado a su ciudad de ser aniquilada, Milcíades sufrió una herida en un muslo mientras dirigía una expedición contra una ciudad de colaboracionistas del Egeo y se vio obligado a regresar a Atenas, donde su reputación fue de repente cuestionada. Los Alcmeónidas, como perros de caza, olfatearon el olor de la sangre, y dando rienda suelta a los talentos de un joven y ambicioso político llamado Jantipo, a quien habían casado ya con la sobrina de Clístenes, llevaron a juicio a Milcíades, acusándolo, con