Fuego Persa

Tom Holland · Capítulo 2 de 193

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Fuego Persa

Capítulo 8

estaba llevando a cabo como una «cruzada», sus asesores le rogaran que no volviera a utilizar jamás una palabra tan ominosa.

Tampoco sorprende, por supuesto, que el presidente de Estados Unidos esté menos al corriente de las sutilezas de la historia medieval que un fanático saudita. «¿Por qué nos odian?» Durante las semanas y los días que siguieron al 11 de septiembre, el presidente Bush no sería el único en enfrentarse a esta pregunta. Los periódicos del mundo entero se hallaban tomados por expertos que intentaban dar cuenta del resentimiento musulmán hacia Occidente, que buscaban sus orígenes en los caprichos recientes de la política exterior estadounidense, o bien un poco antes, en la separación de Oriente Medio que las potencias coloniales europeas habían llevado a cabo. Algunos incluso buscaban su origen en las Cruzadas, al hilo del propio análisis de Bin Laden. Pero aquella idea, que la primera gran crisis del siglo XXI pudiese haber surgido de un torbellino de odios antiguos y confusos, era de una ironía conspicua. Se suponía que la globalización había traído consigo el fin de la historia y, sin embargo, parecía estar instigando a cualquier cantidad de espectros indeseables a abandonar el reposo ancestral. Durante décadas, el Oriente contra el cual Occidente se había definido a sí mismo era comunista; ahora era islámico, como en realidad había sido siempre, o como había sido, al menos, desde mucho antes de la revolución rusa. La guerra de Iraq, el surgimiento, a través de toda Europa, de un sentimiento antiinmigratorio y, en especial, antimusulmán, la pregunta sobre si Turquía debería ser admitida en la Unión Europea: todas estas cuestiones se confunden con los ataques del 11

de septiembre para reavivar la conciencia agónica de la falla que 1 De la «Declaración de guerra contra los americanos que ocupan la tierra de las dos mezquitas santas», citada por Burke, p. 163.

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divide al Occidente cristiano del Oriente islámico.

Que las civilizaciones están destinadas a chocar durante el nuevo siglo, como han aducido de distintas maneras tanto los terroristas de Al Qaeda como los académicos de Harvard, sigue siendo, hasta el momento, una tesis controvertida. Lo que no se puede discutir, sin embargo, es el extremo al que diversas culturas, al menos en Europa y en el mundo musulmán, se han visto obligadas a examinar el propio fundamento de sus identidades. «La

diferencia entre Oriente y Occidente – pensaba Edgard Gibbon- es arbitraria y varía alrededor del globo.»2 Sin embargo, que tal diferencia existe, es decir, que Oriente es Oriente y Occidente es Occidente, se cuenta entre las suposiciones más antiguas de la historia, y es mucho más antigua que las Cruzadas, que el islam y que la cristiandad. Su linaje es tan venerable que data de hace casi dos mil quinientos años. Con la pregunta de «¿por qué nos odian?» empezó la historia misma, puesto que en el conflicto entre Oriente y Occidente fue donde el primer historiador del mundo descubrió, en el siglo V a. J.C., el tema de la obra de su vida.

Su nombre era Heródoto. Y como ciudadano griego de lo que hoy en día es la turística zona portuaria de Bodrum, en Turquía, por aquel entonces llamada Halicarnaso, Heródoto había crecido en la frontera con Asia. ¿Por qué, se preguntaba, a los pueblos de Oriente y Occidente les resulta tan difícil vivir en paz? A primera vista, la respuesta parecía simple: los asiáticos, según Heródoto, consideraban Europa un lugar inconciliablemente ajeno, «y desde entonces siempre tuvieron por enemigos a los griegos».3 Pero la manera en que aquella fractura había ocurrido en primer lugar le planteaba un enigma al propio Heródoto. Tal vez la causa hubiese sido el secuestro de una o dos princesas a manos de piratas griegos, o quizás hubiese sido el incendio de Troya. «Así lo cuentan al menos los griegos y los fenicios. Yo no voy a decir si pasó de este o de otro modo.»4 A Heródoto no se le escondía que el mundo no tenía límites y que la verdad de un hombre podía fácilmente ser la mentira de otro. No obstante, si los orígenes del conflicto entre Oriente y Occidente ya parecían perderse en el mito, no ocurría lo mismo con sus efectos, que pronto se harían evidentes de un modo trágico. La diferencia había engendrado la sospecha, y la sospecha engendraría la guerra.

Una guerra, por cierto, sin parangón. En el año 480 a. J.C., unos cuarenta años antes de que Heródoto empezara a escribir su historia, Jerjes, el rey de Persia, había llevado a cabo una incursión en Grecia. Al tratarse del tipo de aventura militar en la que los persas se habían especializado durante mucho tiempo, la victoria -rápida y espectacular- hacía décadas que parecía un derecho natural de los persas. El aura de invictos que poseían daba buena cuenta de la magnitud y rapidez sin precedentes de sus conquistas anteriores. Porque alguna vez los persas habían sido un pueblo