Fuego Persa

Tom Holland · Capítulo 68 de 193

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Fuego Persa

Capítulo 100

Pisistrátidas, estampadas por un lado con la imagen de Atenea y por el otro con su búho sagrado, un tipo de cambio tan puro que se consideraba 34 La fecha exacta se desconoce. Más adelante, a los Alcmeónidas les gustaría presumir de no haber alcanzado jamás un acuerdo con los tiranos, sino haber permanecido siempre en un exilio correcto y obstinado. Sólo el descubrimiento en 1938 de una lista de arcontes de finales del siglo v tardío descubrió la jugada.

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uno de los más fuertes de toda la Hélade. A ojos de los ciudadanos atenienses, aquellas monedas habían otorgado a los ricos un interés nunca antes visto, al tiempo que dibujaban un perfil digno en aquellos ciudadanos de quienes dependían los negocios más jugosos, fuesen artesanos del barrio del Cerámico o agricultores en posesión de prensas de aceitunas. Hipias e Hiparco, del mismo modo que lo había hecho su padre, cortejaban a todos por igual: de una u otra forma se halagaba a todas las clases de Atenas, y con todas se galanteaba. Y al igual que se esperaba que los arcontes actuasen como si la constitución fuese algo más que una farsa glorificada, se suponía que los ciudadanos eran soberanos y libres, herederos y dueños de su tierra. Tal vez los artesanos y agricultores acabaran por creerse aquello que tanto se les repetía y, naturalmente, el engaño serviría a los propósitos de los tiranos. Después de todo, pocas veces parecen los actores más auténticos que cuando están convencidos de la realidad de sus papeles.

Quizás el símbolo más apropiado de la tiranía no fuese ninguno de los muchos monumentos que ésta se dedicaría a sí misma, ni el templo de Zeus Olímpico ni ningún otro Brand projet, sino la adicción tan común entre los atenienses a llevar máscaras, el «de boca en boca» de los memoriales y la interpretación de diversos papeles. Cuando giraban la vista hacia los tiempos pasados, hacia el misterioso nacimiento de la tragedia, las generaciones posteriores no dudarían en atribuir al original mecenazgo de la tiranía la creación de la prestigiosa festividad de las Grandes Dionisíacas de la ciudad, centradas en la competitividad de trágicos rivales. Pero «si llegamos a permitirnos alabar y honrar la simulación -había advertido Solón alguna vez-, lo siguiente será ver cómo éste trepa hasta los mismos asuntos de estado».35 Claro que, para los Pisistrátidas, allí radicaba precisamente el atractivo de todo aquello.

Sin embargo, perdidos también en el corredor de espejos que ellos mismos habían construido, los reyes debieron de haber anhelado una mano que los guiase. Cómo encontrar esa guía planteaba sin duda un reto en una ciudad donde las fronteras entre hecho y fantasía, propaganda y verdad, se habían desdibujado en gran medida. Temerosos de depender en exceso de la agencia humana, los dos hermanos optaron por depositar su fe en lo sobrenatural. Según se decía, Hipias «conocía los oráculos con más certeza que nadie»,36 y junto con su hermano patrocinaba un extenso archivo de profecías, atesoradas con esmero en la Acrópolis. Cuando Hiparco descubrió que el archivista, un íntimo suyo de nombre Onomácrito, había estado alterando los vaticinios, el tirano se molestó tanto que hizo desterrar a su amigo en el acto. Después de todo, el valor de la información estratégica dependía de las fuentes. Con esto en mente, los hermanos decidieron empezar a fiarse sobre todo de sus propios sueños, lo cual dio como resultado la prolongación sin resistencia del gobierno durante trece años.

Fue entonces cuando, una ardiente noche del verano del año 514 a. J.C., en vísperas de las Grandes Panateneas, Hiparco tuvo una visión que fue incapaz de interpretar. Un hombre muy joven y hermoso se encontraba de pie a un lado de su cama y, en la manera urgente y críptica que es propia de los sueños, le advertía que los crímenes siempre se pagan. Asustado, Hiparco habría querido dedicarse a escudriñar sus recuerdos en busca de la ofensa que podía haber cometido, y también a subsanar el error, pero aquella mañana empezaban las Grandes Panateneas y no tenía tiempo.

Asíque en lugar de enmendar su posible crimen, atravesó con premura la plaza fundada por su padre en dirección al Cerámico, donde su hermano estaba organizando una gran procesión que pronto partiría hacia la Acrópolis. Cuando hubo dejado atrás un templo en el extremo de la plaza, Hiparco pudo reconocer a dos hombres que se abrían paso hacia él. Tal vez en ese momento descifrase su sueño, pero ya era demasiado tarde. Aquellos hombres se aprestaban a matarlo. Uno de ellos, Harmodio, era el varón más guapo de Atenas, «en todo el esplendor de su juventud».37 El 35 Plutarco, Solón, 29. Se dice que le hizo el comentario a Tespis, quien según los antiguos había sido el inventor de la tragedia. Puesto que Solón murió cerca del año 560 a. J.C., y de Tespis se decía que había escrito su