Fuego Persa
Capítulo 151
típica desvergüenza, de «engañar al pueblo ateniense». Acorralado por la asamblea, Milcíades acabó siendo condenado, y seguro que lo habrían sacado de su camilla sin contemplaciones, lo habrían arrastrado a través de La Puerta del Ahorcado y lo habrían arrojado en una fosa si los jueces, reacios a dar al vencedor de Maratón el mismo trato que habían recibido los embajadores del Gran Rey, no hubiesen votado por una ingente multa en lugar de aquello. Pocas semanas después de la sentencia, la gangrena con la que se había empezado a pudrir la pierna del gran héroe lo mataría. Después de reunir con dificultad la cantidad necesaria para pagar la multa, su joven hijo, Cimón, heredó el liderazgo del clan de los Filaidas y, con ello, una fortuna muy reducida y -no hacía falta decirlo- la continua enemistad de los Alcmeónidas.
Sin embargo, aunque era cierto que los atenienses, siempre temerosos de cualquier situación «en la que un hombre es capaz de ejercer un poder desproporcionado sobre sus compañeros»,27 se complacieron al ver al gran Milcíades humillado, eso no significaba que sintieran mucho entusiasmo hacia sus rivales. ¿Quiénes habían sido los chivos expiatorios en el juicio iniciado por Jantipo: los votantes de la asamblea o los Alcmeónidas? La respuesta no tardaría en conocerse. Al cabo de dos años de la muerte de Milcíades, los ciudadanos se reunieron en el ágora, donde se había construido un gran puesto de votación especialmente para ese día, rodeado por oficiales que vigilaban cuidadosamente a todo el que pasaba por allí para asegurarse de que nadie votara dos veces. Junto a las diez puertas de entrada, una por cada tribu, había unos cúmulos de piezas de cerámica rota, y mientras se inclinaba a recoger un fragmento, cada ateniense sabía que estaba
25 Un filósofo anónimo del siglo V, quizá Demócrito. Citado por Cartledge (1997), p. 12. 26 Plutarco, Temístocles, 2. 27 Aristóteles, Política, 1302b15.
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ejerciendo un derecho temido y temible. Antaño, en tiempos anteriores a la democracia, el exilio había sido el destino al que se condenaba mediante las armas al capricho de los líderes facciosos, un castigo ruinoso y brutal en sus efectos. Pero ahora, por primera vez, sería impuesto como la sentencia mesurada de un pueblo soberano. Cada ciudadano, al colocar su
voto en la parte de atrás de un fragmento de cerámica, se veía obligado a elegir el nombre de un político prominente. Al final del día, todos los fragmentos (ostraka era el nombre que le daban los griegos) se contarían y apilarían en montonesseparados. El ciudadano que contase con el mayor número de nominaciones dispondría entonces de diez días para abandonar el Ática. No sufriría la pérdida de sus propiedades o sus derechos cívicos que los exiliados sufrían en el pasado, pero durante diez años no se le permitiría regresar a casa. Sufriría, como decían los atenienses, el ostracismo.
Aquella arma mortal para las ambiciones de cualquier familia demasiado poderosa no había formado parte del arsenal democrático desde que Clístenes, veinte años atrás, la había decretado.28 El hecho de que los atenienses se hubieran decidido a usarla después de la caída de Milcíades sugiere lo resueltos que estaban a no convertirse en instrumentos de clanes enfrentados. Un pueblo que había rechazado al Gran Rey ciertamente no podía sentirse obligado a vivir en la sombra de aristócratas belicosos. El primero al que se arrojó por la borda fue Hiparco, un notorio apoyo de los Pisistrátidas que durante la década previa había sido sospechoso de colaborar desde el arcontado con Hipias y Artafernes. Al año siguiente, en el 486 a. J.C., el turno le tocó a un alcmeónida, sin que ello resultase una sorpresa. Dos años más tarde se despachó al propio Jantipo, que así cosechaba la merecida recompensa de su ascenso a la fama. Filaidas, Pisistrátidas, Alcmeónidas, todos los clanes resultaron efectivamente decapitados en los años que siguieron a Maratón. Si el establecimiento de la democracia había sido una revolución de terciopelo, el ostracismo era una guillotina que no derramaba sangre.
Naturalmente, y al igual que en todas las revoluciones, al eliminar la élite de los influyentes quedaba el campo libre para que los rivales más acomodaticios y oportunistas ocuparan su lugar. Los Alcmeónidas no habían sido los únicos ciudadanos en sentirse opacados por el fulgor del vencedor de Maratón, ni habían sido los únicos poderosos que ansiaban un puesto al sol del favor de la asamblea. Un hombre en particular, para el que la victoria de Milcíades había sido una agonía tal que sufriría noches de insomnio e inapetencia, ya se estaba moviendo con astucia para quedarse con los mejores despojos. Temístocles, que tampoco carecía de enemigos,