Fuego Persa
Capítulo 162
montículos de tierra, el cementerio de los antiguos reyes de Lidia, y entonces, a través de la bruma, se reveló tenuemente la propia Sardes, con los rojos acantilados de la acrópolis enmarcados por las altas murallas y coronados por el monumental palacio de Creso. Sin embargo, las banderas que ondeaban sobre las almenas de la ciudad, unas con «la imagen del sol encerrado en un cristal» y otras, el estandarte real de batalla, bordadas con la imagen de un águila dorada,52 eran dignas de un monarca mucho más poderoso de
51 La cifra es de Heródoto (7.89) y se repite, con alguna ambigüedad, en la obra de Esquilo Los persas (341-343). La antigüedad y consistencia de la tradición sugiere que los propios griegos la creían correcta, aunque ello, en sí mismo, no sea prueba suficiente. Todos los historiadores pueden afirmar con cierta seguridad que la flota persa resultaba enorme, y que probablemente -al menos al comienzo de su viaje- superaba a los griegos en una relación de cuatro a uno. Para la mejor discusión sobre el tópico, ver Lazenby (1993), pp. 92-94. 52 Quinto Curcio, 3.3.8. La descripción es del estandarte de Darío III, el último rey de Persia, derrocado por Alejandro Magno. La veneración del sol, sin embargo, fue una constante de la historia persa, y parece razonable suponer que el Gran Rey la habría conservado como un emblema de su poder. Jenofonte (Anábasis 1.10) dice que el estandarte de
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lo que pudo haber sido Creso, y la prueba de aquella grandeza se extendía a lo largo de kilómetros sobre la planicie, ante la turbada mirada de los agentes griegos. El humo que habían visto a lo lejos se elevaba de las hogueras del campamento. Miles y miles de hogueras. Agrupadas en sus tiendas, practicando con su extraño armamento o farfullando sus lenguas impenetrables, las multitudes del ejército del Gran Rey parecían conjuradas en un mundo más extraño y bárbaro de lo que la mayoría de los griegos se había permitido imaginar. Los más lúgubres presentimientos de los espías parecían confirmarse: los más remotos rincones de Asia y África se habían vaciado. Millones y millones de soldados caerían sobre Grecia en pocos meses.
O eso parecía. En realidad, contar tan monstruosas hordas -o siquiera tratar de hacer un cálculo estimado- no era tarea fácil, e incluso antes de que
pudieran empezar a sacar sus cálculos, los espías fueron descubiertos y detenidos. Los habían arrestado militares, no agentes de inteligencia, así que no se les ocurrió nada mejor que torturar a sus cautivos y condenarlos a muerte. Cuando la sentencia estaba a punto de cumplirse, algunos capitanes de la guardia personal del Gran Rey llegaron a toda prisa y ordenaron libertar a los prisioneros, a quienes se condujo, dando tumbos, hasta la acrópolis, a los rincones más privados del palacio, donde, para su perplejidad, los tres espías fueron interrogados, en persona, por el Gran Rey. Al acabar, se les escoltó en una visita completa por el campamento imperial, y sólo una vez que tuvieron copiosas notas de aquello, se les envió, finalmente, de regreso a Grecia.
Tal como el Gran Rey había anticipado, los informes que llevaban consigo sólo se valían de superlativos espeluznantes, y es que lo que se había mostrado a los espías era nada menos que el espectáculo del dominio mundial, en cuyo corazón residía la fuerza de choque de la guardia del Gran Rey, los mil soldados que lo atendían personalmente y que lucían manzanas de oro en los extremos de sus lanzas, amén de los nueve mil, escogidos asimismo con gran cuidado, y cuyas lanzas ostentaban manzanas también, esta vez de plata; una fuerza de guerreros de choque conocidos como los
«Inmortales», «pues si uno de ellos moría o enfermaba, un reemplazo avanzaba de inmediato para llenar su lugar en las filas».53 A continuación estaban los contingentes de élite de la caballería persa y de otras varias naciones súbditas como Media, Bactriana, India y las estepas de los lacios, pues aunque el Gran Rey carecía de infantería pesada para medirse con los hoplitas de armadura de bronce de Atenas y Esparta, disponía de inmensas cantidades de carne para las lanzas: contingentes exóticos que, en circunstancias normales, no parecerían a los griegos más que un enemigo lastimoso pero que si avanzaban en grandes torrentes de humanidad, podrían arrastrar consigo cualquier muralla de escudos que encontrasen en su camino. En todo caso, fue así como se comunicó en Grecia, pues los tres espías, echando mano de sus propias y maravilladas estimaciones del número de tropas del Gran Rey tanto como seguramente dependían de las cifras provistas con amabilidad por los guardas persas, se encontraron en efecto hablando de millones. Un millón setecientos mil, para ser precisos, y