Fuego Persa
Capítulo 202
explicado a sus señores el significado de aquellas estatuas, trofeos perfectos para adornar las salas de Susa.
Entretanto, el Gran Rey establecía el puesto de mando en el Areópago, por encima del Ágora, y los arqueros se apostaban en las colinas con instrucciones de disparar flechas de fuego a las barricadas que bloqueaban la Acrópolis. el muro de madera, que «delataba a los defensores»,59 pronto fue arrasado por las llamas, pero la defensa que estaba detrás se mantuvo en sus trece. El Gran Rey, ansioso por enviar a Persia la noticia de que los daivas habían huido del nido en llamas, empezaba a impacientarse. Los pisistrátidas fueron convocados ante el rey, y se les envió a subir la rampa y negociar con sus obstinados compatriotas. Sin embargo, sus propuestas fueron rechazadas y el asalto a la rampa, como era de esperar, fue retomado.
Las flechas silbaban, rasantes, y las rocas que los defensores habían apalancado a los lados de las fortificaciones rodaron cuesta abajo. El caos de la batalla era general.
Pero cuando los atenienses estaban inmersos de pleno en ella, los oficiales del Gran Rey partieron en reconocimiento del extremo opuesto de la Acrópolis. Allí, la vertiente era tal que no se había apostado ni un solo guardia, pero las fuerzas de élite finalmente pudieron escalar el acantilado.
Como antes había ocurrido en las Termópilas, los talentos forjados en los Zagros permitían al Gran Rey apuñalar a una guarnición griega por la espalda. La Acrópolis fue devastada y muchos de los defensores prefirieron lanzarse por las almenas en lugar de esperar que los asesinasen. Otros buscaron refugio en el templo de Atenea pero, naturalmente, los persas también los masacraron. Luego, siguiendo la orden de su señor, prendieron fuego a todo lo que se encontraba en la cima. Lo que no ardiera sería demolido; el gran almacén de los recuerdos atenienses que se habían acumulado durante siglos, el propio pasado de la ciudad, desapareció en un par de horas.
57 Ibid., 8.61. 58 El Decreto de Trezén, 11-12. 59 Heródoto, 8.52.
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Las gruesas columnas de humo que se elevaban desde aquel infierno empezaron a enturbiar el cielo ático. Para los atenienses, congelados sobre la cubierta de sus barcos, el mensaje que transmitían era el más puro horror.
Para los aliados, que observaban cómo la tarde daba paso a la noche y la