Fuego Persa

Tom Holland · Capítulo 127 de 193

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Fuego Persa

Capítulo 172

reemplazado hacía tiempo, durante la primera década de la democracia, por una imponente estructura, mucho más apropiada a la divinidad de la diosa y del propio pueblo de Atenas. Se había demolido, además, el santuario de extravagante decoración que los Alcmeónidas habían construido a mediados del siglo anterior, al tiempo que el ostracismo se había encargado de

72 Ibid., 7.141. Según María Rosa Lida sería: «Mas te diré nuevo oráculo, sólido como diamante: / mientras yazga en cautiverio cuanto abarca montaña / de Cécrope y las gargantas del divino Citerón / Zeus el de voz anchurosa otorga a Tritogenia / que perdure inexpugnable sólo un muro de madera, / refugio que ha de salvarte y ha de salvar a tus hijos. / No tú aguardes sosegado las huestes innumerables / de infantes y de jinetes que de allende el mar avanzan. / Cede el paso, da la espalda, que ya les saldrás al frente. Y tú, sacra Salamina, matarás hijos de madres / cuando esparza las espigas Deméter o las reúna.»

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destruir la base política de la familia. En su lugar se había dado inicio a las obras de otro magnífico templo, concebido como celebración de Maratón y como expresión de gratitud a Atenea por su protección. Los votantes que se situasen en el Pnyx podrían ver todavía el andamiaje que cubría aquella estructura a medio terminar. Una obra del amor como aquélla, en un lugar así, en una ciudad como Atenas, no podía abandonarse.

Y menos a los bárbaros y a su impío fuego.

Sin embargo, en aquel día señalado, el día del debate más decisivo de la historia griega, y tal vez de la historia europea, era precisamente aquello lo que proponía Temístocles. Ya no era posible, si acaso alguna vez lo había sido, embellecer los detalles de su política naval. Aunque todos los ciudadanos capacitados tomaran su lugar en la bancada, la flota ateniense seguía careciendo de tripulación suficiente. Ningún hombre en edad de pelear podía ser dispensado para proteger «una muralla de madera» en la Acrópolis, ni tampoco en algún otro lugar de Atenas. Las mujeres, los niños y los ancianos deberían ser evacuados y la propia ciudad debía confiársele

«a Atenea, la señora de Atenas, y también a los otros dioses».73 Era posible, claro -y así debió de haberlo argumentado Temístocles- que aún hubiese oportunidad de detener a los bárbaros al norte del Ática. Con todo, si cada

ateniense estaba dedicado a la flota, aquello requeriría que los espartanos y sus aliadosse encargasen de defender el frente terrestre. Que fuese posible persuadir a los peloponenses para que se aventurasen más allá del istmo una segunda vez, tan lejos de sus propias ciudades, era algo que sólo se sabría con el tiempo. Si los atenienses albergaban alguna esperanza de convencer a los espartanos de que no les abandonasen, no tenían mucha elección, salvo dar ejemplo. Temístocles, de seguro, podía ofrecer a sus conciudadanos sangre, sudor y lágrimas, amén de grandes esfuerzos, pero lo que no podía conceder era que ellos mismos se resistiesen al invasor en la playa. Entregar Atenas, pero nunca entregarse con ella, tal era la política, tan audaz como paradójica, que Temístocles ofrecía a los atenienses.

No tenemos manera de saber qué cimas pudo alcanzar su talento oratorio, ni qué frases memorables y conmovedoras pronunciase; no se conserva un solo testimonio de su discurso. Sólo por el efecto que tuvieron en la asamblea podemos imaginar lo energéticas y vivificantes que debieron de resultar las audaces propuestas de Temístocles, pues el voto de los asistentes acabó refrendándolas. El pueblo ateniense, enfrentado al peligro más severo de su historia, se comprometía, de una vez y para siempre, con el desconocido elemento marino y ponía su fe en un hombre cuya ambición muchos habían temido durante tanto tiempo. Pocos atenienses parecían seguir dudando que Temístocles poseyera «un talento supremo para obtener la solución perfecta a una crisis precisamente en el momento adecuado».74

Pero sólo al borde mismo de la catástrofe habían sido capaces de reconocer la cualidad excepcional de sus previsiones. En circunstancias normales, la democracia mostraba poca tolerancia hacia el genio, pero las circunstancias de aquel verano no eran normales en ningún sentido, y por eso los atenienses, en lugar de castigar a Temístocles por haber llevado siempre la razón a propósito de la amenaza persa, decidieron apoyarlo. La suspicacia del talento, en un momento de crisis como al que se enfrentaba Atenas, era algo que la ciudad no se podía permitir. Por ello, a insistencia de Temístocles, se autorizó convocar el regreso al Ática de varias víctimas del ostracismo, «con el fin de que todos los atenienses pudieran pensar como una sola cabeza en la defensa contra los bárbaros».75 Cimón, hijo de Milcíades, y tal vez el máximo heredero de la tradición de Maratón, condujo una procesión de la jeunesse dorée desde el Cerámico hasta la

Acrópolis y allí, con gran ostentación, dedicó la rienda de su caballo a Atenea antes de recoger un escudo y descender con sus compañeros hasta El Pireo. «Y

73 De las líneas 4 y 5 del llamado «Decreto de Trezén», una estela de piedra encontrada en 1959, que parece provenir de una copia del siglo III a.

J.C. de la moción adelantada por Temístocles. Desde su descubrimiento se ha debatido mucho su autenticidad. Lazenby, tercamente escéptico como siempre, la rechaza como «una falsificación patriótica», pero muchos otros estudiosos de las guerras médicas (Green, Frost, Podlecki, entre otros) aceptan que sí; en palabras de Green, «nos da algo muy cercano a las propuestas de Temístocles, aunque es posible que combine varias mociones aprobadas en diferentes días» (p. 98). La mejor y más detallada discusión está en Podlecki (pp. 147-167). 74 Tucídides, 1.138. 75 Decreto de Trezén, 44-5.

así hizo para transmitir a toda la ciudad un simple mensaje: que ya no era necesaria la habilidad del jinete sino los hombres que pudieran pelear en el mar.»76

Ahora que Atenas finalmente se encontraba unida, lo único que quedaba por hacer era persuadir a los aliados a interpretar sus roles. A su regreso al