Fuego Persa

Tom Holland · Capítulo 160 de 193

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Fuego Persa

Capítulo 209

escapar aquella noche, la noticia de que se encontraban bloqueados en aquella bahía se tomó, en cambio, con una ecuanimidad destacada. Así llegó el alba de un día fatídico donde los haya en la historia de la humanidad, encontrándose, preparadas y envalentonadas para la batalla, todas las escuadras de la flota griega.

Y por encima del estrecho, iluminada por las primeras luces de aquella mañana, la imaginación de aquellos hombres dio paso al brillo repentino de lo sobrenatural, una acentuación casi palpable de la intensidad de la situación. Antes de que los marinos atenienses tomaran sus puestos en la línea de cubierta, Temístocles pronunció un discurso que sería recordado durante largo tiempo, en el que les urgía a oponer «todo lo mejor y peor que cabe en la naturaleza y condición humanas […1 a elegir lo mejor».17 Pero estas palabras tal vez no hayan hecho a aquellos hombres erizarse tanto como lo haría la certeza -que al parecer se apoderó de pronto de toda la flota- de que los hijos de los dioses que en tiempos remotos habían sido guardianes de los montes, los bosques y los templos de Grecia estaban allí con ellos. Tanto es así que, más tarde, algunos relatarían haber visto espíritus y serpientes fantasmales que se deslizaban por la superficie del agua, haber escuchado gritos de guerra sobrenaturales que resonaban en los ecos del estrecho. Que los héroes hacía tanto tiempo muertos se hubieran levantado de sus tumbas para repeler al invasor bárbaro era una certidumbre que el alto mando griego había promovido con diligencia y, de hecho, es posible que, al toparse con

17 Ibid., 8.83. Traducción de María Rosa Lida.

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la maniobra persa del bloqueo, Arístides hubiese estado navegando con las reliquias de algunos héroes eginenses nacidos del propio Zeus. Pero seguro que nadie dudó de la importancia de esa misión y, quizás, una medida del éxito de aquel plan fuera el hecho de que los peloponenses, que casi se habían amotinado la noche anterior, se alistaran para la batalla con la misma convicción que los demás.

Y no cabía duda, tampoco, de que hacía días que algo sobrenatural se respiraba en el aire. Al parecer, incluso los griegos del séquito del Gran Rey sentían que los cielos se estaban tornando en contra de su señor. Mientras caminaba por los campos desiertos de más allá de Eleusis el día anterior a la

batalla, Demarato había visto una nube de polvo que se formaba sobre el camino de la costa y que sólo podía ser producto de la marcha de la división persa que se dirigía al istmo, pero un colaborador ateniense que iba junto a Demarato identificó de inmediato el tenue sonido que les llegaba de la Vía Sacra como el canto o iacche que los devotos elevaban ensu peregrinación del mes de septiembre a Eleusis. Eso, por supuesto, era imposible, aunque en efecto estaban en la época del año en que aquella ceremonia tenía lugar; a menos que el iacche viniese de una procesión sobrenatural que estuviese celebrando los misterios eleusinos, el retorno a la vida de lo que parecía haber muerto por completo y de manera irrevocable. Aquello había perturbado sobremanera los pensamientos del ateniense mientras recorría los campos calcinados de su tierra natal. «Me temo – había dicho por fin-que esto presagie un gran desastre para las fuerzas del rey.» Demarato, aunque alarmado por aquel juicio, no le había contestado. «Calla y no hables a nadie de esto -le había pedido, en cambio- pues si llegaran estas palabras a oídos del rey, te cortará la cabeza.» 18

18 Ibid., 8.65. Traducción de María Rosa Lida. Literalmente: «Porque si tus palabras llegasen a los oídos del rey, seguro que perderías la cabeza.»