Fuego Persa

Tom Holland · Capítulo 139 de 193

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Fuego Persa

Capítulo 186

20 La cronología aquí sigue a la de Lazenby, cuyo intento de formar la cuadratura de los círculos del recuento de Heródoto sobre las batallas gemelas de las Termópilas y Artemisio es con mucho el más convincente de los intentos que se han hecho. Ver The Defence of Greece, pp. 119-123.

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oriental de Eubea y su extremo meridional hasta alcanzar la costa occidental. Todo ello pintaba peor que nunca para los griegos, que en ese caso pronto se encontrarían acorralados entre los bárbaros apostados ante ellos y los que bloqueaban la ruta de escape. Era un momento peligroso, sin duda. pero como Temístocles no tardaría en subrayar, los servicios de inteligencia prestados por Escilias no sólo advertían del peligro sino también de una oportunidad. Si destinaban una escuadra de la flota a dirigirse al estrecho entre Eubea y la Hélade continental y confiaban en que los dioses hicieran que los barcos que patrullaban el Ática atisbaran a los doscientos navíos persas y además los persiguieran posiblemente serían los bárbaros quienes se encontraran atrapados sin salida.

Claro que aquello no era más que una gran apuesta, pero los griegos no tenían otra alternativa, si deseaban tener alguna esperanza de detener el avance persa, que confiarse de vez en cuando a la audacia y la suerte. De modo que la resolución se dictó y «se hicieron a la mar contra los bárbaros, con intención de poner a prueba su modo de combatir y maniobrar».21

Naturalmente, como era fundamental no alertar a los bárbaros apostados en la orilla opuesta de la división de la flota principal en Artemisio, la escuadra solo podría zarpar después de la caída de la noche, y después de que los griegos, si aquello era posible, hubiesen demostrado al enemigo que no tenían intención de poner pies en polvorosa. Esto último se logró abandonando las posiciones y aventurándose con descaro mar adentro, desafiando de ese modo a los persas a que los atacasen. Reto que los persas, confiándose en el peso aplastante de sus números y en la mayor destreza de sus tripulantes, debidamente aceptaron. Cuando empezaba a ponerse el sol tras los picos occidentales de tierra firme, la flota persa navegaba con avidez a través del canal, muy superior en número a la línea griega, a la que buscaba rodear y aplastar para terminar con aquella guerra allí mismo y de una buena vez. Los griegos, sin embargo, se habían anticipado a aquella táctica y habían preparado una maniobra diseñada especialmente para

enfrentarla: formados en círculo, con los espolones apuntando hacia fuera como las espinas de un puercoespín que estuviera enrollado sobre sí mismo como una bola, de repente se lanzaron al ataque. En la lucha encarnizada que siguió, los persas se toparon con la negación de su destreza y velocidad, que creían superiores. Cerca de una treintena de sus navíos fueron capturados, y cuando el crepúsculo, apoderándose del Egeo, puso fin a la batalla, fueron los griegos quienes, para su propia sorpresa y deleite, pudieron reclamar los honores de la victoria. Al parecer, no sólo era posible enfrentarse a las destrezas marítimas de los bárbaros, sino que incluso se podían vencer. Y no cabía imaginar un mejor aliciente para los marinos que encaraban la peligrosa travesía nocturna.

En ese momento, por supuesto, llegó el temporal. Mientras la lluvia golpeaba con fuerza los navíos de la flota persa, los vientos, que llegaban bramando desde el sudeste hasta la lúgubre franja costera de Artemisio, acabaron en un santiamén con toda posibilidad de navegación nocturna.

Para fortuna de los aliados, sin embargo, aquél no era el único daño causado por la tormenta: la corriente marítima comenzaba a arrastrar los vestigios del naufragio causado por la batalla de la tarde hasta las posiciones enemigas, donde se enredaban con los remos de las patrullas persas mientras la bahía se llenaba de maderos y cadáveres. Vapuleados por una segunda borrasca mientras todavía se estaban lamiendo las heridas que les había infligido el inesperado golpe de los griegos, a los persas les llegó el turno de entrar en pánico, e «imaginaron que su hora había llegado».22 Pero estaban equivocados: el puerto donde habían varado para guarecerse el día anterior protegió a la flota de los peores azotes de la tormenta. No ocurrió así en el caso de los doscientos navíos que habían enviado a rodear Eubea, puesto que la inhóspita costa oriental de la isla, con sus dentados riscos y acantilados, constituía una protección mísera en caso de temporal. Los navíos, según se dice, «arrastrados y sin saber dónde eran arrastrados», se precipitaron contra un notorio punto negro llamado «las peñas». Sin que importara si allí se habían perdido todas las embarcaciones, como más tarde cacareaban los griegos, la tormenta había decidido el final de la misión.23

21 Heródoto, 8.9. Traducción de María Rosa Lida. 22 Ibíd., 8.12. María Rosa Lida dice «esperaban morir sin remedio». 23 Ibíd., 8.13. La localización precisa del naufragio ha dado muchos dolores de cabeza a los