Fuego Persa
Arrogancia
anticipaba una ganancia fácil logró convencerlos de que el oro que traían era latón, y a precio de latón les pagaron. Al parecer, después de aquel exhaustivo engaño, los ilotas no conseguirían su libertad, pero los eginenses, según se dice, hicieron una fortuna.
Arrogancia
Se contaban dos historias diferentes acerca del linaje de Helena, la mujer cuya belleza había sumido a Europa y Asia en su primera guerra. La más extendida afirmaba que había sido espartana y que había nacido de un huevo después de que su madre, la reina, hubiese sido violada por Zeus encarnado en un cisne gigante. Sin embargo, según otra versión, la reina de Esparta sólo había incubado el huevo que había puesto otra víctima muy distinta de las atenciones de Zeus, nada menos que una diosa, tan solemne como poderosa y tan ecuánime como fatal. En una mano sostenía un cuenco que contenía todo aquello que estaba destinado a ser y en la otra, una vara de medir, con la que juzgaba la magnitud de los excesos de los mortales. A quienes fuesen culpables de «inmoderada arrogancia»,59 la diosa los hundía.
Nadie podía evadirla, y mucho menos los poderosos. Era su costumbre, al caminar, ir pisoteando cadáveres. Su nombre era Némesis.
58 Ibid., 9.82. 59 Eurípides, Las fenicias, 184.
Si era la provocada, el mundo entero podía acabar patas arriba, y prueba de ello, para los griegos, había sido la carrera de Creso, tan próspero y pagado de sí hasta que Némesis se ocupó de su suerte, se había atrevido a considerarse «el más feliz de los hombres».60 Sin embargo, ni siquiera aquella ofensa, incontestable como era, podía compararse en una escala del horror con la que había cometido el Gran Rey, el Rey de Reyes, el Rey de las Tierras, el hombre cuyo objetivo había sido convenirse en amo y señor de toda la humanidad. En griego, sólo una palabra podía describir aquel comportamiento: hybris (arrogancia), «pues éste es el crimen que comete el hombre que se entretiene al pisotear a los otros, y al sentir, mientras así lo hace, que está demostrando su importancia».61 Tal vez un defecto demasiado humano y, sin embargo, un defecto al que los bárbaros, debido a su natural intemperancia, y los monarcas, debido a su rango, tenían especial predisposición. Los griegos, que siempre habían tenido esa sospecha, encontrarían en Jerjes una prueba incontrovertible. ¿Cuál había sido, después de todo, el fruto de la asombrosa ambición del Gran Rey y de su
poder sin precedentes, y cuál el fruto de sus ejércitos, su flota y su grandeza? Un historial de ofensas a Némesis que no tenía comparación posible.
La venganza de la diosa había sido rápida y efectiva. «No hemos llevado a cabo esa hazaña nosotros», había afirmado de modo piadoso Temístocles, un hombre poco dado a la modestia, y con buenos motivos para su falta de modestia, después de Salamina.
Los dioses, los héroes que cuidan nuestras ciudades, resentían la impía presunción de un rey, un hombre que no estaba contento con el trono de Asia sino que quería conseguir el mandato de Europa, que trataba los templos como si no fuesen más que una construcción, que quemó y derribó estatuas de los dioses, y que incluso se atrevió a azotar al mar y a ponerle grillos.62
Al caminar por los campos regados con sangre de Platea, al revisar los cuerpos enredados de los guerreros más excelsos del Gran Rey, al saquear su espléndida tienda, los conquistadores de Mardonio podrían haber afirmado lo mismo. Todos sabían a quién se debía la victoria: la intervención de la diosa era evidente.
Pero aún no había terminado. Le quedaba un último giro por dar.
Siempre había sido la costumbre -y el placer- de la diosa hacer que las ofensas rebotaran contra el que las había perpetrado, y ahora el Gran Rey, que se encontraba en Sardes, estaba a punto de aprender la lección en carne propia. el verano anterior, una vez que hubo incendiado los templos sagrados de la Acrópolis, Jerjes se había atrevido a alardear de su terrible crimen dando la orden de que ardieran las almenaras para enviar la noticia a través de los mares; Mardonio, al capturar Atenas por segunda vez, había hecho lo mismo. Y aunque las almenaras seguían en su sitio, ahora estaban en manos griegas, de modo que Pausanias, al ordenar que se encendiesen, podía estar seguro de que la noticia de su victoria llegaría a la costa de Jonia en cuestión de horas. Y, al parecer, fue esto lo que precisamente hizo.63
De otro modo se haría muy difícil explicar una coincidencia fascinante.
A casi doscientos kilómetros de Platea, en la orilla más alejada del Egeo, y el mismo día de la gran victoria, «corrió el rumor de que los griegos habían combatido y vencido al ejército de Mardonio en Beocia».64 La repentina oleada de confianza de los tripulantes de la flota aliada no podía llegar en
mejor momento, puesto que aquella tarde, ellos también se enfrentarían a un ejército bárbaro. Al cabo de varios meses de inactividad, hacía pocos días que Leotíquides finalmente se había aventurado hacia 60 Heródoto, 1.34. 61 Aristóteles, Retórica, 2.2.6. 62 Heródoto, 8.109. De Holland. La traducción de María Rosa Lida sería: «Los dioses y los héroes,
[…] veían con malos ojos que un solo hombre reinase sobre Asia y Europa, impío y arrogante por añadidura. Hacía el mismo caso de lo sagrado que de lo profano; quemó y derribó las estatuas de los dioses, dio azotes al mar y le echó grillos.» 63 Como señala Green (p. 281), he aquí la única explicación plausible de la afirmación, expresada de modo inequívoco por fuentes antiguas, de que las batallas de Platea y Micala se libraron el mismo día. 64
Heródoto, 9.100. Traducción de María Rosa Lida. Según Holland sería:
«Corrió entre las líneas de la flota el rumor…»
el este de la base y se encontraba ahora anclado en la enorme bahía de Samos, justo al otro lado de la cresta del monte Micala. Y era allí, en la ladera del monte, donde se erguía el Panjonio, el antiguo santuario comunal de los jonios, mientras que al sur, siguiendo la línea de la costa, se encontraba una Mileto devastada y, un poco más allá de las orillas de la bahía, se veía surgir la isla de Lade. Vistas todas señaladas, y que por añadidura daban fe de las obras de Némesis, puesto que en el comienzo de la guerra se encontraba también su final.
Tampoco era difícil distinguir la mano de la diosa en el hecho de que el azar que había favorecido a los persas hacía quince años hubiese dado un vuelco tan dramático. La flota de guerra imperial, que antaño había sido el terror de los mares, se había visto despojada de su habitual pompa del modo más penoso. Sus navíos habían resultado vapuleados por la guerra, sus tripulantes se encontraban desmoralizados y las escuadras enteras estaban al borde de un motín. Los fenicios, que antaño habían sido el pilar principal de la flota, ya ni siquiera formaban parte de las líneas. Al contrario, Leotíquides había recibido hacía poco el enorme refuerzo de la escuadra ateniense de batalla, puesto que Jantipo, quien había estado matando el tiempo en Salamina durante la primera mitad del verano, dichosamente había zarpado rumbo a Delos en el momento mismo en que se confirmaba que Pausanias había abandonado el istmo. En consecuencia, los aliados, en un giro sorprendente con respecto al verano anterior, poseían ahora una
ventaja numérica, y a los almirantes persas que oteaban en el horizonte les había bastado un atisbo de la flota griega que avanzaba contra ellos para tirar la toalla y varar sus trirremes en una playa a la sombra del monte Micala, donde habían construido de modo frenético una barricada de rocas y manzanos, detrás de la cual se habían parapetado.
Y fue esta misma barricada la que Leotíquides decidió atacar el día de la batalla de Platea. Con el mediodía se había elevado en el horizonte occidental una espiral de humo, que pronto había tenido la respuesta del renovado fuego de una almenara en las alturas de Samos. Entretanto, los marinos atenienses, corintios y trezenios atracaban en la playa en un lugar cercano al improvisado fuerte de los persas, que animados por el reducido tamaño de la fuerza de asalto griega, habían abandonado sus posiciones tras la empalizada. Los griegos cargarían de inmediato contra ellos y, a continuación, se libraría una lucha desesperada: los persas iban a pelear con gran coraje tras una barrera improvisada de escudos, pero finalmente, al igual que en Maratón y en Platea, los hoplitas acabaron con ellos. Mientras tanto, Leotíquides, que había desembarcado con los peloponenses por detrás de la empalizada, aparecía por la falda del monte Micala a completar la masacre, en busca de una dulce venganza por las Termópilas. Apenas una pequeña parte de aquella guarnición persa logró escapar a Sardes, y la fortificación quedó abandonada junto con los barcos que allí habían ocultado. Aquella misma noche, después de haberse asegurado de saquear todo lo que fuese posible, Leotíquides mandó incendiar los navíos. Los griegos ya no peleaban por defender su propia tierra, sino que habían comenzado con éxito la ofensiva. El atardecer se apoderó de Jonia, y las hogueras encendidas en los límites del Asia parpadearon durante la noche.
«Muchas son las señales que prueban la mano de la diosa en los asuntos de los mortales.»65 Para los griegos, era un milagro que hubiesen vencido dos veces en el mismo día a la que, después de todo, era la superpotencia mundial, y el propio Leotíquides apenas podía dar crédito. Incluso cuando ya habían dejado atrás Samos y la flota persa que ardía más allá del estrecho, él y sus almirantes seguían temiendo la ira del Rey de Reyes, e imaginaban que seguramente su venganza llegaría en cualquier momento.
Pero no fue así. En lugar de ello, unas semanas después de Micala se informaba que Jerjes, y con él la mayor parte de su ejército, había