Hospital de sangre
Capítulo I
Frank G. Slaughter
Hospital de sangre
ePub r1.0
Titivillus 19.11.2019
Título original: Battle surgeon
Frank G. Slaughter, 1958
Traducción: Alberto Sáenz de Cabezón
Retoque de cubierta: Titivillus
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
Capítulo I
Donde el amigo de las mujeres se muestra
enemigo de los periodistas
Las cortinas del [1] black-out que caían a lo largo de las ventanas, no conseguían que la sala del Royal George perdiese ni un punto de su carácter de escenario del Pickwick. No faltaba nada. Las mismas paredes de madera de roble, los mismos grabados de temas deportivos que representaban boxeadores sin guantes o vencedores, ya difuntos, de carreras hípicas olvidadas. Los mismos cantos báquicos, torpes y nasales, se alzaban en el bar. La única diferencia correspondía a los uniformes, pertenecientes a otro siglo.
La chata pistola pendiente del cinturón de los [2] M. P. recordaba que la guerra se había convertido en asunto internacional. Un asunto mucho menos romántico, pero mucho más eficaz.
El corpulento capitán acodado en la barra no se había unido a los cánticos, pero de vez en cuando levantaba su vaso en un brindis silencioso que únicamente él conocía. A través de estos brindis se unía al jolgorio circundante sin perder nada de su alejamiento.
Su vaso, medio lleno de whisky, reflejaba como un espejo los emblemas de las bocamangas y las iniciales: «U. S.». Aquéllos correspondían al Cuerpo Médico del Ejército norteamericano.
En su delgado rostro, de cuadrada mandíbula, el capitán Richard Winter mostraba, pese a su juventud, unos labios arqueados por un pliegue de amargura, y unos ojos pardos cuya expresión constituía, gracias a algún esfuerzo de voluntad, una mezcla de fría reserva y de amistosa simpatía.
Cuando oyó que alguien pronunciaba su nombre desde la puerta abierta, se volvió hacia ésta esbozando la indefinible sonrisa que le caracterizaba y que parecía haber sido fruto de un largo adiestramiento.
Agitando en el aire una mano cordial, un joven teniente se dirigió hacia él a través del espeso público. Era un muchacho rubio que conservaba su aire de estudiante a pesar del uniforme, en cuyas hombreras brillaba un emblema con una «A» sobrepuesta, la «A» del Cuerpo Médico de Administración.
—¿Qué diablos haces aquí, Rick?
El aludido sonrió levemente, sin manifestar excesiva alegría, para articular después:
—¿No has oído nunca la vieja canción de caza inglesa que dice: «Vete donde el trago y el bocado sea más barato»?
Citas como ésta eran uno de los medios de que Richard Winter se valía para protegerse del mundo. Conocía al joven Terry Adams desde hacía seis meses; exactamente, desde que fue destinado, en Estados Unidos, a su unidad. Pese a tan corto tiempo, su amistad tenía ya la sólida calidad que la guerra comporta. Sin embargo, no creyó que valiese la pena contar a su joven amigo que llevaba allí una hora larga, con la certeza de que su Grupo embarcaría antes de veinticuatro horas y sin experimentar la menor sombra de emoción ante perspectiva semejante de pasar un año con un destacamento canadiense que tuvo que abrirse paso desde las profundidades de las Ardenas hasta las homéricas playas de Dunkerque. El capitán Rick Winter había aprendido a dominar la mayor parte de sus emociones. Sus duras experiencias pasadas eran pesadillas personales y cuando un hombre ha encontrado el camino de la sabiduría, sabe vivir con ella a solas.
—Dos whiskies, camarero. ¿Podremos encontrar un rincón vacío por aquí?
Cogieron los vasos y se fueron hasta un banco de madera tallada, cerca de la entrada, donde Rick se instaló dando un suspiro mientras contemplaba los ojos de Terry, brillantes de entusiasmo y de excitación. ¿Qué cosas podrían decírsele a un mozalbete con uniforme de suboficial que iba a partir hacia el bautismo de fuego?
—¿Quién te ha dicho que yo no iba a marchar esta tarde también?
Terry Adams hizo una mueca jovial.
—He aprendido a seguir la pista de los rumores hasta verificarlos. Tú estás demasiado cerca del mando para informarme.
—Callad, desconfiad —murmuró Winter medio en serio, medio en broma.
Terry bajó la voz hasta convertirla en un murmullo.
—He oído decir que nos largamos mañana. Y esta vez no es un cotilleo. Se asegura que la primera etapa será África.
Winter respondió calmosamente:
—Buena puntería, Terry, pero tus suposiciones valen tanto como las mías. Confidencialmente, yo también he apostado por África, pero, por el momento, no es más que una apuesta.
La mano de Terry tembló levemente cuando se llevó el vaso a los labios y volvió a bajarlo sin haber bebido. Su rostro, atezado por seis meses de vida militar, delataba una especie de oculta contracción. Winter le observaba atentamente, intentando valorar su tensión íntima. Los nervios de Terry habían experimentado toda clase de sacudidas y todas las sensaciones proporcionadas por el calidoscopio de un semestre de instrucción: la vida agotadora de un aspirante a oficial y, después, una vez obtenidos los galones, el aburrimiento del monótono papeleo; luego la excitación del traslado a Europa, y de nuevo la caída en la inacción, acuartelado en un puerto inglés rodeado de dunas… Winter consideraba inoportuno decirle que la espera es el peor mal de la guerra. Se trataba de una lección que el suboficial Adams debía aprender por sí mismo.
En consecuencia, el capitán se limitó a decir:
—Te invito a otro trago, chico. Te lo has ganado.
—Nunca bebo más de un trago. Tú sabes por qué.
Su interlocutor se echó a reír de buena gana: he aquí otro tema del que habían hablado, muy lejos en el espacio y en el tiempo, cuando ambos estaban en la Base.
—¿Sigues teniendo miedo de emanciparte de la mujer que dejaste en casa?
—¿Me lo reprochas?
—Desde luego. No hay sitio para Quijotes en esta tierra. ¿Cuántas veces he de repetirte que tú eres el único perjudicado?
—Pero, Rick…
—Contéstame sinceramente: han pasado casi seis meses desde que dejaste a Mary: ¿cuánto tiempo hace que estás deseando a una mujer, a una mujer cualquiera?
Terry Adams contempló su vaso en silencio. La cuestión, como había ocurrido otras veces, resultaba extrañamente embarazosa planteada así, tan crudamente. Efectivamente, desde que las circunstancias le habían apartado de Mary se había sentido, en ocasiones, muy cerca de quebrar su propósito. A veces, cuando no podía dormir, ciertos recuerdos le llevaban hasta el límite de su resistencia. Ella llegaba a sus sueños como había llegado a sus brazos la noche de bodas. Ella le había murmurado al oído las mil tiernas palabras de la luna de miel y había nadado con él, desnuda y sin reparos, en un lago de las Bermudas argentado por la luna…
Mientras su compañero continuaba, el rostro de Terry Adams pasaba del arrebol a la palidez.
—Puedes estar seguro de que en algún sitio habrá una mujer dispuesta a ayudarte, no como mercenaria del amor, no por dinero, sino, tal vez, porque ella se encuentra en la misma situación que tú. ¿Quién sabe? Si la sabes buscar, la encontrarás pronto, quizás aquí, en nuestra misma ciudad. ¡Al diablo los motivos de su aquiescencia!
—Pero eso no sería justo…
—¿Quieres decir que no sería justo para tu mujer? Aquí es donde te equivocas del todo. Eso no tiene nada que ver con los votos conyugales y nunca tendrá nada que ver con ellos. Ahora bien, si lo que sucede es que alimentas la esperanza secreta de volver a casa sujeto por una camisa de fuerza… En tal caso recuerda que yo soy cirujano y no psiquiatra.
Terry había recuperado la serenidad. Se bebió el contenido del vaso en tres largos sorbos.
—Dime algo más, doctor Freud.
—En estos momentos se está celebrando un baile en el Centro de Oficiales. ¿Quieres que vayamos a explorar el… terreno de caza?
—¿Tú también, doctor?
—¡Yo también, infeliz! Yo soy soltero, ¿verdad?… y por lo tanto sin conciencia alguna que me guíe.
—La cuestión es —declaró rápidamente Terry— que tengo una cita con una señorita en Railway Arms. ¿No te apetece venir?
—Mejor que vayas solo, chico. No quiero estropearte la combinación.
—No es una combinación. Se trata de mi hermana, Linda Adams. ¿No has oído hablar de ella?
—¿Quién no ha oído hablar de ella? ¿Por qué has guardado el secreto hasta ahora?
—Porque sé que detestas a los periodistas. Y sobre todo a las hembras de la especie. A decir verdad, no quería presentarte a Linda antes de tener la
seguridad de que no teme a los lobos[3].
Se detuvo, confuso y azorado por la fría mirada de Rick.
El tono de su voz fue tan helado como la mirada cuando preguntó:
—No me digas que es corresponsal de guerra agregada a nuestra unidad.
—Te lo digo. Y aún te diré más. Embarcará en el mismo barco que nosotros, con la bendición del Ministerio de la Guerra y de los Servicios de Información. ¿Quieres dejar de fruncir el entrecejo e ir a su encuentro?
—Si no te importa, prefiero quedarme donde estoy, intentando habituarme a la idea. Entretanto, podrás pedirle que no haga nada por transformar en cruzada esta guerra. Como broma asquerosa se defiende perfectamente sola. La broma más sucia de la Historia…
Al ver la cara de Terry palidecer de contrariedad, Winter se guardó el resto de su diatriba.
—¡No me hagas caso, chico! Acaso no sea nuestra guerra como yo la veo. Por lo demás, ya sé que tu hermana es un personaje importante. Tienes perfecto derecho a sentirte orgulloso de ella. ¿La llevarás al club esta noche?
—La llevaré, desde luego, si no está demasiado cansada por el viaje.
—Me parece muy bien. Le presentaré mis respetos cuando la vea. Y olvida mi conferencia. Como la mayor parte de los sermones y las advertencias, probablemente no tiene valor alguno.
Contempló la delgada silueta de Terry perfilarse vagamente sobre las cortinas negras que cubrían todas las ventanas y luego desaparecer por la puerta del Royal George. Tenía la convicción de que, esta vez, las consideraciones que había hecho a su amigo coincidían demasiado bien con los más íntimos deseos de Terry para que pudiese olvidarlas. Un día u otro cruzaría la frontera de no beber más que un whisky, que él mismo se había impuesto, y entonces, si hallaba la compañía conveniente, el resto vendría solo… Analizando las posibles consecuencias, concluyó para sus adentros que sería un gran bien para el muchacho siempre que tuviese la sabiduría de no contarle nada a su fiel mujercita cuando regresase.
El capitán Winter pidió un whisky y continuó meditando sobre el sorprendente hecho de que Terry Adams pudiese tener una hermana como la que tenía, una hermana como Linda Adams. Era propio del chico haberle ocultado esta circunstancia durante seis meses, el tiempo en cuyo transcurso creía haber conocido completamente su vida. El capitán Winter dio gracias al cielo fervorosamente por no haber dicho nunca delante de Terry lo que pensaba de ella.
Seis años atrás la había entrevisto en España, en el momento en que ella pasaba en un coche desbordante de galones dorados y de galanterías latinas. Su estrella comenzaba a elevarse. Dos años más tarde su nombre era conocido por doquier. Linda Adams, autora de El hijo del primer matrimonio de Europa. Linda Adams, cuya emisión «El punto de vista de una mujer», superaba todas las marcas de popularidad, aparte las emisiones de variedades y las de los cantantes de moda.
¿Cómo no sentir antipatía ante una mujer así, aunque no hubiese hablado nunca con ella?
Por fortuna, jamás se le ocurrió contar a Terry que en cierta ocasión había tirado por la portilla de su camarote el libro más famoso de aquella mujer. Pero hacía poco que con sus despectivas palabras había estado a punto de romper el ídolo de Terry. Se consideraba, pues, en la obligación de cumplir su ofrecimiento y presentarse en el club de oficiales. Por más de una razón. Si encontraba a Linda Adams con las cuartillas en la mano, se complacería en mostrarle la clase de cortesía que reservaba para las personas como ella.
Tan sólo disponía del tiempo necesario para tomar un último whisky, y para sosegar su espíritu. Después de lo cual le sería posible imaginar que el juego en que iba a intervenir valía la pena.