Hospital de sangre
Capítulo XIX
En donde Rick abandona los caminos trillados y toma un atajo
La sala de recepción del hospital, llena de humo, era una pesadilla de Gustavo Doré. Pese al dispositivo de ventilación, la atmósfera se enrarecía en un velo gris, especie de siniestra aureola que se espesaba con nuevas bocanadas, cada vez que se abría la puerta para dejar paso a una camilla más. Rick se preguntó si sería posible aislar el fuego antes que las llamas alcanzaran los tabiques del hospital, instalado en el centro del buque.
Linda fue confiada a un enfermero para que le enseñase lo que debía hacer. Inmediatamente, se fue a la mesa central, donde Strang gritaba órdenes.
Fue una jornada como para partir el corazón. Hombres abrasados por las llamas y heridos de todas clases llegaban sin interrupción hasta que las camillas cubrieron el suelo. Marineros, soldados, hombres cuyo uniforme había sido casi devorado por el fuego aguardaban, entre sufrimientos atroces la mayoría. El rostro de algunos tenía el tinte marfileño que anuncia la muerte; había verdaderos casos desesperados. Rick observó que Strang había aislado a estos últimos.
Bill Coffin estaba ante ellos, con una jeringa en la mano. Su lenta sonrisa permanecía intacta. Al verle, habló así:
—Gracias a Dios que te veo. Estamos a punto de ser desbordados. Haz todo lo que puedas por arrancar al jefe de esa mesa, porque ¡él sí que se está desbordando!
Dicho esto se volvió para atender a un herido que gemía tristemente.
Rick se dirigió a la mesa y tocó a Strang en el brazo.
—¿Me permite que clasifique a los heridos, señor? Su presencia sería más útil en la sala de operaciones.
Strang le miró con ojos recelosos, para acceder al punto:
—Tiene usted razón, Winter. Soy indispensable en el quirófano, ¿verdad?
Echó a andar pesadamente y pasó al otro lado de la puerta. Incluso en aquellos momentos, el jefe encontraba el medio de conservar, como una coraza inflexible, su apariencia de celador. Rick le vio desaparecer con un suspiro de alivio; se le ofrecía una ocasión inopinada de transformar en orden el caos. Y también la de poner en práctica cierta técnica en la que llevaba pensando mucho tiempo… Hasta se olvidó de Carolyn Rycroft cuando se puso a trabajar en cuerpo y alma. Tampoco se dio cuenta de que Linda había colocado una máquina de escribir en la esquina de una mesa y que ya estaba haciendo las primeras relaciones.
—¿Puedes venir un momento, Bill?
Inmediatamente tuvo a su lado al comandante Coffin.
—¿Qué quieres?
—Querría que prepararas cincuenta dosis de un cuarto de grano[22] de morfina en una jeringa de cien centímetros cúbicos, y que empezaras a inyectar de dos en dos centímetros.
—Perfectamente. Ahora mismo.
La idea de utilizar una jeringa grande conducía a ahorrar considerable cantidad de tiempo. Rick había ya puesto en orden las listas dispersas por la mesa de Strang. Cuando levantó la cabeza, Carolyn Rycroft estaba frente a él, dispuesta para trabajar.
—Me envía el jefe, capitán.
El tono de su voz era completamente formulario. Autómata de funcionamiento perfecto, estaba a punto de realizar cualquier tarea que se le encomendara.
Instintivamente, Rick adoptó la misma actitud y las mismas inflexiones:
—¿Qué se ha hecho con el instrumental esterilizado?
—Preparado desde que se dio la primera señal de alarma.
—Muy bien. Necesitaré gasa vaselinada, algodón, vendas y mucha sulfamida en polvo.
—En tres minutos lo tendrá todo aquí, capitán.
Dicho esto, Carolyn desapareció instantáneamente.
Bill había empezado ya a inyectar la morfina, pasando metódicamente de uno a otro brazo a lo largo de las hileras de camillas. Terry Adams aparecía, erguido, a la puerta del gabinete de Rayos X, acompañado de la corpulenta figura de Manners, el radiólogo de la División.
—Listos para el servicio, capitán.
La voz de Terry era perfectamente serena. ¿De dónde habría sacado fuerzas de flaqueza tan pronto?
—Ustedes dos podrían formar un equipo e inyectar plasma a quienes lo necesiten. ¿Creen ustedes que podrán apoderarse de la mitad del depósito del jefe?
—Podemos intentarlo.
—El doctor Manners indicará los enfermos que lo requieran. Jim, por favor, ¿quieres empezar a reconocerlos?
Con las manos llenas de fichas, Linda llegó al lado de Rick.
—Vaya con los médicos —ordenó Winter— y reúna todos los datos que pueda. ¿Qué dicen los primeros informes?
—El noventa por ciento de los heridos que le corresponden, están afectos de quemaduras, capitán.
También ella había adoptado al hablar la cadencia general. Parecía uno más del grupo médico. En su nueva actividad se comportaba con una serena eficacia, parecida a la de Carolyn.
—Ha estallado un depósito de combustible en la sala de babor. Detrás había alojados quinientos hombres.
No fue más explícita. No hacía falta.
Rick movió distraídamente la cabeza. Otro aspecto del mismo problema ocupaba ahora su pensamiento, y en aquel mismo instante acababa de tomar una decisión, una decisión que acaso le costara ser sancionado. Tal vez hasta su carrera. Tanto peor. La empresa valía la pena del riesgo que implicaba. Habló concisamente, con un poco de sequedad y un tono de voz resuelto y firme. Todos, médicos, enfermeras, ayudantes, sanitarios, le escucharon con tensa atención, intentando descubrir su intención.
—La mitad de los heridos deben ser trasladados a la sala de operación, para desbridar. El resto se quedará aquí.
Ya había pasado su Rubicón interior y se encontraba más tranquilo.
El desbridamiento, limpieza y extirpación quirúrgica, bajo anestesia, de todos los tejidos quemados, constituía la técnica tipo adoptada en todos los hospitales militares. Él había visto infinidad de pacientes salir de la tremenda tortura con el pulso aceleradísimo, la tensión arterial a niveles peligrosísimos y agotada la resistencia nerviosa, todo ello cuando el herido necesitaba de todas sus energías y de todo su coraje para aferrarse a la vida. Bill preguntó dulcemente:
—¿Y qué vas a hacer con la segunda mitad?
—Los curaremos aquí. En las mesas de las dos salas. Sulfamidas y gasa vaselinada.
—¿Sin desbridamiento?
—Sin desbridamiento.
Era la ocasión de demostrar que el desbridamiento era inútil siempre y con frecuencia peligroso. Si fracasaba, Strang se lanzaría implacable para destrozarle, con tanta más razón cuanto no experimentaba por él la menor simpatía. Si todo salía bien, nada cambiaría; pero, en todo caso, estaba seguro de que Strang adoptaría su postura habitual y a menudo cruel. Le brindaba la oportunidad de que le midiera las espaldas con su vara.
—Por tu éxito —dijo Bill Coffin, alzando la mano en un brindis imaginario.
—Que todo el mundo se ponga máscara. Enfermero, entregue lo necesario a la señorita Adams.
—Capitán, le traigo lo preciso para empezar. La gasa vaselinada está en camino.
—Gracias, señorita Rycroft. Prepárese.
Una mesa portátil llegó del quirófano con el material solicitado.
Winter se dirigió al hombre de la primera camilla. La morfina le había apaciguado.
—Al quirófano —ordenó.
Después pasó al siguiente:
—A la mesa de la sala de babor.
La puerta se abrió bruscamente para dejar paso a Manny Ebstein, un Manny un poco chamuscado que no perdió tiempo en desembarazarse de su tiznada guerrera.
—¡A sus órdenes, jefe!
—¿De dónde vienes? ¿De ayudar a los bomberos?
—He estado trabajando ahí abajo. Desde luego, ahora está ya la cosa arreglada y en seguida me he dicho: Vete a ver si se te necesita…
—Está bien. No pierdas tiempo pensando en voz alta. Ayuda a la señorita Adams en la distribución de los heridos. Si te interesa, que te explique el porqué del reparto.
Después de un rígido saludo marchó hacia la sala de estribor acompañado de Bill Coffin, de Carolyn Rycroft y de la mesa portátil.
El doctor Manners estaba preparando el plasma, para lo cual diluía en agua destilada la sangre deseada. Le ayudaba Terry, activo y atento. Rick se puso ante la mesa de curas más próxima:
—Que traigan al primero, Bill. Tú te encargarás del segundo en la otra mesa, y así sucesivamente. No hay que preocuparse de Strang. Él ya tiene en el quirófano toda la ayuda necesaria.
Bill asintió, con grave semblante.
—En situaciones como ésta, Rick, el manual militar de cirugía de urgencias es muy concreto: ácido tánico y desbridamiento de las quemaduras. ¿Estás seguro de lo que quieres echar por la borda?
—Lo bastante seguro como para cargar con la responsabilidad. En mi calidad de decano, tengo derecho a tomar decisiones. ¿Estás conmigo?
Una amplia sonrisa se extendió por el rostro de Bill Coffin.
—Aún no puedo ir tan de prisa como tú, pero corre porque, si no, te alcanzaré en seguida.
Uniendo la acción a la palabra, cogió unas tijeras y empezó a cortar el uniforme del soldado tendido en la segunda camilla.