Hospital de sangre
Capítulo XVII
Cirugía de urgencia
—Perdone, capitán, pero debo recordarle que todo el mundo tiene la obligación de llevar puestos los chalecos de salvamento. Ya sabe usted: son órdenes.
Rick Winter aprobó con un movimiento de cabeza y se colocó el salvavidas reglamentario para corresponder después al rígido saludo del alférez que le había llamado la atención. En el confín del horizonte, el sol parecía un bola incandescente. Rick había subido a la cubierta de las embarcaciones porque no podía continuar en el camarote, que había dejado lleno de humo. Tenía necesidad de airearse el cerebro y los pulmones.
Hasta el momento, ningún miembro de la unidad médica había salido de sus cuartos. Desde el entrepuente le llegaba un confuso rumor indicativo de que los soldados estaban ya tomando el desayuno. A cada lado del puente las barcas de salvamento —con víveres y todo lo necesario para cualquier contingencia— se balanceaban rítmicamente. La vista del mar quedaba fragmentada por las lonas del camuflaje, tendidas sobre diversas partes del buque.
Mientras medía con rápidos pasos el puente, Rick se decía que la calma del gran navío era la calma de la confianza. Cada uno de sus pasajeros sabía cuál era su obligación y cuál era su sitio. Dentro de tal conocimiento cabía incluir a cierto oficial médico que acababa de resolver el mayor problema de su existencia.
Se detuvo en la toldilla para contemplar el mar. El espectáculo fue como un tónico para su cerebro, del que alejó —aunque de manera provisional— cuantos miasmas personales lo invadían. El mar hormigueaba de buques hasta el límite del horizonte, donde los mástiles de una corbeta danzaban sobre la luz del sol naciente. Había viejas barcazas y modernos buques cisternas y los típicos Liberty de achatada proa. También había transatlánticos transformados en buques de transporte, como el que los conducía. Ochocientos metros más atrás que ellos, escoltado por destructores, un portaviones avanzaba laboriosamente.
Winter permaneció largo rato en la toldilla: el espectáculo que se le ofrecía era de aquellos que enardecen el corazón más indiferente. Era el resultado y la recompensa de una preparación cuidadosa. Para llegar hasta donde estaban, los muchachos duramente curtidos, cuyas voces oía subir desde el entrepuente, habían sido instruidos en interminables maniobras de guerra, habían cruzado ríos helados, habían sudado bajo el sol de Georgia, se habían lanzado al vacío colgando de paracaídas; habían, en suma, sufrido todas las pruebas imaginables tan sólo para burlar, si podían, las bombas de un enemigo imaginario.
Ahora las bombas existían realmente, y el enemigo también, pero los muchachos cumplirían su deber con el mismo tranquilo valor.
Es lenta la cólera de los norteamericanos. En el curso de su historia, jamás han terminado una guerra de acuerdo con un horario previsto; jamás ganaron la primera batalla ni perdieron la última. En la actualidad se habían puesto en camino para ir al encuentro del adversario en su mismo continente, en pie de igualdad. Joven, gigante, seguro de su fuerza, el ejército norteamericano iba con serenidad al combate.
Rick Winter haría cuanto pudiese por mantener intacta la energía del joven gigante. Por el momento, sus problemas personales debían quedar relegados a segundo término.
Estaba seguro de que Carolyn le amaba. Le amaba hasta el punto de haber ido a su camarote. Le amaba tanto, que era ella la desconocida de la noche del bombardeo, aunque hubiese dejado en el anónimo su identidad… A la claridad del día, una cosa se le antojaba evidente: la historia no se repetiría de la misma forma. Ella lo quería todo o nada. Y él la amaba. La deseaba. Tanto como para ofrecerle el matrimonio. Pero, mientras durase la campaña, el matrimonio era totalmente imposible. No le quedaba, pues, más alternativa que ser prudente y esperar.
¿Por qué no había aludido Carolyn al episodio de la noche del bombardeo? Era una pregunta que le dejaba perplejo. Se la repetía por centésima vez sin hallar respuesta. ¿Sabría ella que había descubierto su secreto? ¿Habría llevado aquel peinador con el deliberado propósito de permitirle que comparase el monograma con el de la capa guardada en su saco? A primera vista, podía considerarse como uno de los artificios femeninos más clásicos, y como la mayor parte de éstos, se le ocultaba la finalidad. De cualquier manera, se trataba de una cuestión que el tiempo se encargaría de esclarecer. Una cuestión de bien poca importancia comparada con la que se preparaba para todos más allá de la línea del horizonte.
Aún no habían dado las siete cuando Richard bajó al comedor. La mesa que los oficiales de su compañía se habían atribuido estaba ya llena. Sonrió a Terry Adams, que contemplaba tristemente una taza de café intacta.
—No te apures, chico; ya hemos salido del Canal de la Mancha. Estamos en zona sosegada.
Luego, al acordarse de lo sucedido por la noche, agregó:
—¿Pudiste dormir a pesar de las cargas y de la amenaza del submarino?
Terry le contestó con una sonrisa forzada:
—Dormí muy bien. Gracias. ¿Y tú, Rick?
La presencia de Strang a su lado le impidió contestar.
—Ahora que pienso, Winter, acabo de visitar a su enfermo.
—Fui a verle a las seis, comandante. Supongo que no habrá habido novedad ninguna desde entonces.
—Me ha dicho Weldom que marcha a las mil maravillas. Debo reconocer que estoy sorprendido.
—¿Por qué, señor?
Strang contestó en tono sentencioso:
—Me refiero a su tratamiento postoperatorio, capitán. ¿Puedo darle mi opinión sobre ese tema?
—¿Acaso no es una invariable costumbre suya?
El cirujano jefe aceptó la observación con complacencia. «Se está preparando para atacar por algún sitio —pensó Rick—. Nunca se comporta con tanta corrección si no persigue algún móvil».
—Se trataba de una perforación indiscutible —dijo Strang—. Indiscutible, en efecto, comandante. Un divertículo ulcerado.
—Weldom me ha dicho que no dejó usted drenaje.
—Así es. Espolvoreé con sulfamida el peritoneo y cerré la herida.
—Personalmente, me siento más tranquilo en tales casos cuando dejo puesto un tubo de drenaje. En esta ocasión dejaré las cosas como están, siempre que no haya recidiva.
«He aquí la bofetada amistosa —se dijo Rick—. ¿Qué será lo que andas buscando en cambio?».
Aguardó pacientemente mientras Strang sacaba del bolsillo su pitillera de oro y la hacía circular alrededor de la mesa con el mismo aire de un soberano dispensando sus mercedes al pueblo.
—Me imagino, Winter, que en la otra guerra no debía de haber tiempo para poner drenajes en las heridas.
—Para decir moderadamente las cosas, no, señor. El tiempo faltaba, efectivamente.
—Acabo de leer un artículo de Jolly acerca del Three-Point-Forward
System[19]. ¿Le es familiar esa técnica?
—Sí, señor, bastante.
—No es imposible que, en nuestros días, tengamos que recurrir a una forma modificada de ese sistema. Incluso podría completar el artículo de Jolly con algunas notas y observaciones personales. Podría enviar una
comunicación a la A. M. A.[20].
«Te quieres documentar conmigo para olvidarte de citarme en tu comunicación», se dijo Rick. Pero se contentó con responder:
—Si el asunto realmente le interesa, comandante…
Amos Blaine dio una palmada en la mesa.
—Tiene usted la palabra, Rick. ¿Está dispuesta la clase para escuchar?
Pero Strang se resistía a abandonar su cátedra.
—Antes una pregunta. Sabemos que el método era eficaz. Ahora bien, ¿vale la pena de correr el riesgo que implica?
—He visto los resultados con mis propios ojos —repuso Winter—. En cuanto al riesgo… La verdad es que nuestros cirujanos estaban demasiado ocupados y abrumados para tomar precauciones. La cuestión importante es ésta: la técnica quirúrgica de los hospitales de primera línea es eficaz y disminuye considerablemente la mortalidad, en caso de heridas graves, tan sólo porque reduce mucho el tiempo que media entre el accidente y el tratamiento. En ciertas circunstancias, ese tiempo queda reducido en varias horas…
—¿Y la mortalidad entre el personal médico de esos hospitales? ¿Es reducida? A un soldado se le puede reemplazar fácilmente, pero a un buen cirujano es imposible formarle por la sola puesta en vigor de una ley de reclutamiento.
Su argumento pareció satisfacerle mucho, pero tuvo la virtud de inflamar a Bill Coffin:
—¿Desde cuándo nos andamos con remilgos en los riesgos que puedan correr los cirujanos militares? En la guerra pasada muchos de ellos cayeron porque tenían que cumplir con su deber.
Rick levantó la mano en ademán pacificador.
—Bill tiene toda la razón, comandante. El deber de un cirujano, en el ejército o fuera de él, es salvar la vida de los demás sin preocuparse demasiado de salvaguardar la suya.
—¿Acaso he dicho yo lo contrario?
—Desde luego que no, señor. Estoy convencido de que en este momento usted no pretende más que hacer… estadísticas…
Rick puso la mayor atención en los puntos suspensivos, para continuar hablando:
—En pocas palabras, el Three-Point-Forward System es éste: los heridos reciben los primeros socorros en los puestos del batallón, exactamente igual que hacemos nosotros. Inmediatamente son enviados, en camillas, a los lugares de concentración.
—No irá a decirme que la selección de los heridos se hace con tanta rapidez.
—Pues se hace, sí, señor. Ha de ser así: la máxima rapidez en la selección es la base misma del sistema.
—¿Se clasifican en urgentes y no urgentes?
—Sí, señor. Grosso modo son clasificados anticipándose al diagnóstico de la ciencia. En general, la indicación de urgencia corresponde a las heridas abdominales, heridas abiertas de tórax, fracturas complicadas…
Por un momento, Rick permaneció con la mirada perdida, recordando las angustias que él mismo había experimentado al adoptar aquellas decisiones, evocando la expresión dolorosa, desesperada, del rostro de los hombres ante los cuales pasaba el cirujano para designar aquellos que necesitaban atención quirúrgica preferente.
—El hospital de campaña propiamente dicho estaba situado lo más cerca posible de la línea de fuego, y los casos urgentes eran llevados a él sin demora. Los cirujanos trabajaban sin cesar hasta que se caían literalmente, pero nunca quedaba ningún herido sin atender. Trabajaban en unidades completas y autónomas, tal como nosotros pretendemos hacer.
—¿También enfermeras?
—Las enfermeras de todas las categorías. Algunos de los pacientes necesitaban por lo menos diez días de cuidados antes de ser evacuados a retaguardia, y esos cuidados estaban asegurados. Cuando tuvimos trenes sanitarios, las cosas cambiaron, pero eran escasos; se trataba de algo nuevo. Más tarde, los rusos han demostrado su valor práctico.
Bill Coffin comentó:
—En definitiva, se trata de llevar el cirujano al paciente en vez del paciente al cirujano.
—Sí, en efecto, eso resume exactamente la esencia del método.
Los ojos de Rick recorrieron el atento semicírculo de rostros.
—Pido a Dios que adoptemos la misma técnica en la aventura que nos espera. Con perfeccionamientos americanos. ¿Qué opina usted, coronel?
Blaine se limitó a sacudir la cabeza.
—No intenten extraerme ideas sobre la cuestión, muchachos. Les aseguro que la fuente está seca.
—Yo no especularía con demasiadas innovaciones, Winter —dijo Strang —. Tal como veo las cosas, nuestra función es, sobre todo, experimental.
Bill Coffin le respondió:
—Perdón, pero nosotros estamos clasificados como una unidad móvil.
—Nuestras enfermeras —siguió hablando Winter— han sido rigurosamente instruidas para que puedan dar cuanto la guerra exija de ellas. Trabajamos en equipo desde hace meses. En este mismo buque llevamos salas de operaciones ambulantes que podemos instalar muy cerca del frente. ¿Qué tiene que decir sobre eso, comandante?
—No creo en la eficacia del pensamiento en voz alta —repuso Strang.
—¿Acaso podemos echarnos atrás precisamente ahora? Creo firmemente que se nos enviará tan lejos como se pueda. —Winter se divertía acorralando al cirujano jefe—. Por mi parte, jamás me negaría a realizar una experiencia movida por una buena causa.
El coronel se levantó. Winter hizo lo mismo mientras decía, dirigiéndose a Strang:
—¿Qué le parecería una conversación con Weldom, comandante? Dirigió unidades médicas en Australia. Él le dirá lo que le espera y contra lo que va usted a enfrentarse.