Hospital de sangre
Capítulo XLIII
El trabajo alivia el pensamiento
Todo era tranquilidad en las salas. Al recorrer las vastas tiendas, por cuyos intersticios penetraban rayos de sol, Rick vio que la mayor parte de las camas estaban vacías. Las ambulancias habían podido evacuar muchos heridos hasta la vía férrea, recientemente restablecida por el oeste. Los casos de más gravedad seguían hospitalizados, pero no parecía en peligro la vida de ninguno. Se detuvo junto al lecho donde se hallaba el muchacho al que había operado en el tórax la víspera: dormía apaciblemente gracias a algún sedante; su respiración se había normalizado bastante, merced al tubo endotraqueal, que había nivelado la presión de aire en la cavidad torácica, y también el pulso tenía mayor firmeza y regularidad. Winter se dijo que, viniera lo que viniera, el infeliz podía salvarse si salían trenes militares de la Crevette.
Entró en la tienda de operaciones. Bill estaba operando bajo la poderosa luz de la lámpara. Se trataba de una fractura de cráneo con compresión cerebral y parálisis de un lado del cuerpo del enfermo. Bill había extirpado la parte del hueso hundida y procedía a limpiar cuidadosamente la superficie de las meninges. Trabajaba con la desenvoltura propia de una rutina cotidiana. Por último, espolvoreó con sulfamida el interior de la herida y retrocedió, dejando a su ayudante el cuidado de coser y vendar.
—¿Tienes tiempo de fumar un pitillo, Bill?
El aludido abrió la boca en un bostezo formidable mientras le seguía al exterior. Se sentaron el uno junto al otro, en una mesa de operaciones desmontada.
—Me huele el aire a chamusquina. O mucho me equivoco, o no tardaremos en oír la llamada de las ambulancias.
Bill miró a su compañero y la sonrisa desapareció de su rostro.
—Lo dices muy en serio. ¿Pasa algo?
Rick le entregó la nota de Terry. Bill reflexionó largamente después de leerla.
—Algo de esto decía ya la telegrafía cifrada. ¿Qué crees que sabe Terry?
—Probablemente nada más que lo que le haya dicho Strang antes de partir. Y me parece que Strang tampoco sabe más. Tiene confianza en el chico, y, de saberlo, se lo hubiera contado… De todas maneras, tengo la impresión de que todo esto tendrá que ser desmontado muy pronto para mandarlo en una dirección… en fin, en una u otra dirección…
Se echó hacia atrás y abrió la boca para expeler una hermosa voluta de humo, que permaneció casi inmóvil en el transparente aire del mediodía. Una rociada de cañonazos retumbó a lo lejos.
—No me digas que eso se nos acerca —dijo Bill—. También yo puedo imaginar las cosas. Lo que quiero es tu consejo, amigo. Mejor aún, considérate el jefe, dame órdenes y yo las seguiré.
Antes de contestar, Rick sopesó las circunstancias en juego. La extraordinaria movilidad del hospital permitía el traslado rápido hacia retaguardia en caso de necesidad. Con la única condición de disponer de una hora para enviar por delante a los heridos más graves, podrían salir sin temor de que la metralla les pisara los talones. Por lo pronto, el material de reserva podía cargarse ya en las camionetas: el resto se cargaría después en poco tiempo. No había dificultades mayores en este aspecto. Bill podía dar la orden, adoptando las precauciones de rigor.
Una vez más pensó en Linda. Si Bill pronunciaba las palabras precisas, podría ser devuelta inmediatamente a retaguardia; jefe accidental de la unidad, Bill no tenía más que hablar; su palabra era ley. Sin embargo, si una paisana era evacuada antes que los heridos, no faltarían comentarios. Otra vez se encontraba Rick ante un problema que no admitiría posturas intermedias, donde el deber y el amor se oponían.
Dijo con voz firme:
—Creo que debemos empaquetar. Si alguien pregunta el porqué, expón los hechos como son. La unidad está perfectamente curtida para aguantar lo que venga.
—Y con la señorita periodista que está con nosotros, ¿qué hacemos?
—Linda podría irse en una ambulancia, junto al conductor, si hay sitio… ¿Qué opinas de los hospitalizados?
—La mayor parte hubieran tenido que ser evacuados de todas formas. Si se presentara la necesidad, la única diferencia estribaría en que los mandaríamos a todos, a los graves y a los menos graves.
—¿Incluyendo al muchacho que has operado hace un cuarto de hora?
—Ahora ya debe de estar perfectamente. No tenía lesión cerebral alguna. Lo único que querría es hacer el viaje junto a él.
—Bien, en tal caso no hay problema. Yo en tu lugar, llamaría al jefe de ambulancias y le daría la orden de preparar cuanto antes la salida hacia esa vía férrea. A continuación, pondría a todo el mundo a empaquetar y cargar material. Y, por último, subiría en un jeep y marcharía a todo lo largo del convoy para ver cómo van las cosas de un extremo a otro.
Rick estaba sentado junto al conductor del jeep cuando salió Bill de la tienda de Administración después de dar las órdenes oportunas. Era reconfortante moverse de nuevo, sentir el ruido del motor y ver cómo levantaba polvo; era un estimulante correr a toda velocidad hacia el este, sintiéndose actores en vez de espectadores. Su conducta, empero, no tenía nada de oficial. En los reglamentos no había nada, absolutamente nada que autorizase al Cuerpo Médico a hacer preguntas a la infantería. Pero eso les tenía sin cuidado. Se sintieron rebosantes de entusiasmo cuando, marchando tras un coche de Estado Mayor, su jeep se lanzó a todo gas por la carretera asfaltada.
—¿Qué diremos si nos paran? —interrogó Bill.
—Pon cara muy seria y pregunta por Amos.
Inmediatamente antes de que la carretera se deslizara hacia la llanura, aquélla formaba una acentuadísima curva hacia el norte para evitar el profundo lecho de un río seco, a la espera de las lluvias de otoño. El elevado viraje constituía un excelente punto de observación de toda la región circundante; los zapadores habían construido plataformas para los cañones, medias lunas de cemento a medio secar que esperaban silenciosamente el desastre, Rick murmuró una orden al chófer al percibir un grupo de soldados moviéndose en torno a un camión en la cuneta de la carretera. Winter dio un codazo a Bill.
—Dímelo si me equivoco. ¿No están descargando municiones?
—Y cureñas giratorias.
Saltaron a la vez del vehículo. Al detenerse el ruido del motor del jeep, sus oídos se dieron cuenta del importante silencio: el fuego había cesado. Las nubes de polvo rojizo que se alzaban sobre la llanura eran harto explícitas. En algún sitio, a lo lejos, tal vez entre los retorcidos olivares, un regimiento de tanques reculaba para recobrar el aliento después de un ataque frustrado. Cuando el cañón llegó para ser montado, su presencia constituyó una señal anticipada de la retirada. Antes de que el camión se detuviera, los artilleros comenzaron a quitar las lonas que cubrían la pieza.
—Me parece que, por una vez, hemos acertado —dijo Bill—. Ahora creo que lo mejor que podemos hacer es salir pitando y poner en marcha las ambulancias.
Un capitán de ingenieros, con el uniforme lleno de barro y polvo, subió hacia ellos por la ladera de la colina.
—¿Qué pasa, doctores? Nosotros no los hemos llamado.
Bill respondió con extrema afabilidad:
—Parece que esperan ustedes visita, capitán. ¿Quieren que les instalemos un puesto de socorro?
El oficial hizo una mueca que quería ser una sonrisa.
—Por ahora no, comandante. Nos estamos preparando tan sólo para una excursión campestre. Hasta que recibamos nuevas órdenes. Entretanto, a propósito de los puestos de socorro, pueden ustedes ir al encuentro de uno de los suyos, más abajo. Me ha parecido que el motor del coche se le ha insubordinado.
Subieron al jeep nuevamente y subieron el último tramo de carretera a una velocidad temeraria. En el primer recodo del descenso vieron a otro jeep del Cuerpo Médico detenido junto a la ladera y peligrosamente inclinado en la cuenta; el vapor adornaba la carrocería como una pluma blanca, el chófer juraba enérgicamente, con la cabeza hundida en el motor. En la trasera había un hombre inclinado sobre sí mismo, con la cabeza entre los brazos, apoyados en el asiento delantero. Cuando el individuo se incorporó, Rick reconoció a Randall Strang. Un Randall Strang con su soberbia hecha trizas, totalmente hundido. En la cabeza llevaba un vendaje manchado de sangre.
El jefe los reconoció y empezó a agitar los brazos como un semáforo enloquecido.
Cuando Rick llegó hasta él, logró fruncir débilmente los temblorosos labios en una sonrisa.
—¿Qué ha sucedido, señor? ¿Dónde está el coronel Blaine?
Strang intentó hablar, pero su rostro se contrajo nerviosamente y, cuando logró articular las palabras, éstas sonaron como un ronco balbuceo:
—Ahí abajo… Bombardeado… todo el mundo…
—¿Está herido el coronel? ¿Y Terry Adams?
—Sí, pero no es muy grave. Adams, no. Le he dejado en un camión y…
El esfuerzo había sido demasiado. Strang hundió la cabeza entre las manos y rompió en sollozos.
A una señal de Rick, Bill cogió por el otro brazo al jefe, y, entre los dos, lo llevaron, poco a poco, hacia su jeep. Durante el camino, Rick no apartó los dedos del pulso de Strang; los latidos eran precipitados, pero tensos y regulares. Se trataba de un claro cuadro de conmoción producida por el estallido cercano de alguna bomba. También podía haber algo de psicosis traumática, o psicosis de guerra, como se dice ahora. Cualquiera que fuese la etiqueta, lo cierto era que el jefe podía considerarse excluido del servicio activo.
La primera ambulancia los adelantó a poco de haber reemprendido la marcha. Tras ella seguían otras, procedentes de la llanura, lanzadas con toda la fuerza de los motores por la asfaltada pendiente de la carretera.
Bill Coffin sostuvo al jefe durante todo el trayecto de regreso. Rick le desvendó la cabeza y examinó la herida; tal como había supuesto, la lesión era superficial; era el hundimiento moral y no la pérdida de sangre lo que había dado al traste con el dominio de sí mismo peculiar de Strang. Cuando llegaron al campamento, Bill Coffin confirmó el diagnóstico de Rick con un simple vistazo. Examinó la herida y la volvió a vendar. Randall Strang, quedó clasificado entre las cosas que debían olvidarse.
—¿Podrá hacer el viaje en ambulancia, señor?
—Supongo que sí —respondió el otro con voz quejumbrosa—. Si pudiese tomar un poco de coñac…
—Está contraindicado en las heridas del cráneo, señor. —Bill se dedicó a dar instrucciones sobre el traslado del jefe, para dirigírsele de nuevo—. Personalmente, comandante, me sentiría mucho más a gusto si supiera que ya estaba en la línea de ferrocarril de la Crevette.
Y Bill era completamente sincero.
—¿No quiere que le explique… cómo puede encontrar al coronel?
Bill respondió jovialmente:
—Me temo que tendré que dejar ese cuidado a los enfermeros de las ambulancias, señor. ¡Por el momento, tenemos bastante con lo nuestro! — Estrechó la húmeda y fría mano de Strang—. Buena suerte, señor.
Volveremos a vernos en [34] Blighty.
Nadie articuló palabra mientras Strang iba, pasito a pasito, hasta la ambulancia que le correspondía. Un sanitario le ayudó a subir. Las exclamaciones de alegría no hubieran sido convenientes, pero habrían reflejado a las mil maravillas el estado de ánimo de los dos jóvenes oficiales, a quienes la prudencia y la disciplina impusieron el debido silencio. Bill Coffin, empero, no pudo resistir la tentación de dar un enérgico codazo en el costado de Rick.
Juntos entraron en la tienda de admisión.
—¡A toda velocidad, chico!
Dichas estas palabras, Rick empezó a quitarse la guerrera y la camisa mientras corría hacia la tienda-quirófano, dejando a Bill Coffin el cuidado del examen y la distribución de los heridos que no dejaban de llegar.
A partir de este instante, la jornada adoptó el ritmo acostumbrado de trabajo.
Durante la tarde, Rick estuvo ocupado con una incesante corriente de heridos. Unos intentaban sonreír y pedían cigarrillos; otros pertenecían a la categoría de héroes obstinados que insisten en esperar, para que sean atendidos primero los heridos más graves; algunos estaban pálidos como la muerte a causa del shock, o delirando por efecto de la infección, y otros, en fin, casos desesperados, permanecían en trágico silencio, o bien hablaban y hablaban, en pueril balbuceo aterrorizado, reflejo del horror de la guerra moderna con la que se habían encontrado por primera vez.
Todo ello, sin embargo, no representaba más que una rutina familiar: cohibir las hemorragias, cuidar y tratar el shock, reparar, en suma, el daño causado por la guerra, procurando añadir el menor sufrimiento posible a la ya pesada carga que soportaban los cuerpos martirizados.
Los pacientes curados la víspera ya estaban desde hacía rato en camino, rumbo al ferrocarril. Las ambulancias iban y venían ante la tienda de admisión, llevándose heridos leves y dejando los más graves para su traslado a las mesas de operación.
A Rick le ayudaban dos enfermeras, pero no hubiera podido decir cuál de ellas era Carolyn: tal era el febril y preocupado ritmo del trabajo. Las dos eran ayudantes especializadas en cirugía y las dos se desenvolvían con eficacia y habilidad; eso era lo único que importaba. Por su parte, se había transformado voluntariamente en máquina; la verdad es que no cabía otra solución si quería dar abasto a tanto y tanto trabajo, incesantemente renovado.
Cuando, por casualidad, encontró un instante para respirar, se felicitó por la actitud imparcial que había adoptado en el caso de Linda Adams. Bill había dicho que la mandaría hacia la Crevette en cuanto tuviera un rincón libre en una ambulancia. Por consiguiente, debía ya de haberse ido. Lo mejor es que habría tenido que hacerlo sin aviso, por cuanto su marcha dependía de las imprevisibles circunstancias, y sin despedida. Se alegraba de que hubiera sido así, porque no estaba seguro de haberse comportado con la misma calma aparente de la mañana.
Alrededor de las cinco de la tarde el flujo de heridos decreció un poco. A las seis pudo disponer de tres minutos completos para fumar un cigarrillo y respirar unas bocanadas de aire fresco; tenía vital necesidad de ambas cosas. El sol estaba a punto de ocultarse tras la cresta de la montaña y en el cielo empezaban a desvanecerse las púrpuras y los dorados del ocaso. Una ambulancia llegaba penosamente por la cuesta, en busca del campamento.
Apenas se hubo detenido el vehículo, una mujer salió corriendo hacia él desde las sombras de las tiendas, pero él no advirtió claramente su presencia hasta que la mano de ella se encontró con la suya en el tirador de las portezuelas de la ambulancia.
—Ya ves que no te puedes desembarazar tan fácilmente de mí —dijo Linda.
Él la miró.
Llevaba el delantal de trabajo de las enfermeras y un suéter verde oliva: exactamente la misma indumentaria de Carolyn en las jornadas de tarea.
Rick retrocedió instintivamente un paso cuando Linda abrió las portezuelas para permitir a los sanitarios que bajaran las camillas.
—No te sorprenda, capitán —dijo Linda con impertinente calma—. He pedido prestado este uniforme a tu novia, por si podía ayudar en algo mientras esperaba la ocasión de marcharme.
—Debí suponer que encontrarías el medio de eludir la marcha. ¿Has hecho algo útil?
—He hecho lo que he podido.
Bruscamente, Rick la apartó, sin demasiadas contemplaciones, cuando salió la primera camilla. Antes de que Linda le viese, él se había percatado de la gravedad del estado de Terry Adams.