Hospital de sangre
Capítulo XXV
Veinticinco años atrás, en el Marne
Pesadamente, como la mayor parte de las escuadras, el convoy seguía su ruta en la oscuridad.
En su camarote, contiguo al del capitán del buque, el coronel Amos Blaine, nervioso, se incorporó, se sentó, ahuecó con irritación la almohada. Hacía poco menos de un cuarto de hora que se esforzaba en conciliar el sueño estirado en la cama, inmóvil, contemplando el juego de los reflejos y las sombras en el blanco techo. Todo en vano. Lo único que logró fue un cuarto de hora más de insomnio. Se embutió en la bata, buscó a tientas el cinturón y las zapatillas y subió al puente, a contar las estrellas. Pero las estrellas permanecían ocultas por una fría niebla. Apenas podía distinguir la silueta del vigía de babor, embozado hasta los ojos en el capote.
Volvió al camarote, cerró cuidadosamente la puerta y se echó en la litera, resignado a pasar otra noche sin dormir. No obstante, el insomnio, en sí, no era realmente desagradable. Lo desagradable eran los pensamientos que le asaltaban, los pensamientos que llenan las horas solitarias mientras la tierra tiembla en el inmenso vacío. Temía las dudas que bullen como gusanos en el espíritu de los hombres abandonados a sí mismos.
En privado, Somers le había dicho que el ataque estaba previsto para el domingo al amanecer, a menos que la temperatura obligara a un cambio en el último minuto. Y Somers había advertido a toda la unidad que deberían entrar en acción inmediatamente si las pérdidas fuesen grandes… Sin darse cuenta apenas, se puso a revisar sus recuerdos bélicos. En tiempos pasados, muchas veces los hombres le habían seguido al combate desde Cuba hasta las costas de China. Pero se trataba de soldados que conocían su oficio. Nunca hasta entonces se le había encomendado la jefatura de una unidad como la que iba en el buque. Por ejemplo, las mujeres. Incluso el uniforme que llevaban, blanco y severo, parecía demasiado castrense para su juventud. El próximo domingo, todas ellas oirían por primera vez el estallido de los obuses en una playa hostil. ¿Qué podría hacer si se declaraba el pánico en sus filas?
Agitado, dio la vuelta en el lecho, poniéndose de lado. No debía pensar en aquello. Por supuesto… no habría pánico alguno… Se trataba de mujeres americanas; cumplirían su deber igual que sus hermanos de armas. La joven Linda Adams, por ejemplo… Hubiera debido retenerla a bordo hasta que pasara el peligro, y, sin embargo, le había prometido que acompañaría a los demás, porque ella se lo había pedido. Después de todo era periodista y debía ganarse y merecer las crónicas que escribía en exclusiva.
Bajo su mejilla la almohada se había convertido en una masa caliente y dura; pero, después de haberla tirado al suelo, no se sintió mejor. Deseó con desesperación que amaneciera para concluir con el insomnio, que le atormentaba aquella noche más que ninguna otra… Pese a todas sus protestas, a todas las influencias de que se valió para ser reintegrado al servicio activo, ¿no era demasiado viejo para la guerra? ¡Oh, no! No sentía ningún miedo por él. Su memoria dio un salto atrás de veinticinco años y le llevó al Marne, a una ambulancia de batallón, donde un joven capitán, pálido y tembloroso, era incapaz de poner una venda…
… Recordó al sargento que, sin decir palabra, le llevó a una tienda de campaña, sacó una botella de algún sitio y le puso el gollete en los labios… Aquellos tragos de fuego le salvaron del fracaso y de la vergüenza. Después de eso se las pudo arreglar solo, desenvolviéndose como los demás en variados menesteres, sin detenerse a reflexionar.
En la misma situación debía de hallarse el joven Adams. Se preguntó lo que Terry pensaría y diría si supiese que había sido su propio coronel quien le había sacado de la oficina, donde estaba completamente borracho y roncando como un motor, para llevarlo en brazos, por el desierto pasillo, hasta la litera de su camarote.
Se repitió una vez más que debería vigilar a Terry. A Randall Strang también, por descontado, en el caso de que se llegara a encontrar al alcance de los tiros, posibilidad muy improbable. En cuanto a los demás, se jugaría por ellos hasta el último dólar con la mayor seguridad. Se lo hubiera jugado también si ninguno de ellos hubiera seguido el duro y completo adiestramiento a que se les había sometido en Estados Unidos.
La parte más importante de su tarea ya la había cumplido en la patria, cuando modeló a todos con sus propias manos, bajo el ardiente sol del sur. Cuando subieron la escalera del barco que los llevó a Inglaterra, ya no le necesitaban. Y muy pronto demostrarían que también sin él sabrían vivir y morir. Lo que ahora necesitaba era dormir.
De nuevo, Amos Blaine se incorporó, miró con rabia la esfera de su reloj, se sentó, permaneció inmóvil unos instantes y luego, resignado, cogió de la mesita un frasquito y se tragó uno de los comprimidos que contenía.
Fenobarbital, amigo del anciano…