Hospital de sangre

Frank G. Slaughter · Capítulo 5 de 51

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Hospital de sangre

Capítulo V

 

Esgrima de salón

 

Otra dama de blanco había atraído la atención de Rick. Sin duda, una patricia. Alta y con la cabellera brillante como una corona de cobre, bailaba con Randall Strang, jefe de los servicios quirúrgicos. Winter adelantó un poco la cabeza para estudiar ávidamente su cara, aprovechando el instante en que el comandante se volvía pomposamente hacia la izquierda. Durante unos segundos le asaltó el deseo de deslizarse entre ambos y ocupar el sitio de Strang. El doctor Strang era un rígido partidario de la disciplina según la vieja escuela, con todo el aparente estilo simple de la nueva. Más de una vez habían chocado con motivo de discrepancias sobre técnica quirúrgica. Sería una deplorable política enfrentarse con Strang en otro terreno, pero también sería divertido… Rick dudaba todavía cuando alguien, desde el otro lado del salón, gritó su nombre con simpático vigor. Entonces renunció a su travesura. Le llamaba el coronel Amos Blaine, el Anciano Caballero, el bajá de la unidad. Era una especie de Buda con túnica de gran gala que amenazaba estallar por las costuras.

El coronel Blaine no había hecho esfuerzo alguno para asegurarse una línea aerodinámica con vistas a la guerra mundial número 2, de la que era considerable engranaje. Su parecido con Buda lo había adquirido en Oriente, a consecuencia de una ictericia. Su última condecoración la había ganado en Saint-Mihiel. Su panza provenía de su sillón en el Consejo del Gobierno. Oficial retirado, había vuelto al servicio activo para hacerse cargo de la unidad médica a la que pertenecía Richard Winter.

La experiencia le había enseñado a Rick que bajo la plácida apariencia del coronel Blaine no se ocultaba ninguna blandura. Le gustaba vivir bien, pero ello no era óbice para mantener siempre a punto una seguridad y una decisión férreas. En el curso de los últimos meses había organizado la 95.ª con el

máximo de eficacia y el mínimo de [6] Snafu.

Todo el mundo que giraba en torno suyo estaba dispuesto para embarcar y la moral era perfecta. Su Estado Mayor, a la altura de todas las exigencias de la medicina moderna, garantizaba la mejor calidad.

—Siéntese, Rick, póngame al corriente. ¿Quién era esa joven que estuvo con usted en el porche?

Rick adoptó su más impasible expresión de jugador de póquer.

—La enfermera Rycroft, señor. Miembro de mi equipo. Una estimable adquisición para la unidad.

—He podido darme cuenta, en efecto —admitió Blaine—. De todos modos, es mi deber advertirle que, según el artículo treinta y cinco mil/mil cuatrocientos cuarenta de las Ordenanzas del Ejército, si usted se mete en un atolladero cualquiera, le puede sobrevenir serio perjuicio.

—¿Ha recibido alguna queja, señor?

Amos se echó a reír:

—¡No!, más bien al contrario. Pero no dé usted mala reputación al ejército.

Con el brazo empujó a un lado un caos de vasos vacíos dejados en la mesa donde se había servido los refrescos.

—Siéntese. En seguida vendrá la señorita Adams. En este momento está bailando con Strang, pero tiene ganas de conocerle a usted.

El capitán Winter se dejó caer en una silla, con una seca sonrisa. ¡Cuánto lamentaba no haber cedido a la tentación! Ahora bien, había diferido tanto tiempo la ocasión de apreciar personalmente a Linda Adams, que podía esperar sin molestia un poco más.

—¿Se sentirá usted hombre importante, Rick, si le digo que ella va a dar cuenta, en lo sucesivo, de nuestros hechos?

—Me siento capaz de dominar mi asombro, señor. Ahora, dígame: ¿esa historia sobre un viaje por mar mañana es cierta o sólo posible?

—Ya está usted en la edad de la razón, amigo mío. Ni el propio Cuartel General de la División lo sabe. Los billetes para la travesía nos los enviarán en el momento oportuno por vía directa desde Washington.

—Yo creía que mañana nos pondríamos en movimiento. Y ahora que veo aquí a esa amazona de la estilográfica, lo creo todavía más.

—¿Por qué?

—¿Cree usted que el director de un periódico enviaría a Linda Adams a un simple acuartelamiento si no flotara en el aire algo importante? —Winter alargó la mano para coger un cigarrillo de la caja que había en el extremo opuesto de la mesa y dejó oír una risa perfectamente convencional—. Créame, señor, cuando los periodistas de primera clase brotan como lo ha hecho la señorita Adams, es que van a sonar las campanas de la ofensiva. Yo diría que son los cuervos que anuncian la batalla.

—Le aseguro que lamento no ir de negro, señor —dijo una voz a su espalda—. De haber sido así habría hecho justicia a su comparación.

Rick se levantó para ofrecer una silla a la recién llegada. Tras ella, imponente y macizo, con los ojos contraídos por la desconfianza, estaba el comandante Randall Strang. El cirujano jefe era uno de los médicos de moda en Boston cuando tuvo que embutirse literalmente en el uniforme. Era un hombre mundano y de palabra fácil, inapreciable por su actitud a la cabecera de los enfermos. Rick sospechaba que el personal de su clínica debía de detestarle tan cordialmente como le detestaba ya la unidad. Pero no se podía negar, ni siquiera discutir, su habilidad organizadora y su invariable seguridad. Rick se dijo para sus adentros —y no era la primera vez que se le ocurría— que su superior se parecía notablemente a un toro belicoso y bien alimentado.

Strang emitió unos graves carraspeos, y con voz de órgano dijo:

—¿No cree usted que se impone una excusa?

—Indiscutiblemente, señor —respondió Rick—. Señorita Adams, considere la palabra «cuervo» como retirada. Permítame que la compare, en cambio, con un halcón. ¿O tal vez —saludó con una irónica inclinación— con una paloma mensajera, portadora de un optimista envío?

Amos Blaine habló:

—¡No me digan que ustedes dos se conocen!

—Hace muchos años que sigo la carrera del capitán Winter —repuso Linda.

Su voz tenía un tono ligeramente cortante, pero su actitud era de una calma total.

—Ahora que nos hemos conocido, capitán, ¿me permite decirle que conocerle a usted compensa la espera?

Rick la contempló sosegadamente:

—A condición de que me permita devolverle el cumplido.

La hermana de Terry sacó un cigarrillo de su bolso, aceptó la cerilla que le ofreció Strang y agregó:

—Verdaderamente, fue una pena que nuestros caminos no se cruzaran en España.

—No tenía idea de que hubiese estado usted en España, Winter —dijo Strang—. ¿En qué lado estuvo usted?

Linda sonrió fríamente a Richard y respondió antes que él:

—¿No leía usted los periódicos por entonces, comandante? El capitán trabajaba como cirujano a las órdenes de Trueta.

—Uno de los grandes médicos del mundo —comentó Winter.

Con un fuerte acento de Boston, conservado intacto en suelo inglés, el cirujano jefe intervino para disolver la conversación en el tema general de la guerra. Su conclusión fue:

—Nuestra obligación es aplastar a Hitler y luego volver a encargarnos de nuestros asuntos. Hablo con el sentido práctico de un hombre de negocios. ¡Dios sabe que no soy aislacionista!

«Sólo Dios sabe lo que eres —se dijo Rick—. Sólo Dios es capaz de desentrañar cuáles puedan ser tus ideas políticas».

—¿Admite, señor, que los Estados Unidos tendrán deberes internacionales que cumplir cuando termine la guerra? —le preguntó.

—Por supuesto, capitán. Creo en la necesidad de una Liga de las Naciones, siempre que nuestra afiliación no implique peligro para nuestra integridad nacional.

—Significa que Europa, según todas las probabilidades, se «balcanizará» después de esta guerra, pese a nuestros mejores esfuerzos. Y que yo me niego a ver a mi Gobierno transformado en agente de policía con la misión de inculcar la democracia a porrazos en los países atrasados. Creo que América puede conservar intacta su democracia, ocuparse en sus asuntos y prosperar sin complicaciones.

Winter se rió a mandíbula batiente: sabía hasta qué punto exasperaban a Strang las risas sonoras.

—¿Y las Cuatro Libertades, comandante? ¿Y el siglo del hombre de la calle? ¿Y el reparto de la leche gratis entre los hotentotes?

Por una vez tal género de discusión parecía agradar a Strang. Proyectó su mandíbula hacia adelante y prosiguió su argumentación, no sin antes dedicar a Linda una amplia sonrisa.

—Emplee su inteligencia, Winter. ¿Cómo cree usted que podrán subsistir esas Cuatro Libertades, o cualquier otra libertad auténtica, en la política de «Yo el primero» que seguirá inevitablemente al armisticio?

—Todo es posible, señor. Pero apliquemos razonamientos científicos. Intentemos comprender de dónde proceden los dictadores. Vayamos a las causas, no a los efectos. Hace un momento hablaba usted de aplastar a Hitler. No olvide que él es el efecto más monstruoso que hasta hoy día ha producido este desquiciado mundo. Un Napoleón de pacotilla con un cerebro de pitonisa de feria, un paranoico nacido de la avidez y la codicia, un engendro de la desesperanza…

Strang sonrió tenuemente.

—Ignoraba que fuese tan elocuente, Winter.

Rick estaba alzado y continuó. Lo que particularmente le animaba más era el cálido sonrojo que había comenzado a invadir la encantadora cara de Linda y que amenazaba llegar a sus no menos encantadoras orejas.

—El germen que ha producido a ese hombre es un germen de tantas cabezas como la hidra: la corrupción, la pobreza, la apatía social. ¿Y no cree usted que esa misma semilla empieza a proliferar entre nosotros? ¿Que, pese a toda nuestra fuerza, acabará destruyéndonos, a menos que la trituremos cuanto antes, a menos que nos demos cuenta, en fin, de que ninguna democracia puede permitirse el lujo de una guerra en cada generación, detenerse en el intervalo y, a pesar de todo, sobrevivir?

Esta última frase la pronunció sin pausas. Al terminarla, inclinó el busto, una vez más, en dirección a Linda y concluyó:

—Y no me diga que soy elocuente, comandante. No he hecho más que plagiar de memoria un reciente artículo de la señorita Adams. Si quiere leerlo entero, no tiene más que consultar la colección del Record.

Sin aparente azoramiento por la alusión, Linda preguntó:

—¿Y aprueba usted mi punto de vista, capitán?

—De arriba abajo. Estoy convencido —respondió Rick—. También apruebo los Diez Mandamientos, pero ¿cuántos podría usted imponer prácticamente en el mundo?

—Denme un siglo de paz; denme una nación instruida, educada, que no conozca ni el hambre ni el miedo… Denme algunos hombres de valía de la Casa Blanca, de Downing Street, del Kremlin… Nuestros nietos verían un mundo mejor…

—La única dificultad estriba, precisamente, en la manera de conseguir esas pequeñeces —dijo Rick sonriendo—. ¡Pero eso no tiene importancia! ¡Adjudicada! Adjudicada a la guapa señorita vestida de blanco, señores. Una utopía ardiente y nueva, llena de armonías de tolerancia y de fraternidad humana. Un jardín del mundo donde el león, sentado junto al cordero, trazarán en colaboración el plan de la sociedad futura.

El coronel dijo dulcemente:

—Sea como sea, el mundo marcha. ¿No lo nota usted, Rick? Fíjese, por ejemplo, en el vals que toca la orquesta: «Sangre vienesa». Durante la primera guerra mundial hubiéramos sometido a un tribunal militar la orquesta que se hubiese atrevido a tocarlo. Hoy bailamos a sus acordes…

—Tal vez sea ésa una de nuestras debilidades, señor. Tal vez seamos demasiado sentimentales y olvidemos demasiado pronto lo pasado.

Linda intervino:

—¿Qué remedio sugiere usted, capitán? ¿Una orgía de odios?

—Nada de eso. Sin embargo, el odio, dentro de unos límites razonables, es un estimulante para el espíritu. Y no estoy completamente seguro de que, incluso ahora, odiemos lo suficiente a nuestros enemigos para aplastarlos de manera radical. Nuestro odio está demasiado mezclado con el temor para que sea eficaz, como, por ejemplo, sucede con el Senado, que detesta a los banqueros; con los banqueros, que detestan a Rusia…

—Tienen para ello excelentes razones —comentó Strang.

«Ahora es mío», se dijo Rick.

—De acuerdo, comandante. Pero entonces, ¿por qué no llevamos las cosas hasta el final y detestamos a todos nuestros aliados? Eso, por lo menos, es una cosa positiva. Eso, por lo menos, nos tendrá, a usted y a mí, de uniforme hasta el fin de nuestros días… Si quiere hacerme caso, eso sería mejor que volver a nuestros dividendos y a nuestros garajes para dos automóviles.

Strang rugió su contestación:

—¿Está defendiendo a los comunistas?

—¡Demonios, no! —dijo Rick—. Yo mismo figuro en la clase de los dividendos. Y quiero que los cheques continúen llegándome a su tiempo. El hecho es que a mí me gustaría tener una idea, aunque fuese ligera, de lo que, de un año a otro, podré adquirir con ellos. Y por eso prefiero estar dedicado a fondo hoy, o diez años si diez años hacen falta, para matar al último perro rabioso.

—¡Los americanos no firmarían jamás una ley de esa índole!

—¡Tanto peor! No crea usted que podrá comprar a mitad de precio la utopía de la señorita Adams.

Rick se volvió a Amos Blaine:

—¿Tengo razón, coronel? ¿O merezco el tribunal militar?

Pero el viejo Amos no hizo más que gorgotear unas risitas.

—Yo creo que lo mejor que puede usted hacer es bailar con la señorita Adams, si ella no tiene inconveniente.

Linda se levantó graciosamente:

—Nos han dado una orden, capitán. Hay que obedecer.