Hospital de sangre

Frank G. Slaughter · Capítulo 44 de 51

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Hospital de sangre

Capítulo XLIV

Diversas formas de valor

 

La voz de Terry sonó con bastante firmeza:

—¡Hola, Rick! No pongas esa cara de asombro, todo va bien. Tan sólo una sacudida, y aquí me tienes.

Los dedos de Rick buscaron el pulso en la muñeca del muchacho. Los latidos eran un poco precipitados y un poco débiles, pero nada más. Sin embargo, pese a que a primera vista no pareciera que había shock, a Rick le inquietó el tinte céreo del rostro de Terry. En principio, parecía haber algún trastorno circulatorio. Hizo este diagnóstico por puro instinto, en un abrir y cerrar de ojos.

Cuando Winter permitió a Linda que se inclinara sobre la camilla de su hermano, la joven habló con relativa calma.

—¿Cómo te encuentras, Terry querido?

—Tan sólo una sacudida, y aquí me tienes.

Repetía maquinalmente la frase. Rick le vio contraer los labios mientras la mano derecha del muchacho subía hacia el abdomen. Ya le había examinado esa región y no había encontrado contusión alguna.

—No te inquietes, chico. ¿Qué es lo que no marcha?

El espasmo había pasado y los labios de Terry se dilataron en una sonrisa.

—No lo sé, Rick. Un poco sacudido, y eso es todo. Cuida del coronel; está ahí dentro… venía conmigo…

Winter apartó a Linda para que dejara paso a los sanitarios que bajaban la segunda camilla, que, como la anterior y las siguientes, fue trasladada a la tienda de admisión.

Amos Blaine padecía una lesión dolorosa, pero no grave. Un vistazo a su indomable sonrisa le hizo comprender a Rick que el coronel viviría para ocupar su puesto en otra guerra. Sufría una fractura del húmero, que ya había sido enyesada en algún puesto de urgencia. Se le administró una inyección calmante, se le rehízo el vendaje convenientemente, comprobando la fijeza de la escayola, y, tras ello, Amos Blaine estuvo en condiciones de sentarse en la camilla con la espalda apoyada en una manta doblada.

Terry había sido instalado en la tienda de casos traumáticos. Todas las inquietudes de Winter se concentraban en él. Seguía con la misma palidez, que marcaba un cerco hundido y ceniciento en torno a la boca; seguía con el mismo débil pulso, y sin herida aparente. El cirujano se había dado perfecta cuenta del espasmo doloroso que había experimentado mientras permanecía en la camilla, a la salida de la ambulancia. Le puso una inyección, mandó que se le inyectara plasma y dejó a Linda junto a su hermano, para regresar a la tienda de recepción.

Había cesado la llegada de heridos. Por vez primera desde hacía un par de horas oyó tronar los cañones en alguna parte, hacia el este de la salida del valle. No podía asegurarlo, pero le parecía que el sonido se trasladaba hacia el norte, lo cual significaría que la batalla se desarrollaba en dirección a la carretera. De ser así, todas las vías de evacuación estarían cortadas en aquel sector.

 

En la tienda del comandante del campamento, Amos se hallaba confortablemente instalado. El coronel estaba muy tranquilo, gracias a una inyección de morfina; dos enfermeras colocaban unas almohadas a su espalda para que pudiera permanecer incorporado, mientras Bill le encendía un cigarrillo.

—¿Qué tal está Terry?

Rick movió pesarosamente la cabeza.

—Lo que he visto no me gusta, señor. ¿Se encuentra usted animado para contarme lo que ha sucedido?

—Un obús estalló en la carretera, exactamente debajo de la rueda derecha. Salimos todos volando…

—¿También el comandante Strang?

El coronel Blaine sonrió blandamente a través de la languidez de la morfina.

—¿Así, pues, le ha visto?

—Está camino de Argel por orden mía —informó Bill.

—Me alegro —comentó Amos—. El golpe le trastornó, le desquició. Por eso lo envié por delante en un jeep.

—¿Y usted, señor?

—Terry se quedó conmigo hasta la llegada de la ambulancia. Puedo asegurar que fui instalado muy cómodamente.

Rick pudo imaginarse cuál había sido aquella comodidad, sin morfina, con el hueso roto clavándosele en la carne a cada traqueteo del vehículo. Con mucho menos, Randall Strang se había hundido. Gracias a ello, empero, el telón había bajado por delante de Strang, dejando su puesto a Bill, quien sabría acabar la tarea comenzada, incluso sin la ayuda de Amos.

—¿Puede usted continuar, señor?

Los ojos ligeramente adormilados del coronel se despejaron.

—Terry recibió lo suyo poco después que la ambulancia se detuviera para recogerme. Uno de esos endemoniados aviones negros de Berlín bajó a menos de doscientos metros para poner un huevo. Tal vez viera la cruz roja de la ambulancia, o tal vez no; en realidad, yo creo que ni se dio cuenta de que estábamos allí. Mientras a mí me metían en la ambulancia, Terry fue a recoger mi cartera de mano. La bomba estalló a un lado de la carretera. Lo hizo a una distancia regular… Pero la explosión echó a rodar a Terry como una pelota…

Rick tragó saliva. Ahora veía claro. ¿Habría sido víctima Terry de la extraña clase de accidentes tantas veces observados después de un bombardeo? Nadie había podido describir todavía la patología, pero era algo bien sabido que la fuerza expansiva puede romper los vasos sanguíneos en cualquier zona del cuerpo, con la consiguiente hemorragia: hemorragia cerebral, pulmonar, abdominal…

—¿Se quedó inanimado?

—Unos momentos. Volvió a la ambulancia por su propio pie. No quería ni echarse en una camilla; me vi precisado a ordenárselo.

Bill expresó el pensamiento de Rick.

—¿No crees que podría sufrir alguna conmoción interna a consecuencia de la explosión?

—Todo parece indicarlo así. Voy a examinarlo de nuevo.

Rick se puso en pie de un salto.

En la tienda de los casos de shocks, se sentó junto al lecho de Terry. Gracias a la morfina, el muchacho descansaba dulcemente. El pulso se había debilitado muchísimo, y apenas se percibía tensión, pese a la inyección de plasma. Podría ser que la circulación periférica quedase contraída para que el corazón pudiera aportar más sangre a las vísceras. Era un síntoma de shock, compañero habitual de la hemorragia. Y, sin embargo, no se apreciaba ningún otro signo que la confirmara… Rick no podía hacer otra cosa que esperar y vigilar.

Cuando terminaba su examen tuvo conciencia de la presencia de Linda a su lado.

—No han llegado más heridos. ¿Tiene eso alguna significación?

—Tal vez se esté moviendo el frente.

Ella se tomó la cosa con tranquilidad.

—Por eso querías que me fuese, ¿verdad?

—Era una de las razones —admitió—. ¿Sientes no haberte ido?

Antes de contestar, sus ojos se detuvieron en Terry.

—Supongamos que tuviera que hacerse una evacuación esta noche. ¿Podría ser trasladada?

—No puedo decirlo con seguridad ahora.

—Háblame sin reticencias, Rick. Si está en peligro, tengo derecho a saberlo.

—Mientras dure el estado de shock no puedo precisar nada. Por el momento, querría poder darle mi sangre; sería una especie de seguro. La sangre fresca y completa es más eficaz que el plasma para combatir la hemorragia. Proporciona células vitales indispensables, así como factores coagulantes.

—Él y yo pertenecemos al mismo grupo sanguíneo —dijo tranquilamente Linda—. ¿Podría servir?

—¿Qué letra?

—B.

Rick hubiera querido ser el donador, pero su grupo era diferente.

—Voy a verificarlo. En un momento estará hecho.

A partir de ese instante, todo fue extrañamente impersonal y prosaico, evocador del típico ritual de los donadores de sangre en los hospitales. Una vez efectuada la confirmación de grupos, la joven se tendió en una camilla y vio cómo su sangre se mezclaba en un frasco de solución citratada, del que pasaría inmediatamente a las venas de Terry. Cuando acabó la extracción, ella se incorporó sosegadamente y rehusó el whisky que le ofreció Winter. Pareció que se disponía a hablar, pero la mano de Rick se puso cariñosamente en su hombro.

—Jovencita, vaya a descansar. Yo me encargaré de todo.

Mientras Hal Davis procedía a efectuar la transfusión, Rick dio una vuelta por las salas de las tiendas. Las ambulancias seguían esperando, dispuestas a llevarse los heridos de menor gravedad al primer signo de alarma. Si era preciso, también habría que evacuar a los graves. A todos, excepto a Terry Adams, por lo menos hasta saber el resultado de la transfusión.

Cuando Winter llegó a la tienda del cuartel general, Bill estaba trabajando denodadamente. Al primer golpe de vista comprendió Rick lo que estaba haciendo.

—¿Así es que de verdad nos vamos?

Bill afirmó con un movimiento de cabeza, sin alzar los ojos.

—Acaba de llegar la orden. Debemos estar dispuestos para la marcha inmediata.

—¿Estás contento de que lo hayamos preparado todo con tanta anticipación?

—Algunas veces me pregunto qué es lo que hubiera hecho sin ti.

—Es posible que no tardes en saberlo —contestó Rick—. Me temo que yo me quedaré atrás.

Bill tiró el lápiz sobre la mesa.

—Terry, ¿verdad?

—Están haciéndole una transfusión ahora. Reza como yo para que todo salga bien.

Cuando volvió a salir, muchas tiendas estaban siendo desmontadas. Comprobó con satisfacción que el grupo electrógeno del quirófano estaba colocado en un camión, cerca de su tienda. Eso quería decir que podría quedarse hasta el último instante.

Regresó a la tienda de los casos de shocks. La transfusión estaba terminada. Desde la camilla contigua, Linda contemplaba a su hermano.

—He oído que desmontan las tiendas. ¿Acaso nos vamos?

—Tan sólo es una precaución —repuso Bill con el tono de voz más jovial que pudo—. ¿Cómo va Terry ahora?

Linda sacudió la cabeza.

—Está tranquilo, pero no veo mucho cambio.

Rick miró a la enfermera, situada a espaldas de Linda, en un oscuro rincón de la tienda, mientras buscaba el pulso del muchacho. Los latidos eran desde luego más llenos, pero la palidez del rostro no había cambiado. Mientras los contaba, Terry se contrajo levemente llevándose la mano libre hacia el vientre.

Linda dijo con inquietud:

—Ha hecho lo mismo varias veces.

—Son espasmos dolorosos —le explicó la enfermera.

Desde el fondo de su tremenda fatiga, Rick hizo un esfuerzo y alzó los ojos hacia la que acababa de hablar. No quiso dar crédito a sus ojos: era Carolyn Rycroft. Y ni siquiera se había dado cuenta… Debería habérsele ocurrido que era muy propio de Carolyn acudir adonde pudiera ser necesaria, sin esperar a que se la llamara. Se alegró de tenerla allí porque acaso necesitara de ella más que nunca.

Se sentó nuevamente junto a Terry. La primera vez que examinó el abdomen no encontró resistencia alguna a la presión, pero ahora, al más ligero contacto de los dedos, Terry se retorcía y gemía; además, los músculos abdominales estaban contraídos con rigidez de madera. Eso significaba una reacción del peritoneo, la membrana que recubre los intestinos, ante alguna irritación violenta de los tejidos profundos.

Apenas dejó de palpar, Terry se sumió otra vez en el estupor causado por la morfina. Rick saludó a Carolyn con una inclinación de cabeza y salió de la tienda. Linda le siguió. En el camino de tablas, ella le cogió por el codo y le obligó a volverse, a darle la cara a la pálida claridad de las estrellas.

—¿Qué tiene, Rick?

—Algo ha sucedido… no sé exactamente qué… No lo podré decir hasta que no lo vea…

—¿Es que le vas a operar?

—No hay más remedio.

Ahora fue él quien la cogió por los brazos, al ver que se tambaleaba. Linda había visto los suficientes heridos aquella tarde para saber las consecuencias de un shock, y para saber lo peligroso que resultaba operar en tales condiciones. Sería jugárselo todo a cara o cruz. Pero a Winter no le sorprendió que Linda contestase lentamente:

—Haz lo que creas conveniente, Rick.

—Voy a hablar con Bill Coffin. Supongo que preferirás que se encargue él de la intervención.

—Quiero que seas tú, Rick. Es lo que Terry querría si pudiera decidir.

—Quédate donde estás y no te preocupes por nada. Voy a prepararlo todo inmediatamente.

Rick volvió a la tienda de la comandancia donde seguían charlando Amos y Bill Coffin, el primero ya instalado en una camilla, con un par de sanitarios al lado dispuestos a trasladarlo a una ambulancia, Amos preguntó:

—¿Sucede algo, Rick?

—Sí, señor. Lo siento, pero es preciso que explore el abdomen de Terry Adams. No puedo establecer diagnóstico ni aplicar tratamiento alguno sin hacerlo.

Bill le oyó sin comentario alguno. Rick se sintió mejor cuando cambiaron una silenciosa mirada comprensiva. Sabía que Bill Coffin, en su lugar, hubiera tomado idéntica decisión.

—Me imagino que el cuadro está claro.

—Hemorragia o perforación.

—Salgo dentro de unos minutos —dijo Amos—. Esperaba que pudiéramos irnos juntos. No podía sospechar que tuviéramos que despedirnos de esta manera, Rick.

Winter contestó, mientras estrechaba la mano del coronel:

—Tal vez estemos todavía aquí cuando usted regrese, señor.

—No creo que sea pronto —respondió Amos—. Volveremos, desde luego, y con el máximo de medios. Pero más tarde. Esta vez hemos abarcado más de lo que podíamos, y por eso nos han zurrado. Pero devolveremos el golpe. Valdrá la pena.

Hizo una señal a los sanitarios, quienes alzaron la camilla. Cuando iban a salir de la tienda, la mano del coronel se levantó en un impecable saludo.

—¡Mírale! —dijo Rick, dirigiéndose a Bill—. Es un soldado de cuerpo entero.