Hospital de sangre
Capítulo XXXII
Una visita desagradable
En torno a Linda Adams, los enfermeros se cuidaban, en silenciosa actividad, de trasladar los últimos heridos a un camión salido Dios sabía de dónde. Era un camión de sólido aspecto con matrícula local. Al volante había
un [26] poilu de sonriente rostro. A ambos lados del capó ondeaban dos banderas blancas.
— [27] A votre service, mon capitaine —dijo Linda—. ¿Qué opina de la rapidez yanqui?
—No me diga que el camión es de Argel…
—Es del hospital que hay a cosa de un kilómetro, junto a la carretera. Parece que nos han recibido con los brazos abiertos, además de facilitarnos transportes gratuitos.
Linda se puso en pie, vacilante de cansancio. Rick se precipitó a sostenerla por un brazo.
—Quédese donde está. Llamaré un jeep para que la lleve.
—Ni en broma. Estoy deseando ejercitar mi francés.
Ambos se dirigieron al poilu sentado al volante del camión. Era un nizardo con cara de contrabandista alegre. Al oírle arrastrar las r con el mejor estilo meridional, experimentaron la sensación de hallarse en país amigo, casi en su propia casa. Charlaron unos minutos de cosas sin importancia, tan sólo por el puro placer de sentirse amigos del francés que acababan de conocer. En cuanto estuvieron todas las camillas en el vehículo, subieron cuatro enfermeros vestidos de blanco y el chófer se despidió sin dejar de mostrar los dientes en amplia sonrisa.
Hacía rato que Rick se preguntaba dónde estaría Terry, pero no se atrevía a preguntarlo. Mientras el camión se alejaba hacia la rampa, fue Linda la que habló:
—¿Le he dado las gracias por haber salvado la vida de mi hermano? Le confieso que soy incapaz de recordar lo que pude decirle cuando le encontré en la playa…
—Lo mismo me sucede a mí. Le había prometido velar por él. Lamento haberme visto obligado a confiarle a usted ese trabajo.
—Al cuarto de hora ya estaba repuesto y había vuelto a sus ocupaciones. Lo mejor es que no tiene ni idea de que nadie le haya golpeado. ¿Le importaría dejarlo así cuando le vea?
—Me parece bien. No me sorprende que no se acuerde, porque estaba completamente fuera de sí.
—Tan sólo recuerda los disparos de una ametralladora, y luego que se cayó… Le he contado que tropezó contra una roca y que el golpe le aturdió. Déjele que lo crea así…
—¿Dónde está ahora?
—Con el doctor Walters, preparando los archivos del hospital de campaña. Yo he ayudado cuanto he podido. Entre fichas y fichas iba haciendo también mi trabajo. Ha sido una mañana interesante para el cuarto poder.
Con cariñosa brusquedad, Rick le pasó un brazo por los hombros.
—Podríamos ir a la cocina de campaña, señorita Adams. Me parece que los dos nos hemos ganado el café.
—Permítame que visite primero la tienda del quirófano. Es lo que me falta para completar mi crónica…
—¿No se olvida nunca del periodismo?
—¿Se olvida usted acaso de su cirugía? Ahora bien, si es que voy a meter la nariz donde no me importa…
Sin contestarle, Winter la tomó del brazo y la acompañó a la tienda inmediata. Carolyn los recibió a la entrada. Seguía llevando la bata blanca y sus ojos brillaban como si todavía estuviera bajo el encantamiento de la tarea realizada por Rick.
—Está aún bajo los efectos de la anestesia, doctor; pero marcha bien.
Él examinó al paciente y confirmó la observación de Carolyn. Un hospital en la ciudad no hubiera podido proporcionarle tratamiento más adecuado. Con la imaginación, Rick siguió el camino del herido en las horas inmediatas por venir, desde la salida de la anestesia hasta su traslado en una ambulancia. Desde luego, no era precisamente recomendable moverlo, pero no cabía duda de que su sitio estaba en una cama del hospital de Argel. En el hospital se dispondría de cuantos medicamentos pudieran necesitarse. También podrían aplicarle transfusiones de sangre, aunque confiaba en que el plasma hubiera contribuido a normalizar casi la fórmula hemática, a la vez que el volumen sanguíneo. En cualquier caso, de no producirse alguna hemorragia imprevista, la anemia se resolvería fácilmente. Cabía la posibilidad también de que durante algún tiempo tuviera que ser alimentado mediante sonda intestinal, para evitar movimientos en la región anastomosada. Todo ello, entre otras cosas, sólo podría hacerse convenientemente en el hospital.
—Salga de sus meditaciones, doctor. Sabe usted perfectamente que su sitio está en la sala de convalecientes.
—No me tome por un mago.
—Usted sabe perfectamente que está fuera de peligro —insistió Carolyn —. Usted sabe que Strang estaba equivocado y que era usted quien tenía razón.
—¿Es un cumplido?
De pronto se acordó de Linda y la miró con el entrecejo fruncido.
—¡Por favor, no convierta todo esto en una entrevista!
—No será necesario, Rick. Mientras usted examinaba al herido, Carolyn me ha facilitado el material informativo que me interesaba.
Se encaminaron juntos a la salida de la tienda. Cuando alzaban la lona que hacía las veces de puerta, les llegaron a los oídos, desde el mar, los
estampidos de un [28] ack-ack… Los disparos procedían de un buque transporte fondeado cerca de la bocana del puerto. Muy pronto otras unidades de la Flota se agregaron a la primera en un salvaje coro, aunque, por el momento, Rick no divisó avión alguno. En el cielo no se percibía otra cosa que las blancas nubecillas de las granadas al estallar.
Echándose la capa por los hombros, Carolyn comentó, con su habitual calma:
—Yo creía que la guerra había terminado…
—Mire hacia el norte, junto a la línea del horizonte.
Enorme y maléfica golondrina negra, el bombardero volaba a poca altura sobre las olas para imposibilitar el tiro de los antiaéreos. A ese nivel, el ack-ack era ineficaz. Rick exploró el cielo a la busca de otros asaltantes, porque era ingenuo suponer que la tranquilidad durase mucho. ¿Habrían dispersado los cazas americanos una escuadrilla enemiga? ¿O acaso el Heinkel que se acercaba iba a cumplir una misión suicida? Fuese como fuese, el aparato se dirigía en línea recta hacia la playa. De pronto, Winter se acordó de que alguien había hablado de un depósito de municiones instalado a menos de dos kilómetros, al oeste. Parecía increíble que el avión se dirigiese allí. Lo único indudable era que volaba a toda velocidad. Tal vez no le llevase ningún objetivo determinado, sino la simple intención de desembarazarse de su mortal carga allí donde advirtiera movimiento.
En toda la extensión de la playa resonaban los silbatos de los sargentos mientras los hombres corrían al abrigo de las rocas. Desde la cornisa del acantilado, una sirena portátil aumentó la confusión con su alarido. Rick disfrutó del más divertido momento del día cuando vio a Strang, a Randall Strang en persona, olvidarse de su pomposa dignidad, haciendo esfuerzos desesperados por meterse debajo de un jeep. Lamentó no tener tiempo de saborear el espectáculo. Indicó a Linda y a Carolyn que se tendiesen sobre la arena, haciéndolo él a su vez. Pasó los brazos por los hombros de ambas jóvenes obligándolas a pegar la cara contra la arena. La inmensa sombra del bombardero ya había llegado a la playa.
Divisó perfectamente al artillero en el momento en que, haciendo girar la ametralladora, se disponía a disparar. El viento provocado por el vuelo raso del aparato lanzó una fina lluvia de arena contra los ojos de Rick. Aún se los estaba limpiando cuando sonó la ametralladora trazando en el agua y la arena un largo rosario de diminutos surtidores. Los soldados de una barcaza que acababa de llegar se tendieron bajo los cantos. El avión se había alejado «cosiendo» las dunas insistentemente, para volver de nuevo, dispuesto a repetir la pasada.
—¡Las dos, de prisa, a la tienda!
Apenas hubieron entrado, con Rick pisándoles los talones, volvió a cernerse la sombra de las alas acompañada de la mortal crepitación. Winter vio a Dean que cubría la mesa de operaciones con una chapa de hierro en el instante en que la lona del techo quedaba perforada por una hilera de redondos agujeros de perfecto corte. El trueno de los motores se perdió a lo lejos. Rick se arrodilló junto a su operado: misericordiosamente indemne de las balas, seguía durmiendo.
Al regresar el avión, a mayor altura, estallaron las primeras bombas. Rick había salido de la tienda y se unió a la aclamación general al ver que el Heinkel había lanzado al agua la mitad de su cargamento. Los cañones de los buques se habían puesto a su nivel, y el piloto, aligerado el aparato de una buena parte de su peso, debía de estar buscando desesperadamente una salida antes de desprenderse del resto de las bombas. Para hacerlo había tenido que cobrar altura y eso le había perdido. Los ack-ack podían enfilar ahora. No tenía escapatoria alguna. Tan sólo podía esperar la muerte. El piloto lo comprendió y buscó velozmente su último objetivo. Winter tragó saliva y contuvo el aliento cuando le vio abalanzarse contra la rampa hormigonada del acantilado. Un proyectil antiaéreo le arrancó una ala con la misma facilidad que si fuese de papel. Instantes después se desprendía de los proyectiles restantes, pero la tremenda conmoción había desbaratado la puntería. Con el estallido de la última bomba en la arena, el Heinkel empezó a caer en espiral hasta hundirse, de costado, en un campo próximo a la carretera que bordeaba el acantilado. De sus entrañas salió una inmensa llamarada y allí se quedó, como una antorcha invertida, abrasándose a la luz del sol.
En la playa, nadie se preocupó de la agonía del Heinkel; las bombas habían caído en las inmediaciones de la cornisa del acantilado y muchas toneladas de tierra, piedras y trozos de roca se deslizaban como en un alud. Parecía que el promontorio se hundía bajo su propio peso, disgregándose en una cascada de tierra roja, una cascada que, de un golpe, cubrió el jeep en que Manny Ebstein volvía, solo, del hospital argelino.